EVOLUCIÓN DEL PENSAMIENTO ESTRATÉGICO NAVAL
CAPÍTULO 7 CONTROL DEL MAR
CAPÍTULO 7
Al respecto, consideremos la siguiente citación del Almirante Amet, profesor de estrategia de la Escuela de Guerra Naval francesa en 1907, el cual decía que:
“buscar las fuerzas organizadas del enemigo para vencer y destruirlas, esto es el primero, el principal objetivo que se debe asignar a nuestras Fuerzas Navales (...) No intente nada en el mar, ni contra las costas, ni contra las comunicaciones marítimas del adversario, sin haberse antes asegurado la superioridad marítima” (Milia 1965:
93).
La segunda forma de empleo de las Fuerzas Navales era la que consideraba el Bloqueo de las fuerzas enemigas en sus puertos para obtener el Dominio del mar.
Recordando que en los tiempos de Mahan se encontraba iniciándose el cambio de la navegación a vela por el vapor y la presencia submarina y aérea era prácticamente nula, este método permitía encerrar al enemigo mediante el Bloqueo cercano o lejano, ocasionando, de esta manera, la anulación de la Fuerza Organizada enemiga, y por consiguiente, disponer del libre ejercicio del control de las líneas de comunicaciones.
De esta lógica de interpretar las dos formas de obtener el Dominio del mar nacieron dos corrientes: La primera empeñada en la batalla decisiva (enfrentamiento entre Fuerzas Organizadas) y la otra que buscaba el desgaste del enemigo, a través de la interdicción de las líneas de comunicaciones, tratando de ocasionar el mayor daño económico que obligara al enemigo a abandonar la contienda.
Haciendo una analogía, podríamos decir que la primera sería la equivalente a la guerra de desgaste, buscando el choque frontal caracterizado por la batalla, y la segunda sería la equivalente a la maniobra de aproximación indirecta, la cual combina la maniobra y la batalla incidiendo en la sorpresa y el desgaste económico del oponente (DAT 2009: 68).
Sobre el particular, y con la finalidad de tener una idea clara sobre las políticas adoptadas, tanto por Inglaterra como Francia, en la era clásica de la estrategia, diremos lo siguiente:
La política inglesa era la del choque frontal, la de perseguir al enemigo a toda costa buscando su destrucción y, en consecuencia, para ellos, el Dominio del Mar, tanto a través de la batalla decisiva como a través del bloqueo.
Sin embargo, la política francesa era distinta y su concepción, a fines del siglo XVIII, en palabras del Almirante Grivel, era la siguiente:
Si dos Potencias Marítimas están en guerra, la que cuente con menos barcos, deberá siempre esquivar los encuentros dudosos, deberá correr tan sólo los riesgos que sean necesarios para el desempeño de sus comisiones, rehuyendo el combate por medio de maniobras, y en último extremo, si se ve obligada a combatir, deberá asegurar la manera de hacerlo en condiciones favorables. La actitud que deba adoptarse dependerá radicalmente de la fuerza del adversario. No nos cansaremos de repetir que, con respecto a la manera de obrar, sea con una Potencia más poderosa o más débil
Francia tiene ante sí dos estrategias distintas que adoptar, radicalmente opuestas en medios y fines: La gran guerra y la guerra de corso. (Mahan 2000: 251-252)
B. ¿DOMINIO DEL MAR O CONTROL DEL MAR?
Las ideas acerca de la obtención del Dominio del mar nos obligan a hacernos las siguientes preguntas: ¿Hacia dónde nos lleva?, ¿Será tan fácil dominar el mar en toda su amplitud?, ¿Es que el enemigo no podrá hacer nada una vez perdido el Dominio? Esas eran las cuestiones que marcaban las discrepancias entre los estrategas clásicos, cuya discusión sobre el tema se analizaba así:El término Dominio del mar da la impresión que aquel que lo ejerce disfruta del privilegio de poseer exclusivamente la extensión de los océanos excluyendo a todos quienes los utilizan en tiempo de paz.
