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La princesa encantada

II. CUENTOS MARAVILLOSOS

32. La princesa encantada

Había una vez, en una tierra muy lejana, muy lejana, que vivían una madre y un hijo y eran tan pobres que no tenían qué llevarse a la boca. El hijo le dijo un día a su madre:

—Mira, mamá, me tengo que ir a buscarme la vida por ahí porque aquí ya sabes que no hay nada que hacer, aquí no encuentro trabajo y no tenemos nada para comer.

La madre se puso a llorar muy afrigida:

—¡No, hijo mío!; ¡no te vayas!

Pero él le dijo:

—Es preciso, madre; cuando tenga trabajo vendré a por ti.

Así se hizo: el hijo se marchó y estuvo andando días y noches alimentándose de raíces que cogía y frutos de los árboles, preguntando en todos los sitios:

—,Hace falta un obrero para lo que sea: jardinero, para ir con los animales al campo...?

Nada, no hacía falta nada.

Siguió andando, andando y ya por fin se metió en un bosque muy cerrado. Allí había una casa (medio cabaña era) y preguntó lo mismo:

—¿Hace falta un chico para algo?

Y el dueño contestó:

—,Y tú qué sabes hacer?

—Lo que sea, yo sirvo para todo: puedo ir con el ganado, con los cerdos, limpiar la casa, lo que sea.

Y dice el dueño:

—Vale, te vas a quedar aquí y trabajarás con nosotros.

A los pocos días, el dueño le dijo:

—Mira, te vas a introducir por esa... —era una especie de pozo pero que después era una cueva con grandes galerías—, te vas a introducir por ahí, que tengo ahí mi tesoro.

Le dio dos saquitos y con unas cuerdas lo bajaron. Dice:

—Llena un saco de oro y otro de plata; cuando estén listos, nos lo dices y los subiremos.

Y así lo hizo: cuando estaban llenos los saquitos, dijo "arriba!" y los subieron los saquitos. Y después dice:

—Te atas tú y te volvemos a subir.

Pero, claro, como ése ya había visto dónde tenía su tesoro, allí quien bajaba ya no subía porque pensaban que se lo podían robar, y cuando ya iba caminando para arriba, le cortaron la cuerda y cayó dentro. El pobrecillo empezó a pensar en su madre, empezó a llorar, y así se pasó un rato. Con las velas que le habían dado para que se hiciera luz, trató de explorar la cueva y ya cuando llevaba un rato explorando, vio una especie de salida que había en uno de los rincones; por allí se introdujo, y

cuál fue su sorpresa que a los pocos metros de haber andado oye gemir y llorar. Dijo: "Dios!, aquí hay alguien más". Introduciéndose en una especie de habitación que había, vio a la mujer más linda que habían visto sus ojos en su vida: era hermosa, estaba bien vestida y tenía todos los dones que puede poseer una persona. Y le dijo:

—,Qué hacéis aquí?

Y ella le contestó:

—Estoy aquí porque una bruja me ha encantado y me ha dejado metida aquí, en esta especie de cueva, y solamente podré salir cuando esa bruja muera. Soy la hija de un rey.

El prometió salvarla. Y dice ella:

—Sí? ¿Cómo? Es una bruja muy poderosa y además está protegida por una serpiente de siete cabezas, y hasta que esa serpiente no muera yo no puedo salir de aquí.

Entonces el muchacho dijo:

—Tengo que hacerlo —porque era muy valiente.

Se despidió de la chica y se fue andando por una especie de galerías y un camino que a continuación salía. Cuando hubo andado un poquito, vio a un león, un águila de grandes dimensiones y una hormiguita.

Estaban discutiendo porque habían encontrado una oveja muerta y querían comérsela; y le dijeron:

—Oiga, señor —porque entonces hablaban los animales—, ¿podría partimos esta oveja para los tres?; porque si no, vamos a quedar mal.

