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Módulo Ilustración

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Academic year: 2020

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1 COLEGIO PÍO IX–HISTORIA DE LA CULTURA III

6º año Técnica Lic. Flavio A. Sturla

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A

I

LUSTRACIÓN O EL SIGLO DE LAS

LUCES

(

X

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XVIII)

FUENTE:www.cultureduca.com

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El siglo XVIII estuvo marcado por la Ilustración, entendiendo ésta como un movimiento cultural, de gran influencia social, que se extendió a casi todas las ramas del saber y que dejó notar su influencia en casi todas las artes. La Ilustración fue, por otro lado, un fenómeno cultural sin fronteras, de manera que fue capaz de generar una mentalidad común en amplios sectores de la población de toda Europa. Desde luego no en todos los países arraigó con la misma fuerza, ni afectó por igual a todas las capas sociales. Los estratos más bajos, económica y culturalmente, siguieron aferrados a una mentalidad anticuada más próxima al sentimentalismo religioso del Barroco que a las ideas renovadoras de la Ilustración.

Son muchos los epígrafes que pueden aplicarse al siglo XVIII. Así se denomina este siglo como el de la "Ilustración", "Siglo de la Razón" o "Siglo de las luces"; o, desde otros puntos de vista, "Revolución Agrícola", "Primera Revolución Industrial" o "Caída del Antiguo Régimen". Todo ello refleja el dinamismo de una época que nos ofreció ya gran parte de la terminología política y social de nuestro tiempo, algunas de las concepciones básicas de la economía actual o postulados científicos y tendencias filosóficas que han marcado y aún marcan la ciencia y la filosofía de hoy. Desde sus primeras décadas, el siglo XVIII comenzó a poner de manifiesto el enfrentamiento entre el sistema establecido y una nueva ideología, cuyos intereses reformistas iban en contra de ese sistema. La disputa, que de hecho era la mantenida entre la herencia del viejo feudalismo y la modernidad de las formas políticas de corte liberal, quedó plasmada en el enfrentamiento entre la ideología defensora del Antiguo Régimen y la nueva ideología de la Ilustración. No obstante, el sistema del Antiguo Régimen supo, al menos inicialmente, adaptar para sí el reformismo ilustrado, dando lugar con ello al denominado "Despotismo Ilustrado" o más justamente al "Absolutismo Ilustrado". Esta fórmula, que funcionó durante algunas décadas, no supuso la desaparición de la contradicción que, de manera latente, seguía existiendo y que, antes de finalizar el siglo, daría lugar a la "Revolución Francesa", la primera gran crisis del Antiguo Régimen en el continente europeo, anunciada poco antes por la independencia de las colonias inglesas de América.

El siglo XVIII se inició en Europa con la última guerra que los conflictos del siglo anterior le dejaban como secuela. Era la Guerra de Sucesión a la corona española que había quedado sin heredero tras la muerte de Carlos II, el último monarca de la dinastía de los Habsburgo. Fue una guerra en la que participaron casi todas las naciones europeas y en la que, una vez más, se pretendía impedir el predominio de una nación u otra en el marco europeo (en este caso de Francia o Austria). Pero, a comienzos del siglo XVIII, los síntomas de agotamiento, tras un siglo repleto de guerras, eran ya una carga que las naciones europeas difícilmente podían mantener. La Paz de Utrecht (1713) puso fin al conflicto, en España comenzó a reinar la dinastía de los Borbones y, para Europa, se abrió una época de relativa paz en la que sólo se deseaba mantener una política de equilibrio. El siglo XVII, por otro lado, había sido un periodo lleno de conflictos internos de carácter social, que recogieron el profundo sentimiento de descontento de las masas populares ante unas políticas que se desentendían por completo de sus problemas. No obstante, ese mismo siglo también había dado como frutos el racionalismo filosófico y los grandes avances de la experimentación científica, pero, sobre todo, la aparición del sistema parlamentario inglés, que, tras un proceso revolucionario y la eliminación de una dinastía de tendencia absolutista, se había impuesto definitivamente.

En este ambiente y, en parte, como fruto de estos condicionantes, fue surgiendo la Ilustración, cuyas ideas primordiales suponían una crítica al Antiguo Régimen y, por lo tanto, a las monarquías absolutistas, al tiempo que propugnaban una fe en el progreso como fórmula de alcanzar una mayor felicidad.

El pensamiento ilustrado

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todo aquello que del ideario ilustrado podía ser aplicado en su política, sin poner en peligro su poder absoluto. Esta adecuación entre Absolutismo e Ilustración fue una forma perfecta de neutralizar toda la capacidad revolucionaria de la nueva ideología.

Nació así el Absolutismo Ilustrado, que, con la fórmula de "todo para el pueblo, pero sin el pueblo" logró, momentáneamente, frenar el proceso de crisis al que estaba directamente encaminado el sistema del Antiguo Régimen. El fracaso social e, incluso de política exterior que había supuesto el absolutismo del siglo XVII, pretendió ser subsanado durante el siglo XVIII con las reformas que casi todos los monarcas europeos emprendieron siguiendo planteamientos ilustrados. No obstante, el Absolutismo Ilustrado era, por encima de todo, absolutismo, por ello los monarcas se ocuparon primordialmente de reforzar sus propias posiciones políticas, de manera que medidas como la liberación de los campesinos, además de resultar enormemente populares, tenían como misión fortalecer el poder real al quedar los campesinos directamente sujetos al Estado y al limitar con ello, un poco más, el poder de la nobleza.

