CAPÍTULO II.‐ CAPÍTULO II.‐ MARCO TEÓRICO E INTERPRETATIVO
2.1.2 Construcción social y cultural de la vejez
I M M nuestro actual sistema de salud, de manera que las consecuencias, por un lado han contribuido al aumento de la esperanza de vida, pero ¿a qué precio? Los entornos domésticos están llenos de personas ancianas, dependientes en gran medida, que en muchos casos acuden al hospital para morir, no teniendo ninguna estructura de soporte familiar y en muchos casos, tampoco extrafamiliar.
La demografía es uno de los factores que principalmente contribuyen al cambio social actual, pero no existe una relación unicausal entre ambos aspectos, aún cuando la demografía es el catalizador de dicho cambio, sino que se dan muchos determinantes relativos a otras dimensiones, tales como la economía, familia, educación, trabajo, vivienda, política social y sanitaria, movimientos geográficos, valores, etc.. los cuales confluyen sinérgicamente para conformar una metamorfosis social profunda. Nos referimos a metamorfosis sin carácter de exclusividad en el tiempo y sin pretender denotar que el cambio social actual constituya un hecho insólito, en tanto que la sociedad se encuentra en permanente estado de transformación y no ha dejado de evolucionar con el tiempo.
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Las connotaciones negativas del término son bastante evidentes en todas las dimensiones a las que alude, siendo la propia lengua la que genera toda una serie de proyecciones en la sociedad sobre aquello que encierra esta característica.
Las definiciones de la vejez formuladas por las ciencias de la salud coinciden todas como punto común en el hecho del progresivo deterioro del organismo a nivel físico y funcional, ocasionado por el envejecimiento, llegando a la conclusión de que la vejez es un proceso de decadencia estructural y funcional del organismo humano. Sin embargo, el punto en el que coinciden las ciencias sociales es en el fenómeno de la jubilación, definiendo la vejez como la edad de la jubilación o consecuencia del declive biológico acarreado por el proceso de envejecimiento. Finalmente, siempre es posible definir la vejez desde el punto de vista cronológico, según la edad, siendo el denominador común el crecimiento en edad y por tanto, en consecuencia, la disminución de las expectativas de vida. Existen bases legales y económicas para esta definición, aunque parece ser que estas razones han perdido importancia en la última década. Según ésta última perspectiva, la vejez sería el estado de una persona de edad avanzada, asumiendo todo el grado subjetividad y relatividad de la persona que la defina; por tanto, nos dirigimos hacia una sociedad en la que la edad cronológica tendrá menos importancia de la que supone hoy día.
Pero, en términos generales, ¿a qué nos referimos con el término “vejez”?
Como es de esperar, no hay una única respuesta correcta a tal pregunta, pudiendo usarse muchas expresiones, cada cual justificable y abierta a la crítica.
Laforest tiene en cuenta los tres aspectos que acabamos de mencionar entendiendo la vejez como “el estado de una persona que, por razón de su crecimiento en edad, sufre una decadencia biológica de su organismo y un receso en su participación social”
(Laforest, J. 1991:39)
La salud también suele ser uno de los componentes de las definiciones que normalmente usamos, en tanto que se puede pensar que el término se asocia a falta de memoria, sueño alterado, reacciones más lentas, movimientos más pesados, atendiendo a parámetros físicos y mentales normalmente. En la sociedad la salud no se entiende en términos de roles sociales, relación con los demás o simplemente la conservación de sus ideas. Aunque el ser socialmente viejo resulta útil para entender muchos procesos y parcelas de la realidad, la sociedad no le atribuye significados suficientes para constituir una definición por sí misma.
