CAPÍTULO II.‐ CAPÍTULO II.‐ MARCO TEÓRICO E INTERPRETATIVO
2.2.1 Cuidado profesional y cuidado informal: maridaje desde un mismo origen de la actividad de cuidar ligada al género. de la actividad de cuidar ligada al género
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2.2 CUIDADOS INFORMALES, SISTEMAS DE AUTOATENCIÓN Y GRUPO DOMÉSTICO.
2.2.1 Cuidado profesional y cuidado informal: maridaje desde un mismo origen
I M M visto, se ha aplicado a muchos aspectos de la vida. A este respecto, Ortner considera que la mujer es una mediadora entre la naturaleza y la cultura, lo cual desemboca en ambigüedades de tipo simbólico. Así, según esta autora, el que la mujer esté más cerca de la naturaleza que el hombre es sólo una cuestión cultural, que deberá encaminarse en la misma dirección del cambio social (Ortner 1979).
La práctica del cuidado ha estado muy unida a la condición femenina por la naturaleza reproductiva de la mujer. Teniendo en cuenta que en la mayoría de las sociedades las mujeres han pasado buena parte de su vida de adultas reproduciéndose y cuidando de la prole, esto lleva a una diferenciación de los terrenos de la actividad que se concreta en doméstica y pública. No obstante, en sociedades como la nuestra, la esfera doméstica y pública están bien diferenciadas.
La organización de la tareas originó una división sexual que marcó de forma determinante el lugar del hombre y la mujer en la vida social (Ortner 1979).
Así, la división del trabajo ha ayudado a darle forma y circunscribir los límites del cuidado doméstico, actuando tal diferenciación en función del género de una forma mucho más restrictiva y determinante en las actividades domésticas que en las agrícolas y ganaderas, afectando a la relegación del cuidado al entorno doméstico y asignando las tareas de cuidado familiar a la mujer exclusivamente, sobre todo después de la maternidad (Finerman 1989).
Por su parte, Lévi‐Strauss reparó en la división por sexos de las actividades de curación llevadas a cabo entre los indios Cuna, comprendiendo las connotaciones simbólicas y estructurales, así como las consecuencias políticas y económicas de lo que ya denominó asimetría de género (Lévi‐Strauss 1967).
Menéndez también considera que inclusive hasta ahora la división del trabajo que opera al interior del grupo doméstico respecto de las actividades de autoatención, se impone estructuralmente a los miembros del microgrupo (Menéndez 1992)(Menéndez 2002).
Ha sido una especie de mandato de género asignado a las mujeres socialmente, el cual ha supuesto que históricamente sean éstas las que se han ocupado de los familiares en el hogar, especialmente de aquellos que padecen algún tipo de dificultad para desenvolverse en su cotidianidad.
Pese a su creciente incorporación al trabajo retribuido, la mayoría de mujeres siguen asumiendo la responsabilidad de las tareas domésticas, entre las que se encuentran el cuidado de los niños, la atención a la salud de los miembros de la familia, identificar
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enfermedades, decidir sobre la necesidad de consultar o no a profesionales, acompañamiento en el proceso de atención a la salud, administrar la terapia prescrita o administrar otros cuidados ( Pizurki, H. 1988 y Pons, O. 1990 en García Calvente 1999).
Rosaldo, tras sus investigaciones en diversas sociedades tradicionales hispanas, considera que el cuidado puede entenderse como una extensión del rol de la lactancia y manutención de los niños pequeños, dada su asociación primaria con el entorno doméstico. “La mujer es absorbida por las actividades domésticas desde que se inicia en su rol como madre; sus actividades políticas y económicas son cambiadas por la responsabilidad del cuidado de un niño y desde ese momento, el centro de sus emociones y atenciones es particular y directamente enfocado hacia los niños y el hogar” (Rosaldo 1985:37).
Así, Rosaldo consideraba que dondequiera que encontró una mujer excluida en cierto modo de la escena política o de las actividades económicas cruciales para una sociedad, podía confirmarse una asimetría de género, con tendencia a ser de carácter universal en la vida social.
El cuidado incluye elementos de reciprocidad, obligación y responsabilidad, siendo a menudo desvalorizado y poco reconocido.
