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Una referencia ineludible: “Nuestro Vietnam” de Daniel Riera

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II. 2.5. ¿Cómo avanza el relato testimonial?

II.5. Una referencia ineludible: “Nuestro Vietnam” de Daniel Riera

¿Por qué entran en este trabajo las crónicas que bajo el título de Nuestro Vietnam”

Daniel Riera publicó en 2000 en la revista Rolling Stone? Focalizadas en los temas del suicidio y la locura, ya anticipados en la versión fílmica de Iluminados por el fuego y desarrollados luego en Partes de guerra, estas crónicas plantean una dirección posible del relato testimonial. En todo caso, son una referencia ineludible para indagar el itinerario propuesto por este trabajo.

Es cierto: “Nuestro Vietnam” difiere de las características de las obras hasta aquí examinadas; no modeliza explícitamente su lectura asociándola a una forma de representación de la guerra, no deposita en los testimonios la denuncia o la emblematización que habían caracterizado a otras obras, y su misma publicación en una revista excluye las mediaciones que supone la publicación de los libros de testimonios.187

186 5000 adioses a Puerto Argentino, testimonio rico en referentes literarios nacionales y extranjeros, revela el interés de su autor, Terzano, por la elaboración narrativa de su experiencia. Una característica de esa narrativa sería esta evocación del regreso enfatizando el carácter de relato no cerrado, paralizado en el recuerdo, algo que se percibe, por ejemplo, en su referencia a la novia de un camarada muerto en acción (ver II.2.4. “No-poder: en 1985 y doce años después”).

187 En el prólogo del libro publicado diez años después y que reúne su obra periodística, Riera completa estas carencias: enlaza la guerra con el proceso militar incorporando las crónicas al capítulo “La dictadura y sus efectos”; señala también el registro coral de estas y la alternancia entre acción y reflexión que lo caracteriza como sujeto narrador (2010, 13-14).

Más allá de que Riera en algún momento se formule la ambiciosa pregunta “¿Por qué se matan los veteranos de guerra?”(28), y ofrezca la explicación de una psiquiatra especializada en el tratamiento de excombatientes sobre el síndrome de estrés postraumático, este trabajo no se detendrá en indagar si el sujeto narrador o los sujetos narrados “explican” ese síndrome. Nuestro análisis se concentrará en las razones que aconsejan leer estas crónicas como una forma de representación de la guerra a fines de la década del 90.

Desde su mismo título, que repite el de una canción de Andrés Calamaro,188 hasta la revista que las cobijó ratifican los múltiples vínculos que unen el relato testimonial con el rock argentino, que nunca dejó de evocar a los excombatientes (véase “Una banda de sonido para Malvinas” de Cecilia Flaschland, 2007).

Su escenario, su “aquí y ahora”, mayoritariamente el conurbano donde viven casi todos los testimoniantes, muestra todas las señales del deterioro económico y social que estallaría en la crisis de 2001. Allí estos hombres cercanos a los 40 años esperan las magras pensiones del Gobierno, consumen drogas y alcohol, participan de la violencia callejera, ejerciéndola o sufriéndola. Por ejemplo, tras agredir a unas mujeres en una discoteca, Sergio Delgado recibe una brutal paliza proporcionada por los patovicas del local que multiplican su castigo cuando escuchan que él es un excombatiente (21).

La mayoría son pacientes psiquiátricos. Más aún, anticipando un episodio de Las Islas de Gamerro,189 Eduardo Adrián Pérez (Tachi), que terminará su vida en Rosario arrojándose desde el Monumento a la Bandera, es rescatado por sus camaradas del Hospital Psiquiátrico Melchor Romero.

Casi todos tienen problemas familiares y laborales. El testimonio de tres de ellos reitera otra imagen que también proporciona la literatura, cuando el narrador relata que, vestidos con sus uniformes verde oliva, trabajan vendiendo reglas en los trenes suburbanos, reglas que tiene la inscripción “Malvinas Argentinas para siempre” (18).190

De una u otra manera, están muy cerca de la imagen que en 1999 construye el rock nacional: “recordando el mal momento / atrincherado en tu habitación / soledad, humo y penumbras / despertares de ultratumba / apocalipsis del sustento interior / andar sin encontrarle alivio al tormento…”.191

188 “Nuestro Vietnam / hecho de saliva y sangre, / es verdad, / y tal vez no te voy a perdonar / Nuestro Vietnam”.

