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A menos que se indique lo contrario, todos los textos bíblicos han sido tomados de la Versión Reina-Valera de 1960.
Originalmente publicado en inglés por Albury Publishing, Tulsa, Oklahoma, EE.UU. Bajo el título "Free at Last"
Copyright © 2000 por Larry Huch, New Beginnings Christian Center
7600 NE Glisan, Portland, Oregon 97213 Copyright © 2001 "Libre al fin" por Larry Huch Todos los derechos reservados
Tulsa, Oklahoma 74170-0143, USA FAX 918-496-2822
ISBN: 0-88419-718-2 5678 BP 87654
Impreso en los Estados Unidos de Norteamérica Dedicatoria
A Tiz. mi esposa, mi amiga, mi inspiración, mi sueño hecho realidad, quien me conocía antes de que yo conociera esto.
Índice Prólogo Introducción I
IDENTIFICACIÓN Y COMPRENSiÓN DE LAS MALDICIONES 1. Recibir vida nueva
2. Las maldiciones generacionales 3. ¿De dónde salió eso?
4. De tal palo, tal astilla... ¡Nunca más! 5. Quitar la carga y destruir el yugo 6. La maldición sobre una nación
7. La inversión de una maldición nacional
8. La sangre de Jesús tiene más poder del que usted se cree II
LOS SIETE LUGARES DONDE JESÚS DERRAMO SU SANGRE 9. En Getsemaní, Jesús recuperó nuestra fuerza de voluntad 10. Las llagas de Jesús nos devolvieron la salud
11. Su corona de espinas nos devolvió la prosperidad
12. Sus manos perforadas nos devolvieron el dominio sobre las cosas que tocamos 13. Sus pies perforados nos devolvieron el dominio sobre los lugares por donde
andamos
14. Su corazón traspasado nos devolvió el gozo
15. Sus magulladuras nos ganaron la liberación de las heridas internas y las iniquidades
16. Primer paso: Reconozca la maldición
17. Segundo paso: Rompa la maldición generacional 18. Tercer paso: Anule la maldición
19. Cuarto paso: Libere el poder del amor 20. Quinto paso; El éxito no es un accidente
21. Sexto paso: Alinee sus palabras con las palabras de Dios 22. Séptimo paso: ti es Dios; es nuestro Padre
23. Octavo paso: La obediencia; la senda hacia su Tierra Prometida Conclusión
Prólogo
"Si pudiera ver un milagro... entonces creería.”
He oído estas palabras muchas veces. Y aunque tengo el privilegio de ver manifestado el poder milagroso de Dios una y otra vez, creo que el milagro más grande es el que se produce cuando ese poder milagroso transforma una vida.
Cuando me presentaron a Larry Huch, no me daba cuenta de que estaba frente a un milagro viviente. Pensaba que me habían presentado, a un ministro del Evangelio ungido y elegante, que tema una iglesia floreciente. Sin embargo, cuando el comenzó a compartir su testimonio conmigo, me quede sorprendido ante lo que estaba escuchando.
"Las maldiciones de familia son reales", me dijo. "Durante años, yo estuve esclavizado por la ira y la violencia, pero cuando tuve mi encuentro con Jesucristo, fui liberado del pecado, Y las maldiciones generacionales que me habían tenido atado y me habían mantenido cautivo quedaron rotas. Había quedado libre."
En Libre al fin, Larry Huch comparte la Forma en que su búsqueda personal de paz y libertad con respecto a la ira lo llevaron a Jesucristo. Habla de las formas en que pueden comenzar las maldiciones generacionales, y de cómo lo fue persiguiendo la realidad de una maldición familiar, hasta que quedó rota. Por medio de ejemplos bíblicos y experiencias personales, ilustra las formas en que las iniquidades de una generación pasan a generaciones futuras. También presenta unas poderosas enseñanzas tomadas de las Escrituras sobre cómo romper una maldición generacional y hacer que comiencen las bendiciones.
Cuando usted piensa en su historia familiar, ¿encuentra que hay un esquema que se repite? ¿Hay algún hilo común de enfermedades o de circunstancias que va de una generación a la siguiente? Si así es, este libro es para usted.
Libre al fin tiene un mensaje para esta generación; un mensaje que Larry Huch ha experimentado en su propia vida. Jesucristo nos puede librar de la esclavitud, y de toda maldición generacional que nos haya mantenido cautivos. Usted puede ser libre, para experimentar la victoria en su vida cristiana. En lugar de maldiciones, puede tener bendiciones. Entonces, por medio de usted, las bendiciones pueden pasar a toda su familia, e incluso más allá, a las generaciones futuras.
—BENNY HINN
Introducción
Nací y me crié en una zona de Saint Louis llamada South Saint Louis, Si usted ha pasado alguna vez por esa ciudad, es probable que haya visto el arco Gateway, en el río
Mississippi. Mí antiguo vecindario se halla cerca de ese arco. El principal desagüe de la ciudad pasaba junto a nosotros, y no muy lejos había una cervecería que siempre olía a lúpulo. A unas cuantas calles en dirección opuesta había un matadero de reses. En las cálidas tardes del verano, siempre había en el ambiente un mal olor irresistible.
Mi escuela era la secundaria más antigua al oeste del Mississippi. Debido a la frecuencia con que había ataques con arma blanca y con armas de fuego, había patrullas policíacas en ella. En una ocasión, en medio del día escolar, y a plena luz, una pandilla rival apuntó sus revólveres a la escuela y los disparó. El ambiente en el que crecí estaba lleno de violencia física, y de las tensiones y desesperanzas de la pobreza.
Años más tarde, después de que Jesús me ayudara a dejar atrás mi pasado. Me hallaba en una plataforma en Anaheim, California, con Benny Hinn, Mientras estábamos cantando y adorando, la unción de Dios era tan fuerte y poderosa, que yo estaba literalmente metido dentro del Espíritu de Dios. De repente, el Señor me dijo: "Larry, abre los ojos y mira a esa gente". Yo miré a la multitud y vi entre doce y quince mil personas en aquel estadio de Anaheim.
El Señor me habló de nuevo: "¿Merecen ser sanados?"
Yo respondí: "Por supuesto. Señor. Para eso están aquí. Para eso tú levantaste al pastor Benny".
Él me dijo entonces: "Larry, tanto como merecen ser sanados, merecen ser libres. Yo quiero que vayas y le lleves liberación a mi pueblo".
De inmediato, comencé a discutir con el Señor, porque yo pensaba que esa liberación significaría ver gente gritando y demonios manifestándose por todas partes. Así que le dije:
“Señor, yo no estoy muy seguro de querer hacer eso”.
Y el Señor me dijo: "Conocerán la verdad, y la verdad que conozcan es la que los va a hacer libres. Lo que yo te he enseñado en mi Palabra, tú se lo vas a enseñar a ellos, y en el momento en que lo vean, la verdad los hará libres" (vea Juan 8:32). En Oseas 4:6, Dios dice: "Mi pueblo..." No se está refiriendo a los que están en el mundo, o los que no le están sirviendo, sino que dice; "Mi pueblo" es destruido por una cosa, que es la Falta de conocimiento.
Entonces me dijo: "Te voy a mostrar como debes enseñar la liberación, de tal forma que quien tenga oídos para oír, y ojos para ver, y reciba esas enseñanzas, quede liberado al instante por la verdad".
Estamos recibiendo cartas de cristianos que dicen: "Somos cristianos nacidos de nuevo, pero estamos esclavizados", Están esclavizados a la depresión, la ira, la inseguridad, las drogas, el alcohol, la comida y un sinnúmero de cosas más. Son muchos los cristianos que no han estado dispuestos a confesar sus faltas, porque han estado afirmando: "Pero
si somos cristianos, y se supone que seamos libres", Yo llevé la misma vergüenza que lleva esa gente. Hubo un tiempo en el que me negué a pedirle ayuda a nuestro pastor, por lo avergonzado que me sentía. Pensaba: No se supone que los cristianos se sientan así. Le voy a hablar de forma muy directa y franca al corazón, porque es demasiado lo que está en peligro para andar jugando. Aquí cuento la historia de la forma en que pasé de maldición a bendición, para que se pueda convertir en su propia historia. Por la sangre de Jesucristo, Usted también puede quedar libre de sus prisiones, cualesquiera que sean. En cuanto a aquéllos que nos han llamado o escrito, y aquellos que aún están esperando que termine la tormenta de la opresión en su vida, les debo decir que el propósito divino es que mi historia y la suya terminen de tal forma, que nuestra sanidad y nuestra vida posterior le den gloria a Él. Dios no lo está señalando con índice acusador. Está extendiendo hacia usted una mano para ayudarte; para tocar aquellos lugares más íntimos, de su vida, y para sanarlo de manera íntegra y total. Es hora de detener la tormenta que ruge en su interior. Es hora de salir de la zona de guerra para entrar en la zona de victoria.
En este libro, le voy a mostrar la verdad. No se trata de un simple libro acerca de la maldición de la ira o de las drogas, sino que se refiere a todas las cosas de su vida que estén tratando de destruirlo a usted, o destruir las bendiciones y el futuro que ya son suyos en Jesucristo. Voy a caminar con usted por todos los pasos que me han hecho libre y nos han mantenido libres a mí y a mi familia. Hechos 10:34 nos dice que Dios no hace acepción de personas. Lo que Él ha hecho por nosotros, lo hará por usted, y hoy es el día de su liberación.