Las reformas ilustradas

Muchas de las reformas ilustradas tuvieron como misión acabar con los privilegios forales, justificándolo con el argumento de la igualdad de todos frente al Estado. Hubo, desde luego, reformas que significaron mejoras: se suavizó la justicia con la desaparición de las torturas, fue anulada la Inquisición, se difundió la educación, se realizaron mejoras agrícolas (canales de regadío y extensión de nuevos cultivos), se suprimieron aduanas interiores, se construyeron caminos o se proclamó cierta tolerancia religiosa; pero todo ello no tuvo más finalidad que la de reforzar el poder del monarca como representante del Estado. Analizadas una por una, esas reformas pueden ofrecer la sensación de que favorecían a los sectores más amplios de la estructura social, pero, aun siendo así, puede afirmarse que, si la base vivía mejor, era más rica (en realidad menos pobre) y se sentía menos sometida, también obedecería mejor y podría pagar más altos impuestos. Por otro lado, el mismo análisis de esas reformas demuestra que, con ellas, se limitaba el poder de la nobleza y de la Iglesia, se suprimían privilegios a ciudades o regiones o se eliminaban ventajas anteriormente concedidas a asociaciones mercantiles. El resultado final de las reformas ilustradas fue un indudable progreso económico, puesto de manifiesto en los síntomas de la primera fase de la Revolución Industrial, pero también la agudización de muchas de las contradicciones internas del Antiguo Régimen. Los monarcas, que no podían ya considerarse reyes por derecho divino (el racionalismo ilustrado se lo impedía) ni tampoco fundamentar su poder en la voluntad popular (la propia esencia del absolutismo se lo impedía), se quedaron sin una base teórica que justificara su autoridad.

El tradicional apoyo que la nobleza y el clero habían ofrecido a las monarquías se vio minado cuando se intentó que estos grupos privilegiados pagaran impuestos. La más o menos creciente burguesía, sobre quien recaía el peso económico del Estado, no encontraba satisfacción a sus aspiraciones de poder político, reservado para nobles y clérigos. Y por lo que respecta a las capas sociales económicamente más débiles, la reciente apertura de ideas que significó la Ilustración, pronto hizo que sus aspiraciones no se limitasen a las tenues mejoras del Absolutismo Ilustrado. Cuando todas estas contradicciones comenzaron a manifestarse, el Antiguo Régimen entró en una crisis cuyo primer síntoma fue la Independencia de los Estados Unidos de América, y la culminación, la Revolución Francesa de 1789.

MENTALIDAD Y PENSAMIENTO

El movimiento cultural de la Ilustración no puede decirse que tuviera en su base un conjunto de ideas, a partir de las cuales se desarrolló. Su proceso de aparición y, sobre todo, de consolidación, fue el resultado de unir diferentes influencias, que dieron como resultado, más que un conjunto doctrinal, una nueva mentalidad, lo que se ha venido a llamar el "espíritu ilustrado". La Ilustración tuvo su foco inicial en Inglaterra, de donde tomó su fuerte tendencia al liberalismo, por el sistema político inglés, y su carácter práctico, por el empirismo y el desarrollo de las ciencias experimentales y naturales. Ahora bien, donde la Ilustración alcanzó su máximo desarrollo y desde donde

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Antiguo Régimen y con la Iglesia, al tiempo que encontró su mayor aceptación entre la burguesía y los intelectuales de las llamadas profesionales liberales. De todos modos, la rápida adopción por parte de algunos monarcas absolutos de ciertas ideas reformistas ilustradas, hizo que el choque con el Antiguo Régimen se retrasara hasta el estallido revolucionario francés. El enfrentamiento con la Iglesia significó una pérdida del poder de ésta, ya que el ateísmo o el deísmo (creencia en Dios, pero no en la Iglesia) que se desprendió del pensamiento ilustrado, suponían una opción individual; no obstante, las mayores críticas ilustradas en materia religiosa no se orientaron hacia problemas de fe o de dogma, sino hacia la estructuración de la jerarquía eclesiástica, a su control de la educación o a sus vinculaciones con el poder político. El pensamiento ilustrado se manifestó en muchos campos, pero, por su importancia posterior, destacan las obras de contenido político y social que realizaron una serie de teóricos (entonces llamados filósofos) franceses, entre los que destacan Montesquieu, Voltaire y Rousseau. Montesquieu (1689-1755), que pertenecía a la aristocracia, escribió numerosas obras, muchas de las cuales fueron inicialmente publicadas con seudónimos, como sucedió con su principal aportación al pensamiento político.

