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Desarrollo cognitivo y lenguaje, según Jerome S. Bruner

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Capítulo V: La habilidad lingüística humana como base para la operación del sentido común

V. 11. El desarrollo infantil del sentido común V.11.1 De nueva Cuenta Lynd Forguson

V.11.2. Desarrollo cognitivo y lenguaje, según Jerome S. Bruner

Según Jerome Bruner, un psicólogo americano nacido en Nueva York en 1915 y doctorado en Harvard, el funcionamiento intelectual se va moldeando a través de una serie de avances tecnológicos, entendidos como destrezas que la cultura se encarga de transmitir de manera eficiente y exitosa de los cuales el lenguaje es un exponente importante (Bruner 1998, p. 45).

El desarrollo cognitivo es un proceso que va tanto de afuera hacia adentro, como de adentro hacia fuera. Esto significa que el mundo exterior aporta experiencias que deben procesarse internamente, para provocar respuestas hacia el exterior. El asunto sucede mediante tres sistemas de procesamiento de información, llamados también modelos de realidad, que son: la acción, las imágenes mentales y el lenguaje.

El psicólogo norteamericano explica que durante la evolución del hombre, no hubo grandes cambios físicos, sino más bien modificaciones en los sistemas externos de ejecución, de manera que se dio una amplificación de las capacidades motoras, sensoriales y de raciocinio de los seres humanos, las cuales dan origen a un sistema interno que les corresponde a ellos y que permite la organización de actos sensoriomotores, perceptivos y pensamientos satisfactorios, para el nuevo sistema de ejecución. Con el paso del tiempo, el hombre se ha especializado en el uso de sus recursos tecnológicos, resultado de dichos cambios.

En este contexto, madurar implica lograr la orquestación de componentes para formar secuencias integradas que pasan de ser “planes”, o rutinas que se aprenden durante la adquisición del dominio del entorno social, hasta la

“integración” que depende de patrones que llegan de afuera hacia adentro, también conocidos como “marcos de conducta ambientales”. Hasta aquí las conductas son de tipo controlado; esto es, hay una sola respuesta al estímulo.

La memoria juega un importante papel en el desarrollo cognitivo, pero no como un elemento de almacenamiento de experiencias pasadas, sino como un sistema de recuperación de lo relevante de las experiencias en forma utilizable. La calidad de

174 éstas depende de la forma en que la propia experiencia haya sido codificada y procesada, logrando como producto una representación que puede ser

“eneactiva”, que es una representación de tipo motora, la cual queda grabada en los músculos (como andar en bicicleta), o una representación “icónica”, que es selectiva o, por último, una representación “simbólica”, en la que existe un distanciamiento y arbitrariedad en el lenguaje, cuya propiedad combinatoria supera a las imágenes y los actos (Bruner 1998, p. 47).

A los dos años el niño es experto en el uso de “holofrases”; esto es, pronunciamientos de una sola palabra, pero ello tan sólo es el comienzo del dominio de la gramática productiva, pues es el momento en el que aparecen las palabras “pivote” y de clase “abierta”. El niño, literalmente, se lanza a ensayar las posibilidades combinatorias del habla y, según Bruner –como asimismo Vygotsky-, también del pensamiento, ya que al interiorizar el lenguaje como instrumento cognitivo, ellos adquieren la posibilidad de representar y transformar la propia experiencia en lo que Vygotsky llama un segundo sistema de señales, de manera tal que a mayor desarrollo del lenguaje, mejor solución de problemas (Bruner 1998, pp. 49 -50).

Debe existir una fórmula verbal interiorizada que resguarde a la presentación visual (icónica) llamada conservación, la cual se logra mediante el distanciamiento, que es la capacidad del niño de describir un objeto, sin que éste se encuentre presente. Tareas de conservación exitosas, se logran entre los 5 y los 7 años de edad (Bruner 1998, p. 58).

La conservación depende de procesos de agrupamiento de la información, los cuales también se desarrollan en una secuencia que comienza con la selección por la relevancia de ciertos atributos, como el tamaño, el color y la forma de los objetos y llega hasta el agrupamiento por rasgos funcionales que implican la comprensión de la utilidad del objeto.