Dios envió mensaje a los hijos de Israel, anunciando el evangelio de la paz por medio de Jesucristo; éste es Señor de todos. Vosotros sabéis lo que se divulgó por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo que predicó Juan: cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.
-HECHOS 10: 36-38 I Identificación Y comprensión De las maldiciones Generacionales Capítulo 1
Recibir vida nueva
No sé si fue la forma en que respondió el taxista, o si fue que no respondió, o si sólo era nuestra imaginación, pero de repente nos dimos cuenta de que algo andaba mal; muy mal.
Un par de minutos después de haber subido nosotros al taxi, otro auto se nos había apareado en el camino. Sus ocupantes le comenzaron a gritar a nuestro conductor: "¡Detenga ese auto! ¡Saque a esos gringos! ¡Los vamos a matar!” También usaron unos cuantos adjetivos descriptivos más. Después, siguieron adelante. Por fin me estaba dando cuenta de que había sido una mala idea realizar aquella salida. Necesitábamos volver a subir la montaña para ir a mi rancho con la mayor rapidez posible. Allí estaríamos a salvo. Yo estaba sentado en el asiento trasero del taxi, detrás del conductor. Jim estaba a mi lado, y Laura iba al frente, porque hablaba mejor español que nosotros. Estábamos en algún lugar de las afueras de la ciudad de Medellín, en Colombia. Era casi de noche, y aquellos caminos se volvían más peligrosos de noche. Sin embargo, a nosotros nos parecía que no tendríamos problemas mientras nos mantuviéramos en los caminos principales, donde había más gente. Pero el conductor había hecho un giro en lugar de permanecer en el camino principal, como le habíamos dicho, y de repente se metió en un camino secundario que subía a las montañas. Nosotros nos pusimos muy nerviosos y le comenzamos a hacer preguntas: "¿Por qué giró aquí? ¿Dónde va?
"Todo está bien; todo está bien", nos decía, "Es un atajo; un camino más rápido."
Yo llevaba casi un año viviendo en Colombia, y en todo aquel tiempo, ningún taxi nos había llevado por aquella ruta. En aquellos momentos ya había anochecido y no había casas, ni luces, ni gente por los alrededores. ¿Sería posible que nos consideraran vendedores de drogas marcados para eliminarnos? ¿O sabían que teníamos mucho dinero para comprar cocaína? Tal vez, nos iban a matar, llevarse el dinero y quedarse con la cocaína. Me comencé a dar cuenta de que, comoquiera que fuese, ellos iban a conseguir lo que querían, y nosotros íbamos a estar muertos.
Le seguimos gritando al conductor; "¡De la vuelta! ¡Llévenos donde estábamos!»
Pero él no lo quería hacer. "Ya estamos llegando", seguía diciendo, mientras nos adentrábamos cada ven más en las montañas.
Entonces, dos autos que no supimos de dónde salieron, nos rodearon, pero no al mismo tiempo, sino que uno quedó delante de nosotros y el otro detrás. Nunca he sentido tanto miedo en mi vida. Todo el mundo gritaba y gemía al mismo tiempo; unos en inglés y otros en español, lo cual aumentaba la confusión y la intensidad del miedo. Aunque Jim y yo no entendíamos todo lo que se decía, y el taxista no hablaba inglés, tal vez las palabras se perdieran, pero su significado estaba bien claro. Sabíamos que nos habían hecho una encerrona para robarnos y matamos, y que nuestro conductor estaba metido en el complot. "Ya estamos llegando", gritaba. "Ya estamos llegando."
En aquella zona de Colombia desaparece gente todo el tiempo, y nunca vuelve a aparecer. La semana anterior habíamos oído por la radio que les habían roto la puerta del cuarto a dos turistas en un hotel. Al hombre le robaron y lo mataron, y a la mujer la violaron. Aquel lugar era peligroso.
Todos sentíamos pánico, y a mí me pareció que necesitábamos matar al taxista y tomar el control del taxi, o nos podíamos dar por muertos. Me saqué el cinturón y grité: "¡Dile que pase a ese auto, o lo voy a matar!” Laura me gritaba en inglés: "Todavía no, Larry. No lo hagas", mientras que le gritaba al conductor en español al mismo tiempo: "¡Páselo! ¡Páselo!"
Jim nos gritaba a ambos: "¡Tenemos que hacer algo! ¡ ¡Tenemos que salir de aquí¡” Los dos automóviles estaban pegados a nosotros. Yo calculé que era entonces o nunca. Agarré el cinturón con los dos puños y me preparé para pasarlo sobre la cabeza del conductor y ponérselo al cuello. Entonces le grite a Jim: "Yo tiro de él y lo traigo para atrás; tú salta al asiento delantero, toma el timón y no te detengas por nada.”
En ese mismo momento llegamos a la parte más alta del monte y vimos las luces del poblado. Los otros dos autos se salieron silenciosamente del camino y desaparecieron en la oscuridad. El taxista nos había estado diciendo la verdad. Nunca habíamos estado en peligro, y yo me había preparado para matarlo sin razón alguna.
Cuando nos dejó en nuestro rancho, yo estaba en un dilema tan fuerte entre el pánico, la ira y el alivio, que apenas sabía qué pensar. Aquella misma mañana, al despertarme, nunca se me habría ocurrido que por la noche estaría pensando en matar a alguien. Aquello ya era malo de por sí, pero lo que realmente me molestaba cuando salí del taxi era que en realidad no me parecía incomodar que hubiera estado listo para matar a alguien tan de repente. Me di cuenta en aquel mismo instante que mi ira —y con ella mi vida misma- estaba fuera de control
Continuamente conocemos u oímos hablar de personas de todas partes que tienen necesidad urgente de respuestas, y están a punto de echarlo todo a rodar con respecto a ellas mismas, a sus amigos o a su familia, debido a alguna atadura que hay en su vida, Hay quienes llegan a la realidad con una sacudida cuando las esperanzas y los sueños que tenían para su vida o para la de sus hijos quedan destrozados. Tal vez otros teman que están perdiendo el control de una batalla de toda la vida contra sus propios demonios privados de las drogas o la dependencia de sustancias químicas, los juegos de azar, la mentira, el engaño, la ira, la violencia, los maltratos sexuales, el divorcio o la enfermedad. Con frecuencia hablo con personas que tienen grandes aspiraciones, talentos y posibilidades de éxito, pero no parecen hallar la manera de abrirse paso. Su vida consiste en una serie de fracasos repetidos en los negocios, como consecuencia de un espíritu de pobreza o de fracaso. La depresión parece estar en sus peores tiempos entre las personas de todas las profesiones. Muchos han logrado convertir en realidad por fin los sueños de su vida, pero se sienten perseguidos por unas tenebrosas sombras o un gran
vacío. Les he ministrado a artistas y atletas profesionales que han llegado a grandes alturas en cuanto a fama y fortuna, pero lo han perdido todo.
Este tipo de situaciones exige una explicación. Anhelamos hallarles un sentido a este tipo de sucesos tan destructores, en especial cuando nos están pasando a nosotros, o a alguien a quien amamos. En los últimos años se ha hablado mucho en los noticieros acerca de unas investigaciones médicas que están tratando de determinar por qué hay ciertos rasgos que pasan de una generación a la siguiente. Los investigadores reconocen que hay un esquema de funcionamiento definido, pero en realidad no pueden señalar las razones. ¿Es algo genético? ¿Es algo ambiental? Sin duda, todas estas cosas tienen su papel, pero yo creo que hay una razón espiritual que es el principal factor determinante. Algunos informes lo han llamado "equipaje familiar”. La biblia lo llama iniquidad; maldición de familia.
Para que usted comprenda el maravilloso poder liberador de Dios en mi vida, es necesario que vea primero de qué fui liberado. Sí, yo era una persona sumamente irritable y violenta, pero mi vida ha sido transformada por el poder sobrenatural de Jesucristo. Y he aquí una buena noticia para usted: Lo que Él ha hecho por mí, lo va a hacer por usted. Dios no hace acepción de personas (Hechos 10:34).
Creo evidente que la violenta ira que experimente aquel día en Colombia no apareció de repente en mi vida, de un día para otro. La ira, las drogas, el divorcio, o cualquier otra de las numerosas batallas con las que nos enfrentamos, son espirituales. Son fortalezas espirituales que se meten en nuestra vida y en nuestra familia. A menos que sepamos descubrirlas y librarnos de ellas, van a permanecer con nosotros, van a crecer y se las vamos a pasar a nuestros hijos y a los, hijos de nuestros hijos.