Las definiciones son, al fin y al cabo, una manera de organizar el conocimiento sobre la realidad a nivel mental, siendo la base de nuestras intervenciones respecto a ella. Así,
I M M cualquier definición es una construcción personal que de alguna manera, deja siempre fuera una parcela de la realidad en función de quién la genera. Las definiciones de vejez que hemos mencionado tienen algo de cierto y algo de falso en tanto que pueden ser empleadas como si abarcaran todo lo que implica la vejez cuando, aún intentando tener una visión global, no se abarca la totalidad de la realidad. Lo que permite abarcar la vejez en su totalidad es el conocimiento empírico de la misma, siendo la experiencia de vejez la única perspectiva que pueda integrar al resto de definiciones. No obstante, no se precisa realmente que uno mismo sea viejo para conocer la ancianidad ya que cada uno de nosotros conocemos en menor o mayor medida nuestro propio proceso de envejecimiento. Así, para poder definir una realidad colectiva, es inevitable pasar por una reflexión personal, hecho que, paradójicamente, le da globalidad y especificidad a la vez.
Esta reflexión coincide con la postura de Laforest cuando afirma que la vejez es inherente a la condición humana (Laforest 1991).
Es la edad natural el hecho que determina todos los fenómenos socioculturales que rodean a la vejez, así como también a la jubilación. Así, Evans Pritchard advirtió tras su trabajo etnográfico sobre los Nuer que la pertenencia a un grupo de edad determinaba los comportamientos de un hombre, especialmente aludiendo a las relaciones sociales más generales, de parentesco, y domésticas. El sistema de grupos de edad es otra ejemplificación de los principios segmentarios que caracterizan a todas las estructuras sociales. De este modo, la distancia estructural que se establece entre dos grupos de edad cualesquiera es la relación social entre dichos grupos, que determinan un comportamiento mutuo entre sus componentes (Evans‐Pritchard 1977).
Los 65 años marcan un antes y un después en la vida de cualquier persona; los significados que en nuestra sociedad se desprenden del término “viejo” son de carácter eminentemente negativo, implicando estigmatización social y con un sentido altamente peyorativo; incluso las personas mayores utilizan el concepto viejo en tercera persona con la finalidad de establecer cierta distancia de la marginación social que el mismo implica.
Los estereotipos sociales hacen que hasta las personas mayores los crean.
Vivir la vejez como un proceso de deterioro y no de crecimiento es la expresión de
una vivencia de crisis vital. A este respecto, un buen estado de salud es fundamental en la calidad de vida de las personas mayores pero, no constituye la solución a la diversidad de problemas que plantea el fenómeno de la vejez. Así pues, la crisis que supone la vejez no lo es tanto a nivel físico como a nivel existencial.
Simone de Beauvoir coincidía con este planteamiento en tanto que para ella es la vejez la que pone el contrapunto a la vida, más que la muerte (Beauvoir 1983).
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El anciano aparece cada vez más como una carga para el microgrupo doméstico y para los sistemas de seguridad social, de manera que salvo en determinadas sociedades de bienestar, tienden a ser excluidos, encerrados o empobrecidos.
Esta devaluación del cuerpo productivo se expresó en el desarrollo durante años (70´s y 80´s) de una antropología y sociología del cuerpo sin apenas referencias a los obreros, campesinos y marginados en términos de clase social (Menéndez 2002).
Pero, por otro lado, también se puede entender lo viejo en términos positivos, en términos de integridad y no de crisis, siendo la diferencia entre ambas perspectivas una cuestión eminentemente cultural. A pesar del deterioro que supone el proceso de envejecimiento, esta perspectiva permite un enfoque de la vejez en el que el crecimiento prevalece siempre sobre la decadencia. Resulta curioso el hecho de que el enfoque optimista y positivo de la vejez también reconoce el valor del estado de crisis en la vejez, ya que es gracias a los periodos vitales de crisis a partir de los cuales el ser humano experimenta el crecimiento personal a lo largo de la vida. Así, el planteamiento positivo parte también de un fenómeno negativo en esencia. Conceptos contradictorios que se autoexcluyen pero que sin embargo, se necesitan también mutuamente al ser dos caras de una misma realidad. No obstante, al ser la vejez la última etapa del ciclo vital, ya no hay más aspiraciones positivas de crecimiento sino de culminación; realmente, hasta en el planteamiento positivo de la vejez, sigue subyaciendo el negativo.