189 Felipe Félix, el protagonista de la novela, también ha sido rescatado por sus camaradas de un hospital psiquiátrico.

190 Los estantes vacíos de Ignacio Molina (2006).

“Nuestro Vietnam” ubica a los excombatientes en un infierno personal y, renunciando a cualquier reflexión que supere sus historias individuales, ese infierno personal tiene un territorio de origen que se evidencia en un episodio relatado por el testimoniante Claudio Estigarribia. En medio de una crisis, es detenido por un policía que le dice: “Vos no estás ni drogado ni borracho. Vos tenés algún problema”; el excombatiente le responde: “Estuve en Malvinas” (26). Como también sucede en Las Islas, pareciera que esta síntesis marca tanto la continuidad como el inevitable cambio de “A vos te falta Malvinas”, la frase que ellos habían creado durante la guerra.192

Entonces ¿qué perduraba y qué se modificaba en las señales de identidad de estos testimoniantes? En otras palabras, ¿qué quedaba de esos pibes, de su no-saber, no-tener y no-poder evocados tantos años después de concluida la guerra y en situaciones particularmente traumáticas?

II.5.1. La imagen de adolescente tantos años después

Surge entonces la perduración –¿acaso el reconocimiento de una fijación?– de una imagen adolescente, que aparecía criticada por uno de ellos al referirse a sus incumplidas obligaciones familiares: “Nos queremos hacer los independientes, no nos damos cuenta que ya no somos nenes de dieciocho años” (42).

Prolongando una característica de la narrativa testimonial, el registro de la guerra sigue depositándose en el cuerpo. Delgado, que había vuelto de Malvinas pesando cuarenta quilos, solo había recuperado el 40% de la movilidad de sus piernas y según el narrador: “Cada día escucha menos y el zumbido de las bombas que cayeron en las Islas se quedó a vivir para siempre en sus oídos. Sin embargo jamás aceptó someterse a una audiometría” (22).

Entre sus muchos recuerdos traumáticos, la memoria elige uno como fuente de actuales angustias: Estigarribia, improvisado enfermero en el barco Almirante Irízar en 1982, no puede olvidar al pibe herido que le había pedido que no lo abandonara y murió solo mientras él atendía a otros pacientes.193

191 “El visitante”, de Almafuerte. Esta canción es la cortina musical de la película homónima (Julio Trapicchio, 1999), que relata la historia de un excombatiente acosado por el recuerdo fantasmal de un amigo que muere en las Islas, mientras intenta llevarle municiones al protagonista. Un año antes, Las Islas de Gamerro también había incluido el retorno fantasmal de los compañeros muertos para liberar de culpa a su protagonista. Con humor adolescente, ellos ironizan sobre la forma en que Felipe los representa: “parecíamos soñados por El Greco” (578).

192 Ver capítulo III de este trabajo.

193 Davoine y Gaudilliére citan al británico Wilfried Ruprecht Bion, médico psiquiatra, psicoanalista y combatiente en las dos guerras mundiales: “la muerte del amigo es el leitmotiv trágico de los veteranos.

‘Tú no lo viviste, no puedes comprenderlo’” (254). Creemos que esta referencia, aplicable a otros

II.5.2. Ellos tampoco sabían ni tenían

En la crónica que Riera titula “La muerte bajo la luz de la luna”, Sergio Delgado reitera casi todos los motivos narrativos que construyen el no-saber y no-tener, las señales de identidad que este trabajo lee en el relato testimonial. Así aparecen el forzado reenlistamiento, las armas que no funcionaban, el ignorar adónde iban, el castigo de los superiores, el infernal pozo de zorro,194 y también ese diferencial saber inglés que le salva la vida ante el enemigo: “le dije ‘The please, my leads’. Quise decir ‘Please…my legs’” (38).

II.5.3. La vigencia del no-poder

Evocar la muerte cercana con ese distanciamiento típico del relato testimonial, que sería una configuración narrativa del no poder hablar de la guerra y de la muerte, reaparece en el discurso de Sergio Delgado: “Un soldado clase 63 se murió de frío. Una noche después de gemir durante horas. Tenía apenas treinta, cuarenta días de instrucción” (36).

Así lo confirma al recordar cómo, herido por una explosión, permanece escondido con un camarada hasta que, ignorando que estaban en la trinchera, un inglés mata a su amigo: “estaba abrazado a mí. Los ingleses se esfumaron. ‘Me duele, me muero […]’, se quejaba. Cada vez más bajito, la voz más apagada. Hasta que se murió” (37).195

Fernando Quinteros, que al regresar de Malvinas permaneció meses encerrado en una habitación oscura, explicita por qué no quería consultar a un psicólogo: “No quería contar mi historia. No quería recordar” (28).

II.5.4. Asfixiados por la memoria

El relato testimonial centrado en “el regreso” construye imágenes claras de los excombatientes, asfixiados por la memoria traumática de la guerra. No en vano, Riera habla de “los desahogos” para relatar sus reacciones. Es José, en la basílica de Luján

testimonios sobre la muerte de camaradas aquí citados, enfatiza los vínculos del relato testimonial de Malvinas con una tradición muy amplia y ratifica que cualquier abordaje de dicho relato debe comenzar por aceptar la especificidad de la guerra.

