• No se han encontrado resultados

BIENES Y VIDA FAMILIAR EN CALI

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2021

Share "BIENES Y VIDA FAMILIAR EN CALI"

Copied!
181
0
0

Texto completo

(1)

BIENES Y VIDA FAMILIAR EN CALI

PEDRO QUINTÍN QUÍLEZ

Profesor del Departamento de Ciencias Sociales

Grupo de Investigación Parentesco, Familia y Reproducción Social,

CIDSE

Facultad de Ciencias Sociales y Económicas

Universidad del Valle

(2)

Así, en el family discourse, discurso que la familia mantiene sobre la familia, la unidad doméstica es concebida como un agente activo, dotado de voluntad, capaz de pensamiento, de sentimiento y de acción, y basado en un conjunto de presuposiciones cognitivas y de prescripciones normativas referidas a la manera correcta de vivir las relaciones domésticas: universo en el que están suspendidas las leyes corrientes del mundo económico, la familia es el lugar de la confianza (trusting) y del don (giving) –por oposición al mercado y al toma y daca–, o, para hablar como Aristóteles, de la philia, palabra que se suele traducir por amistad y que designa de hecho el rechazo del espíritu de cálculo; el lugar donde se deja en suspenso el interés en el sentido estricto del término, es decir la búsqueda de la equivalencia en los intercambios.

Pierre Bourdieu (1997) “Espíritus de Estado. Génesis y estructura del campo burocrático. Anexo 1. El espíritu de familia”, en Razones

prácticas. Sobre la teoría de la acción, Anagrama, Barcelona, p. 128.

Podemos fácilmente encontrar ejemplos dentro de las ciencias sociales contemporáneas de esa forma de pensar y entender a la familia como esa comunidad específica de la que nos habla Pierre Bourdieu; es decir, como una unidad no sólo bien delimitada socialmente sino regida por reglas, normas y emociones específicas, particulares e internamente homogéneas. Una especie de superpersonalidad por tanto, un tipo de

sujeto colectivo o de personaje transpersonal. Como si, con su conformación a partir de

la unión de dos individuos, libres y hasta entonces independientes entre sí, por medio de un acuerdo mutuo en la forma de un contrato más o menos formal (aunque no necesariamente legal), se opacara y diluyera toda posibilidad de dar cuenta de la existencia de complejas dinámicas internas, de actitudes y comportamientos diferenciados y a menudo contradictorios entre los individuos que componen a la familia (Hartmann 1981; Varenne 1988); es decir, por tanto, del afloramiento de tensiones y conflictos en su seno y –sobre todo– de la necesaria existencia de una serie de procesos que, precisamente, son aquellos que contribuyen a reproducir y mantener más o menos viva a esa unidad instituida y hacerla durar en el tiempo (Narotzky 2004: 172 y ss.).

Podría aventurarse incluso la generalización de que sólo se ha atendido al estudio de las dinámicas internas de la familia precisamente cuando ellas han parecido ponerla en peligro (por ejemplo, cuando surgen la violencia intrafamiliar o las desavenencias entre los cónyuges que llevan a la separación y al divorcio). Como si, a causa de la existencia de una fuerza evidente, pero no explicada, la unidad doméstica familiar tendiera automáticamente a su perpetuación y la investigación sólo debiera preocuparse por dar cuenta de aquellos momentos anómalos en que ello no ocurre.

(3)

Mediante este proyecto de investigación exploratorio1 hemos tratado de acercarnos a algunos de esos elementos y procesos internos de la familia que, quizás de manera poco visible, constituyen la base de la continuidad de la unidad familiar y le dan ese aire de naturalidad. Por seguir con el autor que citamos al principio, se trata del intento de aproximación a esa “labor de institución, a la vez ritual y técnica, orientada a instituir duraderamente en cada uno de los miembros de la unidad instituida unos sentimientos adecuados para garantizar la integración que es la condición de la existencia y de la persistencia de esta unidad” (Bourdieu 1997: 131; énfasis en el original).

Dadas las limitaciones temporales y financieras existentes, con esta investigación se quiso indagar apenas en un aspecto muy concreto de esas labores de institución: los intercambios materiales que hacen a la familia, es decir, la circulación interna de objetos y bienes que contribuyen a su reproducción no sólo material, sino también afectiva y simbólica.

Circunscribiendo aún más nuestro objetivo, nos propusimos conocer los intercambios de objetos, bienes y servicios que se producen entre cónyuges de la ciudad de Cali, convirtiéndolos en consecuencia en índices aproximativos del estado de la relación (en términos de equidad o de felicidad2) de pareja: hace ya más de una década, Frances R.

1 Para cuyo desarrollo hemos contado con la estrecha colaboración, en la forma de asistentes de investigación, de David Quintero, estudiante de sociología de la Universidad del Valle y monitor de la investigación, y de María Clara Pardo, estudiante de sociología de la Universidad Nacional de Colombia (Bogotá), que realizó una pasantía en el seno del proyecto durante el primer semestre del año 2006. Ambos participaron en las tareas de diseño de la guía de encuesta, se encargaron de su aplicación a las parejas de los tres barrios estudiados y, posteriormente, de la sistematización y establecimiento de la base de datos. Sus sugerencias a lo largo de todo el trabajo han sido no sólo pertinentes, sino de una gran ayuda, por lo que no puedo dejar de expresarles mi mayor gratitud. Debo agradecer también a todas las parejas que nos regalaron una parte de su tiempo –ese bien tan valioso hoy en día, y que en el caso de las mujeres suele estar repleto de pequeñas pero trascendentales minucias– para atender a nuestras inquietudes. Igualmente quedo en deuda con Olga Lucía Villa y al resto de personal del CIDSE por haberse encargado de las partes más engorrosas de cualquier proyecto de investigación (especialmente del manejo de las finanzas y del cuadre de los calendarios).

Para adelantar este proyecto se contó con la ayuda financiera de la Vicerrectoría de Investigaciones de la Universidad del Valle (Convocatoria Interna VCI-UV, 2005) y con la generosa asignación de tiempo de investigación por parte de mis colegas del Departamento de Ciencias Sociales y de la Universidad del Valle, por lo que deseo expresarles a todos ellos mi más sincera gratitud.

2

Muchos estudios sobre la felicidad han mostrado que, entre los factores socioeconómicos que la determinan, el estado conyugal, junto a la edad y la salud, ocupa un lugar privilegiado, mucho más aún que los factores puramente económicos (cf. Collins y Coltrane 1991: 353-3666; Peiró 2004: 180-182, con datos empíricos más recientes para España; y Peiró 2006 para una comparación entre 15 países de diferentes continentes y con diferentes niveles de desarrollo económico). Ahondar en algunas de las características de las relaciones por la vía de los intercambios maritales no sólo debe permitir profundizar en la exploración de ese fenómeno, sino también matizar las virtudes que, de por sí, se le atribuyen a la vida conyugal en estudios de corte general y basados en encuestas que, aunque útiles, son muy básicas por el tipo de indicadores usados (como es el caso de la World Values Survey en que se basa Peiró).

(4)

Woolley y Judith Marshall, en su artículo “Measuring inequality within the household”, mostraron que las decisiones sobre los flujos de los gastos y bienes del hogar eran, junto a la dedicación laboral, el trabajo doméstico y otras decisiones del hogar, indicadores de la desigualdad muy superiores a las medidas estándar de desigualdad (por ejemplo el índice Gini) o a las aproximaciones a partir de las declaraciones de los individuos acerca de su percepción de la desigualdad (Woolley y Marshall 1994: 429-439).

INTERCAMBIO ECONÓMICO Y VIDA FAMILIAR

El dinero del matrimonio [marriage money] es, en muchos aspectos, más complejo que el dinero del mercado [market money].3

Jan Pahl (2000) “Couples and their money: patterns of accounting and accountability in the domestic economy”, Accounting, Auditing &

Accountability Journal 13 (4): 502-517.

Como expone Bourdieu en esa cita inicial, a menudo se ha establecido en las sociedades modernas una oposición entre los dominios de la familia y los del mercado: la familia sería interpretada como una unidad que es en su seno ajena a las dinámicas económicas propias del mercado. O, en todo caso, exclusivamente como una unidad básica de reproducción de la población económicamente activa o de consumo regida por reglas y normas específicas (Ortner 2002: 21)4. Así, se asume que mientras el mercado y el intercambio económico están atravesados por el interés, las interacciones familiares lo están por los afectos, las emociones primarias y el desinterés (cf. también Folbre y Nelson 2000). Incluso, algunos autores han planteado que la familia moderna se constituye como tal en muy buena medida como refugio frente al mundo despiadado que produce el avance del mercado capitalista con sus relaciones cada vez más frías y despersonalizadas (Lasch 1996). De esta manera, la circulación de bienes dentro de la familia adoptaría la forma de la reciprocidad generalizada –intercambios implícitos, tendientes a la simetría, inconmensurables y de largo plazo– regidos exclusivamente por valores asociados al parentesco y a la vida familiar (cf. Narotzky 2004: 185-187).

