Horizonte. revista Mensual
de actividad conteMporánea (1926-1927)
Insertarse en la tradición de las revistas culturales significaba para todo grupo de intelectuales más o menos consolidado una legitimación social perdurable y de alta jerarquía. Nada impedía que un poeta reuniera sus obras y las editara para satisfacción personal, incluso en tirajes muy reducidos; pero la inclusión de su nombre en una revista, en virtud de su difusión, le brindaba la seguridad de llegar a un público más amplio y, eventualmente, se garantizaba la discusión inmediata sobre el contenido o el valor literario de sus textos, especialmente si se trataba de crítica o creación. El ensayo para estos escritores se presentaba como comple- mento para la difusión de sus apreciaciones sobre el acontecer cultural del Méxi- co de aquellos años. La poesía, aunque publicada en medios de amplia difusión, no deja de ser un acto privado que refleja el punto de vista de un individuo, a pesar de sus marcadas coincidencias con sus semejantes. El ensayo, en cambio, se cultivó como producto de dominio público.
Para los escritores posrevolucionarios, la prosa ensayística fue producto de la fe en las consecuencias de la Revolución o de la fe en el engrandecimiento de la cultura a través de la palabra escrita (a veces de ambas), independientemente de su calidad artística. A partir de estos estímulos, también el grupo estridentista sentía la necesidad de tener un órgano que sirviera como vehículo de difusión de ideas hacia el exterior. En este sentido, Irradiador (1923) es un caso particular porque en esta revista poesía e imágenes conviven en armonía complementaria;1 de hecho, contiene algunas composiciones que no se sabría decir con precisión si son diseños geométricos elaborados a partir de letras o poesía en forma de caligramas. Desde el primer número, Irradiador presentó imágenes novedosas para la época. Baste pensar en el caprichoso diseño de la publicidad de la cigarrera
“El buen tono”, compuesto por palabras distribuidas sobre un entramado de líneas oblicuas que cruzan a lo largo y ancho de la imagen, creando un efecto de inde- terminación; pues, a la vez que comunican un mensaje verbal, también son representaciones gráficas de la propuesta estridentista, en la que las figuras angu- losas producidas con dramatismo por el grabado en blanco y negro daban cuenta de la nueva fisionomía de las grandes urbes, como un artificial organismo en proceso de metamorfosis. Lo mismo había ya ocurrido en las escasas ilustraciones
1 Sobre las motivaciones e influencias poéticas dentro de la revista véase “Irradiador: proyecto de una nue- va estética”, en Elissa J. Rashkin, La aventura estridentista. Historia cultural de una vanguardia, pp. 93-100.
de la revista Ser (1922-1923) y se mantuvo en las portadas de los libros estriden- tistas que se publicaron en los años subsecuentes. Además de las poesías, Irradia- dor incluyó algunos artículos que mantenían el tono convencional del manifies- to político donde cada afirmación era, a su vez, un ejercicio de autocaracterización:
“El estridentismo no es una escuela literaria ni un evangelio estético. Es, simple- mente, un gesto. Una irrupción del espíritu contra el reaccionarismo intelectual”.2 En abril de 1926 algunos integrantes del estridentismo se trasladaron a la ciudad de Jalapa donde, con la subvención del gobierno del general Heri- berto Jara, formaron la editorial Horizonte, responsable de la publicación de una revista homónima y de una corta serie de publicaciones literarias donde o partici- paban sus miembros o se hablaba de ellos. La revista Horizonte sirvió como escaparate institucional para la difusión de las actividades que el Estado de Veracruz estaba llevando a cabo en pro de la reconstrucción nacional: la construcción del estadio, la fundación de la universidad, la defensa de derechos laborales de obreros y campesinos, la educación y el impulso a las actividades culturales. Todo esto soportado sobre el ideal revolucionario, pues el grupo de Jara se autoproclamaba autor material de los consecuentes beneficios de la lucha armada y heredero de sus principios ideológicos (si es que claramente los hubo). El nombramiento de Manuel Maples Arce como Secretario General de Gobierno (1926) no hizo más que darle una carga de oficialidad a la corriente vanguardista.3
En el primer número de la revista Horizonte se expresa la intención de ser “el exponente de todas las ideas de vanguardia y de lucha del momento presente y la mejor tribuna del pensamiento revolucionario. Será un periódico moderno, abierto a todas las tendencias nuevas, sin prejuicios ni vacilaciones” (2ª de forros).