El espíritu de las leyes en la que propugnaba la necesidad de la división de poderes legislativo, ejecutivo y judicial, como garantía de libertad y en evidente oposición al sistema absolutista. En sus Cartas Persas, por otro lado, Montesquieu realizó un análisis crítico, no exento de humor, de la sociedad de su tiempo. Voltaire (1694-1778), que fue un auténtico prototipo del hombre ilustrado, dirigió sus ataques a la estupidez del comportamiento humano y a la religión. En su producción como autor alternó la literatura de ficción, en la que plasmaba sus ideas, con los ensayos y los textos de historia en los que introduce como novedad planteamientos de historia social. Entre sus obras, destacan Cándido, novela que critica el conformismo, y el Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones. Rousseau (1712-1778), que no participó por completo de la ideología ilustrada, desarrolló, sin embargo, un pensamiento de enorme influencia posterior. Preocupado por la educación,

planteó sus tesis en su obra Emilio, que resultaron escandalosas para la sociedad de su

tiempo. De todos modos, su gran aportación fue El Contrato Social, libro en el que atacaba el absolutismo, al considerar que todos los hombres son libres e iguales y que tan sólo deben perder parte de su libertad para acatar la voluntad general de un gobierno democrático.

La Enciclopedia

La Enciclopedia o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios fue la gran obra difusora de la Ilustración francesa. Sus impulsores fueron Diderot y D'Alembert, quienes, con el apoyo de los 4.000 suscriptores que la financiaron, hicieron posible su aparición a pesar de las duras críticas que suscitó entre el clero, sobre todo los jesuitas, y entre gran parte de la nobleza. Diderot fue quien dio forma al proyecto, entendiendo que la obra debía ser algo más que meramente informativa, por lo que gran cantidad de artículos de carácter crítico debían despertar la polémica ideológica. La Enciclopedia contó con la colaboración de los mejores pensadores y teóricos de su época, entre los que merecen destacarse Voltaire, Montesquieu, Rousseau, Buffon, naturalista que se ocupó de clasificaciones de especies, Quesnay, propulsor del fisiocratismo, o Turgot, que fue, con intenciones reformistas, ministro de Hacienda de Luis XVI. Junto a los citados y otros muchos, también trabajaron en la Enciclopedia artesanos y dibujantes que se encargaron de difundir, con dibujos, todo tipo de técnicas, máquinas o instrumentos, ya que la Enciclopedia estaba constituida por 28 tomos, de los cuales 17 eran de texto y 11 de ilustraciones. La edición de la obra se prolongó durante varios años y pasó por momentos difíciles que estuvieron a punto de acabar con el proyecto, pero, gracias al empeño de Diderot, la obra llegó a completarse. En 1751 apareció el primer tomo y en 1772 el último, aunque los 17 tomos de texto terminaron de editarse en 1765. La Enciclopedia, que supuso la difusión de todo el saber científico y técnico más avanzado de su época, alcanzó fama, sobre todo, por sus textos ideológicos, los cuales tenían la pretensión, según el propio D'Alembert, de discutirlo y analizarlo todo desde las ciencias físicas y naturales hasta la metafísica, desde los derechos políticos hasta los gustos en materia de arte.

La Ilustración como mentalidad de una época

La rápida difusión de las ideas ilustradas fue posible, en parte, por el desarrollo de la prensa. Los semanarios y las publicaciones periódicas del siglo XVIII no contaban con los medios necesarios para ser difusores de noticias, por lo que se trató de una prensa de opinión en la que fue quedando plasmado el pensamiento ilustrado. Desde 1751, fecha en la que comenzó a editarse la Enciclopedia, esa difusión fue aún más rápida y, pronto, siguiendo el ideario ilustrado de iluminarse, se generalizó un deseo de aprender que trascendió de los círculos de intelectuales, hasta llegar a sectores sociales más amplios.

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Academias, los Museos de Ciencias y de Artes, los Jardines Botánicos, los Observatorios o las Sociedades de Amigos del País surgidas en España. Las clases acomodadas fomentaron los denominados "salones", que no eran otra cosa que reuniones en domicilios particulares a las que se invitaba a hombres de ciencia, a pensadores, a políticos y a artistas, para discutir o comentar las nuevas ideas o la última publicación aparecida. Así, el modo de pensar de un burgués culto de París o Burdeos apenas difería del de uno de Barcelona o Milán, creándose con ello una auténtica mentalidad común, base de lo que, con el tiempo, llegaría a ser lo que hoy denominamos mentalidad occidental. A otro nivel, la gran importancia que la Ilustración le dio a la educación pronto supuso que los gobiernos, aun los absolutistas, se sintieran responsables de la educación de sus súbditos. Se fundaron así las primeras escuelas de carácter estatal, se estructuraron los estudios en diferentes niveles y las universidades salieron del estancamiento en el que se encontraban, al incorporar en sus planes de estudio las nuevas ciencias experimentales y al aceptar aquellas doctrinas que, por avanzadas, habían sido despreciadas o rechazadas durante el siglo XVII. Se generó, en suma, un ambiente de tolerancia y de respeto ante cualquier idea o teoría, como fruto de una ideología que ponía su fe en la libertad, en el derecho igualitario y en el progreso humano. Por todo ello puede decirse que el movimiento cultural de la Ilustración afectó ampliamente a la sociedad europea. Pues, aunque para muchos, la Ilustración no significó más que poder aprender a leer y escribir, se daba con ello un gran paso.