La sociedad en definitiva, es ambivalente respecto a la vejez; por un lado se le teme, se niega, y por otro, se ampara y protege.
Independientemente de la relación que existe entre la vejez y la edad biológica del individuo, el concepto está muy influido por todo lo que supuso el proceso de industrialización. A partir de una determinada edad, se obliga a salir a las personas del mundo del trabajo y de todo lo relacionado con él. En las sociedades que aún no han interiorizado dicho proceso, la ancianidad es una etapa altamente productiva a muchos niveles. Es la diferencia cultural en la concepción del anciano; mientras que en nuestra sociedad se margina y excluye al anciano, en otras culturas como la brahamánica, la ancianidad es signo de sabiduría, destreza y grandes capacidades productivas; es evidente, que también el concepto de producción es radicalmente opuesto en ambas culturas. Según el conjunto de valores que determinan el ethos dominante en la actualidad, toda persona es susceptible de ser valorada en términos socioeconómicos en función de la edad natural, aspecto que se relaciona con el concepto de anciano y el sentimiento de vejez.
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Así, para Fericgla, la vejez y la ancianidad están marcadas por un aspecto cultural
y un aspecto biológico que resulta necesario diferenciar, y por eso, considera que no son términos adecuados para realizar estudios antropológicos por su tendencia a generalizar y obviar precisamente aquello que es necesario estudiar (Fericgla 1992). Pero de este modo, cada uno puede establecer su propio concepto, siendo viejo cuando una persona supone que se siente vieja. Esta definición resuelve algunos problemas y crea otros, en tanto que cada uno puede cambiar la definición para acomodarla a su situación, juzgando a las personas porque se comportan como nosotros creemos que lo hacen los viejos (Kalish 1996).
2.1.2.2 Visión histórica y social de la vejez
En diversas sociedades primitivas se privilegia a los mayores. Como la proporción de ancianos en ellas es baja, se les atribuyen poderes relacionados con la justicia y las ceremonias, consultas, ritos de paso y transmisión de conocimientos al grupo, siendo elegidos para oficiar los principales acontecimientos de la vida, tales como bodas, nacimientos, ritos de iniciación, lutos, etc. Ocurre así en diversas sociedades del sureste asiático, en África, Australia, Nueva Guinea, Etiopía, Egipto, bantúes, navajos, iroqueses, palaungs de Birmania, extremo oriente, masai, zulúes, México, Colombia, Fidgi, yaganas de Tierra del Fuego,..Entre los griegos, aunque se apreciaba mucho la juventud y la belleza, se les adjudicaba un papel de consejeros y mentores, guía de los jóvenes y se les cuidaba en extremo. En la sociedad romana alcanzaron también un papel muy importante.
China y Japón siempre han respetado a los ancianos. Se honra a los antepasados y cuanto más vieja es una persona más cerca se encuentra de los ancestros. La edad se asocia a sabiduría en oriente, así como a dominancia en el grupo familiar. En Japón también existe una larga tradición de respeto a los mayores influída por el budismo y sintoísmo; resulta curioso que en Japón, la gente en lugar de quitarse años, se los añaden.
El anciano se le rodea de afecto, de privilegios, de atenciones, siendo una gran suerte el alcanzar una edad avanzada1
En el imperio inca, se clasificaba a la gente según su edad y capacidades, teniendo obligaciones en función de éstas. A pesar de ello, las mujeres, niños y ancianos quedaban exentos de ellas. Entre los aztecas se habilitó una ciudad sólo para enfermos, huérfanos y viejos, que eran cuidados por los demás.