Al respecto, Mahan nos decía que:
El dominio del mar, aunque sea efectivo, no implica que los barcos pequeños o Escuadras poco numerosas del enemigo no puedan deslizarse fuera de los puertos, cruzar el mar siguiendo derroteros más o menos frecuentados, desembarcar y arrasar algún punto no defendido de un extenso litoral y entrar en puertos bloqueados. Por el contrario, La Historia muestra que tales evasiones son siempre posibles, hasta cierto punto, para el beligerante más débil, por grande que sea la desigualdad de fuerzas.
(Mahan 2000: 19-20)
De esto Castex concluye que el Dominio total constituye una utopía. Para llegar a ejercer el Dominio del mar en todas partes, no serían suficientes todas las marinas del mundo reunidas. Es necesario tener presente también a los neutrales, que no pueden ser eliminados fácilmente de la navegación. El teatro de operaciones marítimo, a la inversa de lo que sucede en tierra, es recorrido permanentemente por buques extraños al conflicto (Castex 1938: 121).
Corbett, analizando el concepto de Dominio del mar, comienza diciéndonos que el objetivo de la Guerra Naval es siempre el Dominio del mar, o evitar que el enemigo pudiera lograrlo.
Sin embargo, a través de sus estudios de la historia, concluyó: “que la situación más generalizada en la guerra naval, es aquélla en que ninguno de los bandos posee el dominio; es decir, que la situación normal no es un mar dominado, sino un mar no dominado (...) y que se encuentra normalmente en disputa”. Es de esta forma que la Estrategia Naval, se ocupa directamente de la disputa, puesto que, cuando el dominio ya ha sido obtenido o perdido, la Estrategia Naval pura dejaría de existir (Cobett 2000: 65).
Así mismo, Castex nos dice: “el dominio del mar no es absoluto; sólo es relativo, incompleto e imperfecto” (Castex 1938: 121).
Al respecto, Luis de la Sierra nos puntualizaba en su libro “La Guerra Naval en el Atlántico” que: “Dominio del mar (...) no significa dominar en toda su inmensidad, sino precisamente allí donde se quiere y en el momento que se desea. Claro está que si quien lo posee incurre en graves errores, el enemigo se aprovechará inmediatamente de ellos en su propio beneficio (...) Pero esto no vulnera, ni cambia en lo más mínimo, los inmutables principios del arte de la guerra naval” (De la Sierra 2008:
184).
Siguiendo con su análisis, sobre el dominio del mar, Corbett se preguntaba ¿Qué era lo que se podía obtener a favor y en contra del enemigo con el dominio del mar?, y llegaba a la conclusión de que lo único que se podía obtener como ventaja era el derecho de tránsito, por lo cual, para él, el término dominio del mar no significaba otra cosa que el control de las comunicaciones marítimas, ya sea para fines comerciales o militares. Por tanto, concluía que el objetivo de la guerra naval era el control de comunicaciones (Corbett 2000: 67).
Castex llegó igualmente a la misma conclusión cuando decía que:
“El término dominio parece pues inadecuado y puede preguntarse si no sería más exacto decir, como los ingleses, “Control de las comunicaciones”, expresión que se acerca más a la realidad y que tiene la ventaja de incluir las comunicaciones neutrales, con las consideraciones que es necesario tener hacia las mismas” (Castex 1938: 123).
Entonces, si el objetivo del dominio del mar no es otro que el control de las comunicaciones marítimas, evidentemente puede existir en diversos grados.
Podremos estar en condiciones de controlar totalmente las comunicaciones comunes, en el caso de contar con una superioridad inicial significativa de Fuerzas Navales, o a través de una victoria decisiva sobre el enemigo. Si no fuéramos lo suficientemente fuertes para realizar esto, podríamos serlo para controlar algunas de las comunicaciones en nuestro beneficio; es decir, nuestro control puede ser general o local.