La filosofía: el empirismo inglés y Kant

Si el siglo XVII había sido el siglo del racionalismo cartesiano, el XVIII fue el siglo del empirismo inglés, cuya aparición fue, en gran medida, una respuesta al racionalismo. Ambas corrientes filosóficas fueron, en esencia, dos teorías del conocimiento contrapuestas que, antes de finalizar el siglo, quedarían sintetizadas en la obra de Kant. El empirismo fue una filosofía desarrollada por pensadores británicos (de ahí lo de inglés) el primero de los cuales fue Locke, que ya planteó sus tesis en el siglo XVII; tras él, ya en el siglo XVIII, dos filósofos, Berkeley y Hume, llevaron el empirismo a posturas más extremas y radicales. Básicamente, el empirismo mantiene que todo lo que se puede conocer es lo que nos llega a través de la experiencia (de los sentidos), por lo tanto, su oposición al racionalismo vino dada al no aceptar la existencia de las ideas innatas de Descartes como ideas que suponen un conocimiento. Para Locke (1632-1704), el conocimiento se concretaba en ideas, pero éstas no eran más que representaciones que el conocimiento se hacía de la realidad exterior a partir de la información recogida por la experiencia. Ahora bien, puesto que los sentidos sólo nos informan de determinadas cualidades de las cosas, pero no de la sustancia o de la estructura que sustenta esas cualidades, habrá que deducir que existe una

realidad distinta que no es posible conocer. Berkeley (1685-1753) retomó las conclusiones de Locke para negarlas con una original teoría, según la cual, las ideas no

son representaciones (incompletas) de las cosas reales, sino que las cosas reales son simplemente ideas. Berkeley justificaba su teoría a partir de la consideración de que ser significa solamente capacidad de ser percibido, es decir, todo lo que existe, existe porque puede ser percibido, por lo tanto las cosas no son más que las ideas percibidas. Hume (1711-1776) fue más lejos con sus teorías, pues no sólo consideró que sólo se conoce por la experiencia (a ese conocimiento lo llamó impresiones) y de manera limitada, sino que esa limitación se extiende a la imposibilidad de conocer el propio yo como ser real, o como sustancia espiritual, quedando éste como la simple suma de los pensamientos que contiene. Así, el universo quedaba para Hume reducido a una serie de fenómenos que no tienen por qué ser apariencias de otra realidad más real. El pensamiento de Hume fue el más complejo de entre todos los empiristas, y tras sus minuciosos análisis llegaba a una situación de escepticismo total con respecto a la capacidad de conocer del ser humano. Así, mientras Locke y Berkeley habían llegado a la idea de Dios justificándola como causa, Hume no accede a la metafísica porque su pensamiento niega la posibilidad de acceder a la propia física (realidad).

Todo el pensamiento filosófico del siglo XVIII quedó revolucionado con la obra de Emmanuel Kant (1724-1804) que no sólo significó la síntesis entre racionalismo y empirismo, sino que además abrió a la filosofía nuevos caminos con su idealismo, en el que entendía que la razón no puede hacer de la metafísica una ciencia, pero que, sin embargo, ésta se aparece a la razón como un ideal al que tiende.

Kant. El idealismo filosófico

La filosofía de Kant supuso un intento de síntesis entre racionalismo y empirismo, que superó a ambas corrientes. En este sentido, la filosofía de Kant fue básicamente, una teoría del conocimiento. Pero, como hombre inserto en la ilustración, Kant planteó su teoría del conocimiento como una fórmula de alcanzar la libertad y como un modelo moral de comportamiento.

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5 contemporáneos.

Para indicar de manera esquemática las líneas generales del pensamiento kantiano, es preciso partir de la diferencia fundamental entre racionalismo y empirismo:

- para los racionalistas, sólo se conoce a través de la razón,

- para los empiristas, la razón es quien conoce, pero a través de los sentidos.

Así, Kant entiende que lo primero que debe hacerse es un minucioso análisis de la razón para clarificar ese enfrentamiento entre el dominio de la razón o la derrota de la misma por los sentidos. Para Kant, esa crítica de la razón supone un proceso mediante el cual logramos ilustrarnos, iluminarnos, para conseguir la libertad. De ese modo, la filosofía es la ciencia que pone en relación los conocimientos de la razón con los fines esenciales de la propia razón. Por lo tanto, la filosofía debe responder a tres preguntas: ¿qué puedo conocer? ¿qué debo hacer? ¿qué puedo esperar? A la primera pregunta, Kant respondió en su obra Crítica de la razón pura. Buscar cuál era la razón pura era clarificar el enfrentamiento entre racionalismo y empirismo. Esa primera pregunta suponía responder a cuáles eran: los principios y los límites del conocimiento. Los principios eran, para Kant: la sensibilidad (empirismo) y el entendimiento (racionalismo).

Los límites del conocimiento eran, por su parte, el gran problema que en realidad enfrentaba a racionalistas y empiristas, ya que, mientras Descartes había llegado al conocimiento metafísico a través de su idea innata de Dios, el Empirismo de Hume, prácticamente había afirmado que era imposible el conocimiento de lo real y, menos aún, el metafísico. Para Kant, lo importante era descubrir si resultaba posible un conocimiento metafísico, de características similares a las del conocimiento científico, que permitiera establecer verdades indiscutibles metafísicas (es decir, una demostración científica de la existencia de Dios, del alma, etc.).