Al igual que los autores de La Falange, los jóvenes estudiantes de Jalapa conside- raban que, si bien la Revolución había arrasado con el pasado dañino, también des- pojó al país de una guía intelectual. Ante tales condiciones, ellos eran los más capacitados reedificar el cauce perdido como portavoces de las ideas revolucio- narias: “En México, más que en ninguna otra parte, es necesario guía [sic], alguien que oriente esta crisis de un pueblo que sintiendo que era necesario destruir el pasado, fue a la batalla y lo deshizo, y ya triunfador, se halla solo, dueño de todos los caminos sin saber cuál seguir”.4 En la misma sintonía, en un texto sobre
2 A. Vela, “El estridentismo y la teoría abstraccionista”, p. 1.
3 Para una contextualización pormenorizada de la actividad de los estridentistas en Jalapa, véase Elissa J.
Rashkin, op. cit., pp. 259-289.
4 Sin firma, “Propósito”, p. 1.
los tapices de Dolores Velázquez [Lola Cueto], la esposa de Germán Cueto, List Arzubide comenta que
la gente no tiene la culpa de que pasen cosas tan lamentables; se formó su gusto en la época de importación de Porfirio Díaz, cuando lo extranjero era lo que valía; y si ahora, por la subversión de valores lograda por la revolución, su espíritu mexicano, a pesar de todo, se dirige hacia esas cosas que cree que debe adorar porque sí; es deber nuestro, de los comprensivos y preparados, indicar- le que debe antes que todo comprenderlas y estudiarlas para que su gusto estragado por el extranjerismo no las amalgame y las equivoque.5
No está por demás mencionar que en algún artículo se reconoce cuáles son los grandes hombres de la Revolución: “De entre todos estos grandes hombres, tres son los que destacan más vigorosamente: Flores Magón, el mártir; José Vas- concelos, el educador; Plutarco Elías Calles, el estadista. Necesitamos ahora, tan sólo, que el pueblo lo sepa”.6 En casi todos los números de Horizonte aparecieron frases de autoafirmación donde se subrayaba con insistencia el papel refundador de la revista:
Hemos definido nuestra actuación: somos el primer periódico revolucionario de México. En la hora en que urge formar una conciencia cimentada con los ideales que sostuvieron los sacrificados de quince años de batalla, sólo nosotros hemos estado prestos a sostener en forma decisiva los principios de lucha. Y de lucha completa, hasta nuestros medios de combate, son nuevos, están en paralelo con el momento actual; tenemos un espíritu revolucionario y queremos orientar hacia él a todas las actividades de nuestra sociedad, que hizo una revolución, pero que no sabe cimentarla […]. Todo el pasado de mentira nos repugna, nos hiere; estamos en su contra, lo mismo en el terreno de la lucha social que exige la devolución de lo que se arrebató al pueblo que todo lo produce, como en el terreno de la lucha estética, que reclama un arte honrado, fuerte y puro, de todos los cenáculos, de las academias y de las esferas oficiales, mantenedores de artistas parásitos, aduladores, serviles e ineptos para integrar una síntesis de la vida en esta actividad ideológica.7
5 G. List Arzubide, “Artes plásticas. Los tapices D. V. C.”, p. 44.
6 “La educación del pueblo y los grandes periódicos”, p. 5.
