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El ogro de las botas de siete leguas

II. CUENTOS MARAVILLOSOS

36. El ogro de las botas de siete leguas

Érase una vez un matrimonio. El marido era leñador y la mujer, leñadora, y tenían seis hijos; y luego tuvieron otro pequeñín, y era tan pequeñito, tan pequeñito que era como el dedo pulgar, y le decían Pulgarcito. Pero esta familia era muy pobre y no tenían para comer.

Entonces el padre tenía mucho miedo de ver a sus hijos pasar hambre y le contó a la madre que no quería verlos pasar hambre y que pensaba abandonarlos en el bosque a lo que Dios quisiese. Esa noche lo estuvieron hablando. La madre no quería abandonar a sus hijos pero el padre sí, y así fue.

A la mañana siguiente se fueron al bosque Pulgarcito, sus hermanos y sus padres. Los padres se fueron a cortar leña y dejaron a los hijos en otro sitio a coger matorrales. Entonces, cuando los padres vieron que los hijos estaban distraídos, se fueron y dejaron a sus hijos solos.

Se echó la noche encima y los chiquillos se vieron que estaban solos.

Empezaron a temblar de miedo. Pero resulta que Pulgarcito, que era el más chiquitín, era el más valiente: se subió a un árbol y entonces vio una luz a lo lejos; bajó y les dijo a sus hermanos:

—Callaos, callaos, que vamos a buscar el camino de vuelta a casa, que he visto una luz a lo lejos.

Se fueron a buscar el camino y llegaron donde vieron una luz: era una casa, y cogieron y llamaron. Les abrió una mujer muy buena y les dijo:

?Dónde vais tan tarde?

Pulgarcito respondió:

—Ay!, por favor, recójanos, que no sabemos volver a nuestra casa y tenemos mucho frío y hambre.

La mujer les dijo que se marcharan porque era la casa del ogro y, silos veía, se los comería. A la mujer le dio tanta lástima que los acobijó y les hizo de cenar y los metió debajo de la cama. Pero como el marido era un ogro, al ratico llamó a la puerta; deprisa, la mujer cogió a los niños y los escondió debajo de la cama y abrió la puerta al ogro. El ogro, al entrar, dijo:

—Venga, mujer, ponme siete corderos, ocho gallinas guisadas y diez litros de vino!

Cuando se comió todo, dijo:

—¡Qué bien huele! ¡Huele a carne fresca!

La mujer le respondió que serían los corderos que les tenía preparados. El ogro le dijo que no, que era olor de carne de niño fresca.

Empezó a buscar por toda la habitación hasta que encontró a Pulgarcito y a sus hermanos. El ogro dijo a la mujer que guardara a los niños en la habitación de arriba hasta mañana, que se los iba a desayunar; la mujer no quería pero tuvo que hacerlo.

Resulta que el ogro tenía siete hijas. Estaban durmiendo y cada una llevaba una corona de oro. En la habitación de las siete hijas había otra cama, y ahí puso a los siete hermanitos. Les puso unos gorros de lana.

Todos se quedaron durmiendo menos Pulgarcito, que era el más listo; se levantó y las coronas que tenían las hijas del ogro se las puso a sus hermanos y los gorros de éstos, a las hijas. Se echó entonces a dormir tranquilamente.

Al rato, subió el ogro. Como no había luz ni nada, empezó a guiarse tanteando. Tocó las cabezas a Pulgarcito y a sus hermanos pero, como tenían las coronas, se creía que eran sus hijas. Se fue a la otra cama, les

tocó la cabeza y tocó los gorros; como estaban cambiados, el ogro se creía que era Pulgarcito y sus hermanos y los mató.

Por la mañana, Pulgarcito se dio cuenta de lo que hizo el ogro y despertó a sus hermanos. Les dijo que corrían peligro y que debían irse.

Salieron corriendo todos juntos para escapar. Entonces el ogro y su mujer se despertaron. El ogro dijo a su mujer que asara a los siete niños; la mujer no subió pero el ogro sí. Vio lo que hizo, que había matado a sus hijas, se llenó de rabia y dijo:

—Pulgarcito y sus hermanos me las van a pagar.