Recuerdo aún el mismo día en el que el espíritu de ira se comenzó a apoderar de mi vida. Me sucedió algo terrible que me dejó sintiéndome indeseado y solitario. Era muy joven, y recuerdo que me fui a mi cuarto a llorar. Allí tirado en la cama, dejé de llorar repentinamente, me sequé las lágrimas, me levante y, con los puños cerrados y rechinando dientes, me hice una promesa a mí mismo. Nadie me iba a hacer llorar nunca más. Con esa declaración les abrí una puerta a los espíritus de ira, rechazo y violencia. Y desde aquel momento, parecía como si siempre estuviera enojado y buscando la forma de vengarme de alguien. Si me miraban mal, o decían algo que no me gustaba, lo tomaba como una ofensa personal y podía suceder cualquier cosa. Entraba en pelea en un segundo, con palabras, con los puños, con un bate o con lo que encontrara que pudiera utilizar como arma. La mayoría de mis blancos eran personas extrañas, así que era algo impersonal y no parecía importarme. Cada uno de ellos no era más que otro de esos que estaban "en contra mía". No me importaba a quién hiriera, y esta forma de conducta puso en marcha un principio bíblico en mi vida:
No os engañéis; Dios no puede ser burlado pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.
Una noche estaba sentado en un puesto de hamburguesa en el sur de Saint Louis con varios amigos. Llegaron unos personajes en un auto, y nos comenzaron a dar gritos. Nosotros nos metimos de inmediato en nuestro auto para perseguirlos. Una pelea callejera más; nada nuevo. Pero lo que yo no sabía es que se trataba de una trampa. Mientras perseguíamos a aquellos individuos por la calle, se metieron de pronto en un aparcamiento y salieron del auto a esperarnos. Ellos son seis, y nosotros cuatro. No está mal, pensé. Esto va a estar divertido. Pero de pronto, la diversión desapareció. Detrás de una pared salieron un par de docenas de personajes más, que nos estaban esperando. Entonces descubrí de repente que en realidad no nos habían estado esperando, sino que me habían estado esperando a mí. Los tres individuos los que estaba se largaron, y ninguno de los otros se movió para seguirlos. Era a mí al que buscaban.
Me golpearon con bates, botas y puños. Lo siguiente que recuerdo es haber recuperado apenas la conciencia en el asiento trasero de un auto que se movía por un callejón. Sin que el carro se detuviera, se abrió de golpe la puerta y me empujaron al pavimento. Mientras me levantaba lentamente, sólo podía pensar en la venganza,
Cualquiera creería que en aquel momento yo habría comenzado a buscar un cambio. Mi vida se estaba convirtiendo en un infierno continuo, Pero yo me estaba volviendo cada vez más incontrolable a medida que iba pasando por mis años de adolescencia y pasaba de los veinte años, y muchas veces me aterrorizaba tanto a mí mismo, como a quienes tenía cerca de mí. Estaba en problemas constantes con todas las autoridades: mi escuela, la ley, y cualquier otro que yo pensara que me estaba amenazando. Tal parecía que tenía enemigos por todas partes, pero en realidad, sólo tenía uno: el espíritu al que yo le estaba permitiendo que me controlara la vida.
Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes
-Efesios 6:12
No quería que me controlara aquel espíritu de ira y violencia, pero no sabía qué hacer. En realidad, ni siquiera sabía lo que me estaba sucediendo.
Después de regresar de Colombia, recuerdo que fui a ver a una joven de la que había sido novio en el colegio universitario. Nos habíamos separado a causa de mi ira y de mi uso abusivo de drogas. Quería ver si podíamos volver a ser novios. Le aseguré que había cambiado, que había comenzado de nuevo; que era una persona diferente. "Larry", me dijo, "eso ya lo he oído antes. Yo sé que eres sincero, sé que quieres cambiar, pero nunca lo vas a lograr... mientras no encuentres en Jesucristo a tu Señor y Salvador. La ira está en tu familia, y ahora está dentro de ti. Y sólo Jesús te puede cambiar. Va a hacer falta un milagro".
Mientras yo estaba en Colombia, mi antigua novia había nacido de nuevo. Era la primera "fanática de Jesús" que yo conocía. Aunque no quise aceptar ninguna de aquellas cosas
religiosas suyas, había un par de cosas en la que yo sabía que estaba en lo cierto. Una de ellas era que yo solo nunca iba a poder cambiar. Lo había intentado demasiadas veces antes, y sabia que no lo podría lograr sin ayuda. La segunda era que yo me había convertido exactamente en lo mismo que había detestado durante mis años de adolescencia y juventud Pero, ¿no son así las cosas en la vida de todo el mundo? Nos convertimos en lo mismo que detestábamos cuando éramos niños; las cosas que nos atemorizaban, las cosas que nos apartaban: "De tal palo, tal astilla. Es idéntico al padre", o bien, "Es igualita a su mamá". Eso es lo que dice el mundo, pero la Palabra de Dios dice que Él visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación ( Éxodo 34:7).
Mi antigua novia del colegio universitario tenía razón. Por mucho que yo tratara de cambiar, aquella vieja naturaleza se seguía levantando para controlarme. Me sentía desesperado por vivir de una manera diferente, pero no lo podía hacer por mis propias fuerzas. Cuando estaba en el último año de la secundaria, era deportista, se estaba peleando la guerra de Vietnam y el movimiento rebelde de los hippies se estaba extendiendo por toda la nación. Unos cuantos de mis amigos comenzaron a fumar marihuana, Al final, yo también decidí probarla.
Al año siguiente me fui al colegio universitario estatal del Sureste de Missouri con beca de futbolista. Mientras estaba allí, las drogas se fueron haciendo cada vez más fáciles de adquirir. Comencé usando ácido, LSD, silosybin y lo que apareciera. No sólo hallé aquello agradable, sino que descubrí que la venta de drogas es un negocio donde se mueve mucho dinero.
El dinero debe ser la respuesta
Tal parecía como si mis padres vivieran bajo una tensión y unos problemas constantes por no tener nunca dinero suficiente. Así que me prometí a mí mismo que yo no iba a pasarme así el resto de mi vida, costase lo que costase. Había pensado ir a la universidad y después meterme en los deportes para ganar dinero, pero descubrí que era más fácil conseguir dinero vendiendo drogas.
Comencé vendiendo LSD y marihuana, y se me abrió una puerta para ir a Colombia, Viví en Medellín, trabajé con el cartel de drogas de allí, y metí drogas de contrabando en los Estados Unidos. En aquellos tiempos, yo era el único estadounidense en la historia de aquel país que había vivido en aquella región.
Tenía un rancho en medio de los Andes, y estaba rodeado de choferes, guardaespaldas, criados que vivían en la casa, criados que mantenían el césped impecable a base de machete todos los días, y criados que cocinaban para nosotros. Siempre andaba todo el tiempo con cincuenta o sesenta mil dólares en el bolsillo. Tenía todo lo bueno y todo lo malo que puede comprar el dinero.
Mientras negociaba con drogas, tenía kilogramos de cocaína para mí mismo en mi casa todos los días, y comencé a usarla. Al principio la aspiraba, y pronto me la comencé a inyectar. Llegué a usar entre ocho y diez mil dólares de cocaína al día.
No sabía quién era Dios, si existía, o de existir, sí se preocupaba en absoluto por mí, pero al cabo del tiempo, me encontré diciendo: "Dios, tiene que haber algo más que esto". Durante aquel tiempo, estábamos escuchando a los gurúes y leyendo todo tipo de libros extraños, Por raro que parezca, pensaba realmente que tal vez me pudiera meter tan alto en las drogas, que descubriera a Dios.
Inmediatamente antes de ir a Colombia, jugaba fútbol colegial y levantaba pesas en competencias. Pesaba unos cien kilos y podía levantar en el banco de pesas cerca de doscientos treinta. Había terminado en sexto lugar de toda la nación en una competencia de levantamiento de pesas. Entonces fue cuando me traslade a Colombia, y en unos seis meses pasé de cien kilos a sesenta y cinco, debido al uso de las drogas.
Tenerlo todo y perderlo todo
Laura y Jim, quienes terminaron acompañándome en el taxi aquella noche, vivían conmigo en Colombia. Usábamos drogas desde temprano en la mañana hasta que nos rendíamos por la nuche. Pasábamos días sin comer; solo usando drogas. Cada vez estaba más débil, y seguía usando más drogas. Laura comenzó a darse cuenta de mi pérdida de peso y me regañaba todo el tiempo, diciéndome: "Larry, te vas a matar". Trataba de hacer que comiéramos. Nos traía comida, que apenas probábamos, y después seguíamos tomando drogas.
En una ocasión, Jim y Laura se pasaron todo el día fuera. No había nadie más allí, y los criados estaban en la otra casa. Yo había estado tomando drogas y bebiendo todo el día, y acababa de cerrar un trato. Me sentía bien, y dije: "Vaya; esta vez sí que me voy a salir de esto". Sin darme cuenta de lo atolondrado que ya estaba, tomé el doble de la cantidad normal que usaba a diario. La puse en la jeringa y me inyecté en el brazo. No me di cuenta de que me había traspasado la vena con la aguja, así que tomé aquella cantidad y puse el doble de nuevo.