194 “Las ropas se humedecían enseguida, porque en los pozos había agua helada y mucha humedad” (36).

195 Delgado reiterará sin variantes este testimonio en No tan nuestras, la película de Ramiro Longo (2005). Muchos años después, refiriéndose a la actitud de los enemigos al descubrirlo herido junto a su compañero ya muerto, y al tratamiento que le dispensan en el barco hospital inglés, sostiene: “¡Muy humanos los tipos. Me quisieron matar pero después se hicieron cargo. Si las cosas hubiesen sucedido al revés…!”. Citamos este testimonio porque creemos que la posterior configuración del enemigo, un motivo narrativo recurrente del relato testimonial, también revela las formas que elaboran el recuerdo traumático, encerrando contradicciones claras como las planteadas en ese “al revés” de Delgado.

robando una bandera y desencadenando un verdadero raid delictivo: “Tenía que hacerlo.

Era una orden que tenía que cumplir. Estoy en guerra. Los ingleses me persiguen por lo que hice en Malvinas” (40).196 Fernando Quintero, añorando la dictadura (“Los milicos hacen falta”, 41) y criticando el desamparo de los gobiernos y las fuerzas armadas. O Tachi, imprimiendo una brutal militarización a su vida familiar, hasta tal punto que su mujer le reprocha: “Vos, en vez de una familia querés tener un ejército” (45).

O los suicidas frustrados como Estigarribia, que se subió a un tanque de agua con otro excombatiente: “Yo tengo ganas de tocar los aviones” (43).197 O los que lo lograron, como José, que se mata en el baño de su casa donde, según el relato de sus familiares, dejó escrito en los azulejos: “muero con los huevos bien […] y después de bien, los cinco dedos marcados para abajo” (47).

Para un trabajo que ha renunciado a buscar “el fiel reflejo” de la guerra en los libros testimoniales, serían inapropiadas observaciones como “notorios trastornos psiquiátricos”, “ejemplos de desamparo gubernamental” o “las trágicas consecuencias de elecciones que la sociedad argentina rápidamente olvidó”. Preferimos citar a los autores de Historia y trauma, dos psicoanalistas franceses que durante años estudiaron el trauma bélico y su perduración en los descendientes de las víctimas: “Lo que no se puede decir, no se puede callar” (Davoine y Gaudillière, 2011, 59).198

Quizá esa necesidad que conduce las historias forcluidas al decir, como observa el prologuista de la obra Gerard Fromm (16), también permita explicar la condición narrativa de este capítulo del relato testimonial. Pero desde el itinerario que siguió la indagación, “Nuestro Vietnam” aparece como una etapa dramática, casi agónicamente final, porque ni la evocación del periodista ni la de los familiares y amigos pueden obviar que los protagonistas testimonian básicamente otra manifestación de su no-poder, tal vez la más definitoria.

196 “Lo que hice en Malvinas”, el recuerdo transformado en persecución paranoide, tendrá similar configuración en el delirio del protagonista de Gurka de Zito Lema: “Mis enemigos están haciendo maniobras militares en las islas para recordarme que ganaron la guerra […] Mis compatriotas me mandaron al hospicio y los gurkas juraron matarme. Esperan el momento, me vigilan” (16).

197 Para quien ha seguido los motivos narrativos del relato testimonial, este “querer tocar los aviones”

podría leerse como la perduración traumática de la relación de los conscriptos con los aviones, que aparece, por ejemplo, en el temor a los bombardeos y en su admiración por los pilotos argentinos. Pero también la ficción la presentará: un desertor de Los pichiciegos sueña con ser evacuado vía aérea (Fogwill, 71).

198 Como reconocen los autores, la frase está inspirada, aunque de hecho la reformulan, en una de las tesis de Wittgenstein enunciada en Tractatus logico-philosophicus: “lo que no se puede decir hay que callar”.

Los autores recuerdan que el autor austríaco había comenzado a escribir su obra mientras combatía en el ejército de su país durante la Primera Guerra Mundial.

Si pensamos que hoy la cifra de los suicidas excombatientes equivale a casi el cincuenta por ciento de los muertos en combate, podría inferirse que para muchos la guerra siguió librándose tras la rendición.199 Sus formas de pelear y de ser derrotados por el peso del recuerdo construyen las crónicas de “Nuestro Vietnam”, que tal vez aspiraron a ser exclusivamente referenciales, pero que desde su narrativa revelan que el

“después de Malvinas” generó una verdadera encrucijada del relato testimonial.

II.6. Crónicas de un soldado de Fabián Bustos: un giro del relato testimonial

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