Sin embargo, como ponen de manifiesto los procesos de separación y de divorcio, tal diferenciación no puede ser vista como absoluta: fácilmente emergen en los conflictos domésticos la mezcla de los intereses económicos y las emociones más intensas

3 Excepto en aquellos casos en que se cita de una versión castellana, todos los textos han sido traducidos por el autor del informe.

4 En lo que se denomina la Nueva Economía de la Familia se la trata también como una unidad de producción de bienes y servicios que surte determinadas demandas del mercado, por lo que se considera que debiera ser tenida en cuenta en las contabilidades de la economía nacional (para un ejemplo de su aplicación al caso colombiano, cf. Giraldo 2004). En Zuleta y Daza (2002: 79 y ss.) se describe la evolución –diferenciada por nivel socioeconómico– de la familia colombiana y de su relación con el sistema productivo y el consumo (una versión muy pesimista de esa evolución, con énfasis en los conflictos intrafamiliares que pueden acarrear las transformaciones económicas, políticas y culturales, se encuentra en Echeverri 2004).

(5)

(Simpson 1997)5. Pero, de manera curiosa, y como señala Viviana A. Zelizer (1989: 352-353), en el estudio de las dinámicas internas de la familia se termina por saber más de la sexualidad o de la violencia intra-familiar que de asuntos de dinero: como si una vez el dinero entrara en la familia desapareciera o se convirtiera en un asunto poco problemático, o como si se lo usara de manera coherente y colectivamente convenida para garantizar el bienestar de todos y cada uno de los miembros de la familia por igual6. En definitiva, como si en el seno de las familias sólo funcionara el altruismo –la acción desinteresada que no espera retribución– o, en todo caso, una especie de

5 Otro ejemplo sintomático del papel que el mercado y el dinero juegan en la vida familiar es

precisamente la celebración de la boda, o del ritual matrimonial equivalente, a partir de la que se constituye una nueva unidad familiar. Más allá de su función como reconocimiento público de la nueva pareja y de demostración de los roles asignados a cada uno de sus integrantes, a su alrededor se producen innumerables intercambios y movimientos económicos (invitaciones, circulación de regalos, lista de novios, compra de vestidos y adornos, alquiler de carros, etc.). Según Curie (1993), se trataría precisamente de un buen ejemplo de la mercantilización de los elementos rituales en la familia. En general, desde hace tiempo se discute la existencia de un proceso de mercantilización general de los afectos (como muestra, por ejemplo, la proliferación industrial de tarjetas de felicitación; Hobson 2000), por no hablar de la intimidad y la sexualidad (para una mirada valorativa positiva del impacto de la mercantilización en la constitución de subjetividades sexuales, cf. Curtis 2004). Por otra parte, no debe olvidarse que la mejora en las condiciones materiales de la vida familiar que ha acompañado al desarrollo del capitalismo durante los dos últimos siglos (gracias a la industrialización y los avances técnicos – mecanización, electrificación, el papel del Estado y de su intervención para tratar de mejorar las condiciones de las familias más pobres, pero también gracias a la inversión privada y la expansión del capitalismo que incursiona en el hogar) no han supuesto necesariamente una mejoría en la posición de la mujer. En buena media, desde el modelo de la burguesía del siglo XIX, se pensó en la mujer como aquella persona que, encargada de educar y preparar a los nuevos miembros de la familia, debía ser ayudada desde el exterior para desarrollar mejor sus funciones, dignificada y liberada de las ataduras más atávicas: la estandarización de procesos y la racionalización industrial se aplicaron al hogar, y se produjo su identificación con la de una profesional competente. Sin embargo los datos muestran que esas ayudas no hicieron disminuir su trabajo doméstico, sino que al contrario hicieron que se ampliaran los frentes de dedicación (en especial, aquellos que suponen la mayor atención personalizada de cada uno de los miembros de la familia), se afinaran los estándares de comodidad, higiene y salud (decoración más refinada, dietas especializadas y ajustadas a cada miembro, mayor elaboración de los alimentos, etc.), y, en consecuencia, que se mantuvieran o ampliaran las horas de dedicación de las mujeres como “amas de casa” al trabajo doméstico (Lawrence-Zuñiga 2004: 82 y ss.; Blunt 2005: 508).

6

Como si la circulación de bienes en el seno de la familia sólo pudiera darse en forma de intercambios recíprocos –básicamente como regalos– y excluyera su atesoramiento individual; no por casualidad, una atribución similar se habría en general hecho a las sociedades “primitivas” (Bestard 1998; para un desarrollo más puntual, ver, al final del documento, Derivación I. Economía y antropología). Respecto de la relación entre hacer circular ciertos bienes y atesorar otros –lo que marca la posición diferencial de quienes participan en el intercambio–, algo que se da tanto en sociedades primitivas como capitalistas, cf. Annette B. Weiner (1994). Debe tenerse en cuenta, además, que existen posibilidades diferenciadas (por género o edad por ejemplo) dentro del grupo doméstico para acceder a la propiedad formal o a los recursos del Estado (para el caso de la tierra, León 2000). Por otra parte, no hay que olvidar que los intercambios económicos asociados al matrimonio (dote, pago de la novia, etc.), un tema sin duda privilegiado en los estudios antropológicos sobre la familia y el parentesco –y

(6)

reciprocidad indirecta –cuando la retribución es dada por otro distinto a quien recibió inicialmente el beneficio o cuando la devolución no es inmediata–7.

Se trata de una situación paradójica, puesto que el ámbito por excelencia en que pareciera existir menos presencia del interés meramente económico (y por tanto de estrategias de incremento de beneficios al mínimo costo) es interpretable como un ámbito también lleno de intereses económicos contrapuestos y de estrategias de competencia económica8.

Existen varias perspectivas en el estudio de las relaciones económicas en el seno de la familia, perspectivas que van desde aquellas que propugnan una interpretación en términos de actores racionales que buscan el máximo beneficio (tanto en términos

cuyos más significativos ejemplos pueden ser los libros Las estructuras elementales del

parentesco de Claude Lévi-Strauss [1949] o La evolución de la familia y el matrimonio en Europa de Jack Goody [1983]–, han sido abordados en tanto que intercambios entre unidades

domésticas discretas, prestándose menos atención a la circulación de bienes en el seno de dichas unidades, que es en todo caso nuestro interés en este proyecto (para un ejemplo reciente de la productiva persistencia de este tipo de abordajes, cf. Rapoport 2000). La economía parece haber estado más predispuesta a encarar este aspecto de la vida familiar, como puede evidenciarse fácilmente al hacerse un recuento de las muchas publicaciones al respecto, que van desde la clásica propuesta de Gary S. Becker (1973, 1974, 1981) –en la que de todas formas aún se hace cierto énfasis en la familia como unidad discreta, lo que le ha merecido algunas críticas–, hasta llegar a la más reciente de Allen M. Parkman (2004). Sin embargo, para un par de ejemplos recientes de economistas colombianos que parten de la idea de familia como unidad discreta, cf. Lasso (2002) y Sánchez y Núñez (2002).

7

Para una discusión de la simplificación que supone caracterizar a un acto como meramente altruista o como sujeto a cierto tipo de reciprocidad, cf. Tullberg, 2004.