CIENCIA Y TÉCNICA

El ambiente generado por el movimiento de la Ilustración actuó como un gran potenciador del desarrollo científico y técnico del siglo XVIII, haciendo de esta época un periodo de gran vitalidad creadora. La tendencia hacia lo práctico supuso que ciencia y técnica caminaran muy unidas y que la pretensión de buscar aplicaciones concretas a los descubrimientos científicos se generalizara. En este sentido, la influencia británica fue enorme, allí se desarrolló el empirismo, cuya fe en la experiencia suponía la confirmación de la tendencia experimentalista que, desde hacía tiempo se había hecho patente en el ambiente científico inglés. En gran medida fue esa mentalidad práctica la que permitió a Inglaterra ser la cuna de la

Revolución Industrial.

Por todo ello, fue frecuente que descubrimientos científicos del siglo XVII encontraran su utilidad en esta época en la que se sintió menos interés por las teorías o las hipótesis que por las posibles aplicaciones prácticas. La fe en el progreso de la humanidad, que mantenía el pensamiento ilustrado actuó como una invitación a fundamentar ese progreso en los avances técnicos.

El siglo XVIII se abrió con las revolucionarias teorías de Newton, que suponían el nacimiento de la física moderna. Su Teoría y ley de la gravitación universal fue el fruto de un largo proceso de estudio, iniciado, según se cuenta, con el famoso suceso de la manzana caída del árbol. Newton se preguntó entonces porqué caía la manzana y no caían los planetas o los astros. La respuesta tardó años en encontrarla, pero cuando por fin dio con el método matemático adecuado, pudo establecer varios principios de mecánica y formular su Ley de gravitación universal, según la cual "dos cuerpos (incluidos los celestes) se atraen en razón directa de sus masas y en razón inversa del cuadrado de la distancia de sus centros de gravedad". La teoría de Newton, aún vigente, supuso la destrucción definitiva de las diversas teorías de las esferas celestes (las que mantenían a cada cuerpo celeste en su lugar del firmamento) y la confirmación de la teoría heliocéntrica. Pero, sobre todo, la obra de Newton significó dar una respuesta racional y no mítica a uno de los problemas que más había intrigado a la humanidad. La formulación de Newton era demostrable matemáticamente y, por lo tanto, asequible a la razón, de modo que con él se rompía un misterio que pareció abrir a cualquier científico la posibilidad de conocer ya todo. Difícilmente se hubiera podido encontrar mejor inicio para el siglo de la Ilustración, de la Luz, de la Razón.

Tras Newton, los estudios de astronomía evolucionaron poco durante el siglo XVIII, limitándose al descubrimiento del planeta Urano y a algunas comprobaciones realizadas por geógrafos, como la de la medición del meridiano terrestre, que permitió establecer el tamaño del planeta. Por lo demás, tan sólo merece destacarse la teoría de Laplace, de 1795, sobre la formación del Universo. La física se ocupó de problemas de magnetismo y de electricidad y de ciertos temas de hidrodinámica. La química fue completando su tabla de elementos y tuvo en Lavoisier un investigador minucioso y sistemático, cuyas aportaciones le permiten ser considerado como el padre de la química moderna.

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entre los grandes personajes del siglo XVIII. Linneo fue un gran sistemático; ideó una nomenclatura binaria con la que

impuso orden en el caos taxonómico que imperaba en aquellos tiempos, y que dejó escrita en su obra Genera plantarum y

en las sucesivas ediciones de su Systema naturae y Species plantarum. Fue tal la importancia de su sistema, que todavía en la actualidad sigue utilizándose como base de las clasificaciones botánicas. La medicina, por su parte, realizó sus mejoras a partir de la adopción de criterios más prácticos, que permitieron un mayor desarrollo de la cirugía; no obstante, antes de finalizar el siglo, se descubrió la vacuna antivariólica, cuyo empleo haría disminuir notablemente la mortalidad infantil. Por último, merece destacarse el gran impulso que sufrieron los estudios geográficos, pues por primera vez en la historia del hombre, se empezó a tener una noción bastante exacta de cómo era todo el planeta, ya que, hacia 1800, apenas quedaban por explorar tierras emergidas y tan sólo el continente Antártico seguía siendo un misterio.

Las técnicas

El desarrollo técnico del siglo XVIII no fue más que el inicio de lo que habría de significar, en el siglo siguiente, la Revolución Industrial. Fue un proceso que arrancó lentamente durante la primera mitad de la centuria, para acelerarse en los últimos años del siglo, pudiéndose observar en ese proceso, un evidente cambio, al orientarse la investigación, a medida que pasaba el tiempo, cada vez más hacia las mejoras de tipo industrial. Así se llegó al descubrimiento de técnicas que mejoraban la metalurgia o de procesos químicos de fácil aplicación industrial y, sobre todo, de un gran número de máquinas mecánicas a las que pronto se les fue aplicando la fuerza motriz del vapor. Otros inventos sirvieron para mejorar las técnicas de investigación, a cuyos frutos, tarde o temprano, se les encontraron aplicaciones prácticas. La fe en el progreso impuesta por la Ilustración, era, a finales de siglo, una realidad. Paralelamente a este desarrollo técnico-científico, merecen destacarse las mejoras realizadas en las vías de comunicación (carreteras francesas y canales fluviales en Inglaterra) y en las técnicas financieras (fundación de bancos y aparición de las bolsas), pero también esto no fue más que el anuncio de lo que significaría el desarrollo de las comunicaciones o la expansión del capitalismo durante el siglo XIX.

