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Daniel Terzano: la visión del testigo-escritor

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5000 adioses a Puerto Argentino (1985) es simultáneamente el testimonio de un soldado mayor que sus camaradas y flamante psicólogo y el de un escritor; ambos construyen sus propias señales de identidad ante la guerra vivida en Darwin, una zona alejada de Puerto Argentino.

Este doble rol impone elecciones que Terzano no oculta: recuerda que al regresar recibió un llamado de alguien que solicitó sus conclusiones en “sentido ideológico”

(85). Entonces, en una de las pocas ocasiones en que rompe la linealidad de la evocación, el sujeto narrador se impone al sujeto narrado, deja de usar el “nosotros”, se asume como alguien que regresa de la guerra, un motivo tradicional, y le responde que está haciendo lo que había soñado realizar durante la contienda: “tomar sol, ver a sus amigos, ir a un restaurante, pasear” (85).

Ya sin ironía reconoce que en Malvinas había dejado de ser un intelectual “porque sentía frío y hambre y sueño”, lo que revelaría el peso de una identidad previa del sujeto narrado que el sujeto narrador acepta que fue modificada por la guerra.

La experiencia traumática opera sobre el discurso de forma evidente cuando aparece el “yo también” vinculado al “todos”:

Yo también había recorrido aquel campo como un ave de rapiña, recuperando o robando alimentos porque sabía, como todos, que las horas o los días que se acercaban iban a jugarse a vida o muerte. (85)

Aquí el motivo del robo, recurrente en el relato testimonial, se asocia a esa reducción del sujeto de la narración al momento presente, rasgos que coinciden notablemente con el testimonio de Primo Levi.102

La omnipresencia de la imagen de “los chicos de la guerra” aparece primero como una formulación distante del testigo; al llegar a las Islas: “todo el mundo se asoma, todo el mundo se asombra, todos son como chicos” (23). Pero curiosamente recupera el

“nosotros” cuando alude al peso de la televisión, la manipulación del sentido histórico y la idea del traslado a las Islas como una aventura juvenil, elementos que ya estaban en los testimonios de 1982: “Somos parte de la Gran Imagen, de la Historia […] Un aire de aventura que nos venía acompañando se acentúa y también un cierto y ligero y tenue y oscuro aire de irrealidad” (24).

Terzano no es un sujeto narrador adolescente; escribe en democracia, tres años después de concluida la guerra, cuando ya había una cierta construcción social sobre lo sucedido en las Islas y paralelamente se concretaban numerosos testimonios sobre los crímenes del proceso militar. Sin embargo, la ambigüedad entre el narrador y el sujeto narrado revela que la adolescencia de los exconscriptos y ciertos motivos tradicionales de sus discursos son ineludibles en un relato forjado con intenciones literarias, bajo la influencia de la cultura beatnik norteamericana y el rock nacional.103

¿Quiénes son los Otros de este sujeto narrador? Básicamente los kelpers, a quienes, como luego harán los testimoniantes de Partes de guerra, visualiza como taimados:

“nos odian porque hemos invadido su mundo, nos sonríen porque tenemos el poder”

(31). Al igual que en otros testimonios, la configuración de los kelpers como nativos de las Islas se realiza a través de la cultura británica, lo que se evidencia en su fantasía de que en el teatro del primer piso del Town Hall de Puerto Argentino se verían películas viejas o un elenco de aficionados representaría una comedia de Wilde.104

102 El robo de comida era, según Levi, una práctica común entre los prisioneros del Lager; confiesa que todos habían robado comida incluso al amigo, “porque como los animales, estábamos reducidos al momento presente” (1989, 65).

103 En la evocación de su propia adolescencia, que Terzano homologa a la de sus jóvenes camaradas, enfatiza la música (presumiblemente, el rock) como rasgo definitorio: “Tengo diecisiete años, mi generación tiene diecisiete años y tiene su música”. Antes se había referido a “la armonía de una generación” (108).

104 El teatro de Town Hall también será citado por otro testimoniante, Fabián Bustos, que en Crónicas de un soldado (2005) formula una observación distinta cuando llega con su grupo al teatro desierto; quizá

¿Cuánto hay de saber posterior en ese sujeto narrador que deposita en el sujeto narrado la idea de que los kelpers conocían el futuro y pensaban que la guerra los beneficiaría? En primer lugar, afirma que la historia les había dado un breve pero importante protagonismo a las Islas, ese hecho era “lo que nos vuelve nada ante sus miradas”;105 e ignorando que ya se había concretado la rendición argentina, la reconoce como síntoma en los pocos kelpers que circulan por la Avenida Ross:

[…] algo en su andar, en su forma de mirar hacia delante, transmitía la sensación de que ellos sí sabían dónde iban y con qué propósito, es decir, que ellos sí sabían qué estaba ocurriendo. (132)

Los kelpers son artífices de la revelación cuando cuelgan las banderas británicas en sus ventanas, “el secreto que parecían haber guardado con esperanza y respeto durante toda la guerra […] reaparecería la legendaria ‘Union Jack’” (133). Esta mezcla de amargura por la derrota y admiración por los símbolos más exteriores del imaginario imperial inglés será luego reiterada en otros discursos.