8

Para Colombia ha habido un par de intentos recientes de abordar empíricamente esta problemática. Por un lado, la sintética propuesta de Guillermo Villegas Arenas (2000) y su aplicación a Manizales (Serrano y Villegas, 2000); por otro, el trabajo de Javier Pineda Duque (2000, 2003) que hace énfasis en el impacto que tienen los programas de desarrollo (en especial de microcrédito o microempresariales) en las dinámicas familiares y, en especial, en su posible efecto en el cambio de las relaciones de género (toma de decisiones, distribución de labores domésticas, etc.) en hogares completos al producirse redefiniciones de la masculinidad. En cuanto a investigaciones previas, y tras revisar algunos documentos, no se han encontrado referencias específicas que la aborden directamente; véase, por ejemplo, el balance de Ana Rico de Alonso (1986), donde se pueden observar cuáles habían sido hasta entonces los dos grandes focos de atención en los estudios de la mujer que están más cercanos de nuestros intereses: por un lado, los estudios sobre la mujer rural y su relación con la familia y la economía (con autoras como Magdalena León, Myriam Muñoz, Clara González, Marta Elena Andrade, Liliana Motta de Correa o Elssy Bonilla) y la mujer urbana y su relación con el mercado de trabajo, la informalidad y la pobreza (Lucero Zamudio, Myriam Ordoñez, Hernando Clavijo, Nora Segura de Camacho, François Bourgnignon o la misma Ana Rico de Alonso). En una más reciente revisión de los estudios latinoamericanos sobre género, trabajo e identidad, Luz Gabriela Arango (2004) hace énfasis en cómo han cambiado las condiciones socioéconómicas de los hogares –con un consecuente incremento de la participación de las mujeres en el mercado laboral–, lo que, en un contexto de aumento de los reclamos por parte de las mujeres y de la demanda de la construcción de subjetividades propias, lleva a redefiniciones de los equilibrios de poder en el seno de las familias y en la forma en que se concibe la participación en el trabajo de la mujer fuera de la casa (y del hombre en la casa).

(7)

económicos como de bienestar personal) en la relación conyugal o familiar hasta aquellas que minimizan el papel jugado por los intereses económicos a sólo algunos momentos o instancias limitadas y poco substantivas de la vida familiar. A continuación no se hace una exposición exhaustiva de todas ellas; se trata más bien de una revisión parcial que permite poner en evidencia algunos elementos que se tendrán en cuenta en esta investigación.

Como se acaba de señalar, hay quienes mantienen que el ámbito familiar tiene algunas características particulares que alejan a los intercambios internos familiares del mero mercado. Así, para Pierre Bourdieu, la pura competencia mercantil dominante en la sociedad capitalista pasaría a ser cada vez más inusual en la familia moderna, donde tendería a dominar la philia, la lógica específica del amor y la solidaridad, de la relación de amistad y afectiva (Bourdieu y Eagleton 2003: 301); en todo caso, el familiar sería un ámbito del que se pretendería excluir al cálculo, así sea al mismo tiempo un ámbito económico (Bourdieu 1997a:175-182; Bourdieu 1997b; 2000: 17). Según Luc Boltanski (2000: Segunda Parte), en esta misma línea pero afinando más la perspectiva, debiera distinguirse entre philia, eros y ágape: la philia liga a los individuos mediante un principio de reconocimiento de los méritos de cada uno y se nutre de los aportes mutuos; eros, de origen platónico, es una relación que echa sus raíces en el placer, en el deseo de la belleza terrenal o, al revés, que se orienta hacia el mundo de las ideas; finalmente, ágape, de origen cristiano, entendido en principio como amor a Dios y como amor entre los hombres gracias al amor a Dios, se construye sobre la idea de regalo, de acto gratuito que no espera devolución, teniendo la acción sentido entonces gracias a la gratuidad y al desinterés. Para Boltanski esos tres elementos confluirían en la familia moderna, en cuyo seno no dominarían las formas de acción asociadas al utilitarismo y a la estrategia interesada –las cuales formarían de todas maneras parte de algunas secuencias de la vida social, pero no de todas–. En este ámbito particular que es la familia, dice Boltanski (2000: 106-108), no existen equivalencias entre cosas, puesto que ellas no tienen importancia, sino que se trata de relaciones entre personas. Especialmente la interacción en el régimen de ágape, su forma de acción más peculiar, tendría así ese cariz especial que suele desorientar a las ciencias sociales (Boltanski 2000: 163).

Pero, ¿acaso es en el seno de las familias donde se puede reencontrar el pure o el free

gift, ese regalo genuinamente puro o libre, que la antropología ha creído descubrir en

algunas sociedades “exóticas” –primero Bronislaw Malinowski en las Islas Trobriand, y luego Jonathan Parry y James Laidlaw en la India9–, ese regalo que no puede ser 9 Para Marcel Mauss (1971), de existir tal regalo, en tanto no producía relaciones sociales,

dejaría de ser de interés para la sociología; más recientemente, el antropólogo C. A. Gregory ha contrapuesto el regalo al intercambio mercantil como dos polos opuestos en términos de relaciones sociales subyacentes contrapuestas: el regalo crea relaciones necesariamente personales, recíprocas y que vinculan a las personas; de nuevo, se deja así de lado al regalo puro como si se tratara de a-social o, en términos de Durkheim (1995: 16 y ss.), de una forma de “solidaridad” o “socialidad negativa” (cf. Laidlaw 2000: 617-618). Jacques T. Godbout (2000; 2004; cf. en especial Godbout y Caillé 1997: 36-37) propone evitar la dicotomía que se suele establecer entre el don en las sociedades arcaicas y en las modernas –lo que lleva a ver, a su manera de ver erróneamente, el trabajo de Mauss como dedicado específicamente a las primeras–, observando no tanto el carácter de lo intercambiado (si es equivalente, si se produce reciprocidad, etc.) como el vínculo o lazo social, el sentido establecido, por su intermedio, en cada sociedad. En este sentido, para Godbout (2004: 182 y ss.) la noción de hau y la idea de que en el regalo va algo del espíritu de quien lo hace (cuyo recurso le ha sido tan criticado por

(8)

reconocido como tal y que, por tanto, no puede crear ni servir utilitariamente para mantener relaciones sociales (cf. Laidlaw 2000; Parry 1989)? Sin embargo, esa parecería ser la esencia del regalo: o por lo menos un elemento inevitable que, de todas formas, lo llenaría de ambigüedad y que haría difícil su experiencia personal y, para los investigadores, su estudio. Y es que la paradoja del regalo, dice Laidlaw (2000: 621-622) siguiendo en esto a Jacques Derrida, es, en resumidas cuentas, que se presupone que no debe estar regido por la idea de reciprocidad, que no puede ser reconocido como tal por quien lo da o por quien lo recibe, y que, por tanto, deja de existir como regalo desde el momento en que se lo reconoce como tal. Ese regalo puro presupondría la existencia de una autonomía absoluta entre los individuos, una no dependencia similar a la que crea el mercado; en otras palabras, no precisa de la existencia de una relación previa ni la genera. Tampoco debe inocular en el individuo ese “veneno” moral (la obligación de devolver, la sumisión al que da, etc.) que, por ejemplo, tratan de evitar infructuosamente los Jain de la India en su intento de liberarse de cualquier atadura con el mundo terrenal –pero que sin embargo no pueden esquivar, pues ellos sobreviven gracias a los alimentos que les regalan los fieles– y que entre ellos se asocia a la corrupción y a la impureza.

¿Cuál es, por tanto, el estatuto que juegan los regalos en los intercambios entre parejas conyugales? Lo que es cierto es que el límite de la interpretación se establece entre dos puntos: el regalo puro y la mercancía pura –que tiende a tener más reconocimiento por parte de las ciencias sociales–. Es precisamente ese espacio intermedio el que trató de describir Mauss (cf. Laidlaw 2000: 626 y ss.; Godbout y Caillé 1997: 16 y ss.; Godbout 2004); un espacio lleno de paradojas y ambigüedades con las que los individuos se ven

espiritualismo a Mauss), sería el traslado de nuestra concepción moderna del don a las sociedades arcaicas. Godbout y Alain Caillé, impulsores del M.A.U.S.S (Movimento Antiutilitario en Ciencias Sociales, por sus siglas en francés) y miembros de la Revue du

M.A.U.S. (de la que Godbout es director), reclaman para el “mercado del don”, incluso en las

sociedades modernas, un lugar específico dentro de la vida económica, un lugar que debe ser distinguido del mercado regido por el interés o del de la planificación (Godbout y Caillé 1997: 25-26). La familia ocupa un ámbito especial para este mercado del don: es donde se lo aprende a poner en funcionamiento; cuando en el hogar se empiezan a hacer cuentas y a contar las deudas, es que ya la familia ha dejado de ser en realidad una verdadera familia (Godbout 2000: 17-36; Godbout y Caillé 1997: 42-50). Sin embargo, como veremos en detalle más adelante, esta separación radical entre esferas es bastante discutible. De momento baste decir que lo que puede ser interpretado como un regalo puro o como un intercambio recíproco puede tener por detrás consideraciones no hechas en términos de beneficio y autosatisfacción, sino en términos de “obligación” o de “derecho” (por ejemplo, derechos diferenciados en el seno de la familia en el acceso a ciertos alimentos o partes de alimento). Eso es lo que le discute Caroline Humphrey (1998) a M. Sahlins, cuando este señala que la intensificación productiva de los hogares en el Modo de Producción Doméstico (tal y como lo plantea en su libro Stone Age Economics, 1972) se produce por medio de los intercambios. Ella muestra, a partir del caso de los Buryat (Liberia), cómo por detrás están en juego consideraciones sobre derechos (a una parte de la cosecha o de los bienes producidos, a ser obedecido o imitado) y deberes (de acuerdo al trabajo y la calidad del trabajo realizado por los individuos o sus familias) y que ellos implican una jerarquía (estatus diferenciados) y, por tanto, la existencia de distribuciones desiguales de bienes aún en condiciones de igualdad, generosidad y reciprocidad. Un punto clave que señala esta autora es que la distribución desigual de las “partes” tiende a remarcarse más intensivamente cuanto más ceremonial o ritual es la ocasión: la marcación de la jerarquía es entonces obligatoria y permite enfatizar las diferencias de posición (Humphrey 1998: 7).

