Venía mi padre de viaje y él iba en la cabina del tren, ya que él era fogonero. Y esa noche ve a lo lejos tres luces muy hermosas que se acercaban a la máquina y él, a lo primero, no le da mucha importancia.
Las luces se alejaban mucho pero no se perdían de vista y cuando se volvieron a acercar, le dijo al maquinista:
—Oye, Fulano, mira qué tres luces se nos acercan, mira qué hermosas!
—Yo no veo ná.
Y era verdad: el maquinista no las vio (qué cosa tan rara!).
Así se alejaron y acercaron tres veces y hasta que se perdieron.
Y él no pensaba en nada. Pues cuando llegó él a su casa, su mujer acababa de morir, y el fogonero pensó de que aquello había sido una aparición y un anuncio del cielo, pero así se quedó.
Cuando a los siete años se casó, y con la mujer que se casó tuvo un nene hermosísimo que no era para el mundo: así lo dijo el médico. El caso es que lo sacó a la calle y todas las mujeres:
—Ay, qué nene!; ¡ay, qué alhaja!
El caso es que a la hora o las dos horas de pasearlo se agarra a dar un quejidico como una persona mayor, y mi madre diciendo:
—Ay, mi hijo!; ¡ay, mi nene se ha puesto malo!
Se sube a la casa, lo acuesta y llama a la casa socorro y llega el médico y dice:
—Esta criatura no es para el mundo: esto es un ángel del cielo.
Pero los vecinos decían que le habían echado mal de ojo, y el caso es que enseguida se murió.
A todo esto, mi padre venía en tren, al igual que antes, y vio las luces y se asustó: "En mi casa pasa alguna desgracia".
Lo que menos pensaba era en su hijo, pensaba en la mujer... Cuando llegó a la casa, el nene acababa de morir. Había sido otra anunciación.
Narrado por Llanos López López, 73 años (Valdeganga)
66. LAS SOMBRAS
Esto era una mujer que estaba bien, pero resulta que había una cuadra...; tenía que ir a arreglar a los animales de noche y cuando llegaba, llevaba el candil, lo encendía y se lo apagaban. Se salía otra vez, lo encendía y se lo volvían a apagar. Y ya hasta tres veces; y ya se sale y dice:
—Yo no puedo pasar a la cuadra porque hay una cosa que me apaga el candil.
Y ya una de las veces se fue y se agarró a hacer la comida: le tiraban todos los cacharros. Luego se acostó, y se acostaba y tenía un peso encima, un peso que no podía soportarlo. Se levantaba: tiraba las mantas;
se volvía a acostar: otra vez el peso. Estaba comiendo y no podía comer porque aquello era una cosa fatal. Luego ya llegó a ver unas sombras y a aquellas sombras les decía:
—¡Dime quién eres o a qué vienes, porque yo quiero saber lo que viene!
Pues nada, aquello no le contestaba.
Venía otra noche, se acostaba otra vez: el peso... Y las luces: por donde iba ella siempre iba a oscuras, no siendo de día; tenía que ir a oscuras porque se le apagaban las luces, y nada.
Pues ya se lo dijeron a una persona que entendía de aquello, y le dijeron que encendiera velas. Y decía:
—A ver a quién le enciendo yo una vela!
Tenía difuntos: para este difunto, para el otro...
—¡Pero no me martiricéis; decirme lo que queréis, cogedme y decirme lo que queréis y no me martiricéis!
Y ya cada vez estaba más agotada, más agotada. Total, que la muchacha cayó en cama y se murió.
Narrado por Braulia González Parra, 75 años (Tomelloso-Ciudad Real)
67. EL HECHIZO
Contaba mi abuela que se fueron una cuadrilla de segaores a Cuenca.
Entonces estuvieron allí un mes o mes y medio y cuando terminaron, cuando ya se venían, uno de ellos pasó a comprar allí, a una tienda, comestibles; y cogió: le daba un duro, se cobra y le devuelven tres pesetas. Sale a la calle, las cuenta y llevaba dos pesetas.
¡Vaya! Vuelve a entrar a la tienda y dice:
—Mire usted: que me ha devuelto una peseta de menos.
Dice:
—No, señor —dice—: tanto le ha costao lo que se ha llevao usté - dice— y tanto que le he devuelto. Le ha costao dos pesetas y tres que le he devuelto: el duro que me ha dao usted.
Ná, pos nada, se sale, las cuenta en la calle las pesetas: le faltaba. Na, vuelve a entrar, y lo mismo:
—Mire usted que me ha dao... Me falta una peseta.
Dice:
—No, señor. Mire usted, tres pesetas y dos que ha hecho de gasto, un duro.
Vuelve a salir y en esto que llevaba los cuartos en la mano, y pasa allí una señora y dice:
—Pos qué le pasa a usted?
—Mire usted, que he pasao a comprar y resulta que me han dao una peseta de menos. Y he pasao dentro y tengo...; me las cuentan y lo tengo bien, y salgo fuera, las cuento yo y me falta una peseta.