1 La longevidad o la vida larga se considera un don divino en Extremo Oriente
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En los cuentos populares de todo el mundo suele representarse a los viejos como la fuente de la sabiduría y de la bondad. Suele representarse a los dioses como viejos, aunque nunca como seniles (De la Serna de Pedro, I. 2003).
Siguiendo los tres modelos socioculturales admitidos por la antropología, podemos realizar una comparación intercultural del papel de los ancianos en las sociedades nómadas, las sociedades agrícolas y ganaderas así como también en las industriales. En el nomadismo, se desarrolló un fuerte sentimiento de solidaridad, de manera que la colectividad impedía que los mayores murieran por inanición; además, existía un reparto estratificado de los alimentos, siendo determinadas partes de los animales o frutos específicos destinados a los ancianos, teniendo significado de prohibición de consumo para el resto de personas del grupo. Los ancianos no actúan como meros receptores pasivos en estas comunidades sino que desempeñan ciertas tareas socialmente consideradas de poco prestigio y con manejo de escaso material; pero su labor más importante recae en la transmisión oral de conocimientos a nivel simbólico‐cultural.
Disfrutaban de un gran prestigio dado el escaso número de personas que alcanzaban la longevidad, significando una especie de recompensa por todo el recorrido de su vida. No obstante, a pesar del reconocido prestigio, no hay que olvidar que se trata de una sociedad cazadora‐recolectora, cuyas dinámicas de supervivencia dependían de la abundancia y escasez de alimentos, situaciones que a su vez llevaban al gerontocidio.
En las sociedades agrícolas y ganaderas la lucha por la vida es menos implacable, permitiendo una división del trabajo donde hay más actividades que ellos puedan realizar (cuidar rebaños, hacer herramientas, cuidar los huertos..) aunque a su vez, también siguen controlando la dimensión mágica, esotérica y simbólica en general. Siguen siendo los depositarios de las tradiciones y hacen que se valoren los conocimientos adquiridos a través de los años, a la vez que también ostentan el poder político. Así, los ancianos se convierten en individuos poderosos a todos los niveles dentro de su comunidad, ordenando los ritos de paso, actuando en las ceremonias, ejerciendo poder político e imponiendo el orden familiar. Existen ceremonias que relacionan la vejez, la muerte y el final del invierno, asociadas a rituales de expulsión del invierno que aún se mantienen desde tiempo inmemorial.
Según Frazer, en algunos países de Centroeuropa, de cara al verano se elabora una efigie de paja que representa la vejez y la muerte, la cual se quema o se tira al agua porque suponía que aseguraba un año fructífero y próspero, protegiendo de la muerte y las enfermedades. En otros lugares, al inicio de la primavera, visten la efigie con ropajes viejos, bailan a su alrededor y después demandan aguinaldos por la zona, y así, el retorno
I M M de la primavera y el verano es la consecuencia derivada de esta expulsión de la muerte (Frazer 1989).
Este hecho supone un cambio respecto a las sociedades nómadas, en tanto que
surge el conflicto intergeneracional por el poder y los bienes. No obstante, existe un ethos de respeto a los ancianos y piedad filial, asociado a un compromiso de cuidado por parte de los hijos hasta la muerte.
Según estos dos modelos sociales descritos, la edad cronológica no implica nada por sí misma a nivel de envejecimiento salvo en los ritos de paso en los que pueda tener una implicación más directa; pero respecto al resto de roles, funciones y significados, son los valores culturales de la colectividad los que otorgan las connotaciones de la ancianidad.
Cabe destacar que tras realizar este somero análisis de la ancianidad en las tres sociedades tipo, aquélla en la que encontramos más evidencias de respeto y representatividad de la ancianidad, tanto simbólicas como a nivel social, es en la sociedad preindustrial agrícola y ganadera.
