• No se han encontrado resultados

Desde los márgenes de Crítica

REVISTA MULTICOLOR DE LOS SÁBADOS (1933-1934)

Entre el 12 de agosto de 19331 y el 6 de octubre de 1934 Jorge Luis Borges fue codirector del suplemento sabatino del diario Crítica, propiedad de Natalio Botana: Revista Multicolor de los Sábados. Curiosamente, como el mismo Borges declara, Crítica era un “diario amarillista” (“a yellow-press daily”), por lo que el suplemento hizo eco de los temas recurrentes en el vespertino: la muerte violenta, las supersticiones, los hechos insólitos, el relato policial, en fin, un amplio campo para explotar el morbo, la mayoría de las veces sin demérito de la calidad literaria de las colaboracio- nes. Entre el fondo y la forma de este suplemento, se produce una suerte de combinación oximorónica: se trataba de una publicación ilustrada y diseñada a todo color (“multicolor”); pero muchas de sus colaboraciones responderían a un corte sensacionalista (“amarillista”).

Según Ulyses Petit de Murat, con quien Borges compartió la direc- ción de Revista Multicolor, Natalio Botana requería un traductor de Joyce al español y, como había leído la traducción borgeana de la última página del Ulises,2 solicitó a Petit de Murat que le presentara a Borges para que negociaran el proyecto; sin embargo, la traducción de esta novela ya había sido concedida para el ámbito “hispanoparlante” a Salas Subirat.3 Des-

1 Curiosamente, Ulyses Petit de Murat registra una fecha distinta: “El primer número de la Revista Multicolor de Crítica apareció el sábado 12 de setiembre de 1933” (U. Petit de Murat, Borges, Buenos Aires, Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, 1980, p. 140).

2 Cf. Jorge Luis Borges, “La última hoja del Ulises”, Proa, Buenos Aires, núm. 6, enero de 1925, pp. 8-9.

3 La traducción de J. Salas Subirat salió a la luz mucho tiempo después: James Joyce, Ulises, Santiago Rueda, Buenos Aires, 1945. Si la intención de Botana hubiera cuajado, posible- mente el mundo hispánico no debería sólo la primera traducción de la última página del Ulises a Borges, sino de la obra entera. Fiel a su consigna de que “una versión cabal del Ulises me parece imposible”, así responde a la pregunta expresa “¿Tradujo usted el Ulises?”: “No, no es cierto, yo no he traducido el Ulises. Puede ser que sí me hayan ofrecido la traducción al castellano. Al cabo de ochenta años a uno pueden haberle ocurrido todas las cosas. Pero yo me di cuenta de que la obra era intraducible” (“Borges y Joyce. 50 años después”, Referente, Buenos Aires, núm.

1, invierno de 1981, en Jorge Luis Borges, Textos recobrados [1956-1986], ed. de Sara Luisa del

pués de este primer acercamiento, sobrevino uno más decisivo: Botana propone a Petit de Murat, su comentarista de cine en Crítica, la creación de un suplemento dirigido a las masas, “dentro de una línea que pudiera interesar al gran público”;4 un gran público, se entiende, que equiva- liera o ampliara al ya numeroso público lector de Crítica.

Quizá porque para entonces Borges era ya un asiduo colaborador de Sur, Botana dudaba de su participación en Revista Multicolor; no obs- tante, como lo hiciera años después en El Hogar y Obra, Borges aceptó integrarse al proyecto y, así, acceder al gusto popular de una publica- ción efectista mediante lo que él llamó textos “para consumo popular”

y “marcadamente pintorescos”5 que, a mi juicio, representan una fase crucial en la construcción del Borges narrador, pues no únicamente pu- blica en Revista Multicolor siete relatos de lo que sería en 1935 Historia universal de la infamia (Tor, Buenos Aires), sino lo que puede conside- rarse su primer cuento, “Hombres de las orillas”,6 con el seudónimo de uno de sus tatarabuelos, Francisco Bustos. Borges presenta un recuento de sus inicios como narrador y cómo las historias de hombres infames sirvieron de laboratorio para su ulterior fama de narrador:

El verdadero comienzo de mi carrera de cuentista arranca con una serie de bosquejos titulada Historia universal de la infamia, que publiqué en Crítica durante 1933 y 1934. La ironía es que “Hombre de la esquina rosada” era realmente un cuento, mientras que estos bocetos, así como varios de los tex- tos de ficción que les siguieron, y que muy lentamente me condujeron a los cuentos propiamente dichos, eran más bien invenciones y pseudoensayos.7 Hay, por cierto, al final de la colección de relatos una lista de las fuentes que habría consultado Borges y cuya confrontación con Histo-

Carril y Mercedes Rubio de Zocchi, Emecé, Buenos Aires, 2003, p. 366). Borges, eso sí, reseña la primera traducción al español de la paradigmática novela de Joyce (cf. “Nota sobre el Ulises en español”, Los Anales de Buenos Aires, Buenos Aires, núm. 1, enero de 1946, en J. L. Borges, Textos recobrados [1931-1955], pp. 233-235).