Invisible, casi siempre, por la dificultad de especificar la diversidad de tareas y la
complejidad emocional y material que incluye, enmarca una realidad social específica, que se concreta a través de la capacidad cuidadora de mujeres, madres e hijas, y está relacionada también con el parentesco, la vecindad o la amistad (Domínguez Alcón 1999).
Otra visión es la de Siles González al respecto: “antropológicamente, desde sus orígenes más remotos, las mujeres organizan para cubrir la necesidad de alimentación, lactancia y crianza, que determina el desarrollo cultural de los seres humanos”. También defiende el hecho de que cuidar es una actitud humana antes que una técnica y que quien la adopta no pretende incidir agresivamente en la realidad mediante lo técnico, sino dejarla ser (Siles González, Solano Ruiz 2007:24).
De hecho, Kleinman aduce que existe una cierta congruencia fundamental entre las formas tradicionales y modernas del cuidado médico, ya que dicho cuidado médico moderno, en sí mismo, puede ser visto como algo híbrido, constituido por un componente científico moderno emergente de la revolución científica y relacionado con la dimensión biológica de la enfermedad (disease) y con un componente arcaico de curación, orientado hacia la experiencia humana de la enfermedad (illness) y hacia las formas tradicionales de la medicina (Kleinman, A. 1975).
I M M Los diferentes sistemas médicos han ido cristalizando a raíz de una misma necesidad de búsqueda de procesos de salud y de evitación de la muerte, de una misma experiencia de enfermedad y de los cuidados ligados al propio mantenimiento de la vida en los entornos domésticos, mucho antes de la profesionalización del cuidado y la curación.
Según Leininger, impulsora de las corrientes de la teoría de los cuidados culturales, existen diversos niveles de cuidados: cuidado genérico, profesional y profesional enfermero. El cuidado genérico es “aquel acto de asistencia, soporte o facilitación prestados a individuos o grupos con necesidades evidentes y orientados a la mejora y el desarrollo de la condición humana.” Los cuidados profesionales “son acciones, conductas, técnicas, procesos o patrones aprendidas cognitiva o culturalmente, que permiten ayudar o ayudan a un individuo, familia o comunidades a mantener o a desarrollar condiciones saludables de vida”. Sin embargo los llamados cuidados profesionales enfermeros son “aquellos modos humanísticos y científicos aprendidos cognitivamente, de ayudar o capacitar al individuo, familia o comunidades para recibir servicios personalizados a través de modalidades culturalmente determinadas técnicas y procesos de cuidados orientados al mantenimiento y desarrollo de condiciones favorables de vida y de muerte “ (Leininger 1978:54).
Cuando se proporcionan cuidados profesionales, el cuidador ejecuta acciones intencionales basadas en un conjunto de saberes usados para atender a las personas que reciben asistencia en forma de cuidados.
A este respecto, el cuidado profesional enfermero se diferencia del resto de cuidados profesionales en el mantenimiento y desarrollo de la salud y el bienestar de las personas con acciones intencionadas y fundamentadas con un cuerpo de saberes que se supone pueden ser enseñados y aprendidos, añadiendo cierta destreza distintiva y complejidad en esas acciones de soporte y ayuda que son propias de los seres humanos.
“Cuidar es, por tanto, mantener la vida asegurando la satisfacción de un conjunto de necesidades indispensables para la vida, pero que son diversas en su manifestación” (Collière 1982:7).
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2.2.1.2 Autoatención y autocuidado
La dimensión no profesionalizada de los cuidados en salud ha sido un elemento estructural en toda sociedad. Toda iniciativa o práctica de atención de la salud fuera del ámbito de la institución biomédica en las sociedades con sistemas sanitarios convencionales, se ha caracterizado tanto por la exclusión como por la subestimación. Con estas prácticas relativas a la salud nos referimos al cuidado de nosotros mismos, hábitos cotidianos, ritmos de trabajo, descanso y sueño, relaciones sociales y conductas protectoras de salud, prevención de afecciones y autoatención.