Distante y acotada a su know how bélico es la configuración de los británicos que consagra su tener y su saber, aunque breves observaciones anticipan el registro de la diferencia cultural que irá creciendo en los testimonios, desde su referencia a un soldado atípico (habla español) que resulta ser un asumido mercenario cubano hasta el agradecimiento del oficial a cada uno de los soldados que, ya rendidos, le entregan sus armas.

II.2.2. No-saber: lo que Malvinas permite revelar

La ambigüedad entre sujeto narrado y sujeto narrador es constante en esta obra. Este último, por ejemplo, insiste en la condición de “chicos” cuando relata la llegada de los primeros derrotados a su posición: “Eran chicos sucios, perdidos en una noche de locura” (53). Sin embargo, en uno de los muchos momentos en que alude a la guerra

más ligada a su estilo anticonvencional o encriptando humorísticamente el peso de la dramaticidad involuntaria inscripta en la formulación “el teatro de operaciones”, tan usado por la retórica mediática de la época. Dice Bustos: “Claro que el espectáculo que se desarrollaría a continuación no sería propio del Follies Bergère” (44). Sin embargo, es probable que la retórica mediática repitiera un rasgo típico del discurso militar, como es observable en un documento oficial sobre la reunión del Comité Militar del 30/3/82, que reproduce Yofre (2011): “Durante la primera reunión se resolvió que el general García fuera el comandante del Teatro de Operaciones Malvinas […] luego de todo eso se crearía el Teatro Atlántico Sur a partir de la desactivación del Teatro Malvinas” (185-186).

105 El testimonio de Levi deposita en los civiles vecinos del Lager la misma descalificación cifrada en la mirada: “Nos saben ladrones e indignos de confianza, enfangados, andrajosos y hambrientos y, confundiendo el efecto con la causa, nos juzgan dignos de nuestra abyección” (1998, 128).

como la interrupción de un presente juvenil y despreocupado, algo compartido por sus más jóvenes camaradas, el sujeto narrador evoca su propia vivencia del proceso militar y manifiesta su necesidad de testimoniar más allá del recuerdo bélico. Es uno de los dos casos en el relato testimonial aquí estudiado en que un excombatiente asume haber conocido previamente los crímenes del proceso; el testimoniante compara su adolescencia con la de sus camaradas de Malvinas:

[…] hasta que esta maldita porción del mundo, que con dolor adoramos, empieza a matarnos , empieza a hacernos desaparecer, empieza a hacernos callar de miedo, a dar el largo rodeo en que perdemos la juventud. Aquí estoy, con otros adolescentes, y si salgo de aquí, increíblemente, tendré que hablar primero de esto, de estas muertes de ahora y no de las nuestras […] Espero vivir para decir esto y decir lo otro, y que todo suene real, como una música deformada turbulenta sincera orquestada por la muerte… (108-9)

Esta especie de homologación simbólica de adolescencias interrumpidas por la historia se ratifica en el motivo del aprendizaje, aquí ligado al carácter de sobreviviente y reiterado en muchos testimonios de Malvinas; dicho motivo presente en el recuerdo de Primo Levi, que también enlaza la experiencia en el Lager con el aprendizaje, provoca la siguiente afirmación:106

[…] La mayoría de nosotros aprendió algo que no conocía, o que conocía apenas:

aprendió a dejarlo todo, aprendió que llegado ese punto límite, lo único que se lleva a todas partes y a cualquier precio, es… “la vida”. (57)

Fuente de mandatos y saberes, la brutal experiencia no le impedirá hablar de la guerra como “una reivindicación justa pero trágicamente inoportuna” (123), lo cual podría leerse como una referencia a la famosa “causa justa”. Años después testimoniará sobre la distancia que adoptó frente a los colegas que permanecieron en el continente, atribuyéndoles falta de comprensión y solidaridad; en definitiva, una ratificación de la singularidad de esa experiencia.107

106 Dice Levi: “Hemos aprendido el valor de los alimentos […] hemos aprendido que todo es útil. Hemos aprendido que en cualquier parte pueden robarte […] hemos tenido que aprender el arte de dormir con la cabeza sobre un lío hecho con la chaqueta que contiene todo cuanto poseemos, de la escudilla a los zapatos” (1998, 35).