4 U. Petit de Murat, op. cit., p. 138.

5 J. L. Borges, Un ensayo autobiográfico, p. 75.

6 En realidad, una versión muy rudimentaria de este relato ya había sido publicado como

“Leyenda policial” (Martín Fierro, 1927) y “Hombres pelearon” (El idioma de los argentinos, 1928); finalmente se denominó “Hombre de la esquina rosada”.

7 J. L. Borges, Un ensayo autobiográfico, p. 75.

ria universal de la infamia todavía sigue pendiente.8 Ahora bien, aparte de refutar los procedimientos de Marcel Schwob en Vidas imaginarias (que inventaba “biografías imaginarias de hombres reales”), Borges ex- pone los medios y los fines de sus experimentos narrativos, con lo cual admite sus influencias y, a un tiempo, sus diferencias; podría decirse que el autor de El Aleph aprende en cabeza ajena, porque a menudo pro- duce sus textos, ya poéticos, ya narrativos, en oposición a sus contem- poráneos o sus precursores: “Leí las vidas de personas conocidas y luego deliberadamente las modifiqué”, confiesa.9 Así, de The Gangs of New York, de Herbert Asbury, proviene la biografía de “Monk Eastman”;

Billy the Kid, Lazarus Morell y los demás personajes infames fueron, asimismo, resultado del proceso de diferenciación y de reformulación.

Su participación en Revista Multicolor, a fortiori, implicó un útil aprendizaje para la confección de las publicaciones que Borges dirigiría años después, Los Anales de Buenos Aires y La Biblioteca, ya que no so- lamente codirige y colabora con diversas máscaras (que van del nombre propio a las iniciales y la proliferación de seudónimos), sino que cumple funciones propias de impresor y editor. Así lo testimonia Petit de Murat:

Se le exige en la imprenta, junto a mí, que disponga la colocación de un grabado; que complete una página; que redacte allí mismo, una cosa que nunca hubiera soñado en hacer, un epígrafe o la referencia acerca de un autor. Se ha terminado el tiempo del encierro a la sombra de una biblio- teca, modificando un párrafo con la presencia aguda, aunque invisible, de don Francisco de Quevedo y Villegas.10

Ya como codirectores, comprometidos a colaborar con el suplemen- to, por lo menos, cada quince días, Borges y Petit de Murat se vieron en la necesidad de improvisar seudónimos, lo que en cierta medida con-

8 Id. Aun cuando se han escrito amplios estudios sobre Historia universal de la infamia, no se menciona siquiera dicho paratexto, las fuentes, ubicadas al final del libro y menos, por supuesto, se ha hecho el intento de rastrear el deliberado palimpsesto. Véase por ejemplo el su- gerente, pero también limitado, trabajo de Herminia Gil, Poética narrativa de Jorge Luis Borges, Frankfurt, Iberoamericana / Vervuert, 2008.

9 A despecho de esta opinión, Petit de Murat diría que eran “vidas a la manera de Marcel Schwob, donde la creación personal de Borges predomina sobre la historicidad de los persona- jes” (op. cit., p. 141).

10 Ibid., pp. 140-141.

tribuyó al largo listado de colaboraciones —algunas cuestionables—

atribuidas a Borges en Revista Multicolor. Al respecto, puede revisarse el iluminador estudio de Annick Louis sobre los alcances autoriales de Borges en esta publicación.11 Más allá de los textos borgeanos plena- mente identificables, destaca su creativa participación como corrector que, en ocasiones, deviene en coautoría. La siguiente anécdota de Petit de Murat destaca esa labor hoy casi imposible de esclarecer:

A veces es una señorita y que necesita algún dinero, porque anda sin tra- bajo. Le aceptamos un cuento. Borges o yo lo tornamos publicable. Sería bueno tener la capacidad de recordar de Funes el memorioso y establecer largas parrafadas que Borges escribió a tambor batiente, tratando —tarea imposible— de disimular su original estilo.12

A pesar de no contar con la monstruosa memoria de Funes, Petit de Murat ilustra con este pasaje los avatares del trabajo tan poco reco- nocido del corrector, más cuando debe escribir “largas parrafadas […] a tambor batiente” con la imposibilidad de ocultar el palimpsesto: ya por un giro gramatical, ya por un guiño estilístico donde asoma la induda- ble factura borgeana.

