Capítulo V: La habilidad lingüística humana como base para la operación del sentido común
V. 11. El desarrollo infantil del sentido común V.11.1 De nueva Cuenta Lynd Forguson
V.11.1.4. Los 3 años
A los 3 años, los niños contrastan lingüísticamente acciones que están llevando a cabo ellos mismos u otras personas, así como sus intenciones. Comienzan a hacer comentarios interpretativos acerca de sus estados mentales y el concepto de causalidad psicológica es más evidente aún que el de la causalidad física. Para juzgar la intencionalidad del resultado de las acciones ajenas, Shultz, autor citado en el libro “Common Sense”, de Lynd Forguson, logró identificar varias reglas:
1. Si la intención y el resultado coinciden, se cumple la regla de “relación”.
2. Cuando no se conocen las intenciones, existen reglas “objetivas” como la del “descarte”, que elimina una causa “interna”. Ésta aparece cuando resulta obvio que una causa externa incide en el resultado, como es el caso de una caída por un tropiezo.
169 3. La regla de “valencia”, que es aquella en la que el resultado emocionalmente es “positivo” para el agente, por lo que parece intencional, mientras que un resultado “negativo” no lo es y finalmente,
4. La regla del “monitoreo”, que establece que si una persona observa sus acciones las está controlando; y por lo tanto, son intencionales (Forguson 1989, p. 54).
A los 3 años de edad el niño utiliza reglas de “relación”, aunque no entiende los conceptos de “intencional” y “no intencional”. Comprende la importancia moral de las intenciones y las juzga, pues el concepto de intención y la metarrepresentación se relacionan entre ellos, aunque no comprendan bien esto (Forguson 1989, p.
55).
Algunos psicólogos como Forguson sostienen que a los 3 años de edad, los niños poseen virtualmente el mismo marco psicológico del Sentido Común que los adultos. Y aunque sus metarrepresentaciones son impresionantes, aún son limitadas. Los niños de esta edad son “realistas inocentes” o “ingenuos” que sistemáticamente confunden la realidad con la apariencia, al punto de que Flavel y otros investigadores, citados por Forguson, afirman que las dificultades que presentan los niños de 3 años para distinguir entre apariencia y realidad son todavía importantes y profundas (Forguson 1989, pp. 50-59).
Su mente se encuentra ya ocupada con tareas psicológicas como entender el comportamiento humano a través de la observación de los estados mentales, esto es, a través de las creencias, deseos e intenciones de los otros. Todavía carecen de habilidades cognitivas cruciales que pertenecen al Sentido Común y muestran una habilidad limitada para reconocer la diversidad representacional, lo que significa que ya se dan cuenta de que otra persona puede percibir, saber, querer o gustar de algo que ellos no y viceversa (Forguson 1989, p. 56).
Espontáneamente, comienzan a hacer contrastes verbales entre lo real y lo imaginario, lo que incluye aquello soñado y lo falso (las mentiras), en términos de tres criterios descritos por Wellman y sus colegas en el libro de Lynd Forguson:
a) Las cosas reales, pero no las entidades mentales, pueden ser efectivamente manipuladas; b) Hay cosas públicamente predecibles y c) Hay cosas que poseen existencia persistente en el tiempo (están presentes en lo real, aunque no se piense en ellas) (Forguson 1989, p. 57).
A esta edad los niños ya piensan en estados mentales como entidades inmateriales y abstractas: comprenden que la fruta se come, pero los
170 pensamientos sobre la fruta, no. Sin embargo, no saben cómo nacen las creencias ni como aparecen las falsas creencias; tampoco comprenden lo que causa las creencias, ni han adquirido el concepto de creencia como representación mental con un valor verdadero o falso. Así, no entienden por qué o cómo es que saben algo, aunque dominan el contraste entre lo real y lo imaginado (Forguson 1989, pp. 59-67).
Estos pequeños poseen una comprensión básica de que ellos y las otras personas tienen conexiones cognitivas con objetos del mundo, a través de la percepción y el pensamiento. También poseen cierta comprensión de:
a) Que las conexiones cognitivas que sostienen con las cosas pueden cambiar con el tiempo
b) Que son mayormente independientes unas de otras
c) Que sus propias conexiones cognitivas con las cosas son independientes de las conexiones cognitivas que las otras personas tienen con las cosas d) Que las conexiones cognitivas involucran experiencias subjetivas internas.
Asimismo, creen que los objetos y eventos del mundo tienen una naturaleza única; que hay una sola manera en que cada cosa o evento, de hecho, sea y no puede ser de dos formas diferentes.
Sin embargo, los niños de esta edad pueden entender, en un primer nivel, que formar conexiones cognitivas con las cosas involucra representarse esas cosas mentalmente de varias maneras. Tienden a ignorar casi totalmente el hecho de que sea posible representarse una naturaleza única de diferentes maneras (Flavel 1988: 246 en Forguson, 1989, pp. 73- 74), pero piensan que estar cognitivamente conectado con algún elemento del mundo significa representárselo mentalmente.
No saben, por ejemplo, que no existen los unicornios, pero si que es posible imaginárselos y estar conectado cognitivamente con una representación mental de un unicornio (Forguson 1989, p. 75).
En un nivel 2 se encuentran los niños de esta edad que poseen un cierto tipo de entendimiento sobre las representaciones mentales, lo cual se alcanza cuando adquiere la habilidad de jugar con modelos mentales: transportar los elementos mentales de la base de su conocimiento a otro modelo, en donde pueden rearreglarlos de una manera distinta. Este desarrollo es la capacidad representacional con la que el niño logra comprender, evaluar y producir información simbólica a manera de lenguaje hablado o de imágenes (Forguson 1989, pp. 76-77).
171 Ya los niños de tres años poseen un concepto de representación interna: se dan cuenta de que los estados internos pueden representar objetos y situaciones imaginarios; y también de que tanto los estados externos, como los internos, pueden funcionar de manera simbólica. Aún los niños de dos años que practican el juego simbólico reconocen que los otros involucrados en la actividad también están representados. Esto demuestra que ya son capaces de representarse el proceso representacional, como lo hacen en el ejemplo del juego en el que un plátano se utiliza como teléfono. Esto significa todo un logro representacional de primer orden (Forguson 1989, pp. 78-79).
El niño de tres años sabe que las imágenes y los modelos son representaciones externas de cosas reales y también sabe que existe tal cosa como representaciones; lo único de lo que no están conscientes es de que las situaciones externas también se representan internamente: la percepción (aún la verídica) y las creencias (aún las creencias verdaderas) son procesos representativos, pero este siguiente paso en sí mismo es un gran salto, pues requiere conceptualizar la relación entre la mente y el mundo de una manera enteramente nueva, que requiere que el niño adopte un modelo representacional de la mente que apenas está en condiciones de alcanzar (Forguson 1989, p. 79).