132. LA ESPOSA TERCA
Pues esto es que un matrimonio que envitaron a una boda y estaba bastante lejos. Y la mujer era muy varonil, o sea, que si quería el marío que hiciera una cosa esa mujer, tenía que icirlo al revés pa que la mujer..., por ver si se convencía.
Y nada, pues ya llegó el día de la boda. Tenían dos caballerías, una burra y una mula, y tenían que pasar un río que iba bastante..., con muchisma agua. Y al llegar al río pos dice:
—Venga, súbete en la mula porque si no, te va a cubrir el agua y te vas a ahogal.
Dice:
—Ah, eso es porque tú lo dices! ¡Pues yo me monto en la burra!
—N000! Súbete en la mula.
Pues nada, que dice:
—No, no, no! ¡Yo, en la burra es lo que me monto!
—¡Que te ahogas!
—Bueno, eso es cosa mía.
¡Ala! Echa la burra; y la mula pasó, pero la burra salió dando tambalillas con la mujer. Y la mujer, de vez en cuando, con el agua sacaba la cabeza.
—Cierra la boca, que te ahogas!
Dice:
—Pos si me ahogo, que me ahogue!
—Cierra la boca!
—,Sí? ¡Pues ahora la abro!
¡Y ala! Sí, hombre...
Narrado por Julio Pedregales Moreno, 78 años (El Batán del Puerto)
133. EL QUE NO TRABAJA, NO COME
Esto era un matrimonio que tenía una hija, y era un poco... subnormal:
no estaba muy bien de la cabeza. Y un día le salió un novio y, claro, dice que se quería casar; y le dijo la suegra al novio que no podía casarse porque era su hija muy vaga y no quería..., pensaba más que en comer y no trabajar. Y dice:
—Bueno, pues si no quiere trabajar, yo la enseñaré.
Y ya llegó un día que se casó y, claro, él era guarda. Se la llevó al... a la casa donde tenía...; era guarda de monte y tenía allí la casa, en un cerro, y se la llevó.
Y ya el primer día pos, claro, el muchacho se levantaba y se iba al trabajo y ella se quedaba acostá. Y venía a mediodía y no tenía comida hecha, y se la hacía el muchacho. Comía, y tenía un gato y le echaba comida al gato y así que comían, pues se iba a su trabajo y ella se quedaba acostá.
Bueno, que ya a los cuatro o cinco días, pos un día se levantó y... y le hizo la comida al marido, le barrió la casa y le arregló el piso y le puso su mesa y su comida. Y cuando fue el hombre, se encontró él las cosas hechas. Pos ya le dijo:
—Periquito —que tenía un gato—, Periquito, hoy te tienes tú que ir a cazar, que yo no te voy a echar comida.
Terminan de comer. El muchacho se fue a su trabajo y la muchacha pues se quedó en la faena de su casa.
Y ya pos a los muchos días, y así cuatro o cinco días; y a los cuatro o cinco días pos se asomó a la puerta, salió allí al cerro, a la puerta de la calle y vio a su madre y a su padre que iban pa la casa, voció y le dijo (la hija le voceó al padre, a la madre), y le dijo:
—Echesen ustés por una loma de la izquierda y cojan ustés un... un manojico de esparto,
que en esta tierra puta,
el que no trabaja, no manduca 53. Y aquí se acabó el cuento.
Narrado por M Teresa Gómez Sevilla, 77 años (La Roda)
Manducar: comer.
134. GRACIAS A DIOS
Una mujer tenía un marido que se llamaba Gracias a Dios y tenía dos hijos: uno se llamaba Contento y el otro Alegría.
El único capital que tenían eran dos bueyes: uno, Cagajones, y el otro, Ciruelo.
Y murió el marido y en el duelo decía la mujer:
—Ya se murió Gracias a Dios! ¡Ya no queda en mi casa más que Contento y Alegría! ¡Cagajones para el bien de su alma y el Ciruelo para mí!
Narrado por Eulalia Martínez Correda, 50 años (Hoya Gonzalo)
135. LOS NOVIOS FUGADOS
Era una pareja de novios: ella era de Pliego y él vivía en Mula. Y una noche el novio decidió juntarse con ella y le dijo:
—Haz las maletas, que de aquí a un rato voy a recogerte.
El chaval fue a recogerla a la puerta de su casa con un caballo y cuando llegaron a la casa donde vivirían en Mula, le dijo él a ella asomándose a la ventana:
—Mira qué buena luna
para llevar putas de Pliego a Mula!
Y entonces ella, que lo escucha, le dice:
—Baja abajo, que se me ha olvidado el monedero en el caballo.
Y cuando él estaba buscándolo, ella se asomó a la ventana y le dijo:
—Mira qué buen lucero para dejar cabrones al sereno!
Narrado por Benedicta Gallego Alarcón, 85 años (Yeste) 136. LA LLUVIA DE CHURROS
Un matrimonio, ya mayor, y un día le dijo la mujer al marido:
—Has el favor de ir al campo a traerme leña, que no tenemos.
Y entonces cogió el marido, se fue (lo que pasa es que el burro no quería andar) y a dos pasos se encontró una bolsa de dinero, de rulos. Y le decía al burro:
—Anda, que te tiro el rulo! ¡Anda o te tiro!
• le iba tirando rulos al burro.
• entonces, al llegar a casa le dice:
—Mira, María, mira lo que me he encontrao: una bolsa de pedruscos!
Y le he ido tirando al burro porque si no, no andaba.
Y la señora, como era muy lagarta, lo cogió y dijo:
—¡Ay!, mira, tienes que ir al colegio, porque tienes que aprender mucho porque...
Dice:
—¡Pero bueno!, ¿a mi edad cómo voy a ir al colegio yo!
—¡Hombre!, siempre es bueno aprender.
Y entonces la buena señora lo llevó al colegio y, como era muy lagarta, empezó una sartén de churros y fue al colegio y los tiró. Y cuando llegó a casa, le dice:
—¡Mira, ha llovido churros! —Dice:— ¡Sí! ¡Mira, María, he cogido churros! ¡Ha estado lloviendo churros, pero bastante, y al salir del colegio los he cogido!
Y pasaron unos días, y a los cuatro o cinco días llegaron unos señores a su casa diciendo si habían encontrado una bolsa con dinero. Y dice el hombre:
—Sí, sí!
Y dice la señora:
—Pero bueno, si tú nunca te has encontrado una bolsa con dinero...!
—Sí, María, sí! ¿Tú te acuerdas cuando iba al colegio y llovían churros?
Dice:
—No está chalado! Mi marido no se encuentra...
Y entonces los buenos señores dicen:
—Tiene usted razón, señora. ¿Cómo van a llover churros?
Narrado por Isabel Gálvez Victorio, 75 años (Albacete)
137. LA LLUVIA DE MIERDA
Era un arriero, y esto hace ya... El arriero tenía cuatro o cinco mozos.
Iba a la parte de Andalucía a coger aceite. Había en el pueblo tres frailes,