Y él, sacando una enorme navaja que llevaba en el bolsillo, abrió la oveja, le quitó la piel y le dio al león toda la carne y los huesos; al águila, los intestinos, el hígado y todo eso; y a la hormiguita le dio los sesos pues, como era tan pequeña, con los sesos tenía bastante, quedándose los tres muy contentos. El se iba ya, y dijo el león:

—Oiga, tenemos que darle una recompensa. Hemos quedado muy satisfechos del favor que nos ha hecho.

Entonces el león se estiró de su bigote, le dio tres pelos y le dijo:

—Con estos tres pelos, cuando quieras ser león no tienes que decir más que "Dios y león" y te volverás un león tan grande como yo.

El águila se estiró de una pluma de su cola y le dijo igual:

—Toma, con esta pluma no tienes más que decir "Dios y águila" y te harás un águila tan potente, tan potente que surcarás los cielos con gran facilidad.

Y dice la hormiguita:

—Y yo, que no tengo ni pelos ni pluma, ¿qué te daré?: bueno, con una uñita es bastante. —Se cortó una uñita de su patita y se la dio, diciendo:— Cuando quieras pasar desapercibido, pues dices: "yo soy hormiga", y así nadie te verá ni te reconocerá.

Les dio las gracias y se marchó. Al poquito dijo: "Voy a ver si es verdad". Dijo:

—Dios y águila.

Y se volvió un águila tan potente, tan potente que volaba a más velocidad que los aviones. Entonces recorrió todos esos valles que había por allí y ya vio en una cueva enorme una serpiente enorme de siete cabezas, y pensó: "Cómo voy a matar yo a este animal?". Descendió al suelo y dijo:

—Yo soy hombre.

Se convirtió en hombre, y a una granja que había allí fue a preguntar para ver si tenían algún trabajo. El dueño le dijo que podía salir con los cerdos pero que tenía que tener cuidado porque había una serpiente y siempre se comía alguno; y él dijo:

—No se preocupe: verá cómo yo todo lo soluciono.

Bueno, pues al día siguiente se sale con los cerdos y se presenta la serpiente, que quería comerse a alguno de los cerdos. El dice:

—Dios y león!

Y se convierte en león. Empiezan a luchar la serpiente y el león pero la verdad es que las fuerzas estaban muy igualadas y ninguno podía con el otro. Pues ya quedan los dos extenuados y el chico pues, cuando llega la noche, se vuelve otra vez hombre y encierra el ganado. El dueño, al ver que estaban todos los cerdos, piensa en qué habrá hecho el muchacho para que la serpiente no se haya comido ninguno; así que a una hija que tenía, le dijo:

—Mañana vas a ir a espiar al gorrinero a ver qué pasa con la serpiente.

Pues la chica se fue a espiarlo y se escondió. Cuando la serpiente salió de su cueva para quitarle un cerdo, él se convirtió en león y empezaron a luchar, y ninguno se podía. Cuando ya estaba muy cansado, gritó:

—Si tuviera un pan caliente, un vaso de vino fuerte

y un beso de una morena ardiente, te daba muerte, serpiente.

La chica oyó eso y se fue corriendo a decírselo a su padre. Entonces le dijo el padre a la hija:

—Mañana vas a cocer pan caliente y cuando esté en lucha, se lo das.

El vino se lo llevas en un gran vaso y tú le das un beso.

Al día siguiente así lo hicieron: él sacó sus cerdos y la chica se escondió. Al rato de estar allí, la serpiente salió y, claro, como el día anterior, empezaron a luchar, a luchar y cuando ya estaba cansado, dijo:

—Si tuviera un pan caliente, un vaso de vino ardiente

y un beso de una morena ardiente, te daba muerte, serpiente.

La chica le dio el pan y el vino y luego le dio un beso. Entonces el león tomó tanta potencia, tanta potencia que de cada mordisco que le daba, una cabeza que le cortaba. Claro, pues mató a la serpiente, le quitó las siete cabezas y allí terminó la serpiente. El, pues, dijo:

—Yo soy hombre.

