B.1. El Análisis del Discurso como marco teórico-metodológico del discurso político
B.1.1. Estatuto ontológico del discurso político
Consecuentes con este planteo inicial, queremos partir de algunos presupuestos ontológicos del discurso político en relación con el amplio campo del Análisis del Discurso, que le ha conferido un estatuto predilecto, para luego abocarnos al plano estrictamente teórico y metodológico, pertinente a nuestra investigación.
El Análisis del Discurso (en adelante AD), como ejercicio indisociable de la reflexión crítica, nace en el reencuentro de las teorías lingüísticas y el campo histórico-político. Esto queda atestiguado desde sus orígenes en Francia cuando la disciplina parece ponerse a prueba al elegir como objeto de estudio los
4 Según se cita en Arnoux (2006: 38) “Desde la perspectiva del Análisis Crítico del Discurso, diversos autores se han referido al modo de operar con opciones teórico-metodológicas abiertas.Ruth Wodak(“El enfoque histórico del discurso” en R.Wodak y M. Meyer, Métodos de análisis crítico del discurso, Barcelona, Gedisa, 2003.pp.101-142) señala que en ese programa de investigación “tanto la teoría como la metodología son eclécticas, esto es, se incorporan las teorías y los métodos que resultan útiles para comprender y explicar el objeto sometido a investigación”.
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discursos políticos. Da cuenta de ello Jean-Jacques Courtine (2006:70), al considerar la situación francesa como particular, en relación con los trabajos textuales que se venían realizando, por ejemplo, en Alemania: “el peso de las descripciones de corpora políticos es considerable y sobrepasa ampliamente los análisis sobre el discurso pedagógico, científico y sobre los diversos corpora tratados por los historiadores”, (traducción nuestra).
En Francia se trabajó un mismo tipo de objeto -el discurso político- desde un análisis distribucional, propuesto por L. Bloomfield5 y un análisis enunciativo a partir de los desarrollos de E. Benveniste (1966). Hacia los años setenta, cuando el análisis del discurso excede los márgenes de la lingüística, el discurso político constituyó el único objeto del AD. En relación con ello, Eliseo Verón (1987), habla de las razones históricas por las cuales el discurso político fue uno de los primeros objetos de estudio de esta disciplina. El discurso es pensado como una relación entre la lengua y las cuestiones relativas a su exterior lo que impone indagar en qué condiciones es producido, comprendido e interpretado. Cómo se inscribe en la relación discurso-lengua y cómo ese exterior aparece en la organización lingüística de los elementos del discurso. Es sabido que el AD no es la única disciplina interesada en el discurso político, ni la única que lo asume como objeto de estudio, pero los aportes que este enfoque propone se diferencian de los estudios provenientes de la sociología, la antropología social, las ciencias políticas o la historia. La complejidad que se impone ante este tipo de abordaje, marcado por la opacidad, la incertidumbre y el desorden, abre paso a un nuevo tipo de comprensión y explicación -según Rolando García (2006)- constituida por lo que
5 Hacia 1920, el norteamericano, Bloomfield, propone una teoría general del lenguaje, dominando la lingüística americana hasta 1950. Presenta analogías y diferencias con el saussureanismo. Parte de la propuesta de que el habla debe ser explicada en función de sus condiciones externas de aparición (postura mecanicista) lo que supone un rechazo al mentalismo que establece que el habla debe ser explicada en su relación con el pensamiento (intenciones, creencias, sentimientos) del sujeto hablante. Propone que la lingüística se limite a la descripción, opuesta al historicismo y al funcionalismo. ( Ver Ducrot-Schaeffer: Nuevo diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje, pág.39-56)
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el autor denomina “pensamiento complejo”6, en el cual los saberes se nutren mutuamente. Por esta razón es pertinente que el análisis del discurso político deba estar integrado a los procedimientos de análisis de la historia, de la filosofía política y de la ciencia política7. No cabría hablar en esta circunstancia de los objetivos de cada una de estas disciplinas, pero baste con mencionar que el AD no se interroga ni sobre la legitimidad de la racionalidad política, ni sobre los mecanismos que provocan tal o cual comportamiento político. Se interesa por la articulación entre lenguaje y acción, en tanto la actividad del lenguaje apunta a construir juicios, opiniones, apreciaciones sobre la vida y el comportamiento humano que transforman el estado de los seres y de las situaciones, sabiendo, que a su vez, son esos juicios los que motivan y justifican las acciones. En síntesis, el discurso posibilita, justifica y transforma las relaciones sociales, y en particular, el DP posibilita, justifica y transforma la acción política.
