B.1. El Análisis del Discurso como marco teórico-metodológico del discurso político
B.1.2. Aportes teóricos que impulsaron la investigación
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es otra cosa que la presencia represiva de lo que no dice (Foucault; 1970). Por lo tanto, el análisis del DP no tiene por objeto los enunciados sino los tipos de relaciones entre enunciados, entre formaciones discursivas que poseen una fuerza y una eficacia diferentes que instalan una correspondencia entre lógica política y gramática estratégica para dar cuenta del sentido que atraviesa el contenido en función de quien escucha.
Finalmente, propio de su estatuto, el DP pone en evidencia un tipo de
“contrato enunciativo” que garantiza la “verdad” del discurso, su carácter veridictivo. Desde esta perspectiva es importante señalar que el DP asume la forma de un contrato fiduciario entre enunciador y enunciatario (Greimas-Courtés;
1982) que implica, por un lado, un “hacer persuasivo” y, por otro, un “hacer interpretativo”. La verdad consiste en “hacer-parecer-verdadero” y la adhesión del enunciatario está condicionada no a los valores axiológicos postulados sino al tipo de representación del hacer persuasivo del enunciador. El DP no es solo el lugar de la transmisión de la información, hecho que implica reenviar a un saber que se inscribe en el discurso, saber que aparece como compartido, sino que es el lugar de la transformación de la información.
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relación con el poder simbólico que vehiculiza el discurso y con los procesos de memoria vinculados al uso del pasado. Para ello, todos los aportes teóricos que hemos destacado se cruzan, en alguna medida, con la teoría de la argumentación perelmaniana, entendida como “nueva retórica”, que aporta algunos conceptos relevantes, independientemente de sus limitaciones en relación con el discurso político. Es por esta razón que comenzaremos por exponer el relevamiento de conceptos, que vinculados con esta nueva retórica, se constituyen en el inicio de nuestras reflexiones.
La “nueva retórica”
El Tratado de la Argumentación, de Chaïm Perelman y Catherine Olbrechts- Tyteca, publicado en Bélgica en 1958, respondía a una necesidad coyuntural, producto de la posguerra, que colocaba a la política en un espacio de confrontación y debate de los conflictos sociales, tanto nacionales como internacionales. El Tratado relee la Retórica de Aristóteles, y la inscribe como disciplina filosófica que estudia, describe y plantea las formas discursivas para persuadir y convencer, adaptadas al nuevo contexto mundial. En consecuencia se reformula la argumentación clásica y se sostiene como premisa fundacional, que un sujeto convence a otros a través del discurso como instrumento privilegiado. La nueva retórica corre lo ornamental y artificioso, propio de la retórica como “buen decir”, y coloca en el centro a lo instrumental y práctico. El campo de la argumentación, que queda definido como aquel en donde se desarrollan las estrategias discursivas para intentar influir y modificar las decisiones de los sujetos, implica centrar la atención en el concepto de “adhesión” y de “auditorio”.
Coincidimos con Perelman en que no hay discursos eficaces para todo tipo de auditorio, la eficacia del orador consiste en adaptar su discurso al auditorio, de manera que si hay cambios en el auditorio debe haber cambios en el discurso. El discurso debe ser adecuado para el convencimiento del auditorio, teniendo en cuenta que no existen auditorios por fuera de la construcción discursiva. Esta adecuación a los fines de lograr la adhesión del auditorio y producir, por lo tanto, un discurso eficaz, es lo que proponemos mostrar al comparar contrastivamente
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las producciones discursivas entre la etapa fundacional y la etapa de consolidación del socialismo en Cuba.
Nuestro interés en la teoría perelmaniana es un interés insuficiente, ya que no aborda ciertas cuestiones fundamentales que recuperaremos desde otras miradas. El aporte de su trabajo consistió en recuperar la “razón”, para lo que dio en llamar la “nueva retórica”, con la finalidad de aplicarla al mundo de los valores, de las normas, de la acción, campos de los cuales había sido desterrada desde Descartes. La inadecuación de la lógica de la demostración al mundo de los valores y la necesidad de abordarlos con otra lógica es lo que permite restituir la retórica como ciencia de lo probable, de lo verosímil, es decir de la argumentación.
