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Biología e ideología: el caso Lisenko

In document Napoleón, Hitler, Stalin y Eisenhower (página 174-184)

Con mayor o menor velocidad y facilidad con la que acaso podría haberse desarrollado en otro momento, o bajo otro régimen dife- rente al de Stalin, el hecho es que finalmente la Unión Soviética pudo contar, sin excesivo retraso, con bombas atómicas. En este sen- tido, la ideología y métodos estalinistas no perjudicaron notable- mente a la física nuclear soviética. Muy diferente fue otro caso, al que ya aludí; uno especialmente célebre y que se ha utilizado con frecuencia para mostrar las limitaciones del sistema soviético en la relación de éste con la ciencia: el de Trofim Lisenko (1898-1976), un escasamente educado agrónomo que alcanzó fama en la década de 1930 cuando algunos periódicos elogiaron sus supuestamente efica- ces nuevos métodos para mejorar las cosechas. De hecho, al princi- pio también le apoyaron genéticos distinguidos como Nikolai Vavilov (1887-1943), pero pronto Lisenko se volvió en contra de los concep-

tos y teorías de la genética clásica. En el ya citado Stalin y los verdugos, de Donald Rayfield (2003, 419-420), se explica su historia de la si- guiente manera:

La biología murió con la colectivización. Desesperado por restable- cer la producción de cereales tras la liquidación en masa de los gulags, Stalin creyó —o fingió creer— en los milagros. Se hicieron desastrosos experimentos para criar conejos —la raza de cría había perecido, devorada por los campesinos hambrientos—, e incluso can- guros: en Askania-Nova, en Ucrania, los zoólogos trataron de domes- ticar antílopes africanos; en el norte llegaron a enjaezar a los alces para arar. La solución más enloquecida de todas mereció toda la atención de Stalin: Trofim Lisenko, un campesino ucraniano con un diploma en horticultura, afirmó disponer del secreto necesario para que los cereales se adaptasen a los terrenos menos fértiles y a los climas más adversos. Lisenko había revivido la teoría evolutiva de Jean-Baptiste Lamarck, quien defendía que la evolución se produce debido a ciertos cambios en las pautas de comportamiento, que se transmiten a la progenie de los individuos que las experimentan...

La genética moderna se descartó de plano y se tildó de contra- revolucionaria. A Lisenko se le premió con un doctorado y se le nombró miembro de la Academia: su poder fue más duradero que el de Stalin, y se encargó de arruinar por completo la agricultura soviética.

Peor aún fue que los contados biólogos que se atrevieron a denun- ciar a Lisenko por charlatán fueran detenidos, acusados de sabotaje.

(A juzgar por los comentarios burlones que anotaba Stalin en los ar- tículos de Lisenko, él mismo era consciente de que se trataba de un farsante.) Un genético internacionalmente aclamado por sus traba- jos en la materia, Nikolai Vavilov, fue acusado de espionaje. Vavilov preparó muestras de microscopio de una serie de cromosomas cuya existencia Lisenko negaba de plano.

Una muestra del interés y opiniones de Stalin en el asunto de Lisenko es la carta que envió a éste el 31 de octubre de 1947, en la que mostraba que poseía conocimientos acerca de los problemas de

la tecnología agronómica pero no sobre la teoría de la selección de las especies (Medvedev y Medvedev 2005, 221):

Estimado Trofim Denisovich,

Me alegra saber que por fin has prestado la atención adecuada al asunto del trigo ramificado. Indudablemente, si queremos aumentar sustancialmente la cosecha de trigo, el trigo ramificado tiene una gran importancia dado que contiene el mayor potencial para lograr dicho objetivo.

Es una pena que no hayas intentado cultivar ese trigo en su ambiente

«adecuado» sino que lo hayas hecho en unas condiciones que te con- venían a ti, como investigador. Este trigo es una variedad del sur y necesita algo de luz y suficiente humedad. Si no se dan estas circuns- tancias, es difícil percibir con claridad todo su potencial. Yo, en tu lugar, no habría experimentado con trigo ramificado en el distrito de Odesa (¡es demasiado árido!) o cerca de Moscú (¡muy poco sol!), sino que, por ejemplo, lo habría hecho cerca de Kiev o en Ucrania Occidental, donde hay suficiente sol y la humedad está garantizada. De todos modos te felicito por tu experimento en los distritos de las afueras de Moscú. Puedes contar con el gobierno para que apoye tu empresa.

También doy la bienvenida a tu iniciativa de la hibridación del trigo.

Desde luego se trata de una idea muy prometedora. No hay duda de que las perspectivas para las actuales variedades de trigo no son muy buenas y la hibridación podría ayudar algo.