Y le dice la señora, dice:
—Pues no pase usted ya más si no quiere —dice—, que va usted arreglao.
Pues nada, ya se viene. Cuando llega a su tierra, a su pueblo, pues él no lo echó así al ver, pero ya poco a poco él se notaba cosas extrañas y fue a un espiritista a ver qué le pasaba. Una curandera le dijo que donde pasó a comprar le habían, le habían hecho como, no sé, a estilo de brujería, hechizo.
Pos nada, él pos... Entonces hacían baile allí, en una casa, los amigos y eso, y él, que quería a una chavalota... Y cerraban la puerta, y al momento de cerrar la puerta, él allí dentro:
—Cagüen!, ¿pos ánde ha entrao éste? Mira, vete, que aquí no pués estar.
¡Ala!, pos se iba. Al rato, otra vez dentro, y entonces resulta que se dieron cuenta que entraba por el ojo de la, por la cerradura de la puerta.
Ya aquello fue cada vez más, cada vez más, y aquellos... Pos se ve que era cosa de algo, cosa del demonio o algo. Entonces volvió la persona aquella que dijo que le habían echao aquello y dice que a ver si que..., de qué forma podría quitarse aquello. Y dijo que no había forma de... Dice:
—Va a quemar usted un gato en un cruce de caminos —dice—, un gato negro —dice—, y lo mete usted en un canuto de caña; y la ceniza la mete usted en un canuto de caña —dice—, lo tapa usted y lo tira usted al río pa que se le vaya.
Pues nada, eso hizo: cogió el gato, lo quemó, lo metió en un canuto y lo tiró al río. Aquello se asolaba 28, se asolaba. Se trasponía el canuto: se metía la mano en el bolsillo y el canuto lo tenía en el bolsillo de la chaqueta; lo volvía a tirar al momento y así que se trasponía, se metía la
28 Asolarse: posarse los líquidos. En este caso, se indica que los restos del gato caen al fondo del agua.
mano en el bolsillo y el canuto, en el bolsillo. Y ya aquello pos ya lo dejó por imposible.
Entonces se pusieron a hacer una cuerva 29 un día allí los amigos y dice uno:
—Vaya! —dice—, pa que estuviera buena nos falta lo que le hace falta a la cuerva —dice—: echarle —dice— naranja y limón.
Dice:
—Vaya!, eso está hecho —dice—. Ahora mismo voy a por el salío de la casa y —dice— al momento, allí con las naranjas y los limones.
Y pa que se lo creyeran los amigos, les llevó una ramica de naranja.
Pues nada, ya hicieron la cuerva.
Y en otra ocasión, que así me lo contaba mi abuela, dice que tenía una señora un hijo en Ifni y estaba una noche de reunión. Y allí hablando dice:
—Mas que llevo tanto tiempo sin saber ná de mi hijo... —y dice—
¿Cómo están ahora en Ifni, que están de guerra? —Dice:— No sé si lo habrán matao o lo que le habrá pasao.
Y le contestó él:
—Mira, si quieres verlo —dice—, yo te llevo. —Y dice:— Pero hay que decir dos frases —dice— que yo las digo pero yo no sé si tú vas a decirlas. Vamos a... —dice--, tienes que decir: "Sin Dios y sin Santa María", ponemos un lebrillo 30 enmedio —dice— y tú repites esas palabras. Si quieres verlo, te quedas en paños menores, me das la mano y dices, repites conmigo: "Sin Dios y sin Santa María" 31 , brincamos el lebrillo y vamos y lo ves.
Entonces, esta señora, al oír las palabras que dijo, pues le fueron violentas y le dio miedo y no fue. Entonces él cogió, brincó el lebrillo y fue y estuvo allí con él y le dio recuerdos:
—Y le dices a mi madre que, que estoy bien, que no se preocupe por mí
Así sucesivamente. Entonces se ve que lo que le echaron en la casa que estuvo allí, se ve que fue alguna cosa que estaba poseía por el demonio. Entonces pos la gente lo cogía así de cachondeo.
Y en otra ocasión me contaba también a mí mi abuela que estuvieron segando o fueron a segar y que se echaron.
29 Cuerva: bebida hecha con vino, fruta y azúcar.
30 Lebrillo: barreño o recipiente de barro o metal más ancho por el borde que por el fondo.
Véase el cuento número 57.
—Ná, vosotros tranquilos, que no, no preocuparos que vamos a segar
—dice— el bancal este que nos han dicho —dice— y no pasa ná - dice—. Estaos aquí a la sombra —dice-- que...
Conque ya, cuando estuvieron allí to la mañana, entonces se levantó y dijo tres palabras; dijo:
—Uno más que espigao —dice—: segao, atao y arrecogío.
Y aquello se quedó hecho como él dijo.
Me contaba a mí mi abuela que el pobrecillo ya pos se ve que aquello era cosa del demonio o algo, y se iba consumiendo poco a poco conforme iba avanzando la edad y eso. Y se ve que aquello..., ya el hombre murió acartonaíco del tó. Eso me contaba a mí.
Narrado por Enrique Lasa Martínez, 50 años (Munera)