Esta nueva teoría de la argumentación será complementaria de la teoría de la demostración, objeto de la lógica formal. Centrada en el estudio de la filosofía del derecho, su teoría adolece de algunas limitaciones. En primer lugar haber restringido sus estudios a los medios racionales de argumentación, distintos de la lógica formal, pero sin contemplar otros medios persuasivos a menudo más eficaces para alcanzar la adhesión del auditorio. Por otro lado su concepción muestra un cierto desdén por el discurso político, tal como lo planteara Christian Plantin[1990], vinculado a la idea de que el auditorio político es un auditorio
“particular”, en tanto es un grupo de interés y como tal no es pasible de ser “vector de la razón”. Solo los auditorios universales son aquellos que pueden proporcionar normas de racionalidad hecho que lo lleva a descalificar el estudio de la argumentación sobre el discurso político. Consecuentemente no integra las nociones de ideología y de poder inseparables de todo discurso. Nos conviene sin embargo, tomar el concepto que presenta sobre la idea de “acuerdo” como punto de partida de la argumentación. Dicha idea implica la conformidad del auditorio sobre el contenido de las premisas explícitas, sobre los enlaces particulares o sobre la forma de servirse de ellos. Aquello que sea susceptible de constituirse en objeto de creencia o de adhesión determinará el tipo de “acuerdo” entre enunciador y auditorio. En el proceso argumentativo, estos tipos de acuerdo desempeñarán papeles diferentes. Perelman considera útil agruparlos en dos categorías: una relativa a “lo real”, que comprendería los hechos, las verdades y
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las presunciones; otra relativa a “lo preferible”, que englobaría los valores, las jerarquías y los lugares de lo preferible. Nos interesa puntualmente otra consideración que hace el autor con respecto a los acuerdos, ya que considera
“acuerdos especiales” que rigen ciertos auditorios o “acuerdos con arreglo al estado de la discusión”. Este tipo de acuerdo permite vincular la excepcionalidad histórica de la Revolución cubana, con la legitimidad de la palabra argumentativa del enunciador y con el pueblo como vehiculizador de dichos acuerdos especiales, solo válidos dentro de los valores admitidos por la Revolución.
Representaciones sociales e identidades colectivas
Otro planteo fundacional, que dio impulso a nuestra investigación, está en relación con las formas colectivas de identificación y su poder movilizador de las masas. En La institución imaginaria de la sociedad, Castoriadis (2007), manifiesta que la sociedad es una unidad global que permea una compleja red de significados que interviene tanto en la sociedad como en los individuos que la integran. Esa red, que denomina magma, está constituida por significados sociales imaginarios que se encarnan en las instituciones y que dan unidad y orden a lo que aparece fragmentado y caótico. Estos significados que no encuentran una explicación racional, permiten que la sociedad se instituya a sí misma. Tal como lo concibe Castoriadis, el imaginario es la incesante y esencialmente indeterminada creación sociohistórica y psíquica de figuras, formas e imágenes que proporcionan contenidos significativos entretejidos en la estructura simbólica de la sociedad. Toda sociedad crea su propio mundo donde se enfrentan a la dinámica entre lo instituido y lo instituyente, es decir lo dado exterior al sujeto que regula lo social y la fuerza de lo imaginario que permite que los sujetos se revelen y creen otra cosa diferente a lo instituido. Mediante ese imaginario social, término acuñado por Castoriadis, sabemos quiénes somos y qué papel debemos desempeñar en la sociedad. Las instituciones son herramientas de creación y formadoras de subjetividades, subjetividades que permiten ver a la sociedad como una totalidad. De allí surge la identidad de un sujeto como sistema de
