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La ciencia francesa en la época de Napoleón

In document Napoleón, Hitler, Stalin y Eisenhower (página 48-51)

Promoviese o no la ciencia el propio Napoleón —esta es una cues- tión que trataré más adelante—, de lo que no hay duda es de que durante su gobierno Francia vivió una época esplendorosa para la ciencia, tan esplendorosa que está justificado hablar del «Imperio de las Ciencias». Como ejemplos para sustentar tal manifestación, recor- demos que fue entonces cuando comenzaron a publicarse los cinco tomos del Traité de mécanique céleste (1799-1827) de Pierre-Simon Laplace, en el que además de desarrollar el sistema celeste newtonia-

no se erradicaban numerosas anomalías de las explicaciones que Newton había dado de los movimientos de los planetas. Por cierto, es una historia bien conocida que cuando Laplace presentó a Bonaparte los primeros volúmenes de esta obra, el entonces primer cónsul mani- festó que los leería «en los primeros seis meses de que pudiese dispo- ner libremente»(Arago 1855, 514).

También se publicó en vida de Napoleón, el mismo año, 1814, que fue depuesto (2 de abril) por el Senado y que se produjo su primera abdicación (6 de abril) —el preludio que le condujo a su exilio en Elba (4 de mayo)— otro libro inolvidable de Laplace, su Essai philoso- phique sur les probabilités (1814).

Fue durante aquellas décadas cuando Monge, uno de los más lea- les y duraderos seguidores de Napoleón, introdujo y enseñó una nue- va disciplina matemática: la geometría descriptiva y la proyectiva.

Cuando químicos como Claude Louis Berthollet (1748-1822), Jean Antoine Chaptal (1756-1832), Antoine-François Fourcroy (1755-1844) y Nicolas Vauquelin (1763-1829) continuaron y ampliaron la obra de Lavoisier en dominios como el estudio de las reacciones químicas, la química industrial y la médica. Fue la época en que Joseph Jérôme Lalande (1732-1807), enemigo furibundo de Bonaparte, estudió el movimiento de los astros, y el físico y astrónomo François Arago (1786-1853) partió, junto a Jean Baptiste Biot (1774-1862), hacia las islas Baleares para continuar el gran proyecto de la Revolución de medir un arco del meridiano terrestre, con el fin de producir una medida exacta del metro; tarea que habían iniciado Jean-Baptiste Joseph Delambre (1749-1822) y Pierre-François-André Méchain (1744- 1804),8 aunque hay que recordar que Napoleón se negó en redondo a aprender el sistema métrico, a pesar de que inmediatamente des- pués del golpe de estado que le llevó al poder absoluto (18 de brumario del año VIII) encargó a Laplace, al que había nombrado ministro del Interior, que impusiese el sistema métrico en toda la na-

8Siguiendo el encargo de la Academia, Méchain tenía que medir el arco del sector sur (esto es, hacia Barcelona), mientras que Delambre debía hacer lo propio con el norte (hacia Dunkerke). Siete largos años duraron sus esfuerzos.

ción.9 Las décadas en que Étienne Geoffroy Saint-Hilaire exploró el desarrollo embrionario y mantuvo una intensa polémica con Georges Cuvier (1769-1832), Joseph Louis Lagrange (1736-1813) continuó sus extraordinarios trabajos de física matemática, Étienne-Louis Malus (1775-1812) descubrió la polarización de la luz, que anunció en 1808, el abad René Just Haüy (1743-1822), salvado por los pelos del Terror, clasi- ficó tranquilamente minerales y fundó la cristalografía, Jean Baptiste Joseph, barón de Fourier (1768-1830), descubrió las leyes que rigen la propagación del calor, y Buffon prosiguió su gigantesca obra descripti- va. Y fue también entonces cuando comenzaron sus carreras científicos del calibre de Joseph-Louis Gay-Lussac (1778-1850), André Marie Ampère (1775-1836), el «Newton de la electricidad», o de un príncipe de las matemáticas como fue Augustin Louis Cauchy (1789-1857).

La era napoleónica también se solapó con la de Jean Baptiste Lamarck (1744-1829), cuya fama científica se inició sobre todo en 1778, cuando publicó La flore française, una descripción exhaustiva de las especies vegetales conocidas en Francia, por la que fue admitido el año siguiente en la Académie Royale des Sciences. Después vinieron muchas otras obras, como los once volúmenes de sus Annuaire météoro- logique (1799-1810), su Système des animaux sans vertèbres (1801) o su célebre Philosophie zoologique, ou exposition des considérations relatives à l’histoire naturelle des animaux (1809), en la que desarrollaba las ideas sobre la evolución biológica que había presentado en la lección inau- gural (21 floreal, año IX) del curso de zoología que había impartido en el Museo de Historia Natural. Lamarck, por cierto, no fue admira- do en absoluto por Napoleón. De hecho, cuando el ya viejo naturalis- ta —tenía entonces 65 años— fue a ofrecer al emperador su nuevo libro, la Philosophie zoologique, éste la recibió con las siguientes palabras (Arago 1854a, 94): «¿Qué es esto? Es vuestra absurda meteorología...,

9He aquí lo que ha señalado al respecto Alder (2002, 278): «En una ocasión en que inspeccionaba una fábrica de pólvora en Essonnes, le preguntó al director de la planta por los procesos químicos con una minuciosidad considerable. Pero cada vez que el director le decía un peso en kilogramos, Napoleón insistía en que le tradujese la fórmula a poids de marc (libras antiguas). Decía que no podía pensar en las nuevas unidades».

ese anuario que deshonra vuestros viejos días; haga usted historia na- tural y yo recibiré vuestras producciones con placer. Este libro no lo tomo más que por consideración a vuestros cabellos blancos». Se su- maba así Napoleón —que con sus manifestaciones daba otra muestra de sus conocimientos de la comunidad científica— a un antiguo coro de opositores a Lamarck, que vieron con horror que éste se dedicase a partir de mediados de la década de 1770 a la publicación del Annuaire météorologique (muchos de sus colegas le consideraron a par- tir de entonces como un simple autor de almanaques y predicciones).

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