Algunos avances científico-técnicos del siglo XVIII

1714 -- Fahrenheit descubre el termómetro de mercurio 1730 -- Reaumur descubre el termómetro de alcohol

1735 -- Darby introduce el empleo del coque en la metalurgia 1747 -- Se extrae el azúcar de la remolacha

1750 -- Franklin inventa el pararrayos

1758 -- Harrison inventa el cronómetro marino 1764 -- Hargreaves inventa la máquina hiladora 1767 -- Watt perfecciona la máquina de vapor 1770 -- Cugnot construye el primer vehículo a vapor 1783 -- Montgolfier realiza la primera ascensión en globo 1785 -- Cartwright inventa el telar mecánico

1790 -- Leblanc obtiene la sosa

1795 -- Bramach construye la prensa hidráulica 1796 -- Parker obtiene el cemento

1800 -- Volta inventa la pila eléctrica

MANIFESTACIONES ARTÍSTICAS

Puede decirse, en términos generales, que el siglo XVIII fue poco innovador en materia artística, tan sólo la música dio muestras de una fuerte capacidad renovadora. Desde el punto de vista estilístico, el siglo se vio dominado por dos corrientes: el Rococó y el Neoclasicismo. El Rococó, que fue un estilo primordialmente decorativo, surgió como una evolución natural del Barroco, que aún se mantuvo vigente varias décadas. El Neoclasicismo fue la continuación de la tendencia clasicista que, durante el siglo XVII, había convivido con el arte Barroco. Francia fue el centro irradiador de las nuevas tendencias, pero éstas fueron interpretadas de manera particular en cada país, de modo que, hacia mediados del siglo XVIII, el panorama artístico europeo era un conglomerado de estilos entremezclados que, con frecuencia, dieron como fruto obras difíciles de clasificar. Además, debe añadirse que, antes de finalizar la centuria, empezaron a darse las primeras muestras artísticas, marcadas por la mentalidad y el gusto del Romanticismo.

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pintura fue anunciadora de futuras vanguardias, algunas de las cuales tuvieron su tiempo ya en el siglo XX.

El estilo Rococó: arquitectura y escultura

El estilo Rococó nació en la corte francesa, durante la minoría de edad de Luis XV. Es, por lo tanto, un estilo cortesano que, por tratarse fundamentalmente de una concepción decorativa, se extendió rápidamente entre la nobleza y la burguesía más poderosa que lo adoptó para ornamentar sus mansiones. El Rococó, que partió del Barroco más recargado, se caracterizó por la adopción de complejas asimetrías, cuyos retorcimientos asemejan extrañas conchas marinas, en las que se insertan formas vegetales sinuosas. Ese motivo decorativo, que puede repetirse y prolongarse cuanto se desee, fue utilizado como marco que encuadraba cualquier elemento arquitectónico o decorativo (ventanas, puertas, molduras, espejos, etc.). Los materiales empleados en la decoración rococó fueron, principalmente, el estuco y la madera, generalmente, dorados o simplemente pintados, pues los materiales duros como el mármol hubieran resultado muy caros, al tener que ser trabajados con la complejidad que imponía el estilo. Por lo tanto, el Rococó se sintió fuertemente inclinado hacia lo exótico, representado por el gusto hacia lo chino, conocido por las porcelanas, las sedas o los pequeños muebles (biombos) traídos de aquel país. La arquitectura del Rococó apenas se ocupó de los exteriores que, por lo general, siguieron fieles al modelo del clasicismo versallesco. Como arte decorativo se interesó más por los interiores, que dejaron de ser grandes espacios para transformarse en pequeñas salas donde la intimidad invitaba más al goce de la vida. Así, las estancias se decoraban con todo tipo de objetos, por lo general de pequeño tamaño, donde la delicadeza y el lujo pretendían poner de manifiesto el carácter de sus dueños. La arquitectura francesa del Rococó dejó una buena muestra de este estilo en el Petit Trianon, pequeño pabellón realizado por J. Gabriel en los jardines de Versalles para una de las amantes de Luis XV. En París fueron frecuentes los palacetes (allí llamados hoteles) que, decoradores como Meissonnier, realizaron en estilo Rococó y en la ciudad de Nancy, la plaza de Stanilas es la mejor muestra del Rococó aplicado al urbanismo. Ahora bien, a pesar de ser un estilo surgido en Francia, fue Alemania, sobre todo el sur del país, donde el Rococó alcanzó su mayor difusión. Allí, fundiéndose con el recargado Barroco alemán, el nuevo estilo se aplicó incluso a la arquitectura religiosa, siendo muy numerosas las iglesias decoradas hasta en sus fachadas con la estética del Rococó. Entre los arquitectos alemanes destacó Balthasar Neumann (1687-1753) que comenzó realizando obras barrocas. En España, la arquitectura del Rococó fue escasa y quizá la obra que mejor puede considerarse de estilo Rococó es el Palacio del marqués de Dos Aguas en Valencia, obra del arquitecto Rovira y del escultor Ignacio Vergara. Por lo demás, tan sólo algunas estancias del Palacio Real de Madrid y de las residencias reales de La Granja y de Aranjuez fueron decoradas en estilo francés.