Cuando una persona se inyecta drogas, la droga va a la vena, y esa vena la lleva directamente al corazón. Yo lo había estado haciendo diez o doce veces al día. de manera que ya tenía todas las venas en malas condiciones. Traté una y otra vez de meterme la droga en la vena, y por fin, en aquel último intento, después de tomar una dosis doble varias veces, me logré meter la aguja en la vena. Caí al suelo, comencé a vomitar y entré en convulsiones. No había nadie allí que me ayudara, y nadie me podía oír. No le puedo decir cómo me daba cuenta, pero sabía que me estaba muriendo.
¿Ha notado lo que hace la gente cuando está verdaderamente desesperada? Usted se puede llamar ateo, agnóstico, o lo que quiera, pero en el momento en que se mete en problemas, y solo un milagro lo puede ayudar, grita: "¡Dios mío, ayúdame!" Dentro de cada uno de nosotros hay un "timbre de emergencia" en el espíritu que clama: "¡Dios mío, ayúdame! Tú eres el Único que puede hacer el milagro que yo necesito”.
Aunque no creía ni en el cielo ni en el infierno, grité: "Dios mío, no dejes que me muera". Habia salido de la ciudad, me había ido al colegio universitario, y después a Colombia.
Tenía todo lo que quería, con una excepción: No tenía lo necesario para ser feliz. "Dios mío", suplique, "no me dejes morir sin descubrir antes qué es la felicidad."
Por un milagro de Dios, comencé a volver en sí. Me recuperé, y volví a relegar a Dios al fondo de mi mente.
Poco tiempo después, fui a ciudad México para encontrarme con lo que se llama "mulas"; unos traficantes que transportaban un cargamento de cocaína procedente de Colombia. Mientras me hallaba fuera de Colombia, unos bandidos se metieron en mi casa de la montaña. Nuestros criados les habían informado a los bandidos que yo no iba a estar allí, y los habían subido en auto hasta la casa. Armados con revólveres y machetes, los ladrones entraron en la casa y atacaron a Jim y Laura. Ellos se las arreglaron para salir con vida, tomaron todo el dinero y se largaron del país.
En cuestión de meses, fui desde tener todo lo que quería hasta no tener absolutamente nada. Mientras estaba sentado allí en mi cuarto del hotel en ciudad México, me tuve que admitir a mí mismo que, a pesar de que yo lo negara, era adicto a las drogas. Laura me había dicho una y otra vez que era adicto, pero yo lo negaba, y pensaba que lo podía dejar en cualquier momento. Ahora me daba cuenta de toda la verdad: no me podía ni levantar por la mañana sin las drogas. Las drogas eran mi vida.
Los cambios exteriores no cambian el interior
Volví a los Estados Unidos a vivir en una granja metida entre los bosques de Missouri. Comencé a vivir como un recluso: la vida sólo consistía en mi persona y mis perros. Hice todo lo que pude para cambiar. Me deje crecer el pelo, me perforé una oreja y hasta me hice vegetariano. Pensaba que estaba cambiando de verdad; que podría vivir en paz con todo el mundo. Entonces, sucedió algo que me hizo darme cuenta de que a pesar de los cambios en las circunstancias externas, por dentro no había cambiado en absoluto.
En la granja vecina a la mía había un hombre que no podía tolerar el que un hippie viviera cerca de él. Un día, mientras salía para el pueblo con un amigo, note que faltaba uno de mis perros. Era un cachorro de gran danés, y con sus seis meses de edad era grande como una casa, pero era muy extraño que no estuviera con los demás perros. Mi amigo y yo buscamos por todas partes, pero no lo pudimos hallar. Teníamos que irnos al pueblo, así que dejamos de buscarlo en la esperanza de que estuviera de vuelta cuando nosotros regresáramos a casa.
Por el camino, vi a mi vecino. Me detuve y le pregunte si había visto a mi perro Eric. Me parecía que habría sido muy normal en él encerrar a Eric, solo por maldad. Cuando le pregunte si lo había, visto, me dijo: "Sí. Ese perro se metió en mi propiedad, así que le pegué un tiro". Yo me reí, creyendo que estaba de broma, y le dije: "Si, claro. ¿Dónde está el cuerpo?"
"Junto a la laguna", me respondió. Sólo por seguirle la corriente, caminé unos cuantos metros hasta la laguna, y allí estaba Eric, muerto, tal como había dicho aquel hombre.
Me volví, vi que mi vecino me contemplaba con una mirada complacida en el rostro, y salté. Sabía que lo iba a matar —no sólo le iba a hacer daño-, lo iba a matar. Corrí hacia él y lo tiré contra el granero. Su esposa y sus hijos gritaban y chillaban. Él suplicaba misericordia. Mi amigo me rogaba: "Larry, no lo hagas". Todos sabían que yo estaba fuera de control. En aquel momento, no me importaba lo que me sucediera; ni siquiera si aquello significaba ir a la cárcel por asesinato. Todo lo que yo quería era vengarme. No me podía detener.
Aun entonces, el Dios de amor y misericordia se estaba moviendo sobre mi vida. Cuando traté de extender el brazo para agarrar a aquel hombre por la garganta y matarlo, se me quedaron inmóviles los brazos, pegados al cuerpo. En medio de un frenesí, mientras luchaba por levantar las manos, clamé: "Dios, suéltame". Finalmente, desistí del asalto y me largué. Recogí el ensangrentado cuerpo de mi perro y me lo llevé a casa para enterrarlo.
Mientras estaba cavando la tumba, dos patrulleros llegaron en su auto. Con el pelo largo, los pendientes y todo manchado con la sangre de mi perro, debo haber sido todo un espectáculo. Los policías salieron del auto y caminaron nerviosamente hacia mí. Me dijeron que había dejado realmente sacudido a mí vecino, que los había llamado, gritando que su vida estaba en peligro, "Larry", me dijeron, "sabemos cómo usted se siente..." Yo los interrumpí: “No; ustedes no tienen ni idea de cómo yo me siento. Díganle a ese hombre que voy a volver y le voy a matar todo lo que tiene”. Aunque lo decía totalmente en serio, nunca lo hice. En aquellos tiempos aún estaba vendiendo drogas, y pronto descubrí que el personaje al que le había estado vendiendo, era un agente de narcóticos. Entonces supe que había llegado el momento de largarme de allí, así que hice mis paquetes y me trasladé a Flagstaff, Arizona.
Cuando todo cambió
Hay mucha gente que tiene que llegar al fondo del pozo antes de hallar el camino que va hacia arriba. Aquel incidente fue el que me mostró, a pesar de todos los cambios externos que había hecho, que seguía siendo el mismo larry descontrolado que siempre había sido. Después de luchar por hacer que mi vida fuera diferente, no estaba más cerca de convertirme en la persona que quería ser en realidad.
Después del incidente con mi vecino, y antes de trasladarme de allí, me encontré con un amigo que había acabado de regresar a los Estados Unidos desde el Oriente Medio. Sabiendo que yo necesitaba irme de allí, decidimos irnos para Arizona, porque yo había estado leyendo algunos libros sobre las religiones de los indios, y pensaba que tal vez podría hallar en el desierto la paz que estaba buscando. Parece algo loco ahora, pero estaba buscando a Dios con desesperación; quienquiera que fuera, y dondequiera que estuviese.
Nos trasladamos a Arizona, y unos cuantos días después de asentarnos allí. Dios arregló un encuentro divino para que conociera a un cristiano nacido de nuevo. Aquel joven me invitó a ir a su iglesia con él. A mí no me gustaban demasiado los cristianos, pero acepté
la invitación por alguna razón desconocida. Fui con él a una iglesita donde había unas treinta personas, y allí vi una película sobre la vida de Jesús.
Entré en aquella iglesia con mi pelo largo, sandalias de tiras de cuero, un poncho, pendientes y drogado. No sabía orar, y por supuesto, tampoco sabía nada acerca de lo que es ser salvo y nacer de nuevo. La película comenzó, y vi cómo Jesús fue clavado en la cruz y murió. De alguna forma, entendí que había muerto por mí. Entonces supe que había hallado lo que estaba buscando. Terminé arrodillado y llorando en el altar, en el frente de la iglesia, y allí dije: "Dios mío, si eres real, entonces sé real para mí”.
No tendría manera de explicarle jamás lo que sentí en el momento en que Jesús entro a mi vida. Sabía que Él atravesaba con su mirada todas mis fachadas y lo comprendía todo con respecto a mí. Él tomó toda mi angustia y derramó en mí su amor incondicional. Los años de pecado y de culpa desaparecieron de inmediato. Cuando vi a Jesús que daba su vida por mí, le di yo mi vida completamente a Él.
Diez días más tarde, volví a la iglesia y recibí el bautismo en el Espíritu Santo. A la mañana siguiente, estaba haciendo mi pitillo de marihuana mientras caminaba con los perros. Miré el pitillo y dije: "Estoy tan enganchado con Jesús, que ya no quiero volver a fumar esta cosa, y que me baje de donde estoy".