Un control local sólo nos será beneficioso temporalmente, puesto que mientras el enemigo disponga de una fuerza suficiente en un lugar cualquiera, estará teóricamente en condiciones de perturbar nuestro control sobre un área determinada del mar.
En consecuencia, para el planeamiento operacional, se debe considerar que el dominio puede existir en varios estados o grados, y que cada uno de los cuales posee sus posibilidades y sus limitaciones. El dominio puede ser general o local, y puede ser temporal o permanente. El dominio general puede, a su vez, ser permanente o temporal; pero el simple dominio local debe ser considerado solamente temporal, ya que normalmente estará expuesto a una posible interrupción desde otro teatro, mientras que el enemigo posea una fuerza naval efectiva.
Debe observarse que aun el dominio general permanente nunca puede ser absoluto.
La superioridad de fuerzas, cualquiera sea su grado, no puede asegurar todas
nuestras comunicaciones contra ataques e incursiones esporádicas de fuerzas enemigas destacadas, mientras sean conducidas con audacia, y estén dispuestas a afrontar el peligro de ser destruidas.
Puede afirmarse que será ventajoso para el bando que predomina buscar una decisión lo más rápido posible, que le permita finalizar la situación de disputa del dominio. Por el contrario, normalmente el más débil buscará evitar o postergar una decisión con la esperanza de inclinar las fuerzas a su favor a través de operaciones menores (Corbett 2000: 74-76).
Entonces, es la evaluación de las condiciones existentes, en un determinado momento, las que determinarán si el control es general, local, permanente o temporal. En relación con esto, se deben considerar adecuadamente las acciones a seguir en la persecución de un fin determinado tanto por las condiciones de tiempo como de lugar. Todo dependerá del propósito buscado; puede considerarse que el dominio del mar es satisfactorio cuando responde a las necesidades requeridas en un lugar determinado y cuando permite, igualmente, asegurar la obtención del objetivo.
Al respecto, el Almirante Otto Groos en su libro “La Doctrina de la Guerra Marítima”
nos dice que: “aunque teóricamente no se concibe un dominio absoluto del mar, en el terreno de la práctica podremos considerarnos poseedores de ese dominio si logramos impedir que sean perturbadas aquellas de nuestras comunicaciones y operaciones que consideremos de importancia decisiva para el resultado de la guerra, y logramos al mismo tiempo impedirle al enemigo que utilice las rutas marítimas para su comercio y sus operaciones” (Grooss 1935: 55).
Se entiende, como es natural, que se tratará de incrementar continuamente la ventaja, que por sí sola tiene simplemente un valor insignificante. Es así como el control local se tratará de transformar en control general, y el control temporal en permanente. Evidentemente que esta forma de actuar no posibilitará alcanzar el dominio teórico, general, permanente y absoluto del mar; pero nos acercaremos a él en la medida de lo posible. Al mismo tiempo, actuando de esta forma, se combatirán, igualmente, las tentativas que el enemigo haga en sentido opuesto. Se tratará de aprovechar, particularmente, todas las deficiencias de que adolezca el control del adversario (Castex 1938: 124-125).
Es conveniente tener siempre presente que el grado de control del mar, que deseemos obtener en un momento determinado, valdrá la pena por lo que hará posible; y particularmente, por el aprovechamiento estratégico de las consecuencias psicológicas de dicho resultado, en el Comando enemigo (Till 1988: 147).
Es así que el grado del control del mar obtenido por los aliados en el Pacífico, durante la Segunda Guerra Mundial, hizo colapsar la resistencia japonesa, tal como lo narra Luis de la Sierra en “La Guerra Naval en el Pacífico”, donde nos dice que:
“Quienquiera que analice objetivamente las causas que llevaron al Japón a la derrota, podrá darse cuenta que la primera y más importante fue, con gran diferencia
sobre todas las demás, la pérdida del dominio del mar (...) y, como consecuencia inmediata, la destrucción o paralización total de la marina mercante (...) que decidieron inexorablemente la suerte de la guerra” (De la Sierra 1998: 613).