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interpretaciones del mundo, como fragmentos ambulantes de la sociedad. Sujetos que reproducen sus discursos, sus imágenes, sus mitos y prácticas. De este concepto se desprende el valor social que adquiere para los sujetos la memoria, tema que luego retomaremos con el aporte de Joël Candau (2001, 2002). Las relaciones entre instituciones y orden simbólico que Castoriadis examinó organizan el mundo social de manera tal que en cada sociedad especifican la organización del mundo en constante relación con los significados imaginarios institucionalizados por esa misma sociedad. Sobre este marco, Jean Widmer (2000) construye la idea de “poder simbólico” como un tipo especial de proceso comunicativo, tanto de producción como de recepción, que incluye la identificación de los actores sociales con la realidad que se construye desde el discurso. En este proceso, que tiene un rol argumentativo significativo, es determinante el conocimiento de un mundo compartido socialmente. La aceptabilidad y la imposición de ciertas construcciones discursivas dependerán de la capacidad del poder simbólico para construir los lazos sociales. La idea de “pueblo imaginado”10, que hemos tratado en nuestra primera investigación, bajo las reflexiones de Benedict Anderson (1993), resalta el modo en que una comunidad se imagina por encima de la falsedad o de la legitimidad por la que pueden distinguirse. Estos conceptos, recortados de las vastas teorizaciones de los autores referidos, se constituyen en marcos interpretativos de nuestro análisis. En tanto ello, la representación del pueblo revolucionario, como esquema colectivo, produce la interpretación de las experiencias individuales y otorga el marco de orientación que la Revolución necesita para instalarse.
Una problemática afín a lo planteado vincula la representación con la identidad de los sujetos. Cardona Gómez y Barcena Juárez (2015) en “Identidad y representación política”, coinciden en la dificultad por conceptualizar al sujeto de la representación política sustentada en principios de reconocimiento. En primer lugar, la representación es una manera de legitimar un sistema al definir a los
10 Esta noción, desarrollada en nuestra tesis de maestría (Corrarello, 2012), la abordamos en el Capítulo 3 de la presente investigación.
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sujetos de la representación, que como proceso selectivo, excluye a otros sujetos con la pretensión de homogeneidad, a pesar de la heterogeneidad constitutiva de lo social. Así concebida, la pertenencia de un individuo a una comunidad política, participa de una naturaleza disociativa, los representados -“nosotros”- se constituyen en referentes de exclusión de –“los otros”-, que no encuentran lugar en el proceso social. La identidad, conforme a este modelo, resulta de un juego de reconocimientos y de adhesiones definido por un conjunto de elementos que se interrelacionan entre sujetos y estructuras del Estado. En ese proceso el individuo define elementos de su comportamiento, valores y expresiones que actúan como factores de pertenencia a determinado colectivo, y el Estado delimitará a los que serán sujetos de sus resoluciones vinculantes. Cabe aclarar aquí, que cuando nos referimos a la categoría de sujeto estamos reconociendo que la ideología tiene la función de constituir en sujetos a los individuos concretos, a través de lo que Althusser (1999) denomina “operación de interpelación”, como ya hemos citado.
La identidad definida como las características que permiten la distinción entre individuos, juega un papel fundamental en las dos etapas de la Revolución cubana que contrastamos. El discurso de Fidel Castro construye identidades colectivas y homogeneizadas que facilitan el sentido de pertenencia de los sujetos a los valores revolucionarios a la vez que establece patrones de comportamientos que van a diferir, según las posiciones coyunturales de la política revolucionaria y del mundo exterior polarizado. Reconocemos que en el proceso de identidad social interviene, de manera simbólica, como ya dijimos, la interpretación de la realidad como resultado de la deliberación, como intercambio constante de significados, perspectivas o intereses en torno a la vida pública, que permite visibilizar al sujeto de la representación. En el caso del discurso castrista, no avenido a un sistema democrático, esa deliberación recae, privilegiadamente, en el enunciador político, y en segundo lugar, en el Partido. El pueblo, como representado, aparece bajo una concepción monolítica, como un organismo unicelular, en definitiva como una ficción unificada de lo social.
