5. FUNDAMENTACIÓN TEORICA PARA EL ESTUDIO DEL CUERPO
5.2. Una Mirada Desde la Teoría Feminista y de Género a lo Corporal
5.2.1. Aportes de la Teoría de Género en el Estudio del Cuerpo
En este apartado, se presenta una síntesis del debate contemporáneo en torno a las teorizaciones sobre el género que han jugado un rol central en el proceso de des- esencialización de la sexualidad y de la reproducción, visibilizando los arreglos socio-
8 Esta es una visión omnipotente del sistema capitalista, en la que el cuerpo femenino es el objeto de consumo y dominación por excelencia, manipulado por aparentes tecnologías de la felicidad, entre las cuales se encuentran el culto al cuerpo y los proyectos corporales.
50 históricos, ideológicos y políticos; así como también, el carácter socialmente construido de la subordinación de las mujeres y sus cuerpos. Se exponen primero, los conceptos fundamentales de la teoría de género, los antecedentes y las primeras teorizaciones;
posteriormente se exponen los aportes a la teoría, la pertinencia de estudiar el cuerpo de las mujeres y las razones por las que históricamente el cuerpo femenino es objeto de mayores presiones y expectativas sociales.
Podemos afirmar que las reflexiones de Simone de Beauvoir (1958) sentaron las bases para lo que, posteriormente, conformaría el cuerpo de las teorizaciones y análisis feministas sobre el género. En El Segundo Sexo, Beauvoir enfatizó el carácter social de la construcción de ser mujer como “la otra”, a partir de determinadas diferencias corporales que constituían la base de su subordinación social. Por su parte, la distinción entre sexo y género fue originalmente desarrollada en los años 50 y 60 del siglo pasado, por el personal médico y psiquiátrico que trabajaba con pacientes intersexuales (hermafroditas) y transexuales. Esta distinción fue rápidamente incorporada por corrientes feministas en las cuales el sexo tendía a dar cuenta de las diferencias sexuales biológicas, mientras que el género aludía a la existencia de roles, normas, arreglos u organizaciones sociales, construidas socialmente en torno a dichas diferencias biológicas (Ibidem).
A pesar de que el concepto de género fue ampliamente debatido desde la década de los 70’s (donde tendió a conceptualizársele como diferencia sexual, roles de género, en relación al menor estatus de la mujer y en relación a casta/clase de la mujer), fue hasta la década de los 80’s que este debate fue ampliamente impulsado por el feminismo anglosajón, como categoría analítica. Su uso, tenía la intención de “diferenciar las construcciones sociales y culturales de los hechos biológicos”, con el propósito científico de comprender la realidad social (Lamas, 1995).
Una de las definiciones más acabadas sobre lo que es el género la ofrece Joan Scott, quien lo define como “un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen a los sexos y; a la vez como una forma primaria de relaciones significantes de poder” (Scott, 1996: 289). Para Scott (Ibid), el género es un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en la diferenciación entre los sexos que comprende cuatro elementos interrelacionados (que no necesariamente operan
51 simultáneamente): símbolos culturales, conceptos normativos, nociones políticas con referencias a las instituciones y organizaciones sociales y la identidad subjetiva e histórica. Estos cuatro elementos según Scott (ibid) son complementarios en el proceso de la construcción de las relaciones de género, tomando en cuenta la clase, raza, etnicidad, orientación sexual y proceso social. Es decir, desde esta perspectiva, se asume al género como una categoría social que alude a los sujetos individuales, a las organizaciones sociales y a la naturaleza de las interrelaciones.
Desde una perspectiva antropológica-estructuralista, Rubin (1986) elaboró el concepto de sistema ‘sexo - género’. Este concepto alude a las formas de organización de la vida social mediante las cuales “una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana” (Rubin, 1986:97) y se sostiene en distintas culturas, en la opresión y la subordinación de las mujeres. También especificaba los mecanismos culturales e institucionales a través de los cuales se transforman las diferencias biológicas entre hombres y mujeres en una jerarquía de género (con una disposición obligatoria heterosexual). Las elaboraciones de Rubin (1986) permitieron pensar en la masculinidad y la feminidad como concepciones históricas y culturalmente variables y no como entidades fijas e inmutables (Jackson y Scott, 2002).