La descripción minuciosa de diferentes procesos cotidianos refuerza la importancia dada a lo local, al poner en evidencia que la mayoría de los padecimientos y de las
“violencias” se generan, transmiten y ejercen no sólo dentro de los ámbitos locales, sino a partir de las relaciones sociales establecidas con otros sujetos a nivel cotidiano, doméstico y microgrupal. (Menéndez y Di Pardo, 1998 en Menéndez 2002)
Además, la puesta en marcha de dichas prácticas implica la activación de redes familiares, sociales y grupos de autoayuda que pueden desarrollar mecanismos de atención sanitaria y protección social al margen de los servicios sanitarios institucionalizados. Cabe señalar que actualmente no se consideran modelos autoexcluyentes debido a la complejidad que implica la salud en las sociedades contemporáneas, de forma que se admiten sistemas de atención en que confluyen varias opciones (atención alternativa, autocuidado‐autoatención, atención sanitaria profesional y autoayuda).
Uno de los aspectos más importantes que vamos a analizar en relación a las prácticas de salud dentro del entorno doméstico es el proceso de autoatención, el cual es entendido también por Menéndez como “un conjunto de actividades llevadas a cabo por los miembros de un microgrupo en particular de tipo doméstico y se desarrollan dentro de su red social para asegurar la reproducción biosocial del microgrupo [...]
Cabe destacar la visión que socialmente tiene la autoatención: se encuentra totalmente estigmatizada debido a rasgos desacreditadores por parte del modelo biomédico” (Menéndez 1986).
Para Menéndez, “la autoatención implica un amplio espectro de actividades cuya unidad de acción no es el individuo sino el microgrupo dentro del cual se llevan a cabo la mayoría de dichas actividades. Las actividades de autoatención referidas al proceso salud/enfermedad/atención refieren a todos los pasos dados para hallar solución provisoria o definitiva a los padecimientos y problemas que afectan al estado de salud de los componentes
I M M del microgrupo y que son ejercidas sin la inclusión de un curador profesional externo al grupo”
(Menéndez 1992:91).
La mujer constituye estructuralmente el principal recurso para la salud generado a nivel del grupo doméstico, y dicho recurso utiliza como principal estrategia de acción contra la enfermedad la denominada autoatención, la cual constituye a su vez un proceso estructural y conforma el real primer nivel de atención. Los servicios sanitarios y sociosanitarios proporcionan una continuidad de las estrategias de autoatención, dado que la mayoría de los episodios de enfermedad y padecimiento son atendidos por el propio grupo doméstico y su red de relaciones (Menéndez 1992).
Junto con la autoatención, el papel de la mujer, el uso de la “medicina tradicional” y el saber popular, la participación social sigue siendo reconocida en la actualidad como parte sustantiva de las acciones dirigidas a solucionar o por lo menos limitar, los principales problemas que afectan la salud de muchos grupos sociales (Menéndez 1998).
En muchas ocasiones, los términos “autoatención” y “autocuidado” tienden a confundirse por el hecho de estar íntimamente relacionados, pero no son sinónimos entre sí, en tanto que presentan algunos rasgos diferenciadores que aluden específicamente a las prácticas en el proceso de búsqueda de salud. Definimos a continuación el autocuidado para poder relacionar ambos conceptos.
Para Dorotea Orem, impulsora de la Teoría del Déficit de Autocuidado, el autocuidado es una acción adquirida, es decir, aprendida por una persona en un contexto sociocultural. La persona inicia una acción de manera voluntaria, deliberadamente, con el objetivo de mantener su vida, su salud y su bienestar o el de las personas bajo su responsabilidad. Esta acción emana de una exigencia, ya sea sentida por la persona u observada por otra, siendo necesario su compromiso. La aptitud de la persona para comprometerse en el autocuidado depende de sus capacidades activas, su edad, su etapa de desarrollo, su estado de salud, su experiencia, sus recursos intelectuales, sus intereses y sus motivaciones. La imposibilidad de ejercer el autocuidado está unida a la incapacidad de decidir, emprender o efectuar una acción personal. En consecuencia, la incapacidad de la persona para satisfacer su necesidad de autocuidado puede engendrar un estado de dependencia social (Orem 1991).
Según Fajardo y Germán, “los cuidados son actividades que se llevan a cabo para cubrir las necesidades de la vida cotidiana de las personas, y cuando éstas las realiza la propia persona, se denominan autocuidados” (Fajardo Trasobares, Germán Bes 2004:4).
Esta visión sobre el autocuidado, aunque alude al cuidado no profesional, se
circunscribe al ámbito de la atención profesional de la salud, donde no se aprecia el matiz
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que distingue Haro a continuación, haciendo únicamente referencia a la naturaleza de proyección propia de las prácticas de salud.