Verdaderamente libre
En las calles de Saint Louis donde crecí, teníamos un dicho: "Una vez adicto, siempre adicto”. Según esto, cuando alguien se volvía adicto a las drogas, nunca podía cambiar. Gracias a Dios, hay otro dicho que no sólo se aplica a la gente que vive en las calles, sino a nuestros seres amados en nuestro hogar, nuestros compañeros de trabajo, nuestros amigos y nuestros conocidos del vecindario, nuestros compañeros de estudio, y los cristianos con los que adoramos al Señor; literalmente, a todas las personas en todas las situaciones y circunstancias, y en todos los lugares del mundo. Este es el mensaje:
Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres. Juan 8:36
Había sido adicto a las drogas. Me había metido agujas en los brazos, algunas veces entre diez y doce veces al día. Pero hace veinticinco años, me liberó el poder de un Dios amoroso y compasivo, y durante más de veintitrés de esos años he viajado por el mundo compartiendo mi testimonio. En prisiones e iglesias; en escuelas y en reuniones del gobierno, he relatado la forma milagrosa en que Jesús me hizo libre de la fortaleza de la adicción a la heroína y la cocaína. Pero también experimenté la liberación de Dios en otro aspecto de mi vida.
NO SÓLO HALLÉ AQUELLO AGRADABLE, SINO QUE DESCUBRÍ QUE LA
VENTA DE DROGAS ES UN NEGOCIO DONDE SE MUEVE MUCHO DINERO.
Capitulo 2
Las maldiciones generacionales
Hace algunos años, mientras me preparaba para una entrevista para el programa Praise the Lord de TBN, mis buenos amigos Laverne y Edith Tripp entraron y me preguntaron: "Pastor, ¿de qué quiere hablar esta noche?"
Yo les dije: "Bueno, ustedes saben que yo siempre he compartido mi testimonio acerca de la forma en que Dios me liberó de las drogas y de la vida en las calles, pero en lugar de compartir mi testimonio, hablemos un poco acerca de lo que Él me ha estado mostrando en su Palabra".
Laverne accedió amablemente, pero durante nuestra entrevista en vivo, me dijo: "Larry, sé que no tenemos pensado hablar de su testimonio, pero siento con todo el corazón que Dios quiere que comparta algo que libere a la gente en esta noche".
Yo siempre había estado dispuesto a hablar de que había sido vendedor de drogas, adicto y todo lo que acompañaba a ese estilo de vida, pero nunca había hablado de un aspecto determinado de mi testimonio, por dos razones: una, que me sentía avergonzado de él, y otra, que había batallado con ese problema incluso después de ser ya un cristiano nacido de nuevo.
En aquel momento lo comencé a compartir en público por vez primera. Cuando nací de nuevo, Dios me liberó de las drogas de inmediato, y me profetizaron que entraría al ministerio. Todos decían que yo iba a ser un hombre de Dios, así que iba a la iglesia, levantaba las manos y alababa al Señor. Ministraba por las calles y la gente recibía la salvación. Todo parecía estar bien, pero tenía unas heridas internas que no se habían sanado.
Aquellas heridas estaban infectadas en lo más profundo de mi ser, y nadie lo sabía; esto es, nadie menos mi esposa Tiz. Algunas veces, tenía que usar maquillaje para cubrir el moretón o el labio hinchado que resultaban cuando mis cicatrices internas hacían erupción en medio de una furiosa ira dirigida contra ella. Nadie más era capaz de adivinar mi oscuro secreto: es decir, nadie menos el extraño que conducía demasiado despacio para mi gusto, o que se me metía delante en la carretera. Aquella persona también era blanco de una erupción de mi ira, manifestación de generaciones de ira y violencia.
En aquellos días, estoy seguro de que nuestros vecinos estaban totalmente confundidos. Nosotros les testificábamos sobre el amor de Jesús; nos veían ir a la iglesia varias veces
por semana, y mientras tanto, me oían gritar e insultar a mi joven esposa quien supuestamente amaba con todo el corazón. Aquella ira explotaba dentro de mí con muy poca provocación de su parte, y me avergüenza admitir que golpeé varias veces a mi esposa, incluso estando ella embarazada, Sí: le pegue a mi encantadora esposa embarazada con la fuerza suficiente para tirarla al suelo.
Todo el mundo tiene sus días malos, pero mis días malos estaban repletos de una ira que algunas veces se convertía en días de furia incontrolable. En los primeros años de nuestro matrimonio, Tíz trató una y otra vea de hacer que yo fuera a hablar con mi pastor, pero yo no quería ir. Me senda avergonzado y confundido. Para mí, pensar que tenía un problema de ira era sentir una humillante desgracia. Detestaba esa parte de mi persona. Trataba con desespero de cambiar, pero no podía. Y me preguntaba si alguna vez hallaría la manera de liberarme de esa maldición.
Cuando llevábamos ya unos cinco años de casados, estaba pastoreando nuestra segunda iglesia en Australia. Un día mi hijo, que era un niño muy menudo, hizo algo que me enojó, y yo lo lancé contra la pared. Aunque habían desaparecido las drogas, y me había cortado el cabello, me daba cuenta de que dentro de mí seguía pasando por momentos en los cuales perdía el control. "Dios mío", suplicaba, "¿por qué soy así? Ya es hora de dejar de negarlo. Tengo un verdadero problema y necesito ayuda".
Fue entonces cuando comencé a estudiar las Escrituras y aprender a quebrantar esa cosa; esa maldición de ira que había en mi familia y en mi vida, Pero debido a mi vergüenza y mi confusión, nunca enseñé sobre este tema, ni lo compartí con nadie... hasta aquella noche en TBN.
Después de haber enseñado aquello en TBN, cuando ya nos preparábamos para partir, no podían encontrar al conductor que me debía llevar de vuelta al hotel. Por fin supimos que, junto con otras personas tomadas de entre el público del estudio, nuestro conductor había tenido que tomar un teléfono, por la cantidad tan grande de llamadas, que estaban entrando. Cuando compartí mi problema con la ira, y la forma en que Dios me había liberado de él, sus teléfonos comenzaron a recibir llamadas de todas partes.
A raíz de aquella entrevista, recibimos miles de cartas y de llamadas telefónicas donde nos pedían que oráramos con la gente, sólo en el aspecto de la ira. Hubo quienes escribieron: "Yo soy el hombre de Dios en el pulpito, pero soy Atila el huno cuando llego a casa". Otros se identificaban con mi testimonio, diciendo que mi experiencia era exactamente igual a lo que ellos estaban pasando.
Necesitados de reparación
La mayoría de nosotros pensamos que cuando recibamos a Jesús como Salvador, automáticamente vamos a ser perfectos. Lamentablemente, eso no es cierto, Alguien lo dijo de esta forma: "La iglesia es como un taller de chapistería: hay autos chocados en diversas etapas de reparación". Llegamos con toda clase de problemas que es necesario arreglar.
Quiero decir con toda claridad ahora mismo que el Señor nunca nos condena por nuestro pasado. El diablo es el que nos acusa, nos condena y trata de convencernos de que Dios está enojado con nosotros, y de que somos una causa perdida, sin esperanza y desvalida. Siempre debemos recordar que Dios no nos está señalando con Índice acusador. Lo que está haciendo es extender la mano para ayudarnos. Jesús nunca nos dice: "Vete a limpiar y después ven a mí". Lo que nos dice es que cuanto tenemos una carga o un problema, debemos acudir a Él.
Venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. -Mateo 11:28
Nuestra salvación y nuestra relación continua con Jesús son una de esas fiestas de "ven tal como estés”.
Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionara hasta el día de Jesucristo.
-Filipenses 1:6
Antes de que sigamos adelante, quiero explicar brevemente lo que es una maldición de familia, o generacional. La primera vez que se usa la palabra "iniquidad" con relación a las maldiciones generacionales, es en Éxodo 20:5. Ésta es la escena: Dios le está dando a Moisés los Diez Mandamientos. En el versículo 3 nos ha ordenado que no tengamos otros dioses fuera de Él, y después, en los versículos 4 y 5 nos ordena que no hagamos ídolos, ni nos inclinemos para adorarlos. Si lo hacemos, nuestra iniquidad visitará a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos.
Dios nos prohíbe que nos inclinemos para adorar a un ídolo, y es ídolo todo aquello que amamos y reverenciamos más que a Él. Lo qué está diciendo es que, cuando adoramos a un ídolo, estamos permitiendo que nos gobierne algo que no es Él, y que nos haga inclinarnos para servirle. Cuando hacemos eso, el espíritu que opera a través de ese ídolo entra a nuestra vida, no sólo para hacernos a nosotros inclinarnos ante él una y otra vez, sino que también va a pasar de nosotros a nuestros hijos, y a los hijos de nuestros hijos, haciendo que se inclinen ante él. De esta forma, ese espíritu de iniquidad se convierte en una fuerza interior que hace que tanto nosotros como las generaciones que nos sigan, nos inclinemos o cedamos ante su naturaleza destructora.