Y entonces, siendo hombre otra vez, se fue a casa de su amo. Pero entonces, al morir la serpiente, una liebre salió de su vientre y se escondió por aquellos parajes.

Al día siguiente salió sin los cerdos, siendo águila para buscar a la liebre. Y ya la vio a la liebre allí agazapada y empezó a seguirla porque la liebre salió corriendo; y como era un águila tan potente, pues la alcanzó y la cogió con sus patas por el vientre, empezó a apretar y a apretar hasta que la liebre murió. Entonces salió un huevo y, como le había dicho la hija del rey (que era una princesa lo que encontró), ese huevo se lo tenía que explotar a la bruja que había allí en una cueva para que a ella se le fuera el encantamiento y pudiera salir de allí. El cogió el huevo y dijo:

—Yo soy hombre.

Se volvió hombre y se fue por allí, por la cueva que habitaba la bruja.

La bruja salió; y dice:

—,Qué quiere, buen hombre?

Dice él:

—Nada, que he venido por estos parajes a ver si bebo algo de agua.

Ella dice:

—Coge el agua que quieras de ese charco, que de ahí es donde yo cojo.

Él se pasa para dentro y le dice:

—Uy, qué mal arreglada que vas! Ven que te peine.

Y dice ella:

—,Qué falta me hace peinarme si hace ya siete siglos que no me peino?

Pero él le dijo:

—Sí, sí, ven que te peine.

Empezó a peinarla y ella se estuvo quieta. Cuando estaba tan tranquila, le rompió el huevo en la frente. Entonces la bruja se quedó tendida en el suelo medio muerta. El se fue a casa de sus amos y les dijo:

—Mire usted, quiero marcharme porque he pensado de recoger a mi madre, que me la dejé en tierras lejanas.

El amo dice:

—Hombre, ¿ahora que todo marcha tan bien ya que has matado a la serpiente, nos dejas?

—Sí, sí, no tengo más remedio.

Se despidió de sus amos y, siendo águila, salió a volar y a buscar la gruta en donde había dejado a la princesa. Tardó mucho tiempo en encontrarla, pero por fin la encontró; y entonces bajó la princesa contentísima, empezó a darle besos y le dijo:

—Ay, mi salvador! ¡Qué alegría se va a llevar mi padre, que hacía ya años que estaba aquí metida!

Entonces dice:

—Pero, ¿cómo vamos a regresar?

—No te preocupes: me volveré águila y volando, volando, tú agarrada a mi cuello, llegaremos a ese sitio.

Ella se cogió a su cuello y salieron volando por aquellos montes, valles y montañas. Por fin, ella le indicó el sitio donde estaba su castillo, que era un castillo precioso; bajaron y él dijo:

—Dios y hombre.

Llamaron a la puerta y nadie se puede imaginar la alegría y la emoción que allí resultó de acudir la princesa, que hacía tantos años que había desaparecido. Entonces el rey estaba tan contento, tan contento que dijo:

—Hijo mío, pídeme lo que tú quieras, que yo te lo concederé por haber salvado a mi hija de una muerte segura.

Y él le contestó:

—Majestad, yo no quiero riquezas ni cosas de esas: sólo quiero a su hija porque me he enamorado perdidamente de ella.

El rey dijo:

—Pues te la concedo y además te doy mi bendición.

Bueno, pues empezaron a preparar la boda, pero él dijo:

—Antes tengo que ir a por mi madre, que me la dejé allí solita y abandonada.

Entonces, con un gran coche que les puso el rey, fueron al pueblo del chico, recogieron a su madre, le compraron hermosos vestidos y se fue a palacio para celebrar la boda de su hijo.

Celebraron la boda con tanta alegría, tanta pompa y tanta ilusión que todavía están de fiestas allí. La madre vivió allí con ellos siempre, siempre y todo terminó feliz.

Narrado por María Martínez Martínez, 73 años (Las Casas de Juan Gil)