Por lo que respecta a la escultura, el Rococó no produjo obras de gran interés. En Francia destacaron algunos artistas que trataron el desnudo femenino, como Falconet; en Italia, ciertos trabajos en fuentes barrocas parecen acercarse a la dulzura del Rococó; en Alemania, la escultura religiosa produjo obras de interés por su sorprendente sentido teatral, como las de Quirino Asam; y en España destaca la imaginería de Salcillo, que, siguiendo la línea barroca introduce elementos que le aproximan al Rococó, al tiempo que demuestra cierto interés por la belleza clásica en algunos de sus semidesnudos; no obstante, su dulzura, su delicadeza y la falta de dramatismo en su obra pueden denotar en Salcillo una influencia del Rococó. Debe señalarse, por último, que este estilo impulsó notablemente las artes menores decorativas. Así, las porcelanas, los bronces, el mobiliario, la tapicería y los trabajos en cristal fueron frecuentes piezas de la decoración rococó. El estilo Rococó decayó a partir de mediados de siglo, pues suponía un camino cerrado a la evolución y además resultó claramente rechazado por los enciclopedistas, de los que Diderot fue su más claro enemigo.

El estilo Neoclásico: arquitectura y escultura

A partir de mediados del siglo XVIII comenzó a tomar forma un nuevo estilo que venía a recoger la tradición tendente al clasicismo, que nunca había llegado a desaparecer por completo del panorama artístico europeo. Esa recuperación del clasicismo se vio favorecida por una serie de circunstancias. En primer lugar, el Rococó estaba ya agotado y su imposible evolución exigía buscar una salida diferente; fue entonces, en 1748, cuando se produjo el descubrimiento de las ruinas de Pompeya (pocos años antes habían aparecido ya los restos de Herculano) con lo que la antigüedad clásica pasó, de nuevo, a ser motivo de interés de varios autores (Winckelmann, Goethe, etc.) que publicaron estudios sistemáticos y críticos sobre arte.

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entonces, las Academias de la Ilustración, en su afán de establecer modelos de los que sacar cánones, miraban hacia la antigüedad y la publicación y difusión de grabados que representaban las grandes obras griegas y romanas eran cada día más frecuentes. El ambiente era, pues, particularmente propicio para un nuevo redescubrimiento del clasicismo. La cuna del Neoclasicismo fue Italia y las ruinas griegas de la Magna Grecia (sur de Italia) el modelo, pero donde el nuevo estilo se configuró fue en Francia. Allí la fuerte ideología revolucionaria de la Ilustración haría del Neoclasicismo el modelo que se oponía al arte cortesano y aristocrático. La arquitectura del Neoclasicismo buscó, frente a Barroco y Rococó, un predominio de la sencillez y de la limpieza de formas. Se volvió, así, a las líneas rectas y a los muros lisos con escasos elementos decorativos. Las columnas fueron de nuevo el centro de interés, estableciéndose el modelo de columna dórica con fuste acanalado. Las fachadas volvieron a reproducir las de los templos griegos, con sencillos frontones que contenían esculturas o relieves. El mármol y el bajorrelieve reaparecieron, desplazando el artificioso estuco. Y, como herencia del Renacimiento, ya para entonces clásico, se mantuvieron las cúpulas, aunque exentas de decoraciones inútiles. El Neoclásico fue, desde luego, un arte poco original en el que predomina la copia de modelos establecidos; quizá por ello, el mayor mérito de sus mejores arquitectos fue la proporción y el sentido del ritmo en los elementos que constituyen las construcciones. La arquitectura neoclásica por excelencia hay que buscarla en edificios civiles de carácter público, como museos, bolsas de comercio, teatros, hospitales, bibliotecas o en ciertos planteamientos urbanísticos, sobre todo plazas abiertas en las que confluyen varias vías y que contienen algún monumento o fuente en el centro. Difundida por toda Europa, la arquitectura neoclásica realizó sus obras más significativas en el último tercio del siglo XVIII y en los primeros años del siglo XIX, pero el estilo se mantuvo vigente varias décadas más. En Francia, el estilo sufrió un impulso en el periodo napoleónico, pues las formas clásicas encajaron bien con la idea imperial de Napoleón. Ahora bien, ya antes se habían realizado obras como el Panteón de París, realizado por Soufflot. Otras construcciones neoclásicas francesas destacables son: la Iglesia de la Madeleine o el Arco de triunfo de la plaza de la Estrella. En Alemania pueden señalarse como ejemplos de esta arquitectura la Ópera de Berlín (de Knobeldorf), la Puerta de Brandenburgo (de Langhans) y ya en el siglo XIX, la Gliptoteca de Munich. En Inglaterra, ya comenzado el siglo XIX, se levantaron el Museo Británico (de

Smirke) y la Galería Nacional (de Wilkins). En España, el Neoclasicismo tardó en imponerse por la gran fuerza del Barroco, pero en época de Carlos III, el estilo

