Berthollet. Tendremos amplia oportunidad de comprobar este tipo de relación entre Napoleón y los científicos —una nueva dimensión de las conexiones entre el poder y la ciencia— a lo largo del presen- te capítulo.
2.4 La ciencia y el poder: las campañas de Napoleón
Y en aquella decisiva ocasión, la ciencia y los científicos no estuvie- ron ausentes. En efecto, como parte de la expedición estaba una «Co- misión del Gobierno para buscar objetos de ciencia y arte en los paí- ses conquistados por los ejércitos de la República» nombrada en 1796 por el Directorio,12 en la que se incluyó al matemático y, como acaba- mos de ver, profesor de la École Polytechnique Gaspard Monge, y al químico Claude Louis Berthollet, cuyos nombres ya han sido mencio- nados.13 Ambos fueron no sólo magníficos científicos, sino también hombres conscientes del papel de la ciencia en la sociedad. Así, en su Traité de géometrie descriptive, publicado en 1799 y que contenía las lec- ciones que su autor había dado en la École Normale, Monge escribió (Dhombres y Dhombres 1989, 417): «Para librar a la nación francesa de la dependencia a la que ha estado sometida hasta ahora de la in- dustria extranjera, es preciso en primer lugar dirigir la educación nacional hacia el conocimiento de los objetos que exigen exactitud, algo que ha estado desatendido hasta el presente».
Monge, un ferviente revolucionario (fue ministro de Marina du- rante la Revolución),14 y Berthollet, mucho menos consciente política- mente que Monge y extremadamente reservado, estuvieron especial- mente unidos a Napoleón; fueron sus más fieles y constantes asesores en materias científicas. Pertenecieron, de hecho, a su círculo más ín-
12Conviene recordar que la Convención se disolvió a sí misma el 26 de octubre de 1795, cuando entró en vigor una nueva constitución. A partir de entonces Francia fue goberna- da por un Directorio compuesto de cinco miembros, que eran asesorados por dos asam- bleas, el Conseil des Cinq-Cents (Consejo de los Quinientos) y el Conseil des Anciens (Consejo de los Ancianos). Uno de los últimos actos de la Convención fue aprobar un impopular decreto por el que, cuando se elegían nuevas asambleas, esos dos consejos ele- gían ellos mismos dos tercios de los nuevos miembros. El Directorio se mantuvo hasta 1799.
13Es conveniente recordar, puesto que no lo he dicho antes, que Monge comenzó a desarrollar la geometría descriptiva a finales de la década de 1760, cuando enseñaba en la escuela militar de Mézières. Sus primeros usos fueron aplicados a necesidades militares.
La utilizó, por ejemplo, para preparar las placas de su libro Description de l’art de fabriquer les cannons (1793), pero al ser materia reservada no se le impidió que describiese cómo las había preparado. Esta familiaridad con los asuntos y argumentos militares, pudo haber servido a Monge en su relación con Napoleón.
14Fue mientras era ministro cuando Monge conoció a Napoleón, entonces un joven y desconocido oficial. Parece que le hizo un pequeño favor burocrático, que el futuro em- perador no olvidó. Durante la Revolución, Monge y Berthollet ya habían trabajado juntos:
timo desde aquella campaña de Italia. Se dice que cuando el general y comandante en jefe corso recibió a Monge al llegar éste a Italia, le dio la bienvenida con las siguientes palabras: «Permítame que le agra- dezca la afectuosa acogida que un joven oficial de artillería, descono- cido y entonces un poco en desgracia, recibió del ministro de Marina en 1792; él ha conservado como algo precioso este recuerdo. Verá que aquel oficial es ahora el general del Ejército de Italia. Está feliz de presentaros su mejor reconocimiento y amistad». Se refería, claro está (ya lo he mencionado en la nota 14), a cuando Monge fue minis- tro de Marina y a sí mismo cuando era un joven oficial.
Las victorias militares de Bonaparte se sucedieron con rapidez: en abril de 1796, su ejército ocupó Génova, en mayo Milán y en junio Livorno y Pisa. A mediados del verano de 1797, con el trabajo de la Comisión terminado, Monge ya estaba cansado de Italia y pidió re- gresar a Francia. Sin embargo, Napoleón no lo aceptó. Prefería, para los momentos de relajación, la conversación con Monge y Berthollet que la de sus colegas militares. De hecho, también intentó ganarse a los científicos italianos: al astrónomo Barnaba Oriani (1752-1832) le aseguró que los hombres de ciencia ganarían con su conquista:15
«Todos los hombres de talento, todos los que han conseguido distin- guirse en la república de la ciencia son franceses, sea cual sea su tie- rra natal».