7 “La juventud y el periodismo revolucionario”, p. 3. Incluso en el penúltimo número de la revista —después de tres meses de ausencia— en la nota editorial se comenta: “Declaramos creer en la bondad de nuestra obra, de ir dando ideas y rumbos al momento de México; después de una lucha tan dura y tan sacrificial
Años atrás, con el apoyo de Carlos Noriega Hope, los estridentistas habían encontrado un medio de alcances masivos para expandir sus ideales estéticos literarios. Con Horizonte la puerta se abría para la difusión de la prosa ensayísti- ca con el fin de ejercer crítica social, literaria y de arte; junto a esta última, el dibujo, el grabado y la fotografía sirvieron como ejemplos mudos, pero elocuen- tes de las orientaciones del arte nuevo y revolucionario. Jean Charlot, Diego Rivera, José Clemente Orozco, Ramón Alva de la Canal, Gabriel Fernández Ledesma, Leopoldo Méndez, y algunos más, llenaron con imágenes —y pala- bras— la breve vida de la revista. El pintor Leopoldo Méndez interpretaba el movimiento artístico de su momento como una respuesta artística proporcional al sentimiento vital del pueblo al que seguramente no vacilarían en llamar también honrado, fuerte y puro:
La urgencia de expresar el sentimiento de un pueblo libre, de poner al servicio de la Revolución el ansia espiritual, hizo que los pintores abandonaran la con- cepción artística del arte por el arte, que obligaba o permitía cuando menos, el trabajo que se afina hacia la perfección, para cambiarlo por una obra mo- mentánea, sin perfiles detenidos, pero que a la postre ha creado una nueva estética, la de la protesta, llena de los anhelos populares y que como todo lo que vive de la multitud plena de rebeldía, es fuerte y es grande y nos apresa en la emoción de la batalla, que eso es la vida.8
En efecto, añade Méndez, “podríamos decir que la pintura salió de los talleres donde se debilitaba de aislamiento, a respirar el aire de pasión que traían los re- beldes [revolucionarios] que habían avanzado desde el campo libre hacia las ciudades domeñadas”; por lo tanto, los muralistas eran realmente los más genuinos artistas de la revolución, pues “conquistaron como soldados revolucionarios, los palacios de la burguesía y los marcaron con la imagen del pueblo descubierto en sus costumbres y en su protesta”.9 A pesar de ser pintor, en definitiva el entusiasmo juvenil no le permitió a Méndez tomar en cuenta que los primeros murales no fueron producto
como la que se inició en 1910, es necesario que surja una realidad mejor que justifique la batalla y toca a la juventud —médula vigorosa— hacer porque esta realidad se cumpla como el más alto deber de la Re- volución”. Véase, sin firma, “La nueva etapa”, p. 3.
8 L. Méndez, “La estética de la revolución. La pintura mural”, p. 48. Ya en 1924 Villaurrutia reconoció, aun- que no con positiva admiración, que el estridentismo “consiguió rizar la superficie adormecida de nuestros lentos procesos poéticos”, véase Obras, p. 827.
9 L. Méndez, op. cit., pp. 47-48.
de la libre inspiración y mucho menos consecuencia noble de la rebeldía revolu- cionaria. Detrás de tal labor hubo, sin duda, procedimientos burocráticos, lecturas, estudio riguroso de técnicas y materiales, críticas negativas, etc. Para la conquista de los palacios burgueses fue necesario un promotor con una ideología bien defi- nida (Vasconcelos), un permiso y un apoyo económico otorgado por el Estado. En general, pareciera que la poca crítica de arte que se encuentra en Horizonte tuvo como impulso, ante todo, el agitado espíritu combativo de su época, por lo que no se dirige hacia el análisis integral de las circunstancias que acompasaron la creación, la función y los valores de la obra artística.
A la par de la defensa del obrero y el campesino, Horizonte y sus publicacio- nes destacaban el papel de las nuevas tecnologías que, paradójicamente, no tenían contemplada la pobreza ni el rezago social, tan comunes en México. La represen- tación del desarrollo urbano idealizado impregnó las creaciones estridentistas como temática de la lírica y como soporte de diseños decorativos.
Oh ciudad toda tensa de cables y de esfuerzos, sonora toda
de motores y de alas.
[…]Oh ciudad fuerte y múltiple,
hecha toda de hierro y de acero.