Sin duda, la práctica del análisis del DP genera un espacio privilegiado que ha atravesado buena parte de las ciencias sociales, en su intento de plantear las relaciones entre la historia de los acontecimientos, la ideología y la superficie discursiva. Esto ha sido posible a partir de nociones nuevas como las de
“enunciación”, “corpus de textos”, “contextos”, “condiciones de producción”, que permitieron a los estudios lingüísticos determinar un nuevo campo de análisis del
6 En Sistemas complejos, Rolando García, se detiene en la concepción de que el “mundo real”
no puede ser clasificado por su correspondencia con alguna disciplina particular. Al respecto dice: “En este sentido, podemos hablar de una realidad compleja. Un sistema complejo es una representación de un recorte de la realidad, conceptualizado, como una totalidad organizada (de ahí la denominación de sistema), en la cual los elementos no son separables y por lo tanto no pueden ser estudiados aisladamente”(2006:21)
7 Reconocemos las limitaciones a las que está expuesta este tipo de investigación y sostenemos con García Rolando (2006:66-67) que “el estudio de un sistema complejo está orientado por un marco conceptual y metodológico en donde se concede particular importancia a las interacciones que pertenecen a dominios diferentes.[…] El quehacer interdisciplinario está basado tanto en la elaboración de un marco conceptual común que permita la articulación de ciencias disímiles, como el desarrollo de una práctica convergente. Esta práctica no está carente de escollos. El esfuerzo realizado por diferentes especialistas para tomar una cierta distancia con respecto a los problemas particulares de sus propios campos y entenderlos desde nuevos ángulos pocos familiares constituye la primera dificultad.”
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lenguaje que ya no se refería a la lengua sino a los discursos que circulan en el mundo social y que revelan los universos de pensamiento y de valores que se imponen en un tiempo histórico dado. Así planteado el análisis del DP reclama su filiación con el “materialismo histórico” y con una “teoría de la ideología” tal como la definiera Althusser (1999) y a la que se suma el concepto de “formación discursiva” propuesto por Foucault (1970) y al que Pêcheux (1975) vinculó con la noción de “formación ideológica”. Dichos conceptos determinan lo que puede y debe ser dicho a partir de una posición de clase o coyuntura dada y que refieren a relaciones de antagonismo, alianza y dominación, es decir a posiciones de clases en conflicto. De esta manera opera la “interpelación del sujeto”8 como sujeto ideológico con la consecuente incidencia en el plano semántico ya que las palabras cambian de sentido al pasar de una a otra formación discursiva.
Independientemente de los métodos que se aborden, el problema central para el análisis del DP es el de saber en qué medida es susceptible de revelar en qué consiste la realidad del poder, la complejidad de las relaciones entre lenguaje y acción y entre verdad y poder. Es apropiado recordar que lo político es el resultado de varios componentes, por un lado, los hechos políticos que dependen de la autoridad; los hechos sociales, como organización y estructuración de las relaciones sociales; los hechos jurídicos, como leyes que rigen las conductas y relaciones de los individuos que viven en sociedad; y finalmente, los hechos morales y psíquicos, como prácticas que dependen de sistemas de valores. Todos estos componentes depositan su huella en el DP.
En consecuencia con lo dicho, la acción política no es solo comprensible desde la palabra política. Como se infiere de los planteos teóricos que presentamos, sostenemos, que como espacio de configuraciones simbólicas, el discurso
8 En La filosofía como arma de la revolución, Althusser entiende que los individuos se tornan en
sujetos al practicar los rituales de la práctica incesante del reconocimiento ideológico, aunque no se llegue al conocimiento del mecanismo de ese reconocimiento. Para dar sus razones de que la categoría de sujeto es constitutiva de la ideología dirá: “toda ideología interpela a los individuos concretos en tanto sujetos concretos mediante el funcionamiento de la categoría de sujeto…Sugerimos, entonces, que la ideología “funciona” o “actúa” de tal suerte que “recluta”
sujetos entre los individuos, mediante la precisa operación que llamamos ‘interpelación’.”
(1999:140-141)
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permite entender el hecho político desde su propia enunciación a partir de la emergencia de una racionalidad política o de la misma regulación de los hechos políticos que opera el discurso (Arnoux, 2008).
La relación de interdependencia recíproca entre el lenguaje y la acción política, que queda expuesta, no es simétrica. El lenguaje se anuda a la acción pero, a su vez, la palabra política queda atrapada a ella. Este doble poder obliga a la instancia política a encontrar una manera de decir que no revele todos los proyectos y fines de la acción pero sin perder de vista que este juego de enmascaramiento de la acción por el discurso está limitado por una ética de la responsabilidad. La palabra política debe debatirse entre una “verdad del decir” y una “verdad del hacer”, una verdad de la acción que se manifiesta a través de una palabra de decisión y una verdad de la discusión que se manifiesta a través de una palabra de persuasión (orden de la razón) y /o de la seducción (orden de la pasión), como lo sostiene Patrick Charaudeau (2005), al entender el discurso político como una “máscara del poder”. En el orden del discurso es en donde se puede encontrar alguna respuesta tentativa con respecto a los mecanismos de persuasión y de adhesión en la toma de palabra, con más razón, de la palabra pública, en donde se juegan las adhesiones de las mayorías.