Un espíritu de iniquidad puede estar en su vida a causa de algo que usted haya hecho, pero también puede haber caído sobre usted a causa de algo que un miembro de su familia hizo, años antes de que usted naciera. Se puede tratar de una iniquidad, o maldición de familia, que ha pasado de una generación a la siguiente a causa de algo que sucedió en su familia, o de algo que le sucedió a su familia,
Permítame darle algunos ejemplos. Si en una familia hay una ira que no es natural, es posible que los padres la tuvieran, y ahora la tienen sus hijos. Si el padre o la madre, o incluso los abuelos, tuvieron una historia de divorcio, es posible que sus hijos se estén
enfrentando también al divorcio. ¿Ve lo que quiero decir? Este espíritu de iniquidad —en este caso, de divorcio—, pasa de una generación a la siguiente. La iniquidad se puede presentar de muchas formas: el abuso de las drogas, la pobreza, los desórdenes en la comida, el suicidio, los hijos habidos fuera del matrimonio, etc. No hay límites. Cuando yo viajo para enseñar esto, cada vez que creo haber oído hablar de cuanta maldición de familia existe, escucho algo nuevo. Pero le quiero asegurar esto: Jesús siempre viene y los libera.
Por lo general, se pueden rastrear a la historia familiar de la persona los rasgos y esquemas de conducta destructores en la personalidad, las adicciones, las tendencias suicidas, el divorcio, las enfermedades, la depresión, la ira y el funcionamiento incorrecto en la vida. Las estadísticas señalan, y todo el mundo lo sabe en la actualidad, que la persona que haya sido maltratada física o emocionalmente en su niñez tiene fuertes probabilidades de maltratar a alguien a su vez cuando llegue a la edad adulta. Los hijos de alcohólicos que detestaban la conducta de sus padres, muchas veces se convierten también en alcohólicos, y la lista de ejemplos sigue.
Un triste ejemplo de esto es el niño al que se ha maltratado física o sexualmente. Este niño ha pasado por el torbellino, el quebranto y la angustia de que lo maltratara uno de sus padres o un pariente, y cualquiera creería que una persona que haya sufrido el trauma de un maltrato así sería la última en infligir semejante horror sobre otra persona. Sin embargo, es muy probable que ese individuo maltrate a sus hijos o, si no los maltrata, se convierta en una persona enojada y autodestructiva. ¿Por qué? Porque el espíritu de iniquidad —la cosa que los impulsa a hacer lo que ellos saben que no deben hacer— ha sido pasado de una generación a la siguiente.
Las maldiciones generacionales —maldiciones que son pasadas de un miembro de la familia a otro, una generación tras otra— han existido desde la desobediencia de Adán. ¿Quién fue el primer pecador? Adán. ¿Quién fue el primer asesino de la Biblia? Caín, el hijo de Adán. ¿Quién fue el segundo asesino? Lamec, descendiente de Caín, ¿Por qué? Porque la iniquidad había pasado de generación en generación entre los descendientes de Adán (vea Génesis 4:8, 23),
Algunas veces, el espíritu que pasa de una generación a otra es el mismo, pero el diablo lo trata de disfrazar y lo hace parecer como algo totalmente diferente. En una ocasión estaba orando por una dama que quería romper una maldición de familia que la estaba atando a ella, y también a sus hijos. Cuando le pregunté de qué se trataba, me dijo que durante varias generaciones, diversos miembros de la familia habían muerto de obesidad, sin ser capaces nunca de controlar lo que comían. Ahora había gente en su familia que sufría de anorexia, y se mataba a sí misma de hambre. Era el mismo espíritu que destruía por medio de los hábitos al comer, pero con una operación diferente. En esta situación, la maldición estaba en la familia, pero hay también maldiciones que caen sobre una familia. Le daré un ejemplo que es conocido en el mundo entero: el que la prensa ha dado en llamar "la maldición de los Kennedy". Cuando nos dimos cuenta primeramente, fue al ser asesinado el presidente John F. Kennedy, pero volvió a ser noticia con la trágica muerte
de su hijo John Jr. Los medios la llaman maldición de familia y, aunque no la comprendan, tienen toda la razón. En realidad, antes del presídeme Kennedy hubo otros que murieron antes de que hubiera llegado su hora, y en su familia ha habido otras muertes entre la suya y la de su hijo. Tal vez ellos no sepan con exactitud de que se trata, pero parece evidente que en sus vidas hay una fuerza que les trae la destrucción, y que es pasada de una generación a la siguiente. Si en su familia no hay nadie que se ponga en pie para romperla en el nombre de Jesús y por medio del la sangre que Él derramó en la cruz, seguirá adelante.
Es posible que en su familia haya enfermedades o dolencias, desastres económicos, o incluso un temor irracional que surja de una maldición de familia. Todo espíritu que trate de hacerle daño y causarle angustia a usted, o a los miembros de su familia, podría estar presente debido a algo que sucedió en el pasado familiar, y que es posible que usted ni sepa. Me encantaría hacerles saber a los Kennedy y a otros como ellos que no es Dios quien les está haciendo esto. El que viene a hurtar, matar y destruir es el diablo.
Más adelante entraré en más detalles para explicar la revelación que he visto en la Palabra de Dios con respecto a estos asuntos. Entonces, usted va a poder, no sólo reconocer la raíz del problema, sino también recibir su respuesta sobre si se trata de una maldición de familia en su vida o sobre ella. Por ahora, me limito a asegurarle de manera absoluta que cuando el Hijo lo haga libré, usted va a ser verdaderamente libre.
Se puede terminar
Maldiciones de familia. Maldiciones generacionales. La iniquidad del padre es transmitida hasta la tercera y cuarta generación. ¿Le parece algo deprimente y sin esperanza? No lo es. Cada vez que el diablo presenta un problema. Jesús ya ha presentado la respuesta. Tenemos Un ejemplo de esperanza en la ramera Rahab. La casa de esta cananea estaba en la muralla de Jericó. Muchos hemos leído Josué 6, y sabemos que esa muralla se vino abajo después de que los hijos de Israel marcharan siete veces alrededor de ella, tal como Dios les había indicado. Toda la ciudad de Jericó fue destruida, con excepción de Rahab y su familia. Porque había escondido a los espías hebreos que se habían infiltrado en la tierra de Canaán, la Tierra Prometida, para espiar antes de que el pueblo entrara en ella, Rahab fue respetada junto con sus padres, sus hermanos y todo lo que ella tenía (Josué 6:25 ). Por ser cananea, Rahab se hallaba bajo la maldición de los cananeos, que había comenzado generaciones antes, cuando Noé se había embriagado y su hijo Cam "vio la desnudez de su padre". Cualquiera que fuera el acto perverso que se produjera mientras Noé estaba embriagado, al final éste declaro que quedaba maldito Canaán, el hijo de Cam (vea Génesis 9:18-25). Rahab rompió la maldición que había sobre su familia a través de su antepasado Canaán, al salvarles la vida a los hombres de Dios. El cordón escarlata que puso en su ventana cuando Israel atacó, era un símbolo del poder liberador que tiene la sangre de Jesús (vea Josué 2:14-21).
Al igual que Rahab, usted también puede romper la maldición de su familia. Puede bendecirla. Esa maldición tuvo un comienzo, y puede tener un final. Esto ha sido así en mi
propia familia. Ya le conté como fue mi niñez, y cómo una maldición generacional trató de repetirse en mi vida. Cuando fui liberado, la rompí también para mis hijos y para los hijos de mis hijos. Mi hijo Luke es un ejemplo de la forma en que Dios ha roto la maldición generacional que había sobre mi familia. El año pasado, fue a un viaje misionero con el grupo de jóvenes de nuestra iglesia. Cuando regresó, nos dijo que estaba caminando con un amigo por una calle de Kingman, en Arizona, y el Señor los comenzó a inquietar sobre la necesidad de testificarles a dos hombres. Lucas y su amigo se decían: "Sólo somos adolescentes. Se van a reír de nosotros si les empezamos a hablar del Señor".
Los dos hombres tenían el aspecto de estar realmente angustiados. Lucas me dijo que le vino el pensamiento de que la verdad sigue siendo la verdad, tanto si la dice un jovencito de dieciocho años, como si la dice un hombre de sesenta. Entonces añadió: "Papá, nos acercamos a aquellos dos personajes con aspecto de miembros de una banda de motociclistas, y era cierto que estaban pasando por momentos difíciles. Descubrimos que hacía muy poco tiempo que eran cristianos. Acababan de recibir la salvación en una reunión de los Cumplidores de Promesas. A pesar de esto, la esposa de uno de ellos lo había dejado, y estaba viviendo con un amante que te estaba maltratando físicamente a los hijos.
'"Aquellos dos hombres estaban sentados, hablando sobre la situación, y uno de ellos le decía al otro: Algunas veces me pregunto si Dios tiene verdadero interés en mí. Fue entonces cuando nos acercamos a ellos y comenzamos a compartir con ellos el amor de Jesús. Aquellos hombres comenzaron a llorar, después oraron el uno por el otro y nos dijeron: “¿Saben Una cosa? Nosotros sabemos que Jesús es real. Si Él está dispuesto a enviar a dos jóvenes cómo ustedes desde Portland, en Oregón, hasta Kingman, en Arizona, paca que les testifiquen a dos personajes de nuestra edad, estamos seguros de que Dios se va a encargar de las cosas”.