[…]Oh ciudad musical
hecha toda de ritmos mecánicos.10
Tanto las viñetas que aparecen en los encabezados de algunos artículos como varias de las portadas de la revista tienen como imagen principal, a la par de las figu- ras humanas, la masa geométrica de algún edificio urbano de gran altura, antenas, fábricas en movimiento, etc. Son muy limitados los motivos vegetales y, si los hay, se representan sintetizando al máximo la complejidad de su silueta demandando un mínimo de trazos geométricos. Las figuras angulosas son en Horizonte una constante que se traslada a los terrenos de la poesía.
10 M. Maples Arce, “Urbe. Canto primero”, pp. 37-40. Se trata de una edición posterior del poema aparecido originalmente en Vrbe. Super-poema bolchevique en 5 cantos.
Hacer paralelas con las calles y jugar dominó con las casas
Lastimarse los dedos al clavar las estrellas o dejarlas colgadas en los hilos de lluvia
La ciudad
era toda temblorosa de rubias antenas que nacían en la frente y llegaban al sol […]Los edificios
subían tan alto que al llegar a los últimos pisos ya todos teníamos los ojos azules11
Los ojos de México se volvieron hacia Estados Unidos, con sus grandes ras- cacielos, antenas, autos y cables, ya no hacia la cultura europea de tradición grecolatina. La urbe era un sinónimo de bienestar y progreso; incluso los már- moles se pudieron sustituir por cemento, un material mucho más económico del que podían hacer uso los obreros y que, además, era susceptible de participar de la nueva estética de la modernidad geométrica que en una década había des- plazado los costosos artificios ornamentales del art nouveau:
La gran palanca del espíritu contemporáneo es la fuerza económica. La invasión que suponen estas ideas en las zonas estéticas, no ofrecen ningún peligro para la idealidad de la voluntad de forma, pues siendo la resonancia de la verdadera realidad, en nada lastiman la fuerte ideología en que finca sus delimitaciones.
La técnica monolítica del sidero-cemento, y la característica esencial de la sustentividad contemporánea, afirman en el esplendor de la arquitectura nue- va, simultáneamente a la intrepidez espiritual de la época, la precisión integral de la pureza geométrica.12
Evidentemente, esta modernidad a ultranza, materializada en el estadio de Jalapa y en otras construcciones ligadas con la universidad de Veracruz, se contra- ponía a la corriente folklórica persistente en las páginas de las publicaciones co- merciales en su afán por participar del nacionalismo. Algunas manifestaciones
11 Kyn Taniya [Luis Quintanilla], “¡Oh ciudad infantil!”, p. 29.
12 M. Maples Arce, “Nuevas ideas. La estética del sidero-cemento”, p. 11.
artísticas se salvaban de una crítica negativa por parte de los redactores de Hori- zonte, como los tapices de Lola Cueto, por tratarse de obras originales fabricadas con la conciencia de un artista y no con la inercia del artesano. Germán List Arzubide, quien descubre estas maravillas en casa de su amigo, escribe:
¿Es mexicana y sin embargo no lleva ni el calendario azteca ni los colores de los sarapes de Saltillo? Va a decir por allí alguno de esos señores que en su casa tienen sobre una chaise longe [sic] extendidos los clásicos ponchos fronterizos, y que han mandado adornar los muebles del hall con grecas aztecas, creyendo con esto, hacer una empresa de patriotismo en paralelo con el arte. Sí, señor, es mexicana, pero no rastacuera, porque lo que usted hace es un revoltijo que ha extraviado el gusto y que resulta de lo más cursi y absurdo del planeta; hace usted lo mismo que si se le ocurriera un día adornar con una carátula de reloj los respaldos de sus sillones morris o poner a la fachada de su casa unos dora- dos Luis XV. Las estilizaciones totonacas o mayas que usted ha visto en la pi- rámide del Tajín o en el Palacio del Palenque, fueron ideados por inteligencias que se inspiraban en la Naturaleza y por lo tanto no podían extraviarse […] y al afinarlas en los muebles y empequeñecerlas, lo único que se logra es desam- bientarlas y hacerlas ridículas por débiles.13
Pocas semanas antes se publicó otro artículo al respecto en el que se afirma que dichos tapices “son de un mexicanismo genuino, sin tener la vulgaridad de las cosas populares, que siempre tiene un marcado sentido de uniformidad. Estos tapices son verdaderas creaciones de arte. En ellos está estilizado el espíritu mexicano y supe- rado totalmente. Su mexicanismo no se obtiene con lo superficial, con lo pintores- co, sino con la intención y el colorido, que es de una sorprendente visualidad”.14
Y, sin embargo, el mismo Germán List aplaudió con lírico sentimentalismo la presencia de componentes folklóricos en la inauguración del estadio de Jalapa. Lo interesante de su crónica es que, para él, ya en 1926, la colorida china poblana se había impuesto sobre la sensual tehuana —incluso en Veracruz— y el jarabe, pro- ducto musical del centro del país, se aceptó como ritmo común a toda la nación.