El ogro cogió unas botas mágicas que tenía, unas botas de siete leguas, se las puso y empezó a dar grandes zancás, muy deprisa: cruzaba los ríos y los montes en un momento. El ogro alcanzó a Pulgarcito y a sus hermanos pronto; éstos se escondieron entre unas rocas para que no los viera el ogro. El ogro, de tanto andar y sin haber desayunado, se cansó mucho y se puso a descansar justo encima de las rocas donde estaban Pulgarcito y sus hermanos: se quedó durmiendo del cansancio.

Cuando el ogro estaba completamente dormido, Pulgarcito dijo a sus hermanos que se marcharan. El se quedó allí y, poquito a poco, le fue quitando al ogro las botas de siete leguas. Se las puso y, como eran mágicas, se le adaptaron a sus pequeños pies. Cuando volvió a la casa del ogro, llamó a la puerta y salió la mujer; le dijo:

—Mirad, mujer, que vengo a deciros que vuestro marido corre gran peligro: unos ladrones le amenazan con matarlo si no les da la mitad de sus riquezas. Me ha enviado a mí para decírselo y para llevarle las riquezas.

La mujer metió las riquezas en un saco tres veces más grande que Pulgarcito. Pulgarcito, cuando tuvo ya las riquezas en su poder, en vez de ir con el ogro, como dijo a la mujer, fue a su casa. Los padres ya no creían poder volver a verlo. Pulgarcito dijo a su madre que ya no serían pobres, que tenía un saco lleno de riquezas. Así, los padres y sus hijos ya no volvieron a ser pobres nunca más. Pulgarcito trabajó con el rey como correo real y por su gran labor y lealtad al rey le fue concedida la mano de la princesa, la hija del rey. Se casaron y vivieron felices.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Narrado por Juan Antonio Aranda, 74 años (Albacete)

Versión 2.

Esto era un padre y una madre y tenían siete hijos, y eran muy pobres.

El padre era leñador y un día se fue al bosque y se los llevó; y, nada, y ya

que estaban en el bosque y dice: "Madre mía!, ¿qué haría yo?, ¿cómo voy a hacer lo que dice mi mujer, que los pierda en el bosque? ¡Perderlos a mis hijos en el bosque! Pues nada, los voy a dejar a ver si alguien se los encuentra y es más rico que yo".

Nada, se los lleva al bosque, pero Pepito vio al padre y salió corriendo detrás de él y los alcanzó y se fueron a la casa. Y cuando llegaron a la casa, la madre le dijo:

—No te he dicho que los dejaras en el bosque, que no tengo para darles de comer?

Y dice el padre:

—Es que esto y lo otro...

Entonces les da un trozo de pan y los acuesta. Y por la noche Pepito, como los ha oído, se levanta y sale al patio por la puerta y coge piedras y se llena los bolsillos de piedras. Y coge y se acuesta; y oyó la misma canción otra vez de que la madre se lo decía al padre.

Bueno, y a otro día se levantan por la mañana y les da la madre un pedazo de pan y se van con el leñador al bosque; y ya cuando estaban allí, los dejó. Y por todo el camino el más pequeño había echado piedrecitas, y cuando ya los había dejado el padre y ve que están distraídos y no se enteran... Empiezan a llorar los hermanos:

—Ay, que nos hemos perdido, que nos hemos perdido!

Y dice el más pequeño:

—No, no os asustéis, que yo he venido echando piedras por el camino y volveremos.

Y las piedrecitas estaban por el camino y, nada, llegaron a la casa y la madre y el padre estaban allí aburridos; y dicen:

—Ay, qué alegría, que han vuelto!

Bueno, ya como no tenían nada más que un pedacito de pan, pues se los da y los acuesta. Y a otro día por la mañana se levantan y no tenían pan ni nada. Pero entonces Pepito, como se había guardado el pan por la noche, pues él lo tenía; y se asomó a ver si podía salir por la puerta pero estaba cerrada y ya no pudo coger piedras, y entonces el pan lo fue tirando por el camino.

Y, nada, y otra vez la misma canción: los pierde en todo lo más profundo del bosque, y aún los llevó más dentro. Pero no sabía Pulgarcito, el más chiquitito que se llamaba, que el pan se lo habían comido los pajaritos. Y dicen los hermanos:

—Ay, que nos hemos perdido!

Pero dice:

—Tranquilo, que he venido tirando el pan y llegaremos.