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Esta última apreciación nos conduce a focalizar en otro planteo que permitió el avance de nuestra investigación, y que relaciona el proceso de identificación de los sujetos con los mecanismos de exclusión como formadores de dichos procesos. Al respecto nos interesa el planteo de Claude Lefort (1990) porque nos permite acceder al análisis del modelo de exclusión que caracteriza al discurso castrista en relación con el “enemigo” como categoría amenazadora y desintegradora de la unidad revolucionaria. El concepto de “profilaxis social soviética” que el autor aplica para describir la política stalinista, mutatis mutandis, nos resulta adecuado al período que analizamos y a la política de éxodos que implementó la Revolución. Lefort habla de “empresa totalitaria”11 para referirse al modelo de organización social que perfiló una nueva figura de poder capaz de lograr la obediencia y la fidelidad generalizadas y cómo esa “empresa” supone un tipo determinado de representaciones, implícitas y explícitas, inherentes a la legitimidad del orden social. En el caso que analiza Lefort, el Partido excluye al resto de las formaciones políticas y aglutina todos los medios de decisión y de coerción y subordina todos los órganos revolucionarios: soviets, comités, milicias, etc. Pero su notoriedad no está en relación con su fuerza real sino en su capacidad para identificarse con la revolución como movimiento inalterable, movimiento de ruptura radical con el pasado y de fundación de un nuevo mundo.
El Partido se constituye en el depositario de la legitimidad y del saber absoluto sobre la historia y la sociedad, pero esta constitución es de “orden simbólico -dirá Lefort- que no se puede ubicar en el registro de los acontecimientos”. El modelo de sociedad que se implanta excluye todo principio de división interna, como también borra las divisiones entre el Estado y la sociedad civil para soldarse en un órgano capaz de concentrar todas las fuerzas. La “empresa totalitaria” es un proyecto de control y de normalización que niega la heterogeneidad social y
11 En La invención democrática, Lefort habla de dos momentos indisociables de la ‘empresa totalitaria’: la anulación de los signos de la división entre el Estado y la sociedad, y la de la división social interna. Ellos implican una desdiferenciación de las instancias que rigen la constitución de una sociedad política. Ya no hay criterios últimos de la ley ni criterios últimos del conocimiento que estén sustraídos al poder. Esta observación permite distinguir inmejorablemente la singularidad del totalitarismo” (1990: 47)
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produce una sociedad en consonancia consigo misma. Esa homogeneización del espacio social produce, según Lefort, la imagen del “Pueblo-Uno”, imagen en la que se absorben todos los elementos que trabajan para la edificación del socialismo y la imagen del “Poder-Uno”, concentrado en un órgano dirigente y finalmente en un individuo, capaz de encarnar la unidad y voluntad populares. El poder así constituido deja de designar un “lugar vacío” y se materializa en el Partido. Este aporte analítico nos resulta de utilidad con algunas diferencias para el caso cubano. El lugar que tomó el Partido y luego la figura de Stalin en la URSS, difieren con respecto a los lugares del Partido Comunista Cubano y de la figura de Castro. Esa diferencia radica en que el espacio del Partido, como objeto discursivo, está minimizado, en su lugar aparece la Revolución instituida por un carácter trascendental, utópico y ordenador del nuevo mundo. Por otro lado, la figura de Fidel Castro, a lo largo del corpus que hemos relevado, no ha sido objeto del llamado “culto a la personalidad” que caracterizó al líder soviético. En el caso cubano, se ha producido lo que en nuestra primera investigación llamamos
“delegación de posiciones enunciativas”, que optimiza el contrato enunciativo al fusionar “Revolución” y “sujeto de enunciación”. De esta manera se excluye la presencia del Partido y del líder revolucionario y se construye un lugar simbólico ocupado por la Revolución, que desde un punto de vista electivo ocupa el lugar del saber y de la redención. Ambas construcciones, Revolución y enunciador, ocuparán indistintamente el lugar del maestro o el lugar del profeta.12
12 El análisis de ambas figuras fue realizado en nuestra investigación anterior. Reponemos aquí parte de ese estudio correspondiente al Capítulo IV, titulado “La dimensión pasional en el discurso castrista”: El análisis del corpus nos permite reconstruir los bordes de un simulacro pasional, componer una figura enunciativa tanto en el plano de la enunciación como en el del enunciado.