Resulta relevante, en este planteo, destacar la noción de “discurso social”
introducida por Marc Angenot (1982,1989a, 1989b, 2010) porque dicha noción permite estudiar el DP más allá del estudio específico de una práctica política dada, ya que permite indagar en otro tipo de representaciones que no están necesariamente vinculadas con la acción política. El discurso social es entendido como “todo lo que se dice o todo lo que se escribe en un estado de sociedad dado…todo lo que se narra y argumenta” (Angenot, 1989b:13) en tanto son los modos fundamentales de toda puesta en discurso. Esta noción permite poner en relación diferentes campos discursivos y sobre todo, en nuestro caso, examinar los vectores interdiscursivos que penetran en esos campos y las reglas de transformación que operan sobre la topología general del discurso. La cuestión central planteada por Angenot es no clausurar un discurso por sus rasgos
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inmanentes, que le dan identidad, sino también describir los dispositivos intertextuales que los modifican y que son fundamentales en la producción histórica de la aceptabilidad, de las creencias y en la producción de la legitimidad de las prácticas sociales. Pero no solamente en ese trayecto produce objetos sino que instituye los destinatarios de esos objetos produciendo una identificación de los actores sociales, lo que permite detectar las formas de la dominación y de la lucha política como “guerra simbólica”, en la que se juega la “verdad” y lo verosímil. Este último planteo es relevante en esta tesis.
Otro aspecto inherente a su estatuto es el de la “representatividad” del DP.
Para Noé Jitrik (1999)9, el DP no es un discurso “representativo” es decir, un discurso que no podemos plantearlo en relación cognitiva con lo real, sino que puede ser caracterizado como un “discurso de campo”. Valdría decir que cuando hablamos de discurso “no representativo” consideramos que el DP “representa”
objetos y acciones consideradas como políticas que poseerían determinada y singular capacidad semiótica que los liberaría de la generalidad de su carácter social. Esa capacidad estaría dada por una cierta autonomía propia de todo discurso con respecto a lo que representa, pero que en el caso del DP sería mucho mayor hasta el punto de que el DP podría aspirar a modificar los objetos y acciones que representa. Es decir, vuelve hacia ellos para modificarlos a tal punto que crearía una nueva acción, y en la medida de su autonomía, podría eludir la representación, separándose de aquello que en primera instancia representa. De esta manera los objetos y acciones no serían lo más evidente del discurso como lo sería su efecto. Es en definitiva un discurso llamado a responder, a disuadir y a convencer, un discurso de hombres para transformar hombres y sus relaciones, no solo un medio para reproducir lo real.
Desde una descripción semiolingüística del DP podría indicar el modo específico cómo éste manipula ciertas categorías más que otras, la manera de imposición y de ocultamiento de la verdad sin olvidar que el discurso manifiesto no
9 Nos referimos a los protocolos correspondientes al Seminario “Campos discursivos” en el marco de la Maestría en Análisis del Discurso, F.F y L. UBA
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es otra cosa que la presencia represiva de lo que no dice (Foucault; 1970). Por lo tanto, el análisis del DP no tiene por objeto los enunciados sino los tipos de relaciones entre enunciados, entre formaciones discursivas que poseen una fuerza y una eficacia diferentes que instalan una correspondencia entre lógica política y gramática estratégica para dar cuenta del sentido que atraviesa el contenido en función de quien escucha.
Finalmente, propio de su estatuto, el DP pone en evidencia un tipo de
“contrato enunciativo” que garantiza la “verdad” del discurso, su carácter veridictivo. Desde esta perspectiva es importante señalar que el DP asume la forma de un contrato fiduciario entre enunciador y enunciatario (Greimas-Courtés;
1982) que implica, por un lado, un “hacer persuasivo” y, por otro, un “hacer interpretativo”. La verdad consiste en “hacer-parecer-verdadero” y la adhesión del enunciatario está condicionada no a los valores axiológicos postulados sino al tipo de representación del hacer persuasivo del enunciador. El DP no es solo el lugar de la transmisión de la información, hecho que implica reenviar a un saber que se inscribe en el discurso, saber que aparece como compartido, sino que es el lugar de la transformación de la información.