neoclásico dio buenos frutos, gracias a encargos reales, como la Puerta de Alcalá (de Sabatini) o el Museo del Prado, cuyo autor Juan de Villanueva realizó también el Observatorio Astronómico de Madrid. Ya en la primera mitad del XIX se realizó el Palacio de la Cortes. La arquitectura neoclásica ejerció una notable influencia en la arquitectura de Estados Unidos, siendo un buen ejemplo de ello el Capitolio de Washington. Por lo que respecta a la escultura neoclásica, fueron pocos los artistas que destacaron antes de llegar a finales del siglo XVIII. En Francia merece citarse a Houdon, que fue el gran retratista de los hombres de la Ilustración (Voltaire, Buffon, Rousseau, etc.). En España, donde la tradición a la imaginería era muy fuerte, tan sólo merecen destacarse como esculturas neoclásicas las fuentes de Cibeles, Neptuno y Apolo realizadas en el Madrid de Carlos III, el monarca español más próximo a la Ilustración. No obstante, entre finales del XVIII y comienzos del XIX trabajaron dos escultores mucho más interesantes, fueron el italiano Antonio Canova (1757-1822) y el danés Thorwaldsen (1770-1844). Canova se inspiró en los modelos romanos y a través de ellos realizó una escultura clásica, marcada por la serenidad; de su obra destacan los retratos de Napoleón y sus familiares. Thorwaldsen, cuya producción fue enorme, recreó temas y personajes de la antigua mitología griega, realizados desde el más puro academicismo.

La pintura europea del siglo XVIII y comienzos del XIX

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que realizó en lo que podría considerarse como su segunda gran etapa, que supuso un cambio radical y progresivo de su estilo y de sus preocupaciones temáticas, que fueron fiel reflejo de unas circunstancias personales (su sordera, desde 1792) y de la situación conflictiva de una época que, para Goya, resultó trágica y desesperanzadora (Guerra de la Independencia). El genio de Goya no fue temprano, la calidad de su pintura fue aumentando progresivamente con el paso del tiempo. En Goya había, desde el principio, un carácter fuerte y rebelde que se agudizó con su sordera y con lo que él consideró injusticias y necedades de su tiempo (persecución de sus amigos ilustrados y crueldad de la guerra). Su mentalidad avanzada y su impulsivo carácter, hicieron de su obra fiel reflejo de su modo de pensar y de ser.

Así, desde los últimos años del siglo, hasta su muerte en 1828, Goya se fue apartando de la vida social y buscó refugio en la única actividad que le permitía ser libre, su pintura. Surgen entonces de su pincel obras íntimas, poderosas y agrias, en las que Goya escribe su propio "cuaderno de quejas" de una época con la que no se sintió identificado. Pinta en contra de la guerra (Los fusilamientos de la Moncloa o El coloso), en contra de la superstición (El aquelarre), del fanatismo (Caprichos y Disparates) o de las costumbres salvajes (La riña a garrotazos) en lo que bien puede considerarse como la Ilustración española llevada a la pintura. Goya, que murió en un destierro voluntario en Burdeos, se adelantó a su tiempo estilística y temáticamente, anunciando con ello algunas de las futuras vanguardias pictóricas del siglo XX.

Las influencias y estilos individuales

Como se ha visto en los apartados anteriores, la confluencia de estilos e influencias en la pintura es grande y no puede hablarse de una corriente única; Barroco, Rococó, Clasicismo e incluso Romanticismo se entremezclan en países y pintores, por lo que las influencias hay que buscarlas, casi en cada obra de cada pintor.

Francia

Durante buena parte del siglo XVIII, tanto por la técnica, como, sobre todo, por la temática, se puede hablar de una pintura en la que el espíritu del Rococó se plasma perfectamente. Esa influencia fue más evidente en la pintura francesa que en la de otros países; allí, artistas como Watteau (1673-1721), Boucher (1704-1770) o Fragonard (1732-1806) realizaron una obra en la que quedaron plasmadas las costumbres cortesanas (sus juegos, sus placeres, sus modas o sus ideales mitológicos), con frecuencia, enmarcadas en unos paisajes exuberantes y amables en los que el color brillante y los tonos suaves son las características dominantes. En Watteau destacó el paisaje, como se

muestra en su obra Embarque para Citerea; Boucher cultivó el desnudo femenino

delicado y sensual, del que es buen ejemplo El baño de Diana y Fragonard alcanzó, con su obra El Columpio la más clara representación de la pintura rococó. Otro pintor de esta época merece destacarse, Quentin La Tour, quien, utilizando la técnica del pastel, logró unos delicados retratos que parecen captar la psicología de los modelos.

Hacia finales del siglo aparece una nueva corriente, bajo el influjo del Neoclásico, es el "clasicismo pictórico", cuyo primer representante fue Jacques-Louis David (1748-1825) quien, con su pintura plasmaría personajes y momentos de la Revolución Francesa y de la época napoleónica. El estilo de David se fundamenta en un predominio de la línea y del dibujo sobre el color, para el que prefiere tonos austeros y apagados. En sus obras, frecuentemente de ambiente y tema greco-romano, pretende ensalzar los valores revolucionarios, hasta hacer de su pintura un arte fuertemente ideológico. La aparición del Clasicismo de David supuso una completa ruptura con la pintura francesa y europea anterior a él y su influencia en la primera mitad del siglo XIX fue enorme. Entre sus obras pueden destacarse: El juramento de los Horacios, La muerte de Marat o Napoleón cruzando los Alpes.

Inglaterra

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Este interés por el paisaje alcanzó su máxima expresión a comienzos del siglo XIX en la obra de Constable (1776-1837), que trabajaba copiando del natural, lo que era una novedad para la época y afirmaba que en la naturaleza no había líneas, por lo que su técnica era muy suelta en la pincelada. Turner, por su parte, se permitió unas libertades formales y compositivas que lo adelantaban con mucho a su tiempo.

Italia

Referencias

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