A pesar de estas consideraciones en las que se concluye que es muy remoto el Dominio absoluto del mar, Geoffrey Till, en su libro “Poder Marítimo”, nos dice que hay quienes sostuvieron que el control del mar podía y debía ser absoluto y permanente, tales como Clarke y Thurnsfield, los cuales afirmaban: “No hay tal cosa como un dominio del mar parcial o incompleto, o es absoluto, o no existe” (Till 2007:
197).
Sobre el particular, en su libro “El Desarrollo del Pensamiento Naval”, el estratega alemán Herbert Rosinski, analizando a Mahan, nos decía:
Debido a que el mar es todo uno, ninguna parte de él puede ser separada con cerca, fortificada y defendida aisladamente; la protección efectiva de nuestros intereses en el mar y a través de él, sólo pueden asegurarse desalojando a nuestro rival de su totalidad. Así, mientras en tierra no necesitamos vencer necesariamente a nuestro oponente para mantener nuestro territorio, en el mar estamos forzados a derrotarlo y echarlo de él por completo, sólo para nuestra propia seguridad. Esta es la diferencia fundamental entre la guerra en el mar y la guerra en tierra. (Rosinski 2000: 30)
Estos debates entre los partidarios de considerar el dominio absoluto del mar y el control de las comunicaciones marítimas derivan de la percepción de dos tipos de guerra naval nítidamente marcada: La guerra entre Fuerzas Navales organizadas, por un lado, y la guerra económica contra las comunicaciones marítimas, por el otro.
Estas dos formas no son contradictorias, pero sí complementarias y pueden insertarse en un plan de operaciones global (Coutau-Bégarie 1989: 80).
Es el Almirante Castex quien tuvo la capacidad de trasladar al mar la diferenciación efectuada por el historiador militar alemán Hans Delbrük, el cual, haciendo una correcta interpretación del pensamiento clausewitziano, formuló en 1878 la distinción de dos clases de estrategias, la estrategia de aniquilamiento y la estrategia de desgaste (Aron 1988: 91).
Como conclusión, y ya que la discusión entre las denominaciones de “Dominio del Mar” y “Control del Mar” continuó entre muchos de los estrategas contemporáneos, es preciso tener en cuenta la precisión que al respecto nos hace Bernard Brodie cuando nos dice:
El dominio del mar estuvo sometido generalmente a tantas destrucciones y a tantos límites que algunos escritores modernos renunciaron al empleo de este término y prefirieron hablar solamente de control de las comunicaciones. La única objeción a esto es que no se puede desechar una concepción útil para sustituirla por otra que, si es que significa algo, tiene exactamente el mismo significado. Ello en tanto se tenga bien en claro que el dominio del mar es siempre relativo y significa simplemente una superioridad marcada en el control de las comunicaciones marítimas, se puede entonces continuar perfectamente
utilizando un término que tiene por sí mismo tan antigua y honorable tradición.
(Coutau-Bégarie 1989:79-80)
De lo que nos dice Brodie, es práctico el considerar la tabla que, para fines de aclaración sobre los diversos grados de control del mar, elaboró en 1972 el Almirante Eccles de la Armada de Estados Unidos, la cual considera:
1. Control absoluto (dominio del mar)
Libertad completa para operar sin interrupción. El enemigo no puede operar en lo absoluto.
2. Control funcional
Capacidad general para operar con elevado grado de libertad. El enemigo sólo puede operar con riesgo elevado.
3. Control en disputa
Cada bando opera con riesgo considerable. Esto entonces implica la necesidad de establecer control funcional en sectores limitados durante tiempo limitado para ejecutar operaciones específicas.
4. Control funcional enemigo Se invierte el ítem 2.
5. Control absoluto enemigo (domino del mar) Se invierte el ítem 1.
(Till 2007: 203)