2.1.2.3 Referentes teóricos y modelos socioculturales sobre el envejecimiento
Los cambios que inevitablemente aparecen con la edad, los cambios que nuestra sociedad impone a las personas mayores, la diferencia con la época en que ellos fueron inicialmente socializados, sus creencias, sus valores y las situaciones nuevas en las que se encuentran en la actualidad merecen detenerse a reflexionar al respecto y no asumirlo como una nueva realidad sin más. Para ello, podemos tomar algunos referentes teóricos que nos ayuden a una mejor y más amplia comprensión del fenómeno, que abordamos a continuación:
a)La Teoría de la desvinculación, desarrollada por E. Cumming y W.E. Henry tuvo un gran apogeo en los años 60 y 70, planteándose un retraimiento tanto por parte de la sociedad como del individuo a raíz de la inactividad laboral, apartándose cada vez más de las relaciones sociales, sus roles, participación e incluso de sus obligaciones (Rivera Navarro 2001). Se trataría de una desvinculación funcional. La teoría de la desvinculación también impulsó la investigación en aislamiento social. Según esta teoría, sólo se siente feliz y satisfecha aquella persona que ha sabido apartarse de los contactos sociales, mientras que aquella otra que aún es activa y está intensamente vinculada a otros, se muestra desgraciada e insatisfecha; esta tesis provocó grandes controversias pero produjo un incremento de interés en la investigación sobre dicha problemática (Lehr 1995).
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b) Teoría de la estratificación social según la edad, (en cuya concepción subyace una visión positiva de la vejez, propuesta por Riley), y la Teoría del etiquetaje (basada en el Interaccionismo Simbólico) (Rivera Navarro 2001).
Además de una pertenencia a una etapa de la vida, las diferencias entre los distintos grupos de edad se presentan marcadas por acontecimientos experimentados durante la vida y los roles asignados a cada una de ellas. La persona es percibida y tratada según el significado social de la etapa en la que se encuentra, afectando a su rol, su estatus e incluso a su identidad.
c) Cultura de la Ancianidad. Según Fericgla, la cultura de la ancianidad constituye un sistema de valores con sus elementos particularizadores que también está en relación a la orientación global homogeneizadora, en tanto que las personas mayores no pueden plantearse la producción, pero sí el consumo, y esta particularidad añadida a la proximidad a la muerte, da origen al desarraigo y al estigma, que constituyen la base de la relación de la cultura de la ancianidad con los demás grupos de edad y con el resto de la sociedad (Fericgla 1992).
Fericgla establece tres tipologías de individuos ancianos: etclases (individuos que provienen de diferentes tradiciones culturales y pertenecen a un estatus social determinado), jubilados (viven la ancianidad como un estado de desarraigo social) y seniles (la viven de un modo más acentuado en lo referente a estigmatización, con un nivel de deterioro físico y/o mental que les impide desarrollar con normalidad su vida social e íntima) (Fericgla 1992).
Se podría decir que la Cultura de la ancianidad es un conjunto de modelos de conducta, sistemas de valores, rasgos acentuados de consumo, marginalidad social y desarraigo colectivo, no recibiendo en la actualidad la categoría cultural que debiera merecer, ya que en el fondo subyace una patente paradoja al vivir según cánones que intentan ocultar cualquier signo de edad avanzada, de ancianidad, de cercanía a la muerte en definitiva. Por tanto, no puede existir una clara corriente cultural definida cuyos propios protagonistas intentan alejarse o negar la pertenencia a ésta. Se puede realizar una definición de la Cultura de la Ancianidad según los mismos aspectos que definen a las sociedades complejas, tales como el ser un fenómeno de irrupción reciente, un modelo superestructural, su sistema de valores, tipología de individuos, economía, estructura familiar y matrifocalidad, símbolos y ritos, territorialidad y formas de dependencia, vida cotidiana e indiferenciación temporal (Fericgla 1992).
Ciertos autores como Rose, consideraron en su día, que en cierto modo la cultura de la ancianidad es más bien una contracultura u oposición al resto de la sociedad, incluso