Para Haro Encinas, “el concepto de autocuidado, bien pudiera considerarse casi un sinónimo del término de autoatención, ya que ambos expresan prácticas endógenas de salud que son ejercidas de manera informal generalmente en el mismo domicilio; sin embargo, la existencia de estos dos términos bien puede servirnos para diferenciar el ámbito difuso en que se concretan estas prácticas, que incluyen acciones centradas tanto en el individuo como en el grupo doméstico, pero que no son aisladas ni autónomas puesto que están inscritas en un marco sociocultural. [..] Autocuidado denota las prácticas centradas en aspectos preventivos o de promoción de la salud, que son generalmente cotidianos, y que suelen estar centradas en los individuos o el grupo doméstico; mientras que lo que consideramos casi su sinónimo, la autoatención de salud, parece ser un término más propio para referirse a las prácticas relativas a los episodios de enfermedad o cualquier tipo de sufrimiento, que tienden a activar respuestas colectivas y servirá para ubicar las relaciones en que se inscriban estas prácticas, que abarcan tanto el grupo doméstico como las redes sociales” . Este autor también alude al término
“cuidado lego” como aquel que incluye todas las actividades relacionadas con la salud y su asistencia que no son efectuadas por profesionales y que por tanto, difieren tanto de la atención médica como de las formas alternativas. El
“cuidado lego” comprende por tanto un nivel de autocuidado, es mediado por factores socioculturales, ocurre a nivel doméstico y activa las redes sociales informales como recurso (Haro Encinas 2000:113).
El autocuidado no sólo abarca las dimensiones de la propia autoatención sino que a su vez también comprende la denominada “agencia de asistencia a dependientes”, según la cual, el agente de autocuidado se ocupa de la asistencia a niños o adultos dependientes (Marriner Tomey 1994).
Las categorías de la dependencia ya fueron tenidas en cuenta por Orem a la hora de establecer los principales conceptos de su teoría aludiendo al origen de la actividad de cuidar, enfocada hacia el “otro”, y añadiendo también la orientación al “sí mismo”, sustentando a su vez dicha teoría con planteamientos basados principalmente en un sistema de apoyo educativo y, secundariamente, en los aspectos curativos. Por este motivo, es el modelo conceptual idóneo para el entorno de las personas que viven en la comunidad, fuera de la institución sanitaria.
Los cuidados son acciones que cada persona, llegado el momento de su desarrollo, se proporciona a sí misma en forma de autocuidados o que ofrece a sus allegados en forma de cuidado dependiente, entendiendo como tal “la práctica de actividades que personas responsables maduras y en proceso de maduración inician
I M M y ejecutan en beneficio de personas socialmente dependientes durante cierto tiempo o, de manera continuada, para mantener su vida y contribuir a su salud y bienestar” (Marriner Tomey 1994:186).
En este sentido, podríamos entender la autoatención como un primer nivel de asistencia a los problemas y padecimientos de salud que abarca, desde su ámbito preventivo, al autocuidado, y desde un ámbito más terapéutico cuando se rompe el bienestar de la persona y del grupo, la autoatención en sí.
La autoatención entendida así, supone un proceso de síntesis continuo que opera en el interior del microgrupo, donde se potencia la inclusión de nuevas técnicas, productos y creencias que se integran al saber existente, y que componen un proceso en transformación constante, ya que el saber de los conjuntos sociales no es algo prefijado culturalmente.
Para Menéndez, la autoatención abarca al autocuidado y los grupos de autoayuda, conformándose como una especie de instrumento que opera dentro de las relaciones de hegemonía (Modelo Médico Hegemónico) / subalternidad (autoatención), aún existiendo eficacia demostrada sobre la capacidad que el proceso de autoatención tiene para intervenir respecto de los padecimientos dominantes y también sobre la prevención y control de las enfermedades crónicas.
Dentro de la vida cotidiana y diaria, cobran una importancia fundamental los autocuidados que llevan a cabo las personas a partir de que alcanzan un determinado nivel de desarrollo y que, sin embargo, durante los primeros años de vida, en la vejez y cuando se padece alguna discapacidad o enfermedad, especialmente si ésta es crónica, se necesita ayuda para la realización de los propios cuidados.