(9)

forzados a lidiar cuidadosamente pero en el que sí es posible “hacer amigos”, mantener relaciones o, en este caso específico, establecer una relación de pareja10.

Por otra parte, pero desde una perspectiva distinta, desde hace tiempo ha venido preocupando a los investigadores (bien sea para rechazarlo o para elogiarlo) el cada vez mayor papel que juegan los intercambios monetarios a la hora de suplir necesidades y tareas dentro de las familias. Por ejemplo, por un lado se observa una dependencia tecnológica cada vez mayor por parte de quienes se ocupan de las tareas domésticas (por ejemplo, mediante el recurso a aparatos y aditamentos de todo tipo destinados a aligerar los trabajos en la casa); tecnología que es accesible, en buena medida y en ocasiones casi exclusivamente, a través del mercado. Por otro, se produce un ya largo proceso de salarización progresiva de muchas de las tareas que, en otro tiempo, realizaban las mujeres de forma gratuita o como obligaciones propias de su sexo y rol dentro de la familia (cuidado de los seres desvalidos de la familia –niños, ancianos, enfermos...–, arreglo de la casa, etc.); de tal forma que muchos de esos trabajos son hoy contratados por fuera de la familia (escuelas, hospitales, geriátricos, lavanderías, etc.). Incluso tareas que atañen a la atención personalizada y que implican relaciones intensas entre los individuos tienden a quedar a cargo de personal especializado (médicos, psicólogos o

10 Existe otro tipo específico de regalo, el llamado “regalo fidjiano”, que presupone que quien

ofrece un regalo queda directamente a la espera de la evaluación que hace la persona a quien se lo entrega: está estima el regalo y puede decidir si lo acepta o lo rechaza; pero ahí no se detiene la particularidad de este tipo de regalo: cuando se lo acepta, que no es siempre el caso, inmediatamente suele restársele valor e importancia al bien acabado de recibir (Strathern 2004: 198-199). Como en ningún otro tipo de ofrecimiento de regalos, quizás en esta modalidad es más que nunca evidente el lazo social que se crea, pues es precisamente “la respuesta de los otros lo que se espera” en ese instante de indecisión que experimenta el dador del regalo. Por cierto, en todos estas perspectivas es evidente el intento de evitar caer en psicologizaciones: el recientemente fallecido Rodney Needham, siguiendo a Durkheim en términos metodológicos y a Lévi-Strauss en su análisis estructural del parentesco, prevenía hace ya muchos años (1962) acerca de la búsqueda de explicaciones de tipo psicológico, por ejemplo en el sentido de que la lógica de los regalos estaría en la existencia de sentimientos de cercanía y afinidad entre determinados miembros de la familia. A partir de un estudio de caso intensivo, desvirtúa la interpretación de George C. Homans y David M. Schneider hecha en términos del peso de la emoción en la explicación de los arreglos familiares, ya que, de existir tal explicación psicológica, decía, “podemos estar seguros de que es falsa” puesto que podía demostrarse que las características sociales estructurales de fondo pesaban más que las emociones a la hora de explicar ciertos tipos de reglas de intercambio matrimonial. Lo que, a su entender, no quería decir que esas dimensiones psicológicas no tuvieran influencia en la vida social (cf. Needham 1962: 126, n. 46), sino que no son las que tienen mayor peso en algunas esferas particulares (Needham sigue en esto a Edmund Leach y la crítica que éste hace a la interpretación psicologista del matrimonio preferencial con la prima cruzada patrilateral; cf. Needham 1962: 118-121).

(10)

terapeutas11, cuando no de economistas y administradores12). Por otra parte, desde las primeras décadas del siglo XX se ha venido elaborando en los países capitalistas (por parte de los medios pero también desde interpretaciones académicas) una imagen de la ama de casa como “administradora” eficiente y racional del hogar (Nava 2000: 56-57; para América Latina, Jelin 2004: 64-65; para Colombia, Serrano y Villegas 2000: 101-102).

De tal forma que, aún reconociendo cierta peculiaridad al ámbito familiar13, hay investigadores que sugieren por tanto no olvidar en los análisis el papel que juega el intercambio de bienes y, por que no, el mercado14 o el dinero15 en el seno de la familia.

11 No sólo cada vez habría menos mujeres que se dedican de tiempo completo a las labores domésticas, sino que incluso la “industria del cuidado”, así como la de los servicios domésticos y personales, ocupa a una parte cada vez mayor de la mano de obra asalariada en Europa y Estados Unidos (Folbre y Nelson 2000: 124-127; para América Latina, cf. Jelin 2004: 42 y ss.). Curiosamente, se trata de sectores con salarios devaluados (England 1999: 266). Folbre y Nelson se preguntan por las posibles soluciones a las tensiones morales y a las ansiedades que produce esta sustitución del trabajo personalizado cuando están en juego, en dichos intercambios de cuidado, aspectos como el afecto y el cariño que, se supone –erróneamente a su entender–, serían en todo caso mejor servidos en el ámbito de las relaciones familiares (cf. también Nelson y England 2002).

12 Rebecca Mead (2003), comenta que el libro Finding a Husband After 35 Using What I

Learned at Harvard Business School, de Rachel Greenwald, lleva hasta el extremo la idea de

mercado en el matrimonio, lo que antes tan solo habían hecho comediantes y novelistas. Es precisamente a la posible lectora del libro a quien hay que vender, para lo que se propone un plan estratégico en 15 etapas –similares a las usadas por el marketing empresarial, con reglas del estilo “Un objetivo clave del mercadeo es vender tu producto a tantos segmentos de consumidores como sea posible”–. Mead expone que desde los años 70’s hasta los 80’s este tipo de libros los escribían terapistas (p.e. Robin Norwood, Women who loves too much). Pero eso ha cambiado en los noventa: surgen primero libros como The rules: time-tested secrets for

capturing the heart of Mr. Right que proponen la recuperación estratégica de los principios del

cortejo pre-feministas y las reglas de eficiencia de los abogados junto a la deferencia femenina exagerada. Posteriormente se plantea en términos de negocios (por lo que no se los encuentra en la sección de “superación” de las librerías, sino en la de “administración”). Se trata de aplicar las teorías del marketing a las relaciones entre los hombres –según ha mostrado Arlie R. Hochschild (The commercialization of intimate life)–, teorías que no revelan lo que hacen las mujeres, sino la percepción de “las opciones culturales vigentes para las mujeres”.

13 Se ha venido convirtiendo en principio de investigación el tratar a la familia exclusivamente

como unidad de consumo y, por tanto, a extenderse la tendencia a centrarse principalmente en las relaciones de distribución en su seno, por lo menos en las sociedades capitalistas, y sólo en un segundo nivel en las relaciones de producción (que son consideradas como externas al hogar, pero que, en los estudios más finos, tratan de ponerse en relación entre sí: por ejemplo, atendiendo a la forma en que los miembros de la familia se vinculan al mercado de trabajo y al aporte de ingresos y su posición relativa en el hogar). En buena medida, sin embargo, esas distinciones entre ámbitos de producción y de distribución no son siempre fáciles de hacer (más aun cuando se expande la economía informal e incluso la economía formal deriva hacia los hogares parte de los procesos de producción, e incorpora en las relaciones de producción los sesgos de género que se hacen más visibles en la familia, cf. Narotzky 1988: 11-13).