Cuando Luke me dijo aquello, se echó a llorar. Se levantó, se me acercó, me rodeó el cuello con los brazos y me dijo? Papá, ¡qué carga tan grande tengo por las almas!" No sólo me sentí lleno de gozo por mi hijo, sino que también alabe al Señor porque la esclavitud de las maldiciones e iniquidades que había existido en mi familia estaba rota. Le doy gracias a Dios de que mi hijo me pudiera abrazar, y sentirse seguro conmigo. Él no tiene por qué pasar por todo lo que yo pasé, porque la sangre de Jesús ha quebrantado la maldición que trajo tanta devastación y tanta destrucción sobre mi familia. Mi hijo y mis dos hijas son líderes en nuestra iglesia y en sus escuelas. Aman a Dios con todo el corazón, y me sorprendo continuamente por el gozo y la libertad en Dios que es tan evidente en su vida.
Quienquiera que usted sea, y cualquiera que sea la situación a la que se esté enfrentando. Dios no solo quiere romper la maldición, sino también invertirla. Mis hijos no han recibido la maldición, sino que en su lugar, tienen un espíritu de paz y de gozo. ¡La maldición ha sido invertida!
Hay muchos que quieren ayuda v liberación, pero no saben dónde acudir. No han oído que la sangre de Jesucristo los puede liberar, tanto a ellos como a su familia, de las
maldiciones generacionales. Algunos dicen: "Con que pudiera ver un milagro, me bastaría para creer". Pues bien, yo soy un milagro de Dios. Mi vida ya no está llena de la ira y la violencia destructoras que me solían dominar. Me encanta hablarles a las personas en las Iglesias, las prisiones y las escuelas -dondequiera que tengo la oportunidad de hablar— sobre el hecho de que Jesucristo las puede liberar de lo que las mantenga aprisionadas, de la misma forma que a mí me hizo libre.
El reconocimiento de las maldiciones
Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento, -Oseas 4:6
Lea de nuevo este texto bíblico. Dios dice: "Mi pueblo". No habla de los que no son salvos, de la gente mala, o de los que tienen una religión falsa, sino de su pueblo. Es su pueblo el que es destruido, y por una razón: por falta de conocimiento. En otras palabras, perecemos porque no comprendemos lo que dice la Palabra de Dios en realidad. Muchas veces oímos decir: "¡No se puede maldecir a los cristianos! Nosotros tenemos a Jesús, Él tiene un nombre sobre todo nombre". En cierto sentido, tienen toda la razón. Su nombre está por encima de las drogas, de la ira, de las enfermedades y dolencias, del divorcio o del suicidio. Pero nosotros necesitamos saber cuándo y cómo usar ese nombre y el poder de su sangre. Los problemas no desaparecen cuando se los ignora. Esto sólo les permite crecer y terminar extendiéndose a otros miembros de nuestra familia.
Lo primero que necesitamos comprender es que las maldiciones son reales. Si usted habla de maldiciones en el África, en una reservación de los navajos, en Fiji o en algún país remoto, la mayoría de la gente va a entender lo que está hablando. Durante siglos se han contado historias sobre brujos, magia negra y magia blanca, vudú, y las extrañas cosas sobrenaturales que suceden en ciertas partes del mundo. En cambio, en Europa y América del Norte, la gente es predominantemente lógica, y piensa al estilo de occidente. No comprendemos esto de la causa y el efecto en el mundo espiritual.
¿Cómo encuentra el diablo una puerta para entrar a nuestra vida y echar a andar una maldición de familia o generacional? Tiene que haber una puerta para que entre por ella la maldición. Si no comprendemos cómo nos hemos metido en esas situaciones, entonces no sabremos salirnos de ellas. Los sucesos de la vida no son sólo accidentes lamentables, producidos al azar. Hay un lado espiritual invisible en todo lo que sucede dentro el mundo físico visible. Aunque no veamos la gravedad, sí vemos sus efectos. Tal vez no reconozcamos las maldiciones, pero sí experimentamos sus consecuencias. Cuando usted va al médico, aun antes de que él lo vea, usted tiene que llenar un formulario. En él se le hacen preguntas como éstas: "¿Hay algún historia, de cáncer, diabetes, dolencias del corazón, adicción a drogas, enfermedades mentales, etc., en su familia?" Le pide todo el historial médico de su familia. Los doctores necesitan saber esto para llegar con rapidez a la raíz de su problema actual y ayudarlo a evitar problemas de salud en el futuro. Se lo preguntan para que usted pueda ser sanado y permanecer sano; no para asustarlo o condenarlo.
De igual forma, Jesús, el Gran Médico, quiere que seamos sanados y permanezcamos sanos. Por eso nos pregunta: "¿Hay en tu familia algún antecedente de ira, divorcio, suicidio, pobreza, o algún otro problema que parezca aquejarte sin que te puedas librar de él?" Jesús nos enseña en su Palabra que los problemas actuales de su vida pueden ser causados por la iniquidad en el pasado de nuestra familia. Él vino para darnos una salud total.
Es interesante que en lo natural, el médico sepa que muchos problemas se basan en la sangre. Lo que usted está a punto de descubrir es que, en lo espiritual, la respuesta a todos los problemas ya le ha sido dada por medio de la sangre de Jesucristo,
Vemos que el pueblo de Dios es destruido en todos los aspectos de su vida -en su familia, su economía, su fuerza de voluntad, su salud y sus relaciones con otras personas— porque no reconoce las maldiciones. El diablo trata de hacer caer todo tipo de cosas sobre el pueblo de Dios por medio de ellas. Es posible que la maldición no tenga que ver con las drogas o el alcohol. Tal vez sea una enfermedad. ¿Por qué sucede que las personas con unos antecedentes familiares de cáncer, problemas del corazón y enfermedades mentales tienden a sufrir estos mismos problemas exactamente?
La maldición puede ser la pobreza. Hay quienes dan ofrendas y también diezman, pero cada vez que empiezan a mejorar de situación, viene el diablo y les roba lo que Dios ha estado trayendo a su vida. También se puede tratar del divorcio. Hay quienes se han divorciado cuatro, cinco o seis veces, Entonces, sus hijos también se divorcian, y se repite ese ciclo de matrimonios rotos y familias destrozadas. No se debe a que sean malas personas, sino a que la iniquidad ha ido pasando de una generación a la siguiente.
Debemos reconocer la fuente del mal, y la provisión hecha por Dios para quebrantar el poder del enemigo.
El ladrón [el diablo] un viene sino para hurtar y matar y destruir. -Juan 10:10A (Inserción hecha por el autor)
Los propósitos del enemigo están claros, pero entonces, necesitamos saber también qué es Io que Dios tiene para nosotros. ¿Qué nos quiere dar Dios?
Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma,
-3 Juan 2
Dios no viene para matar, robar y destruirle la vida. Él es el dador de la vida. A través de Jesucristo, tenemos victoria sobre la destrucción planificada por el diablo para nosotros, y podemos entrar en la plenitud de la bendición de Dios para nuestra vida. No tenemos porque tener miedo de las maldiciones. Lo que sí necesitamos es reconocer y aprender a destruir estas obras del diablo en nuestra vida.
-OSEAS 4:6
Lo primero y más importante de cuanto necesitamos conocer, es que Dios envió a su Hijo único para que muriera por nosotros (vea Juan 3:16). El anhelo de Dios es que todo ser humano, hombre o mujer, joven o anciano, bueno o malo, se arrepienta y camine en su justicia y su bendición. Así que, cualesquiera que hayan sido sus pecados del pasado, o cualesquiera que sean sus circunstancias del presente, Dios se le quiere acercar; está dispuesto a aceptarlo tal como usted está, y liberarlo. Quiere bendecirlo,
Los sucesos y las circunstancias de su pasado que lo están manteniendo en esclavitud no se pueden cambiar, pero su futuro sí. Usted mismo puede ser transformado de dentro a fuera. Dios sólo quiere cosas buenas para usted, pero sobre todo, quiere hacerlo libre. Entonces, usted va a poder recibir y experimentar sus mayores riquezas, y servirles de bendición a otros. Usted no puede cambiar su pasado, pero sí puede transformar su futuro.
Él le va a dar gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado (Isaías 61:3). Lo que una vez pareció un bosque quemado por completo, El lo va a convertir en una cima de montaña cubierta de nieve. Dios le va a dar libertad donde había esclavitud. Le va a dar bendición donde había maldición. Y por medio de usted, esa bendición podrá pasar a toda su familia en las generaciones futuras. Hoy mismo pueden quedar rotas para siempre todas las maldiciones que haya sobre su vida.
AL IGUAL QUE RAHAB, USTED TAMBIEN PUEDE ROMPER LA MALDICIÓN DE SU FAMILIA.
PUEDE BENDECIRLA. Capítulo 3
¿De dónde salió eso?
Se ha hecho alguna vez esa pregunta: "¿De dónde salió eso?" O tal vez: "El Por qué soy así?" Tal vez la pregunta no se refiera a usted, sino a su cónyuge. O tal vez se refiera a sus hijos, o a sus nietos. Si usted es pastor, o psiquiatra, tal vez sea así: "¿Cómo llego hasta la raíz del problema que tiene esta persona, para que pueda tener una vida feliz y realizada?" Todo comienza cuando usted es lo suficientemente osado como para empezar con una oración, y ser sincero al respecto. Cuando lo haga, le prometo que el Hijo, quien es el Sol de justicia, resplandecerá y le dará la respuesta.