Pronto hablaremos en Moscú sobre la producción de plantas de caucho y la siembra de trigo en invierno.

En cuanto a la situación de la biología en el ámbito teórico, pienso que la postura de Michurin es la única que realiza un enfoque cien- tífico válido. Los weissmanistas y sus seguidores, que niegan la heren- cia de las características adquiridas, no merecen entrar en el debate.

El futuro pertenece a Michurin.

Un saludo, J. Stalin

Zhores y Roy Medvedev añaden que «Lisenko sacó el mayor partido a esta carta reivindicando una amistad con Stalin que en realidad no existió. Nunca se vieron excepto con motivo de asuntos de carácter ofi-

cial. Stalin tampoco invitó nunca a Lisenko a su dacha. Pero el hecho de que Stalin fuese un lamarkiano convencido era lo que básicamente proporcionaba invulnerabilidad a Lisenko». Y así, en agosto de 1948 la Academia Soviética de Ciencias Agrícolas dictaminó, tras un intenso debate, que, como el historiador Alexei Kojevnikov (2004, 207-214) ha mostrado, no puede reducirse a una mera asimilación de las opiniones de Stalin, en contra de la genética clásica y a favor de la lisenkoniana, en lo que significó el mayor golpe en contra del avance de la biología, ciencias y técnicas agronómicas no sólo de la historia soviética sino, asi- mismo, probablemente de toda la historia de la humanidad.

Está claro, como vemos, que Stalin apoyó a Lisenko y que al hacerlo se equivocó gravemente. Ahora bien, este ejemplo sirve también para mostrar algo a lo que ya hice referencia: el del interés que Stalin tenía en la ciencia. Sucede, sin embargo, que en biología creía en el ya supe- rado (desde Darwin al menos) sistema lamarckiano, muy probablemen- te porque éste se ajustaba mejor a como él entendía las tesis marxistas.

Y digo, «como él entendía», porque es bien sabido que tanto Marx como Engels fueron fervientes seguidores de la teoría de Darwin. La teoría de la evolución de las especies servía bien a sus intereses; el «ma- terialismo» de Darwin les suministraba la munición que buscaban con- tra el «derecho divino» de los reyes y la jerarquía social. La idea de que la evolución es una historia de conflicto competitivo casaba bien con su ideología de la «lucha de clases». De hecho, Marx envió a Darwin un Ilustración 4.4 Trofim Lisenko en un discurso pronunciado en el Kremlin

en 1935. En la escena, y de izquierda a derecha, se encuentran Stanislav Kosior, Anastas Mikoyan, Andrei Andreev y el líder Joseph Stalin

ejemplar de su obra principal, Das Kapital (1867), pero éste nunca la leyó (sus páginas no fueron cortadas). Y Engels utilizó con frecuencia a Darwin y a su teoría en sus escritos. Así, en Dialektik der Natur (Dialéctica de la naturaleza), que escribió entre 1875 y 1875, aunque no fue publi- cada hasta 1925, podemos leer (Engels 1975a, 72):

¿Cuáles han sido las consecuencias [del] acrecentamiento de la pro- ducción? El aumento del trabajo agotador, una miseria creciente de las masas y una crisis inmensa cada diez años. Darwin no sospechaba qué sátira tan amarga escribía de los hombres, y en particular de sus compatriotas, cuando demostró que la libre concurrencia, la lucha por la existencia celebrada por los economistas como la mayor rea- lización histórica, era el estado normal del mundo animal. Únicamen- te una organización consciente de la producción social, en la que la producción obedezca a un plan, puede elevar socialmente a los hom- bres sobre el resto del mundo animal, del mismo modo que la pro- ducción en general les elevó como especie. El desarrollo histórico hace esta organización más necesaria y más posible cada día. A partir de ella datará la nueva época histórica en la que los propios hom- bres, y con ellos todas las ramas de su actividad, especialmente las ciencias naturales, alcanzarán éxitos que eclipsarán todo lo conse- guido hasta entonces.

Y en un ensayo titulado «El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre», que escribió en 1876 y que se publicó en el Neue Zeit en 1896, proponía que el tan querido para los marxistas «tra- bajo» era uno de los mecanismos en los que se basó la evolución darwiniana (Engels 1975b, 77-81): «El trabajo es la fuente de toda ri- queza... Es la condición básica y fundamental de toda la vida humana.

Y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre... La mano no es sólo el órgano del trabajo; es también producto de él... Primero el trabajo, luego y con él la palabra articulada, fueron los dos estímulos principales bajo cuya influencia el cerebro del mono se fue transformando gradualmente en cerebro humano».