14 Aceptación que no obliga, evidentemente, a tener que admitir la existencia de un único y

universal principio de interpretación del comportamiento (el actor racional que participa de un mercado autorregulado y en equilibrio), como propondría la teoría económica neoclásica (al respecto, ver las redobladas críticas de Heilbroner 2004).

(11)

Es el caso de Viviana A. Zelizer16. Trabajando a partir del caso de Estados Unidos, ella arranca de la idea de que, junto al proceso de uniformización u homogeneización de la moneda por los Estados nacionales a lo largo del XIX, se produce por parte de la población un proceso de marcado de esas mismas monedas con destinaciones y usos específicos17. De esta forma se da diferente valor a los intercambios y, también, a las personas que participan en dichos intercambios (Zelizer 1994). Eso es precisamente lo que sucede en el caso de las transacciones domésticas; por ejemplo, más que una dinámica de ordenamiento y racionalización propia del mercado, como usualmente es interpretado el hecho de establecer reservas de dinero bajo diferentes nombres (“dinero

15 Maurice Bloch, a partir de su estudio entre los Merina de Madagascar, ha destacado cómo, acerca del simbolismo del dinero, solemos llevar nuestras precauciones morales a la hora de interpretar la forma en que este funciona en otras sociedades. Bloch observó que entre los Merina no parecerían otorgarse valores especiales al dinero, y que su uso era permitido siempre y cuando sirviera para actividades que contribuyeran a nutrir y dar cuenta de sus valores (por ejemplo, para reunir esas energías de los antepasados que se dispersan continuamente con la vida cotidiana). A diferencia de lo que ocurre en el mundo capitalista, en cierta forma lo que dotaba de sentido especial a una relación no era el dinero que circulaba (que nosotros lo tratamos de alejar de las relaciones íntimas, de las familiares, por ejemplo, para evitar que se las devalúe), sino el sentido particular de esa relación y de su vínculo, siguiendo con el mismo ejemplo, con los antepasados u, otro ejemplo, con las relaciones de parentesco: lo que es rechazado son la individuación de los comportamientos o la degradación desconsiderada de las energías de los antepasados (Bloch 1989: 167, 174 y ss.). En buena medida, según Bloch (1989: 177) algo parecido podría plantearse para el caso del ámbito doméstico: el dinero sería bueno siempre y cuando contribuya a mantener los valores familiares vigentes –formando parte por tanto de esa especie de “familismo amoral” que se ha descrito repetidamente entre muchas sociedades agrarias y proto-industriales y que está en el trasfondo de muchas organizaciones mafiosas actuales: todo es legítimo en la defensa de la familia, constituida en valor superior innegable).

16 Esta autora trata de superar algunas tradiciones de investigación feministas que ven en la familia y en el “contrato matrimonial” tan sólo un espacio de dominación de género y de explotación de las mujeres –interpretaciones estas asociadas en los años setenta y ochenta al feminismo marxista (del que es un buen ejemplo el artículo de Gayle Rubin “El tráfico de mujeres: notas sobre la ‘economía política’ del sexo”, publicado en inglés en 1975; cf. Rubin 1986), quienes recuperan al F. Engels de El origen de la familia, la propiedad privada y el

estado para tratar de articular en conjunto las demandas de clase y las de género (cf. Nicholson

1986).

17 Hasta entonces la tendencia habría sido a fabricar monedas particulares o a buscar diferentes objetos como moneda circulante. Esta interpretación ya había sido planteada por Paul J. Bohannan en 1959 cuando calificaba a la economía de los Tiv (Nigeria) de multicéntrica puesto que “los bienes cambiables se reparten entre dos o más esferas mutuamente excluyentes, cada una de ellas marcada por un distinto tipo de institucionalización y por distintos valores morales” (1981: 190) de tal forma que existen distintas monedas para propósitos diferentes. Bohannan enfatizaba también que entre las diferentes esferas podían producirse ciertas conversiones – habría objetos de intercambio propios de una esfera que eran usables en otra– pero que ello provocaba fuertes tensiones morales; tensiones que la penetración de la moneda europea – moneda de uso generalizado– no haría sino agravar. Mucho antes, en los años veinte, el economista J. M. Keynes había hecho un planteamiento similar acerca de esferas de intercambio (aunque él hablaba de estándares de valor) en un texto que no sería publicado sino en 1982 (cf. Gregory 1996: 201-203). Sahlins (1994) y Middleton (2003), siguiendo con la tradición de estudios sobre las relaciones inter-étnicas o inter-culturales, insisten en que, en el caso de

(12)

para el mercado”, “para tabaco”, “para vacaciones”, etc.), se trata más bien del marcado [earmarking] de sus peculiaridades y valores relacionales diferentes18.

Otro ejemplo, en este caso referido a uno de los principales flujos de intercambio presentes en las unidades familiares, pero no el único, es que desde el siglo XIX surge una discusión acerca de la repartición del ingreso familiar en el interior del grupo doméstico. Al principio el trabajo de la mujer es asumido como trabajo emocional, no asalariado por tanto, que no importa por su valor comercial sino por otras cosas que atañen al bienestar familiar; en esos momentos el dinero que el esposo le entrega para que cubra los gastos de la familia aparece como un pago. Posteriormente, con la reivindicación del trabajo femenino y la igualdad entre los sexos, que se da al mismo

intercambios entre sociedades con esferas económicas diferentes, se recurre a la conformación de grupos sociales especializados o a arreglos institucionales singulares. En una revisión reciente del tema de las esferas de intercambio, Paul Sillitoe (2006) muestra que ello se ha dado en múltiples sociedades no-capitalistas (además de los Tiv: Tikopia, Siane, Trobriand, Fur, etc.), pero que su existencia presupone siempre la separación entre, por lo menos, una esfera de intercambio de subsistencia que garantiza la sobrevivencia de todos los miembros de la sociedad y otra esfera (de prestigio, de poder) que, asociada al establecimiento de marcas de estatus y autoridad, es donde se dan las luchas por el monopolio de posiciones las posiciones dominantes. Sillitoe destaca cómo es en el hogar donde se produce el traslado de algunos bienes de una de las esferas a la otra (de la de la producción de subsistencia a la del estatus) y como ello presupone desconocer el trabajo doméstico de las mujeres. Sillitoe (2006: 20) reclama que, en la sociedad actual, donde el dinero parecería acabar con las diferencias entre esferas, pareciera que el hogar sigue conteniendo algo de esa distinción al establecerse bienes o elementos que no son transables a cualquier costo.

18

Cf. Zelizer 1989: 348 y ss.; Zelizer 1994: 139. Para procesos similares pero que se dan en otros ámbitos (por ejemplo, en las empresas y en las transacciones sexuales), cf. Zelizer 1996: 487 y Zelizer 2000. Zelizer (1989: 343-344) expone cómo, por lo general, en las investigaciones sociológicas se dejan por fuera los aspectos no económicos del dinero y terminan por primar las aproximaciones meramente utilitarias a la economía de mercado: es por ejemplo el caso, dice ella, de Max Weber y Georg Simmel, quienes lo consideran como un medio de cambio que se desprendería progresivamente, con el transcurrir de la historia en Occidente, de cualquier atavismo en la forma de valoraciones no directamente económicas; o Karl Marx en su crítica moral del dinero como destructor de las relaciones entre personas y deshumanizador por excelencia (Zelizer 1996: 486; para una reivindicación de Simmel desde la antropología, cf. Weiner 1994: 401). Pese a las presiones, y contra lo que suponían muchos investigadores, no se ha logrado producir la monetarización homogénea ni, aclara Zelizer (1996: 492), parece que ello vaya a suceder en un futuro próximo pese a la generalización de las tarjetas de crédito y las compras por internet (al contrario, parecería incluso que estas tecnologías permitirían la creación de mercados circunscritos para cierto tipo de compradores e intercambios personalizados). Esta autora, así como algunos de los otros que se citan a continuación, forma parte de lo que en Estados Unidos se ha etiquetado como Nueva Sociología Económica: proyecto institucional más que intelectual bajo el que se agrupan varias perspectivas teóricas (análisis de redes, neo-institucionalismo y aproximación cultural a la economía, básicamente; cf. Carruthers y Uzzi 2000) que buscan, por una parte, discutir el paradigma dominante en las ciencias sociales norteamericanas (el del actor racional) para dar cuenta de la economía como construcción histórica que forma parte del sistema social y, por otra, tratan de entender las nuevas cuestiones sociales que surgen tras la crisis económica de los años setenta y el progreso del neo-liberalismo (cf. Zafirovski y Levine 1997; Steiner 2003: 274 n. 30; Convert y Heilbron 2004); . Esta tensión inevitable que se produce en el seno de la familia ha sido recogido de una forma muy sugerente en el título (y desarrollado en el interior) de un reciente libro de Elizabeth Jelin: Pan y Afectos (2004); cf. en especial las págs. 68-77.