Y buscaron la señal del pan pero nada, los pajaritos se habían comido el pan: ya no había sitio para ir.

Bueno, y ya se subieron a un árbol y ven una luz, y dice:

—No preocuparos, que allí a lo lejos se ve una luz; vamos siguiéndola.

Y fueron siguéndola y llegaron a un caserío. Y llaman —tom, tom!—, y se oyó una voz:

—,Quién es?

—Ábranos, que tenemos frío y hambre; que somos unos pequeñitos.

Y les abre y es una ogra; y dice:

—Yo! ¿Que no sabéis que habéis venido a la casa del ogro y os comerá?

—Por favor, por caridad, dénos de cenar, porque tenemos hambre.

Y, bueno, pues la pobre mujer le dio lástima y los pasó y les dio de cenar y los acostó. Y tenía la ogra siete ogritas y eran tan feroces como el padre.

—Huele a carne fresca!, ¡huele a carne fresca!

Al rato llega el padre —pom, pom, pom!—:

—Huele a carne fresca!

—No, no, no, marido!; ¡si es la cena que está en la mesa!

Y se comió la cena; y dice:

—No, no, no!, ¡huele a carne fresca!

Y empezó a buscarlos y encontró a los niños. Y ya empezaron las ogritas a jugar con los niños; y los acostó en las camas. Y eran muy malas las ogritas.

Pues ya por la mañana los levanta y les da de almorzar muy temprano la mujer y les dice que se vayan para que no los vea el ogro, porque el ogro era fiero y se los quería comer. Entonces se fueron al bosque y cuando se despertó el ogro:

—Ay, mujer!, ¿has hecho los niños, que tengo hambre?

Y le puso la comida; y cuando terminó, dice:

—¿Dónde están los niños?

Dice:

—Se han escapado.

—Pues dame las botas de siete leguas, que los cazaré.

Entonces se fue con las botas de siete leguas a cazarlos y cuando ya había caminado mucho, volando, volando, estaba cansado, vio un árbol, se echó y dijo: "Ahora seguiré". Entonces, Pulgarcito y sus hermanos lo

ataron a un árbol y le quitaron las botas, y fueron al palacio a decirle al rey que habían cazado al ogro.

Y entonces Pulgarcito, como era valiente y sus hermanos también, le dieron un premio, y ya con las bolsas de oro que les dieron, fueron y se las llevaron a su casa. Y ya, como eran muy pobres sus padres, se engancharon a llorar al ver a sus hijos, diciéndoles que es que los habían dejado porque no tenían para darles de comer. Y, nada, ya se quedaron con sus padres y ya fueron felices y comieron perdices. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Narrado por Isabel Castillo Álvarez, 45 años (Albacete)

Versión 3.

Esto eran dos hermanos muy pobres que no tenían qué comer. Estaban siempre chillándole a su madre y a su padre.

Un día, el padre decidió abandonarlos, dejárselos en el monte; la madre no quería pero tenía que hacerle caso o la zurraba. Entonces el padre se llevó a los críos, Perico y María, a coger leña; los mandó coger nidos y, cuando estaban atontados, se fue y allí se los dejó.

La hermana se puso a llorar y chillar pero Perico había escuchado la conversación y se llenó de trozos de cantos los bolsillos y los fue echando al camino: así los niños volvieron a su casa. La madre estaba preparando comida y al verlos se puso muy contenta y les dio de la cena.

El padre, al llegar a su casa y verlos, no sabía cómo habían podío volver, y sospechó de su mujer y le pegó una zurra.

Al día siguiente se los volvió a llevar, y Perico, como no había trozos de cantos, se llevó garbanzos duros y los iba echando al camino, así que volvieron a su casa y la madre los escondió y les volvió a dar comida, pero como les dio pan, el padre oyó comer a María y le volvió a pegar a su mujer.

Al día siguiente se los llevó a un sitio mucho más lejos que el anterior (de donde nunca volverían) y Perico cogió unos higos porque no había garbanzos. El padre se fue en cuanto los vio lejos jugando y allí se los dejó.

María empezó a llorar y Perico le dijo que no llorara, que encontrarían el camino. Pero María le dijo, chillando cada vez más, que ella se los había comido. Y allí se quedaron los dos.

Narrado por Agustín Córcoles Sánchez, 79 años (Santa Ana)