Las conductas de “agrupamiento” en términos de estructura sintáctica se manifiestan primero a través de un funcionalismo egocéntrico en “montones”, que son selecciones arbitrarias. Luego, según Bruner, se convierten en “complejos”, los cuales se aglutinan por una regla de semejanza por contigüidad. A continuación, la conducta de aglutinamiento sufre un cambio significativo al pasar a los agrupamientos funcionales que siguen criterios temáticos, lo que significa que los elementos pertenecen a una misma frase o historia. De ahí se pasa a los agrupamientos en los que un objeto clave está relacionado con todos, sin que exista una relación directa entre ellos y finalmente se llega hasta el nivel de mayor

175 sofisticación, que es el de los conceptos supraordenados, donde una única regla universal de inclusión da cuenta de todos los objetos.

Los agrupamientos, en paso de unos tipos a otros más sofisticados, marcan fases de desarrollo. A partir de los agrupamientos perceptivos se presentan modificaciones en las estructuras sintácticas, lo cual conduce hacia los agrupamientos funcionales; luego, los “complejos” disminuyen y aumentan los supraordenados, hasta que los reemplazan por completo, lo cual ocurre al final de la adolescencia. Durante la fase de funcionalismo egocéntrico, el niño utiliza pronombres personales de primera y segunda persona y según va madurando, utiliza argumentos más objetivos y funcionales (Bruner 1998, p. 64).

Para lograr los agrupamientos supraordenados se requieren tanto de estructura, como reglas de jerarquización destinadas a clasificar los objetos, lo cual es una de las propiedades más evidentes de la estructura del lenguaje. Esto va más allá de la mera inclusión en agrupamientos por criterios perceptivos, lo que significa que a medida que el lenguaje va interiorizando y desarrollando sus propias reglas de organización de las experiencias, comienza el cambio en los principios asociativos. Ello determina la organización perceptiva en reglas cada vez más abstractas de agrupamiento “fundadas en los principios de inclusión, exclusión y solapamiento que son las características básicas de todo sistema jerárquico”

(Bruner 1998, p. 65).

El desarrollo cognitivo implica el desarrollo de medios de tratamiento de la información o sistemas de representación. Así se observa que, en un principio, el niño depende fuertemente de las pautas de acción aprendidas, pues éstas le ayudan a representar el mundo que le rodea; luego adquiere un instrumento codificador de regularidades de la experiencia en forma de imágenes o íconos para luego lograr traducir la experiencia en un sistema de símbolos que se puede manipular a través de reglas de transformación. El poder organizar actos de procesamiento de la información a través de capacidades más integradas, enriquece la capacidad de resolución de problemas (Bruner 1998, p. 65).

Las respuestas de los niños van desde la descripción de la experiencia sensorial inmediata, hasta la organización de la información un una estructura regida por inferencias. A medida que los niños van madurando, llegan más allá de los contenidos dados y aparece la capacidad de acumular información según la regla de implicación, la cual trasciende la simple asociación por semejanza y contigüidad. Esta regla dice que “del hecho de saber una cosa se deducen otras y se desechan otras muchas”, lo que significa que el niño transforma la redundancia en un modelo manipulable del entorno que opera según reglas de implicación.

176 Esto lo libera de lo momentáneo y le permite integrar secuencias más amplias de las experiencias (Bruner 1998, pp. 67-68).

De esta manera el habla resulta no solamente un accesorio comunicativo, pues su función más importante es la de aportar la “tecnología del lenguaje” en el marco de las operaciones cognitivas infantiles, que le permiten al niño representar regularidades recurrentes; unir sucesos pasados con los presentes y futuros;

integrar, desplegar y amplificar las potencialidades intelectuales humanas;

desarrollar del intelecto, que avanza a saltos según se van incorporando las innovaciones transmitidas por los agentes culturales en forma de prototipos y formas de responder, ver, imaginar y traducir al lenguaje. Cuando se llega a los 12 años, el lenguaje se transforma en el instrumento de conocimiento más importante. Bruner resumen su reflexión sobre el lenguaje diciendo que éste….

….Moldea, enriquece e incluso sustituye a las primeras modalidades de procesamiento de información en la infancia. La traducción de la experiencia a una forma simbólica de representación, con los consiguientes logros del distanciamiento referencial, la transformación y la combinación, despeja el camino hacia las posibilidades intelectuales que superan en un orden incalculable a las que pueda proporcionar el más poderoso sistema de formación de imágenes” (Bruner 1998, pp. 69-70).

El lenguaje posee, entonces, dos características fundamentales, que son el distanciamiento y la arbitrariedad. Éstas le permiten formar combinaciones en ausencia del objeto o la experiencia y ello posibilita que el niño se represente lo que queda más allá del presente, en un proceso de interiorización que depende en gran medida de la interacción con los demás (Bruner 1998, p. 71).

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