(13)

tiempo que se generaliza la idea del salario familiar, ese dinero que el marido le entrega ya no es entendido como un pago sino como un aporte o un derecho a una parte del salario por parte de la mujer como administradora de la casa. Posteriormente, con la entrada de la mujer al mercado laboral asalariado y la posibilidad de disponer de sus propios bienes y recursos, la entrega de dinero a la mujer pasa a concebirse en la forma de regalo. Pero no se trata sólo de que se le den nombres diferentes a esa entrega de dinero, sino que con cada nombre se establecen relaciones personales diferentes: el

pago supone distancia, contingencia, contabilidad y regateo; el aporte o el derecho a una parte implica un reclamo fuerte de autonomía y poder; el regalo, intercambio más

complejo pues admite varias posibilidades, puede ser tanto subordinación y arbitrariedad como reciprocidad e igualdad (Zelizer 1994: 140)19. Además de una calidad diferente de la relación, cada una de ellas supone una duración y una temporalidad distinta: mientras por un lado el pago supone la inmediatez de una relación que se agota en sí misma, por el otro el regalo o la donación conllevan una más larga duración de la relación entre los sujetos implicados (Zelizer 1989: 366; 1996: 482)20. Por otra parte, es incluso posible una “sacralización” del dinero por medio de rituales para hacerlos accesibles y legítimos, sobre todo cuando, por ejemplo, lo que está en juego es la valoración “económica” de la vida humana (cf. Zelizer 1992: 292 y ss.): ese es parte del carácter paradójico del dinero, lo que permite explicar las dificultades para abordar su estudio desde las ciencias sociales ya que se estudian sus efectos sociales y lo que habría que hacer para evitar sus consecuencias en la vida social, pero no su carácter de “realidad social”, como siempre recordaba François Simiand (cf. Zelizer 2000b: 1888). Eso supone un esfuerzo por verlo no sólo como un elemento utilitario, ya que no es ni neutro ni anónimo socialmente (Zelizer 2000: 1890). Esta clasificación, que podría parecer a primera vista una sofisticación excesiva del investigador, se produce en realidad: es fácil constatar cómo en el seno de las familias 19 En cuanto a los tipos de gestión del dinero y las finanzas matrimoniales y su evolución

durante el siglo XX en Europa, Barbagli y Kertzer (2004: 22-23) han observado que en el primer cuarto de siglo existían dos formas: la “asignación periódica” (en la que el hombre le daba una parte mínima de los ingresos a la esposa para que surtiera los gastos necesarios de la familia y se guardaba la otra parte para él, la parte con la que cubría otros gastos así como algunos de los gastos personales (era típico de familias de clases medias y burguesía); y, “salario completo”, en la que se le entregaba la mayor parte a la esposa y él se quedaba con una mínima parte para sus gastos (era típico de familias con bajos ingresos). Ambos presuponen diferenciación del trabajo de uno y otro, así como asimetría (en el primer caso, la mujer no podía controlar el uso del dinero que se quedaba el marido, mientras que en el segundo la mujer debía tomar las decisiones destinadas a mantener a la familia apelando a recursos por lo general escasos). Hacia el final del siglo, esto evolucionó hacia la gestión conjunta, a partir de una cuenta común, dominando entonces los valores de reciprocidad y altruismo; también se daría otro caso: el tener cuentas separadas, pero con la idea de que se reparten y asumen equitativamente los gastos (esta organización se relacionaría con la existencia de mujeres de altos ingresos y con alta formación profesional que desean controlar sus ingresos).

20 Es evidente la influencia en este punto de la obra de Karl Polanyi, en especial de su fina distinción entre reciprocidad, redistribución e intercambio, y de su insistencia en que esos comportamientos no resultan de la simple agregación de comportamientos personales, sino de la existencia de estructuras o, mejor, de instituciones sociales; cf. Polanyi 1976: 161-167; aunque no citado, otro posible antecedente sociológico más directo sería el libro Principles of Economic

Sociology (1939) de D. M. Goodfellow (cf. Firth 1972). De todas formas, esas que Polanyi

llama formas de integración no son necesariamente excluyentes, pudiendo existir sistemas donde dominaría la reciprocidad pero donde estarían también presentes la redistribución y el intercambio (como es precisamente el caso de las relaciones familiares o entre parientes).

(14)

se pone especial cuidado en clarificar de qué tipo de intercambio se trata en cada caso y así evitar suspicacias, evitando que el “interés” del intercambio se manifieste de manera desnuda en las relaciones familiares más íntimas21. De esta forma, no son las reglas del mercado las que se establecen en exclusiva en la familia, sino que aspectos como la solidaridad, la generosidad, la responsabilidad, la necesidad, el compromiso, el aprecio y el afecto entran a formar parte de los procesos económicos familiares22. En otras palabras, más antiguas, las de Franz Steiner (1954: 129 [trad. nuestra]): “La tenencia de dinero, la posición en la que el dinero de una persona está ‘trabajando’ para él y no permanece ‘ocioso’, son objetivos cuya evaluación trasciende la mera evaluación de los bienes que pueden ser comprados y usados con ese dinero.”

En el caso del ya citado Allen M. Parkman (2004: 486-488), quien se mueve en la economía neoclásica y que, además de bienes privados –por ejemplo, la ropa– y bienes compartidos –el almuerzo–, introduce los “regalos” en el análisis de la economía doméstica –como sucede en aquellos casos en que uno de los esposos usa tiempo o dinero para producir bienes que usualmente sólo tienen valor para el cónyuge (y no directamente para quien los da)–; bienes que, por otra parte, no necesariamente deben ser materiales, pues pueden ser calidades en las relaciones, como la empatía o la comprensión. Parkman señala además que el énfasis de la vida familiar ha pasado de basarse en el incremento del bienestar material de los miembros de la familia al incremento del bienestar psicológico de cada uno de los miembros de la pareja. En

21

Zelizer 1989: 386. Así por ejemplo, en los intercambios monetarios con los niños se diferencia claramente entre, por lo menos, la asignación fija (semanada, mensualidad), los regalos (cumpleaños, comunión, premios) y los pagos (por ejemplo aquellos que se hacen a cambio de la realización de ciertos trabajos domésticos, como lavar el carro o ayudar en otras tareas similares). Sin embargo, estos últimos suelen también disfrazarse de regalos, de un tipo especial de regalos: o bien es un pago excesivo para el tipo de trabajo realizado, o se lo entrega acompañado de algún “detalle” sin valor que lo complementa, o se da envuelto en papel de regalo. Por otra parte, no debe olvidarse que, hoy en día, la mayor parte de los regalos son adquiridos en el mercado, así se lo trate de disimular personalizándolos (elección cuidadosa de acuerdo a los gustos de la persona regalada, marcado con el nombre propio, etc.) y ocultando su valor monetario (eliminación de las etiquetas). Sobre la dificultad en separar el ámbito mercantil respecto del de los regalos en las sociedades capitalistas –y de las estrategias que sin embargo se usan para tratar de marcar las diferencias–, cf. Cheal 1987.

22

Zelizer 1989: 368; Curtis 2004: 102; para el caso del género, cf. Benería y Roldán 1987; Laslett 1993; Aslaksen 2002; Bittman et al. 2003; Tubbs, Roy y Burton 2005; para Colombia, Zuleta y Daza 2002: 139-150); sobre las relaciones interfamiliares, cf. Nihill 2000. Como señalé antes, no voy a entrar en los debates que, tanto dentro de la economía como entre la economía y otras disciplinas sociales, se han sucedido respecto de la interpretación económica de la vida doméstica –ámbito curiosamente constituido en un recurrente caballo de batalla a la hora de discutir la validez o no de diferentes teorías económicas–; y ello no sólo por causa de la existencia de gran número de textos, sino porque el alto nivel de formalización que en ellos se usa obligaría a un esfuerzo que en estos momentos excedería seguramente su utilidad para este proyecto (por poner un único ejemplo, puede revisarse el debate sobre “Perspectivas alternativas sobre la distribución en el matrimonio”, publicado en The American Economic Review; sobre todo, Nelson 1994 y Pollak 1994). Quizás el provecho de estos debates haya sido el obligar a matizar y a hacer más complejas las propuestas de los economistas (cf. Wells y Baca Zinn 2004). Algunas reflexiones sobre la relación entre los estudios de familia y la disciplina económica se encuentran, más adelante, en Derivación II. Teorías económicas y familia: perspectivas y críticas.