Luciendo el traje tres veces bello (de color, de forma y de tradición) de la china poblana, mil hermosas muchachas, más hermosas en el ambiente amoroso de frescura de la mañana, bailan con atrayente uniformidad nuestra danza nacional:
13 G. List Arzubide, “Artes plásticas. Los tapices D. V. C.”, p. 43.
14 Véase Vidal Osorio, “Tapices mexicanos”, p. 42.
el jarabe; y alrededor del sombrero de charro, del amplio sombrero que habla de vida nutrida por el sol, conquistadora de la tierra, gira vestida de vibrantes colores en la luz que se irisa en las lentejuelas y en los ojos iluminados que se humedecen de entusiasmo y de fervor, la patria buena de trabajadores que después de las diarias fatigas, entretiene las horas con la exaltada pasión de su música y la interpretación de su danza.15
Si bien para muchos el estridentismo “no logró trascender dentro de la cul- tura mexicana, al menos como movimiento”,16 según una afirmación de Leopoldo Méndez varias décadas después, es innegable que las publicaciones en que parti- cipó el grupo tuvieron en su momento una recepción polémica y las imágenes que en ellas se reprodujeron sirvieron como ejemplo para aquellos que defendían los aspectos estéticos de la modernidad industrializada y del nacionalismo van- guardista; pero también contrastaban con aquellas posturas sustentadas en las convencionalidades europeizadas del arte donde lo nacional se limitaba a lo folklórico. Horizonte manifestó sus compromisos sociales publicando textos con tintes comunistas y los comentarios sobre las artes por parte de artistas plásticos o literatos auxiliaban la conformación del presunto pensamiento revolucionario.
Desde un punto de vista literario, la revista Horizonte publicó asiduamente noticias sobre novedades editoriales y discusiones acerca de la literatura del momento;
además, tuvo la preocupación de compartir con los lectores algunos poemas de publicación reciente o inéditos, en su mayoría de los autores que habían participado de manera activa en el movimiento estridentista, y algunos cuentos de autores muy ajenos al movimiento (Edgar Allan Poe y Manuel Gutiérrez Nájera, por citar un par). En relación con la prosa, sin embargo, no parece haber existido un interés particular por la experimentación literaria en sus páginas. A pesar de que Arque- les Vela había sorprendido al público con la prosa narrativa de La señorita etcéte- ra (1922) y con varios ensayos en El Universal Ilustrado que atestiguaban nuevos enfoques en los alcances expresivos de las letras, pareciera que en Horizonte la preocupación principal era ofrecer exclusivamente lecturas capaces de convencer a los lectores de la validez de su postura ante la revolución y los avances tecnoló- gicos, no textos ensayísticos en cuya naturaleza literaria quedaran reflejadas las preferencias del grupo, aunque no faltan esporádicas chispas de humor, sobre todo para ridiculizar lo que no era digno de etiquetarse como revolucionario. El tono
15 G. List Arzubide, “Construid un estadio. Mensaje a la provincia”, p. 8.
16 Sin firma, Leopoldo Méndez. Artista de un pueblo en lucha, p. 100.