107 Doce años después, en Partes de guerra, Terzano relata que no quiso participar como psicólogo en la asistencia a excombatientes. Sostiene que eso deben hacerlo sus colegas, que durante la guerra se quedaron en el continente estudiando a Lacan (Speranza y Cittadini 2007, 200).

Otra manifestación del no-saber, esa señal de identidad que ya registraban los testimonios de 1982, abre el relato de Terzano, cuando recuerda que en las Islas el manto de neblina, casi un sintagma soldado al relato testimonial, les hace creer que se ha cortado la luz. Por otro lado, la evocación responde a la voluntad literaria de atrapar el momento en que el recuerdo “se transforma en una isla” (15), y permite detectar la filiación borgeana en la recuperación de un galpón de Puerto Argentino donde “Siempre es de noche, siempre, seguramente, es la misma noche” (16) (las cursivas son del autor).

Encubierto en formulaciones literarias, el no-saber revelado por la experiencia bélica, que no difiere del que aparece en los testimonios de los adolescentes entrevistados por Kon, se extiende desde lo geográfico –“estamos en el fin del mundo”, dice al llegar a Río Gallegos (18)– hasta la construcción de su subjetividad. Así elabora la idea de la guerra como destino no elegido, lo que lo lleva a pensar que está viviendo otra vida,108 aunque muchos años después Terzano manifieste que siempre supo que iría a una guerra.

También está en la forma en que asume el engaño de esa “ilusión monstruosa”, como llama a la serie de imágenes fragmentarias con que evoca la exaltación popular frente al desembarco: “Hemos escuchado las marchas [...] hemos visto la palabra colonialismo y a su lado la palabra basta, hemos hecho historia” (18).109 Aquí el motivo del desengaño se formula convocando ese falso saber, producto del discurso de los medios, que al llegar a las Islas revela su inconsistencia: “Estamos dentro de un televisor, exactamente dentro de la imagen que hemos visto en los últimos quince días”

(24). Pero la prueba del no-saber será la ajenidad del paisaje, configurado como una noche “omnipresente, absoluta, que volvía una y otra vez” (59), aludiendo así al hecho de que en Malvinas, después del mediodía, restaban solo cinco horas de luz, y a la lluvia intermitente y la neblina que trastornaban la visión.110

II.2.3. No-tener: desde el cuerpo y la mirada

108 En la misma obra, Terzano, que se pregunta por qué en 1982 se presentó al cuartel inclusive antes de que lo llamaran y por qué no tuvo “un mínimo reflejo de huida”, sostiene, sin embargo, que “siempre tuve la certeza de que iba a estar en una guerra” (19). Podría decirse que la cita evidencia cuánto pesan ciertos motivos del relato testimonial, como el destino no elegido en la configuración del sujeto narrado, o quizá cómo opera el tiempo en la autopercepción del testimoniante.

109 En la posderrota, el sujeto narrador ironiza sobre esa exaltación social que la prensa incrementó presentando la guerra como superación de mediocridades y fracasos, casi una decisión divina: “al fin Dios en el que tanto creemos, nos ha mirado” (19).

110 Como en otros testimonios, la tecnología, en este caso el pobre y único visor que poseían, alimentará su sentido de irrealidad proporcionándole una imagen teñida de verde (70).

Sin denuncias explícitas a la corrupción o ineficiencia de los mandos, como en otros testimonios, su no-tener está cifrado en la falta de comida, adiestramiento y armas:

“Nosotros, entonces tendríamos que hacerles frente casi solos, y con un armamento cuyas piezas más fuertes eran dos ametralladoras MAG de 7,62 mm” (41).111

Aquí también, la carencia generalizada se testimonia con gestos antagónicos: la superposición desesperada de pantalones y medias ante el frío insoportable coexiste con el despojamiento brutal revelado en la referencia a algunos de los “lujos”, como los llama irónicamente, que abandonan en los pozos de zorro (una revista de historietas, una lata de leche y un termo) y que al retornar ya han sido sustraídos por otros argentinos (46). Una cadena de despojos entre víctimas desesperadas, que Primo Levi había registrado en el Lager cuando se retiraron los alemanes.112

Tras la rendición, al igual que en otros testimonios, el narrador se detiene en la ingestión desmedida de alimentos que hallan en un galpón de Puerto Argentino, donde saciarse con lo que les había sido negado conlleva una forma de vaciamiento: sus múltiples deposiciones desbordan luego el único baño disponible. Más aun, creemos que define a los excrementos como un rasgo típico del escenario de la derrota, algo que volverá en Iluminados por el fuego.

Quizá se podría leer una superación de lo meramente escatológico en ese “Que se vayan a la mierda” (152), con que reaccionan los conscriptos al escuchar que en el continente se cuestiona que no hayan resistido, aunque usen un giro popular que de hecho transforma a la palabra en un territorio abyecto.