(15)

buena medida los regalos juegan ahí un papel clave, pudiéndose observar que las mujeres –a su entender psicológicamente más sensibles– cualifican más sus uniones a partir de estos elementos (lo que las lleva a iniciar los trámites de separación y divorcio en mayor número cuando ellos no están presentes). Lo importante es que esa capacidad de regalar no es fácil de conocer de forma previa al matrimonio, a la unión, por lo que difícilmente juega un papel significativo en la toma de la decisión matrimonial; así como también es difícil de negociar durante el transcurso del matrimonio. Para todo ello se basa en Gary Becker y en otros autores de la Nueva Economía de la Familia, quienes asumen que las familias tienen un mayor acceso a bienes cuando se produce cierta especialización entre los miembros de la familia, lo que implica tanto la existencia de cierto altruismo como la prevalencia de alguna fuerza central, como la existencia de roles de género socialmente sancionados (Parkman 2004: 484). Sin embargo, con los cambios en el matrimonio y el surgimiento de los companionate marriages, la especialización dejaría de funcionar bien (se produciría un aumento del empleo de las esposas, una reducción de la demanda de hijos, la introducción de innovaciones tecnológicas, etc.), a lo que contribuirían las leyes de divorcio (que pasa a ser factible sin que necesariamente tenga que haber un culpable de la ruptura matrimonial), que llevan a un énfasis en la satisfacción psicológica personal, por encima incluso de la material, a la hora de valorar la relación: se espera no sólo que el hombre colabore y se ocupe de ciertas labores, sino también que asuma algunos de los valores asociados a la vida en pareja, como la empatía o la fluidez en la comunicación personal; igualmente, se espera cierta autolimitación de la carrera profesional por parte de uno de los esposos para poder estar más tiempo en la casa y facilitar la carrera del cónyuge. Es decir, se espera amistad, apoyo, colaboración y equidad expresada en acciones concretas, de las que el ofrecimiento de regalos es una muestra (Parkman 2004: 485-487)23.

Siguiendo en esta línea, pero volviendo al caso de las separaciones y los divorcios (Simpson 1997), en ellos el intercambio de objetos sirve para demostrar el estado de las emociones entre los cónyuges, el “clima emocional”, pasando los objetos a formar parte de los “idiomas relacionales” que se establecen entre los esposos y entre estos y los hijos. No sólo están en juego los valores económicos de esos objetos (propiedades y pensiones) sino el sentido particular, en todo caso simbólico (Gregory 1996: 214), que adquieren en cada uno de esos intercambios: por ejemplo, cuando el dinero entregado directamente por uno de los progenitores a su hijo se asume como una forma de impugnación de la autoridad de quien quedó a cargo del hijo después del divorcio; o cuando los regalos a los hijos se usan como instrumentos de lucha entre los padres por el afecto de los hijos durante el proceso de separación. De esta forma, en el intercambio está implicado no sólo el objeto intercambiado sino sobre todo la calidad de la relación (relación que puede enmarcarse dentro de un continuum que va desde la cooperación hasta la explotación –cuando hay reciprocidad negativa y asimetría en la relación, por 23 Es larga la historia y voluminoso el conjunto de estudios que, bajo la denominación teoría del

intercambio [exchange theory] cruzan las características personales (individuales o categoriales –clase, raza, educación, etc.–) de los cónyuges para ver cuáles de esas características (sean individuales o categoriales –clase, raza, educación, etc.–) inciden en la creación de los matrimonios y marcan su estabilidad (cf. Collins y Coltrane 1991: 23-25); por no remitir a los muchos textos recientes, cabe destacar, entre los antiguos, a Halbwachs (1935), Waller (1937), Burgess y Wallin (1943 y 1944), Hollingshead (1950) y Elder (1969). Quizás la síntesis de este modelo de interpretación sea el libro de Peter Blau Exchange and Power in Social Life (1986), publicado originalmente en 1964, en que parte de la aplicación del análisis marginal de la economía en el estudio de las dinámicas sociales (desde el amor romántico hasta el intercambio económico, pasando por las relaciones jerárquicas y las diferencias de poder).

(16)

ejemplo–; cf. Steiner 1954; Gouldner 1960: 164 y ss.; Nihill 2000; Nelson y England 2002: 6 y ss.), así como los plazos temporales que entre los intercambios se colocan: más que la inmediatez de la reciprocidad se espera que la “devolución” no se produzca de inmediato, sino que se la dilate relativamente en el tiempo, pero no demasiado como para aparecer como una entrega unilateral, como una “reciprocidad inmediata” que cierra la posibilidad misma de una relación continuada (Cicchelli-Pugeault 2002: 132-133). Pero, además, el obsequio o regalo mismo puede usarse como mecanismo de revalorización de una relación (Rapoport 2000), como acción performativa que hace o redefine a la relación (Laslett 1993: 306) e incluso en ocasiones como substituto simbólico de una carencia o déficit en la relación (por ejemplo, acerca de la tendencia a sustituir el cada vez más escaso tiempo dedicado la familia por regalos, cf. Tubbs, Roy y Burton 2005: 85). Puede decirse incluso que la denegación por parte de algunos individuos de la posibilidad de estimación del afecto por medio de la “medición” del valor económico de los intercambios –es decir, de declarar su incomensurabilidad– es una forma de mostrar el alto valor atribuido a una determinada relación (Espeland y Stevens 1998: 314-315 y 327-328)24.

De esta forma nos aproximamos a otro elemento que puede vincularse al intercambio de bienes en el seno de la familia: las dimensiones rituales y al papel que en ellas juegan los intercambios, sus escenificaciones y simbolizaciones.

Una investigación pionera centrada en el papel que el ritual juega en las dinámicas familiares es el que adelantaron, desde mediados de los años cuarenta en la zona de Pennsylvania), los sociólogos James H. Bossard y Eleanor S. Boll. Ellos se preguntaban si los rituales familiares debían ser tomados apenas como síntomas o indicadores del estado de la vida familiar (por ejemplo en términos de integración) o, más bien, como destacados elementos constitutivos de esa vida familiar. Aunque habrían de reivindicar el estudio de los rituales familiares como una forma fácil y expedita para estudiar la familia, hacían sin embargo énfasis en el carácter performativo que ellos tenían, enlazando así con la perspectiva desarrollada por Émile Durkheim (1993) a partir del papel de los rituales en la vida religiosa. Los rituales –“patrones de comportamiento formal prescritos, pertenecientes a algún evento, ocasión o situación específica, que tienden a ser repetidos una y otra vez” (Bossard y Boll 1949: 463; 1960: 429)– no debían ser por tanto confundidos con rutinas ni con comportamientos habituales. Aún aquellos rituales familiares más simples (por ejemplo las comidas, con sus formas reiteradas de servir o de sentarse los comensales en la mesa) se revestían de cierto carácter de excepcionalidad (de cierta sacralidad no teológica, “secular” dirán) y, gracias al hecho de establecer un foco de actividad y atención común (actividades cooperativas) encadenada y reiterada rítmicamente (cada día, semana, estación o año), creaban fuertes entramados de relaciones regularizadas, de patrones de comportamiento (diferenciados de acuerdo al estatus) y de valores compartidos25.

24

Estos autores lanzan la hipótesis de que es precisamente en los límites entre esferas institucionales, es decir, entre ámbitos regidos por diferentes formas de valoración, donde surgen los conflictos y donde se producen los reclamos más fuertes de inconmensurabilidad; es el caso de las relaciones familiares donde pueden estar en contacto valoraciones en términos monetarios junto a valoraciones en términos afectivos o emocionales (Espeland y Stevens 1998: 332).