Esa figura que hemos denominado “figura del profeta”, resulta de la composición de un sintagma pasional que aparece regularmente en esta primera etapa. La ilusión que produce el discurso de un sujeto unitario, esconde un proceso pluralizante que ya hemos esbozado cuando hablamos sobre la “fusión” entre el discurso político revolucionario y el discurso religioso. Habíamos dicho cómo el interdiscurso religioso aparecía en las Grandes Declaraciones de Principios, hecho que podría presentarse como contradictorio en el marco de una Revolución que se proclama atea. En este primer período que va desde el año 1959 hasta 1962, la Revolución será presentada como la
“morada del sentido”, como la “gran maestra”. Lo universal-religioso colmará las cualidades del
“hombre nuevo” que proclama la Revolución y extenderá su dimensión moral en cuanta categorización esté presente. El sentimiento de “orfandad” que construye el discurso castrista tiene su equivalente en la figura del “padre” que da la vida y ante la precariedad de la condición humana
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Retomando a Lefort, constituida la imagen del Pueblo-Uno, todo lo que no ingresa en ella es percibido con extrañeza pero a su vez, todo lo que no ingresa, determina su identidad: el enemigo. La definición del enemigo, es una definición utilitaria porque es constitutiva de la identidad del pueblo. Proteger esta identidad implica una constante lucha en contra de los elementos extraños. La metáfora del cuerpo sigue siendo útil a nuestros propósitos. Bajo el signo de la “profilaxis social” se llevó a cabo una campaña soviética contra el enemigo: “la integridad del cuerpo depende de la eliminación de sus parásitos”. La sociedad, entendida como una organización de redes de microorganizaciones, debe mantener su integridad y luchar contra todo lo amenazador, todo lo que implique una perturbación del orden social y que sabotee las leyes del socialismo. Lo distinto será lo perturbador hacia lo cual deben estar dirigidas todas las campañas de exterminio. Este concepto arraigado en la metáfora del cuerpo lo hemos desarrollado al abordar las políticas de exclusión en Cuba, ligadas a la categorización del enemigo como “parásito” y que vinculamos con el acontecimiento de los dos éxodos más importantes –Camarioca (1965) y Mariel (1980)- que permiten reconocer la imagen de un “cuerpo sano”, el del revolucionario y el de un “cuerpo enfermo”, el del enemigo. La necesidad de representar una sociedad nueva y en consecuencia un hombre nuevo, implica sostener la mirada hacia un porvenir esperanzador que justifica las acciones y los surge el sentido de la obediencia y el hombre le otorga el poder a otro, para conjurar el horror del desamparo. El discurso, que funda esta nueva etapa para Cuba, trae consigo y de manera redituable, un interdiscurso religioso que construirá una nueva memoria. Hemos visto cómo ciertos valores de tipo cristiano se han mantenido a través de la serie discursiva de la Revolución: “La revolución ha redimido al hombre olvidado y sin esperanzas”; “Justicia para la gran masa del pueblo”; “El hombre sometido económicamente no tiene libertad”; “La solidaridad une a los hombres”; “Igualdad de derechos entre blancos y negros”. Con respecto a la Revolución hemos visto que ha sido categorizada desde un lugar que decidimos en tipificar como “lugar del maestro”:
“como luz que se enciende en medio de la noche” o como quien “nos ha enseñado a comprendernos unos a otros, a querernos unos a otros”; o como algo “original”: “La Revolución es como una criatura”.
Los trazos tangibles que deja esta “figuración” proyecta la imagen de un enunciador político que compone su autoridad a nivel discursivo desde lo dado pre-discursivamente. Proyecta la imagen de un guía espiritual, de defensor de un pueblo oprimido, interesado en los valores humanos y que puede hablar en nombre del interés general. Consideramos que de esta manera neutraliza el impacto de una representación política marcada de la Revolución.(Corrarello, 2012:118-119)