Para entender mejor la relación entre autoatención y autocuidado, podemos observar a continuación el esquema que propone Haro Encinas.
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Paramédicos, boticarios, promotores
Personal doméstico‐familiar.
Redes informales
Atención alternativa
Autocuidado Autoatención
Atención Médica Profesional
Autoayuda Autogestión Formas
privadas Formas rituales
Formas individuales
Fuentes impresas Sitios web
Medios Formas
comunitarias
Participación comunitaria Voluntariado
Grupos de apoyo
Movimientos sociales Redes formales Grupos de autoayuda ONG`s
Fig.2.8 El sistema de atención a la salud en las sociedades actuales. Fuente: Tomado de (Haro Encinas 2000).
Parece bastante contradictorio el hecho de que la familia y, especialmente la mujer, por un lado sean considerados como un recurso en la atención a las personas dependientes, y que por otro se mantenga una continua crítica hacia el autocuidado, suscitada por la eterna confrontación hegemonía/subalternidad.
Menéndez considera que “la actividad clínica del Modelo Médico Hegemónico se caracteriza por una continua crítica al autocuidado, por una suerte de tensión entre la presencia inevitable de prácticas de autoatención y la necesidad de medicalizar el proceso salud/enfermedad/atención, lo cual en los hechos supone un rechazo o por lo menos estigmatización”(Menéndez 1992:73)
No obstante, Menéndez va más allá del planteamiento del fenómeno de la autoatención, llegando a presentarlo como un sistema autónomo, que se extralimita al microgrupo y que constituye una alternativa en la atención a la salud, existiendo implicaciones de orden sanitario, político, social, cultural, económico, etc. Dichos matices de la autoatención son realmente significativos si contextualizamos este discurso en
I M M América Latina, haciendo especial hincapié en los grupos de ayuda mutua y en la participación social en salud, aspectos que consideramos secundarios en esta investigación; por tanto, no ahondaremos en esta línea que propone Menéndez para enmarcar nuestro fenómeno de estudio.
2.2.1.3 Cuidado informal
Para analizar la necesidad del cuidado doméstico y sus repercusiones en la familia, definiremos también el cuidado informal, que responde a la “prestación de cuidados a personas dependientes por parte de familiares, amigos y otras personas que no reciben retribución económica por la ayuda que ofrecen [...] El cuidado informal se caracteriza porque generalmente es gratuito, se realiza en el ámbito privado y nuestra sociedad lo asume como una extensión de las tareas domésticas “ (García Calvente 2004:133). Son los miembros de la familia los que con mayor frecuencia prestan este tipo de cuidado.
El cuidado informal se esconde en el mundo de lo doméstico, lo que le hace compartir algunos rasgos importantes como parte del trabajo del hogar, resaltando casi siempre la característica de la ausencia de remuneración. Hasta ahora, las tareas de cuidado realizadas en el ámbito doméstico no eran intercambiables en el mercado por bienes y servicios, tal y como afirmaba Durán, de manera que siempre han constituido un trabajo no monetarizado (Durán 1993). El cuidado que proporciona la mujer ha sido definido como informal; éste ocurre en el entorno doméstico, privado de cualquier marco jurídico ni político, que promueve modelos de realidad que no se abandonan, tampoco son secretos ni opuestos a los modelos culturales dominantes articulados normalmente por el hombre en la escena pública (Shepherd McClain 1989).
No obstante, con la incorporación de la mujer al mercado laboral, se está empezando a monetarizar dicha actividad, y a estimar costes y beneficios asociados al cuidado informal, de manera que se acaba incurriendo inconscientemente en acentuar desigualdades en los cuidados de salud.
Esta situación empieza a transformarse en la actualidad, dejando de suponer un obstáculo en relación a la valoración del sistema informal, e incluso, para su propia visualización como sistema de atención a la salud. A su vez, las circunstancias actuales del cuidado en los entornos domésticos generan cierta problemática a la hora de establecer las categorías “formal” e “informal”. El cuidado informal se corresponde normalmente con cuidado familiar, no familiar y no retribuido. El cuidado formal es el profesionalizado y dispensado institucionalmente. Así, con tal delimitación conceptual, resulta difícil etiquetar el cuidado que se da a personas dependientes en su hogar por parte de un