Pero en estos dominios, Stalin no se movía tanto en el terreno ideológico como en el práctico. Tenía problemas que resolver: uno de ellos, esencial, era mejorar la agricultura; el lento ritmo darwiniano, según el cual la evolución de las especies, animales al igual que vege- tales, tarda generaciones, muchas generaciones, no le servía, sí el lamarkiano, en el que «la función crea el órgano» en una generación (que en el caso de plantas se reduce a estaciones, anuales como sumo). Por esto, tal vez en lugar de decir que el caso de la interven- ción de Stalin en la genética soviética muestra el peligro de que la ideología contamine las creencias científicas, habría que referirse no a la ideología sino a las necesidades prácticas, que también condicio- nan las ideologías, aunque a veces lo hagan en formas más sutiles, que pueden pasar inadvertidas. El problema es que el poder político del que disponía Stalin impedía, o limitaba gravemente, una evaluación independiente de alternativas llevada a cabo por la comunidad cientí- fica. Riesgos de un sistema totalitario.

que mantuvieron con la ciencia y, supongo, que alguna lección —aun- que sea pequeña— se puede extraer de sus ejemplos. Ahora bien, por n los capítulos precedentes me he ocupado de Napoleón, Hitler y Stalin. Tres figuras cumbre de la historia política de la humanidad. He tratado de reflexionar acerca de las relaciones

E

Eisenhower: ciencia, democracia y Guerra Fría

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Hay que admitir que masas de personas han sufrido bajo las injusti- cias infligidas por individuos que controlaban los medios de produc- ción, no sólo en nuestra civilización sino también en las anteriores.

Sin embargo, las fortunas individuales llegan y se van... Pero una vez que un todopoderoso gobierno que se perpetua a sí mismo se ha introducido firmemente en el pueblo, la explotación de las masas volverá de nuevo al tipo practicado por los Hítleres y Napoleones del pasado, y, de hecho, como practica Stalin hoy.

Dwight D. EISENHOWER, 9 de febrero de 19531

Recuerdo casi todos los días una observación atribuida a Napoleón, que viene a decir algo así como: «El genio en la guerra es un hombre que puede hacer las cosas normales cuando todos los demás se están poniendo cada vez más histéricos o les entra el pánico en la excita- ción del momento».

Dwight D. EISENHOWER, 21 de julio de 19532

1Dwight David Eisenhower, «Diary», entrada del 9 de febrero de 1953, reproducido en Galambos y van Ee (1996a, 35-36)

2Dwight David Eisenhower a Edward Everett Hazlett, Jr., 21 de julio de 1953, reprodu- cido en Galambos y van Ee (1996a, 405).

mucho que nos esforcemos está claro que sus casos no cubren, no pueden ejemplificar de manera medianamente completa, el amplio espectro de la relaciones entre ciencia y política, entre ciencia y po- der. Y ello por una razón extremadamente sencilla: porque ninguno de los tres gobernó en un régimen democrático. El político al que está dedicado el presente capítulo, Dwight David Eisenhower (1890- 1969), sí presidió una democracia. Una democracia capitalista, imper- fecta, sí, pero una democracia al fin y al cabo, así que incluirle en este libro es, desde este punto de vista, una necesidad, sin olvidar que de esta forma también nos aparece Estados Unidos, la gran nación de la ciencia del siglo XX.

En 1953, el mismo año en que murió Stalin, Eisenhower comenzó su mandato como presidente de Estados Unidos, representando al Partido Republicano. Sería reelegido en 1957 para el período que fi- nalizó en 1961. Era un militar de campo que alcanzó el reconocimien- to de su pueblo y la fama mundial como comandante de las Fuerzas Expedicionarias estadounidenses durante la Segunda Guerra Mun- dial, puesto desde el que dirigió, en junio de 1944, el desembarco de las Fuerzas Aliadas en Normandía y los ejércitos que derrotaron final- mente a Hitler. Terminada la guerra, fue nombrado jefe del Estado Mayor de su país entre los años 1945 y 1948, pasando a continuación a ocupar (en 1948) la Presidencia de la Universidad de Columbia (Nueva York) y, durante dos años, en 1951-1952, el mando supremo de las Fuerzas de la OTAN.

El historiador Melvyn Leffler (2008, 127-128) le ha caracterizado de la forma siguiente: «Diplomático hábil y experto en relaciones hu- manas, sabía convencer, engatusar, llegar a acuerdos y alcanzar objeti- vos fundamentales. Tenía don de gentes: era decidido, disciplinado, organizado, seguro de sí mismo y sabía demostrar su apoyo. De natu- raleza optimista, con una sonrisa encantadora y una personalidad cá- lida, el nuevo presidente era también una persona sagaz, inteligente, resuelta y ambiciosa. En público, a menudo hablaba de un modo críptico y sin ir al grano. En privado, era analítico y sus escritos, lúci- dos. Aunque podía perder los estribos, solía ser discreto y actuaba con

tacto. Sabía manipular a la gente y ganarse su confianza y su afecto».