25 Un intento pionero de aplicación específica de estas ideas, apoyadas en el modelo de Erving

(17)

Contra lo que se aceptaba comúnmente, estos dos investigadores insistieron en la idea de que este tipo de rituales familiares no desaparecía con el avance del tiempo y de la vida moderna sino que, al contrario, parecía incrementarse su número dada la mayor disponibilidad de tiempo libre y de ocio por parte de las familias norteamericanas (así como se producía una progresiva mercantilización, incluso con el invento de nuevas celebraciones y motivos, como el día de la madre o el día del padre; cf. Bossard y Boll 1949: 465-466)26. Por otra parte, la presencia de personas foráneas (por ejemplo, de invitados) en estos rituales contribuía, según estos ellos a fortalecer su carácter normativo y, al tiempo, a preparar a los niños para su adecuado comportamiento en ámbitos sociales diferentes –frente a otras familias, por ejemplo, o en rituales más públicos– (cf. Bossard y Boll 1947)27.

La importancia de este tipo de rituales se hace evidente en los momentos en que alguna separación afecta a la familia: el regreso a la vida familiar tras un periodo de ausencia suele suponer por un lado un choque sensible y la necesidad de readaptarse a sus

Annabella B. Motz (1976 [1965]. Se hace en él una presentación en forma de analogía teatral de las interacciones entre lo que sucede en el escenario [front-stage] y lo que ocurre tras las bambalinas [backstage] familiares. Sin embargo, la idea que propone esta investigadora es que las dinámicas de la familia hacia adentro son aquellas donde los “actores” se preparan para sus actuaciones “externas” (en la escuela, los comercios, el trabajo, la iglesia, las calles…). En buena medida, por tanto, las dinámicas internas de la familia, las escenas domésticas, privadas, parecerían entonces en todo caso como subsidiarias, ya que sería el escenario principal, externo, el que “determina la dirección y el contenido del drama…” (Motz 1976: 297); además, son esas actuaciones hacia fuera las que validan o no las actuaciones, el desempeño adecuado o no de los papeles.

26 Estos autores insistían en el carácter a veces fortuito de surgimiento de estos rituales (un accidente o acto esporádico podía convertirse en un acontecimiento recordado y conmemorado cíclicamente), así como en la posibilidad de su variación temporal: las repeticiones no eran siempre exactas sino que los rituales se modificaban para adaptarse a nuevas circunstancias familiares (presencia de nuevos miembros, falta de otros miembros, por ejemplo). En este sentido, uno de los elementos que debían tenerse en cuenta era el tamaño de la familia, lo que implicaba un mayor índice de interacciones cotidianas y, en consecuencia, de mayor número de rituales destinados a pautar y ordenar la vida doméstica; el otro eran los diferenciales económicos entre familias, siendo más comunes y formalizados los rituales entre las clases más altas, mientras que entre los sectores más pobres se los sustituía por “rituales de expulsión” destinados a sacar de manera expedita de la casa a los miembros de la familia (Bossard y Boll 1949: 466-467; Bossard 1951: 245).

27 En el ámbito público, otros rituales, como los de pasaje o transición, cumplían funciones

semejantes; para un análisis de los bailes de debutantes que servían para presentar en público a las jóvenes de la alta sociedad de Filadelfia, cf. Bossard y Boll 1948. En el caso de los rituales matrimoniales, en especial de la boda, Martine Segalen (2005: cap. 5) muestra su flexibilidad y polisemia en la actualidad: Cada vez más los novios tienen mayor control sobre el ritual, pero las formas no se han perdido e incluso algunas se han revitalizado (con la vuelta a las “bodas tradicionales” con toda su parafernalia). Y ahora pasa a dominar más la dimensión festiva que alarga el ritual y lo llena de nuevos contenidos (eventos adyacentes cada vez más importantes, como las despedidas de solteros, los preparativos colectivos de las diferentes partes de la boda, etc.). Ello ha implicado también un desarrollo de los regalos rituales: un intercambio más intenso de bienes –más que de ayuda, como era antes, aunque ésta también persiste– (cf. Segalen 2005: 152 y ss.).

(18)

dinámicas y comportamientos pertinentes (Schuetz 1945), de la misma forma que la constitución de una familia pasa por una serie de adaptaciones iniciales similares; por otro, precisamente el recurso a los rituales (comidas de bienvenida, por ejemplo) suele ser una vía que muestra su valor como integradores sociales, como formas de reactivación de la memoria en sus formas más básicas y, también, cuando se trata de dar vida a una nueva unidad (familia, amistad, etc.).

Debe tenerse en cuenta también el papel que juegan, en este tipo de rituales, los artefactos producidos desde fuera y que inciden en su dinámica. El ejemplo más recurrente ha sido el de la fotografía que, con la evolución técnica experimentada en los dos últimos siglos ha terminado por formar parte de las actividades más cotidianas de la familia. Judith Williamson (1994) mostró cómo las fotografías familiares (de aficionados) solían recurrir en general al mismo tipo de poses, tomas y formas de exposición. Curiosamente, la tendencia era a recoger en fotografías los momentos más alegres y destacados de la vida familiar, de sus rituales más apreciados, evitando en todo caso que aparecieran aquellos momentos de crisis o de conflicto interno, los cuales eran reprimidos. En ello veía el papel de la publicidad misma y de las formas de promoción de las cámaras o los rollos fotográficos, la imitación de las fotos de las revistas y de las imágenes de los famosos. De tal forma, señalaba esta autora, que la familia tendía a ser medida (su normalidad, su adecuación o adecuado comportamiento) precisamente a partir de esas representaciones, de esa versión feliz de la vida familiar. Por otro lado, los rituales, por medio de su recuerdo, entraban así en una cadena de interacciones que podía ser actualizada sin necesidad de realizar el ritual: el álbum servía para recuperarlos, individual pero también a veces colectivamente.

En cuanto al papel que la economía podría jugar en este tipo de encadenamientos rituales, un texto ya antiguo de J. Davis (1973) nos permite recuperar esta perspectiva. En este caso, y en contra de interpretaciones estructuralistas y normativistas, y retomando a Malinowski con su énfasis en la capacidad de inventiva para subvertir las obligaciones morales, habla de cómo las “formas sociales” son el resultado emergente de elecciones, intercambios y transacciones –no reducibles sin embargo a un único principio, el de maximización–.

El hecho de que sea posible ponerle valor monetario a algunos servicios conyugales no significa que ellos sean transados de esa forma (Davis 1973: 166). Su estrategia es mirar partes de la economía de mercado que pueden estar afectadas por las relaciones sociales y a su vez influir en ellas; por ejemplo, las “fiestas de ventas” (típicas de la compañía Tupperware, firma vendedora de productos plásticos para el hogar), en las que se moviliza tanto el tiempo y los recursos (uso de la casa, preparación de alimentos, tiempo de los diferentes miembros de la familia, reconstrucción de las redes de conocidos que serán convertidos en clientes, etc.) de una mujer investida del rol de invitadora/vendedora, y en la que se cruzan actividades de diversión, sociabilidad y comercio (Davis 1973: 167 y ss.). Como resultado, no sólo se incrementan las relaciones comerciales –que, de nuevo, no son reducibles a la mera búsqueda de maximización: pues a veces se compra por compromiso, por ayudar a la anfitriona, por pasar el rato– sino que, también, se intensifican las de amistad, parentesco o vecindario y los vínculos familiares28.

28 Un sociólogo reciente que ha desarrollado todas estas elaboraciones sobre la vida ritual a

Referencias

Documento similar

Esta formación se produce mediante el doctorado (13 alumnos, lo que significa el 32% de los encuestados), diferentes másteres entre los que destacan de nuevo el de Profesorado

Volviendo a la jurisprudencia del Tribunal de Justicia, conviene recor- dar que, con el tiempo, este órgano se vio en la necesidad de determinar si los actos de los Estados

4.- Másteres del ámbito de la Biología Molecular y Biotecnología (9% de los títulos. Destaca el de Biotecnología Molecular de la UB con un 4% y se incluyen otros

Esta corriente dentro de la arquitectura, registra al Diseño como herramienta fundamental para mejorar la sustentabilidad en el hábitat.. Es más abarcativa que la corriente

BUBER'NEUaiAMN, Margarete ¡ Von Potsáam ndch Moskau. SMíionen eines Irftveges. Stuttgart, 1957; Deutsche Verlags-Anstalt, 480 págs... DAHM: Deutsches Reckt. Die geschichüichen

En definitiva el profesor deberá tratar de desarrollar en los alumnos una serie de habilidades tanto mentales como mo- trices, con la finalidad de conseguir desa- rrollar un

How do you achieve a book like On the Ocean, a longue durée vision about the interaction between the maritime environment and the Mediterranean and Atlantic

pues aixó es lo pichOi', Qni hacha vist á Pepa Lluesma y á tats així el 'apaüatsL .. Podrá dir qne disfras,ats mas ha vist en