Derrotados los austriacos, firmado con sus representantes un trata- do preliminar de paz en Leoben, en abril de 1796, y establecida la República Cisalpina, Bonaparte regresó a París el 5 de diciembre de 1797, para encontrarse con la adulación y también con la sospecha, si no con el temor, hacía él por parte de los cinco miembros del Direc- torio. Dominada Italia, sólo Gran Bretaña estaba en guerra con Fran- cia, y el Directorio nombró a Napoleón comandante del ejército para
Monge estuvo encargado del almacenamiento de pólvora y armamento en el arsenal na- cional, entonces casi vacío; fue capaz de convencer al pueblo francés que donase materia- les como relojes o campanas para fabricar municiones y junto con Berthollet logró que se fabricase rápidamente y en abundancia salitre, un componente esencial de la pólvora.
15Napoleón a Oriani, 24 de mayo de 1796; citado en Alder (2003, 191).
arrebatar Egipto a los ingleses. Monge y Berthollet lo acompañaron de nuevo, y con ellos un amplio grupo de científicos e ingenieros que Berthollet seleccionó en su mayor parte (Monge estaba todavía en Ita- lia, recogiendo, entre otras ocupaciones, prensas de publicación del Vaticano, y sus maravillosos tipos arábicos, para llevarlas a Francia), una Comisión de Ciencias y Artes formada por 151 científicos, inge- nieros y artistas, de los que 84 poseían títulos profesionales y 10 eran médicos. Del Observatorio de París fueron los astrónomos Nicolas- Auguste Nouet (1740-1811), François Quesnot (1765-1805) y Jérome Méchain, hijo del célebre, y ya citado, Pierre François Méchain. Del Museo de Historia Natural, el joven mineralogista reconvertido en zoólogo (también mencionado) Étienne Geoffroy Saint-Hilaire, y jun- to a él otros naturalistas: Hippolyte Nectoux (1788-1808) y los botáni- cos Jules-César Lelorgne de Savigny, Alire Raffineau-Delile y Charles Etienne Coquebert de Montbret (1755-1831). Algunos no eran toda- vía muy conocidos, pero lo serían en el futuro, como en el caso de Savigny (1777-1851), autor de obras como Mémoires sur les animaux sans vertébres (1816).
También fue reclutado el célebre geólogo Déodat de Gratet de Dolomieu (1750-1801),16 uno de los primeros especialistas en volcanes y temblores sísmicos, miembro del Instituto de Francia desde 1795.
Para animarle a emprender el viaje, Berthollet le prometió (no podía decirle todavía el destino): «Allá donde vamos, hay montañas y pie- dras». Su apellido ha pasado a la historia de al menos dos maneras:
descubrió el carbonato de magnesio, que en su honor tomó el nom- bre de «dolomita», lo mismo que sucedió con los montes Dolomitas, en los que realizó la que fue su última expedición mineralógica poco antes de morir. En Egipto estudió la formación del delta del Nilo. No permaneció, sin embargo, demasiado tiempo en Egipto, que abando- nó, debido a las malas relaciones que mantenía con Bonaparte, el 7 de marzo de 1799. No tuvo, sin embargo, suerte. Retenido en Tarento, fue llevado después a Messina donde se le encarceló en solitario du-
16Dolomieu es una localidad francesa de Isère. Déodat de Gratet nació en su castillo.
rante 21 meses, como represalia por algunos miembros de la Orden de Malta, en la que él mismo había ingresado a la edad de dos años, convirtiéndose más tarde en comendador, aunque la abandonó de mala manera años más tarde. Liberado gracias a la presión de algunos científicos, falleció, agotado, poco después, el 28 de noviembre de 1801.
De la École Polytechnique fueron 36 alumnos, y también profeso- res, como Fourier y Malus. Y también se requirió a estudiantes de otros centros de educación superior. Muy pocos fueron los que recha- zaron participar en la expedición cuando se les pidió que lo hiciesen:
Laplace, que se consideraba demasiado viejo, y Cuvier, que respondió que sería más útil a la ciencia permaneciendo en París, en medio de las inmensas y desorganizadas colecciones del Museo de Historia Na- tural, del que formaba parte desde poco antes (1795). En su lugar, se envió al ya citado Savigny.
Del interés que Napoleón tenía en el grupo académico de su ejér- cito da idea el que los soldados —que en general siempre vieron con malos ojos a los científicos— terminaron refiriéndose a él como «la maîtresse favorite du general»; esto es, «la querida favorita del general».