«Pocos hombres», según Leffler, «desde los Padres fundadores del país, habían llegado al cargo con tanta experiencia y tantos conoci- mientos sobre cuestiones de estrategia, diplomacia y guerra».

Es, seguramente, una caracterización demasiado benévola, aunque contenga elementos de verdad (ciertamente fue uno de los presiden- tes que llegó al cargo con más preparación). De lo que no hay duda es de que Eisenhower ocupó la Presidencia en unos años difíciles, cuando se iniciaba la Guerra Fría, unos años, además, en los que el poder nuclear —dramática y muy eficazmente demostrado en agosto de 1945 en las localidades japonesas de Hiroshima y Nagasaki—

desempeñaba un papel muy destacado en la política internacional es- tadounidense. Piénsese, sin ir más lejos, que tres días antes de que tu- vieran lugar las elecciones Presidenciales que le llevaron a la Presiden- cia, el 1 de noviembre de 1952, Estados Unidos detonó su primera bomba de hidrógeno.3

Debido a la Guerra Fría, el presupuesto federal para investigación y desarrollo (I+D) había crecido —siguiendo los pasos del presupues- to de Defensa— enormemente antes de que él llegase al poder. En 1951 se dobló, alcanzando los 1300 millones de dólares, mientras que en 1952 llegó a los 1600 millones. A finales de 1951 se estimaba que los contratos gestionados por el Departamento de Defensa y la Comi- sión de Energía Atómica acaparaban casi el cuarenta por ciento de todo el dinero que el gobierno federal empleaba en investigación aca- démica e industrial. Y la investigación con fines de defensa ocupaba a dos tercios de los científicos e ingenieros de la nación.

Por supuesto, cuando se habla de I+D se habla también, en mayor o menor medida, de investigación científica básica, en principio inde-

3La decisión de establecer un programa destinado a fabricar la bomba de hidrógeno fue tomada por el presidente Truman el 31 de enero de 1951. «Es parte de mi responsa- bilidad como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas», anunció públicamente aquel día, «asegurar que nuestra nación sea capaz de defenderse frente a cualquier posible agre- sión. En consecuencia he dado instrucciones a la Comisión de Energía Atómica para que continúe sus trabajos en todas las formas de armas atómicas, incluyendo la denominada bomba de hidrógeno o superbomba.»

pendiente de cualquier posible aplicación. Y otro tanto cabe decir para el caso de la carrera armamentística nuclear. Por ello, teniendo en cuenta que Eisenhower presidía una nación firmemente invo- lucrada en ambos dominios, I+D y desarrollo nuclear, hay, de entrada, que preguntarse por sus conocimientos científicos.

En este sentido hay que decir que Eisenhower fue un militar sin una formación científica especial. Era, por consiguiente, totalmente diferente a Napoleón y carecía por completo de las pretensiones de Stalin. Mientras que el primero, como ya vimos y repetí en el capítulo anterior, presumía de que si no hubiese seguido la carrera militar, se

«... habría sumergido en el estudio de las ciencias exactas. Hubiera construido mi camino en la ruta de los Galileo, los Newton. Y como he triunfado constantemente en mis grandes empresas, pues también me habría distinguido mucho con mis trabajos científicos», y el segun- do, el «corifeo de la ciencia», consideraba que sus conocimientos científicos eran lo suficientemente profundos como para intervenir en ocasiones en la dirección que debían tomar algunas, al menos, ramas de la ciencia en su país, Eisenhower no tenía ningún problema en reconocer sus limitaciones científicas. Así, escribiendo el 15 de agosto de 1953 al secretario de Defensa, Charles Erwin Wilson (1890- 1961), a propósito de la visita que había recibido, a petición del secre- tario de Agricultura, Ezra Taft Benson (1899-1994), de un tal Sharon D. Pack, que mantenía que había inventado un instrumento electró- nico con muy importantes implicaciones para la seguridad nacional (sostenía que con él un avión podría detectar instantáneamente un submarino a una distancia de 100 millas), manifestaba (Galambos y van Ee 1996, 475): «Como sabes, no soy un científico. No permití a Mr. Pack que intentase largas explicaciones conmigo porque habrían sido completamente inútiles».

Sin embargo, a pesar de sus carencias en materias de ciencia, tuvo, insisto, la responsabilidad final en numerosos asuntos científicos; no en vano presidía la que entonces era la nación con mayor poderío científico del planeta. Uno de esos asuntos fue, como ya he indicado y sabemos perfectamente, la energía nuclear.

In document Napoleón, Hitler, Stalin y Eisenhower (página 174-184)