Lo anterior, podría explicar los intentos que tuvieron las feministas contemporáneas de adecuar el concepto a la teoría, al mismo tiempo que pusiera en debate la discusión y construcción del enfoque científico dominante, mismo que se caracterizaba por la visión androcentrista. En ese sentido, el género, fue una aportación científica que realizó el feminismo, mismo que permitió comprender que la manera en que se habían entendido y construido las relaciones humanas no provenían de un hecho natural, sino de una construcción social y cultural. Más recientemente desde la corriente post estructuralista, Butler ha sugerido que la distinción entre sexo y género debe ser entendida en términos de performatividad para dar cuenta de los procesos repetitivos mediante los cuales el sexo y el género son cotidianamente producidos y representados (performed) (1993). La performatividad puede ser entendida como la actuación y reiteración de normas que preceden y constriñen las acciones del actor (performer) pero que, al mismo tiempo posibilitan nuevas y contingentes interpretaciones.
52 Un antecedente fundamental del concepto de género lo constituye el concepto de patriarcado que tendió a dominar las teorizaciones feministas durante la década de los 70’s. En términos generales podemos afirmar que, el patriarcado encuentra sus orígenes en los análisis de De Beauvoir (Ibid) para establecer las valoraciones desiguales de lo que hacen hombres y mujeres9. Posteriormente sirvió como una herramienta analítica que explicaba las relaciones de género asimétricas en distintas formaciones sociales, modos de producción y épocas históricas y que constituía un aspecto fundamental de la opresión de las mujeres. Cada corriente feminista enfatizó un aspecto en su definición del patriarcado.
Para el feminismo radical el patriarcado aludía a la estructura y a los procesos de dominación y misoginia sobre las mujeres a través del control de sus cuerpos, de su fuerza de trabajo, de su sexualidad, de sus capacidades reproductivas. Para el feminismo marxista, aludía a la dominación ejercida en la esfera doméstica (relativa a la fuerza de trabajo femenina) como paralela a la ejercida en el mercado de trabajo. Empero, Rubin (1986), distanciándose del concepto de patriarcado, asume que no todos los sistemas sexistas y estratificados por género pueden describirse adecuadamente como patriarcales. Esto implica reconocer que el patriarcado es una forma específica de dominación masculina que no da cabalmente cuenta de la variabilidad y especificidades de las dominaciones masculinas existentes.
Es de resaltar que las principales críticas elaboradas en torno al concepto de patriarcado se centran en sus alcances teóricos y su falta de refinamiento analítico, indicando que la mayor parte de las teorizaciones sobre este concepto enfrentan limitaciones para incorporar el dinamismo histórico y las variaciones culturales además de que, se postula que es un concepto totalizador, reduccionista, universalista y con poca capacidad para explicar el fenómeno social que pretende nombrar (De Barbieri, 1992).
9 El surgimiento del patriarcado según Beauvoir, se remonta a la edad del bronce, cuando los hombres empezaron a hacer herramientas agrícolas y para la guerra que solo serían para el uso del hombre. La identificación de la guerra como actividad masculina es lo que realmente legitima el orden patriarcal, ya que implica valoraciones desiguales de lo que hacen hombres y mujeres. Esta explicación sobre el surgimiento del patriarcado la condujo a realizar un análisis de la maternidad en la que señala que el hecho de que las mujeres se dediquen a la procreación y al cuidado de los hijos ha sido la causa de su sumisión, insistiendo en que una función biológica se ha utilizado para definir y legitimar su papel subordinado en la sociedad a lo largo de la historia. Lo que critica, en realidad, es el reduccionismo que sirvió para ver en la maternidad el destino y la vocación natural de las mujeres, sin dejarle otras alternativas. Estos son los inicios de cómo a partir de una condición biológica la mujer empieza a ser relegada y asumir un papel de sumisión ante el hombre como el segundo sexo o el sexo débil (De Beauvoir, 1958).
53 La introducción de estos conceptos evidenció que la dominación y la supremacía masculina está integrada y sostenida por prácticas sociales y no por imperativos biológicos. En el debate actual, resulta relevante indicar algunas aportaciones y conceptos de los estudios de masculinidad. Connell (2005) señala que el género ordena y organiza la práctica social en torno al ámbito reproductivo, definiéndolo a partir de estructuras corporales y procesos referidos a la reproducción humana. Así, el género es conceptualizado como una práctica social que alude continuamente al cuerpo (pero que no puede ser reducida únicamente a los aspectos corporales) y a los procesos socio históricos que configuran dicha práctica. Desde esta perspectiva, el ámbito reproductivo no es considerado como una base biológica sino como procesos históricos que involucran al cuerpo y no a un conjunto de determinantes e imperativos biológicos (Ibidem).