Hace un par de años recibí una llamada de un ministro amigo mío, a quien he conocido por años. Estaba pastoreando una iglesia de la zona de Chicago cuando me llamó para
decirme: "Mire, hermano, no voy a poder llegar a la conferencia de este año". Cuando le pregunté por qué, me respondió: "Voy a dejar el ministerio, voy a dejar mi iglesia, voy a dejar a mi esposa y a mis hijos, y me voy a mudar a otro lugar".
Cuando yo le pregunté cuál era el problema, me contó que a lo largo de todo su matrimonio, su esposa entraba en una profunda depresión cada dos meses o así, y a veces ni siquiera salía de la cama, no quería cuidar de los niños, ni tampoco ir a la iglesia. Me dijo: "Esto está destruyendo nuestro matrimonio, nuestra familia y nuestro ministerio. No lo puedo seguir soportando".
Yo le respondí: "hermano, antes de que se separen, háganme un favor: vengan a verme". Cuando vinieron y se reunieron con nosotros, yo le pregunté a su esposa cuál era el problema. Ella comenzó a decirme que cuando caía en la depresión, ésta se apoderaba por completo de su vida. Yo le pregunté: "¿Cuándo comenzó a suceder eso?"
Ella me dijo: "Pastor, yo no..."
Yo repetí la pregunta: "¿Cuándo comenzó a suceder eso?"
Entonces ella me comenzó a contar una historia desgarradora. Cuando era niña, su padre se deprimía con frecuencia. Se sentaba y se ponía a trenzar cuerdas, hacer nudos de ahorcado y amenazar con colgarse. Entonces, un día, cuando ella tenía siete años, oyó un ruido extraño en la sala. Corrió allí y encontró a su padre colgado de una soga atada a una de las vigas. Ella gritó, y trató de sostenerlo en alto. Gritó pidiendo ayuda, y su madre llegó corriendo desde la cocina. Gracias a Dios, pudieron cortar la soga, bajarlo y salvarle la vida. Sin embargo, desde aquel día, la depresión del padre se pasó a la hija.
Yo le dije: "Vamos a orar, y a romper esa maldición familiar que lleva encima. Y cuando Dios lo haga, esto nunca más va a volver a usted". Comenzamos a clamar por la sangre de Jesús sobre su vida, y por su liberación. Aquella misma noche, mas tarde, su esposo me llamó para decirme: "Mi esposa sigue en la sala. Está levantando los brazos, cantando y adorando a Dios. ¿Qué hago?"
Yo le dije: "Deje que siga adorando".
Al día siguiente me llamó y me dijo: "Cuando me levante para ir a trabajar, ella seguía en la sala, adorando y alabando a Dios".
Hoy en día, este matrimonio está pastoreando una nueva iglesia. Están experimentando un avivamiento, y la iglesia ha tenido un crecimiento increíble. Su matrimonio y su familia nunca han estado mejor. La depresión se ha marchado por completa, y por fin están experimentando todo el gozo, las bendiciones y el derramamiento de Dios sobre su matrimonio y su ministerio, que habían estado detenidos durante tantos años. Lo voy a decir de nuevo: Dios no hace acepción de personas (Hechos 10:34). Lo que El hizo por estas personas al romper su maldición de familia, lo puede hacer también por usted hoy. Grietas debajo de la superficie
Hace algunos años, me hallaba en Los Ángeles filmando nuestro programa de televisión, y estábamos parando en un hotel que se hallaba frente a los Estudios Universal. Yo entré al baño para lavarme los dientes, y noté que había papel en el espejo donde se decía lo que se debía hacer en caso de terremoto. Cuando miré por la ventana del hotel, pude ver muchas casas, edificios, los Estudios Universal, el centro de Los Ángeles y una carretera. En la superficie, todo parecía estar bien y en perfectas condiciones. Pero la razón por la cual el hotel había puesto allí aquella lista, es porque sabían que aunque todo pareciera estar bien en la superficie, debajo de la superficie había fallas o grietas que corrían por debajo de la ciudad. Aunque por el momento estaban inactivas, cuando las circunstancias fueran las debidas, la situación fuera la debida y las presiones fueran las debidas, aquellas fallas se podían mover, y causar un terremoto que podía llevar la destrucción y la devastación a aquella superficie que parecía tan perfecta. Pero la palabra "falla" también puede hablar de una grieta, o una debilidad en su vida, en su carácter o en su personalidad, que se halla debajo de la superficie.
Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. --Santiago 5: 16
Veamos más de cerca este texto bíblico, porque no es la verdad la que nos hace libres, sino la verdad que nosotros sabemos, o la que nosotros comprendemos. Las fallas no son las debilidades que todo el mundo ve de vez en cuando. Son esas grietas escondidas que yacen debajo de la superficie. Cuando la presión y las circunstancias sean las debidas, esas fallas se pueden levantar para destruir su futuro, su matrimonio, su ministerio y las bendiciones que Dios tiene para usted.
Confesar unos a otros
Cuando hablo de ser liberado, no estoy hablando de aprender a controlar la depresión, la ira o cualquier otra falla. Estoy hablando de quedar libres de esa falla para siempre. ¿Cómo lo logramos? Santiago .5:16 habla de confesarnos nuestras ofensas unos a otros. Necesitamos confesar esas fallas que yacen bajo la superficie; confesar las grietas que estamos cubriendo con un cierto estilo de personalidad, y confesar las presiones que podrían producir un destructor terremoto en cualquier momento.
El concepto de la confesión es muy difícil de captar para los cristianos, porque tenemos la idea equivocada de que se supone que seamos perfectos desde el mismo momento en que llegamos a ser salvos. Sin embargo, ninguno de nosotros lo es. No nos debería ser difícil confesarnos mutuamente nuestras faltas, porque todos tenemos cosas en nuestra vida, en las cuales Dios nos está tratando de dar liberación y sanidad espiritual. Por eso, cuando la Biblia nos dice que confesemos esas cosas, eso es exactamente lo que necesitamos hacer. El que seamos cristianos no significa que no haya falla alguna en nosotros.
Cuando Tiz y yo estábamos recién casados, todos los pastores y evangelistas que se nos acercaban, profetizaban sobre mí diciendo: "Vas a ser un gran hombre de Dios, y Dios te va a dar un ministerio que va a ir por todo el mundo". Pero no se daban cuenta de que yo
tenía un problema muy serio de ira y de violencia. No sabían que cuando volviera a casa, iba a golpear a mi esposa, o que iba a estallar en una furiosa ira que algunas veces no podía controlar. Aquella ira y aquella violencia estaban destruyendo mi vida, e iban a destruir mi familia. Es un milagro que Tiz no me abandonara.
Cuando por fin me calmaba, Tiz me decía: "Necesitarnos buscar ayuda. Necesitamos hablar con alguien para que nos aconseje". Yo no quería hacerlo, porque pensaba que los cristianos debían ser perfectos. Si se suponía que yo fuera perfecto, ¿cómo podía confesar esas imperfecciones para conseguir ayuda? Pero Santiago nos dice a todos que nos confesemos nuestras faltas unos a otros. Esto no fue escrito para los no creyentes, sino para los creyentes. Debemos hallar a alguien a quien le podamos confesar estas cosas: "Tengo este problema y necesito ayuda".
La razón por la que no quería confesar era que no sabía por qué me enojaba tanto a veces. Me preguntaba: ¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Por qué soy así? Por qué tengo esto en mi vida a pesar de que soy cristiano, a pesar de que soy nacido de nuevo, e incluso a pesar de haber sida liberado de tantas cosas tan horribles. ¿Por qué está esto en mí? Una vez más, no es sólo la verdad la que lo va a liberar, sino el conocimiento de la verdad. Recuerde: el pueblo de Dios es destruido por su falta de conocimiento.
Es posible que usted sufra de una maldición generacional, no porque sea una mala persona, un mal cristiano o alguien peor que los demás. De hecho, hasta es posible que no sea culpa suya. Ya hablamos antes de que la iniquidad puede venir como un espíritu que se acerca a usted, o como algo que usted hereda. Pero comoquiera que llegue, Santiago le dice que confiese sus fallas —las cosas que se encuentran bajo la superficie— para poder recibir sanidad. ¿Cómo llegaron allí esas fallas? El Señor me ha mostrado que las fallas pueden recaer sobre usted de manera directa, o se le pueden unir procedentes de generaciones pasadas, debido a la iniquidad de los padres.
No hay maldición sin causa
Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en el.
-Juan 9:1-3
Jesús les dijo a los discípulos que la ceguera de aquel hombre no se debía a una maldición generacional, pero lo que yo quiero que usted note es lo que los discípulos pensaban que era. Según el pensamiento religioso de aquellos tiempos, el que nacía ciego era porque Dios lo había maldecido. Ahora bien, no limite esta comprensión a alguien que tenga un problema o una incapacidad de tipo físico. La pregunta va más allá de un "¿Por qué es ciego este hombre?" Esa pregunta podría ser: "¿Por qué se ha divorciado tanto? ¿Por qué siempre está enojado? ¿Por qué está tan deprimido? ¿Por qué tiene problemas a la hora de comer? ¿Por qué tiene tendencias suicidas? ¿Por qué