Configurado como testigo-narrador desde la forzada inmovilidad del pozo de zorro, Terzano construye, por momentos, el tener de los británicos con una referencialidad obsesiva que rompe el estilo del discurso pero ratifica su condición de testigo verosímil:

[…] ellos contaban con […] formadores de imágenes, con radares antipersonales, con visores infrarrojos de todo tipo, y con la movilidad extraordinaria que les daban los helicópteros equipados con sistemas de vuelo nocturno. (67)

111 Estas ametralladoras son criticadas en muchos testimonios por su mal funcionamiento. Esta y otras precisiones técnicas que formula Terzano hacen pensar en su forma peculiar de construirse como testigo, porque ni la función ni el estado de esas ametralladoras eran un dato de difusión masiva. Pero sí se conocía su uso fílmico, ya que eran las usadas por Rambo, el comando protagonizado por Sylvester Stallone.

112 Levi señalará en Los hundidos y los salvados lo que significa vivir en el Lager sin ninguna posesión, sin esos objetos que tenía aun el más humilde mendigo, “objetos que son nuestros porque custodian y suscitan nuestros recuerdos” (1989, 28). Lo mismo en Si esto no es un hombre, donde recuerda cuando busca un par de zapatos en el campo que ya ha sido evacuado: “los sanos habían saqueado el depósito de los hospitalizados y habían cogido los mejores” (1998,161).

También representa el tener británico describiendo sus muy precisos ataques como pasos que ya eran conocidos por los que los sufrían113 y, a partir de su propia subjetividad, cuando observa a los soldados ingleses caminar por la cresta del monte

“lentamente, sin duda con la seguridad de la misión a cumplir y ya casi con la absoluta seguridad del triunfo” (103).114

II.2.4. No-poder: en 1985 y doce años después

Al igual que los testimoniantes de Los chicos de la guerra, el no-poder de Terzano se configura desde la certeza de que el destino es ineluctable:

[…] no teníamos otra cosa que hacer que rezar o entregarnos a la idea fatal según la cual, si era nuestro turno nada nos salvaría, y, si no lo era, tampoco nada podría matarnos. (88)

Curiosamente, muchos años después, Terzano testimonia en Partes de guerra de Speranza y Cittadini, y quizá recién allí aparece claramente una clave del no-poder, la señal de identidad que es casi una ausencia en 5000 adioses a Puerto Argentino.

Refiriéndose a Carlos, su compañero originario de Gualeguay, dice: “él había muerto casi al lado mío” (201), y alude a la novia del muerto con una imagen que podría vincularse con los desaparecidos del proceso militar: “Había perdido un novio, un amor, pero no por un abandono, ni por una separación, ni siquiera por una muerte normal. Ni siquiera era una viuda. Había quedado en el aire suspendida en el tiempo” (201).

Terzano relata que decidió no asistir al homenaje a su camarada evidenciando así el peso de la condición de sobreviviente, que también registrarán otros testimonios y que silencian las ciento setenta y cinco páginas de su obra de 1985:

113 La referencia a la precisión horaria de los bombardeos británicos se reitera de muy diversas maneras en el relato testimonial. Cabe recordar la curiosa animización inserta en un testimonio muy posterior de un testigo diferente como el capellán militar José V. Martínez Torrens, citado por Agustín Gallardo: “Según recuerda, había por lo general tres bombardeos programados por día. Él les había puesto nombre: el de las 8 de la mañana era ‘El lechero’, el de las 4 de la tarde, ‘El verdulero’ y el de las 6 ‘El vinero’” (2012, 138- 39).

114 En los testimonios argentinos y británicos la configuración de la mirada, durante la guerra y después de ella, genera registros narrativos significativos. Mirar al enemigo distante fue una posibilidad que se dio en ciertos momentos y lugares. Terzano lo hace literalmente desde abajo. Aun reconociendo que no le servía para identificar posiciones defensivas, el jefe inglés Thompson recuerda: “Desde varios puntos en los terrenos más elevados en posesión de mi Brigada, era posible ver a los soldados argentinos en los montes Longdon, Dos Hermanas y Enriqueta. De vez en cuando se destacaba alguna silueta contra la línea del horizonte y entonces se disponía de suficiente munición para los cañones de primera línea [y] se lanzaban algunas andanadas contra el enemigo” (1987, 184). ¿Cómo no pensar que el “abajo/arriba” de estas miradas excede largamente la ubicación física de los testigos que las configuran?

Era una situación terrible para mí porque él se había muerto casi al lado mío, yo había sobrevivido, y entonces la familia me pedía que les contara cómo habían sido sus últimos días. Finalmente decidí no ir pero me quedé muy mal. (201)

El Terzano escritor fantasea con un relato inspirado en el hecho, pero el testimoniante Terzano ya ha construido la última señal de identidad de 5000 adioses a Puerto Argentino.

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