Antes de iniciar con mi análisis de los textos reciclados de Revista Multicolor, propongo una, espero, productiva digresión. No obstante este

“trabajo de prolija investigación y de reconstrucción del significado de seudónimos que efectúa [Irma Zangara]”,13 considero que todavía puede expurgarse la publicación dirigida por Petit de Murat y Borges, y toparse con gratas sorpresas. A diferencia de las vías propuestas por Louis para el hallazgo de posibles textos de Borges en Revista Multicolor, a saber:

Por supuesto, un investigador también puede desconfiar de las biblio- grafías, considerar los olvidos y los errores, y llevar a cabo un recorrido minucioso de la revista, con la esperanza de descubrir algún inédito, y

11 Annick Louis, “Instrucciones para buscar a Borges en la Revista Multicolor de los Sá- bados”, Variaciones Borges, Aarhus, núm. 5, 1998, pp. 246-264; también: A. Louis, Jorge Luis Borges: œuvre et manœuvres, pp. 68-88.

12 U. Petit de Murat, op. cit., p. 146.

13 María Kodama, “Prólogo a la edición de 1995”, en J. L. Borges, Obras, reseñas y tra- ducciones inéditas, p. 16.

quizá no sea decepcionado. En ambos casos, es decir, si se decide confiar en las biografías o si se prefiere verificar la exactitud de estas últimas, la investigación pierde parte de su interés y encanto;14

por mi parte, procedí de manera intuitiva, pues un misterioso Her- bert Ashe aparece como autor de la nota titulada “La maldición de la lepra”,15 atribuible a Borges. Las razones: es el nombre del misterioso personaje de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, a quien alcanza la muerte después de tener en sus manos el ejemplar de A First Encyclopaedia of Tlön. vol. XI. Hlaer to Jangr: “En setiembre de 1937 (no estábamos no- sotros en el hotel) Herbert Ashe murió de la rotura de un aneurisma”, se dice.16 El narrador de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” arguye, asimismo, una amistad cercana entre este ingeniero de los ferrocarriles del Sur y su padre; luego, el solitario personaje resultará “uno de [los] modestos demiurgos” del universo de Tlön. Se ha querido ver en Herbert Ashe un alter ego de Jorge Guillermo Borges, quien murió en 1938 por la sospe- chosa rotura de un aneurisma,17 igual que otros personajes borgeanos:

Nils Runenberg, de “Tres versiones de judas”; Clara Glencairn, de “El duelo”; Edwin Arnet, de “There are more things”. Félix della Paolera, sin embargo, echaría abajo la identificación automática que estableciera Rodríguez Monegal entre Ashe y el padre de Borges: según Della Pao- lera el personaje Herbert Ashe habría sido inspirado en la imagen de William Foy, ingeniero del Ferrocarril del Sur y huésped del Hotel La Delicia, en Adrogué. He aquí el evento ocurrido hacia 1950:

En algún momento apareció en el portón Mr. William Foy, huésped per- manente del hotel La Delicia. Quise cerciorarme de algo que, desde la pri- mera lectura de Tlön, Uqbar había sospechado, y le pregunté: —¿Herbert Ashe no es Mr. Foy —Sí, claro —contestó Borges—. ¿Y cómo se dio cuenta?

Le expliqué que ese descubrimiento no era imputable a mi sagacidad sino al hecho de que Mr. Foy vivía en el hotel de Adrogué, había sido inge- niero del Ferrocarril del Sur y padecía de irrealidad, como tantos ingleses. Yo

14 A. Louis, Jorge Luis Borges: œuvre et manœuvres, pp. 69-70.

15 Revista Multicolor de los Sábados, núm. 48, 7 de julio de 1934, p. 8.

16 Jorge Luis Borges, El jardín de senderos que se bifurcan, Sur, Buenos Aires, 1941, p. 15.

17 En el acta de defunción de “Jorge Borges” está asentado que murió el 12 de febrero de 1938 de un genérico mal, “asistolia”, no precisamente por la “rotura de un aneurisma”.

lo conocía porque solía jugar al tenis, no al ajedrez, con mi padre y porque le complacía hablarme en inglés.18

§

Vuelvo al asunto nuclear de mi pesquisa. En este recuento de los textos reciclados a partir de Revista Multicolor de los Sábados, primeramente quisiera referirme al par de silogismos dilemáticos o bicornutos que Borges comenta en “Dos antiguos problemas”.19 Para ello, pondré ma- yor énfasis en el que inventa para dilatar la serie inaugurada por Demó- crito de Abdera (aunque alguien lo atribuya a Epiménides de Creta), ya que, con el tiempo, lo reutilizará en otros contextos. Este sofisma, como lo llama su glosador, consiste en un callejón sin salida que establece la infinita circularidad entre los argumentos comprometidos. Reproduzco el silogismo más remoto denominado por Borges como “El mentiroso”:

Demócrito sostiene que los abderitanos son mentirosos; pero Demócrito es abderitano: luego, Demócrito miente: luego, no es cierto que los ab- deritanos sean mentirosos: luego, Demócrito no miente: luego, es verdad que los abderitanos son mentirosos: luego, Demócrito miente: luego, no es cierto que los abderitanos sean mentirosos: luego, Demócrito no mien- te, et sic de caeteris hasta la peligrosa longevidad, o hasta la apresurada investidura de un chaleco de fuerza (p. 27).

18 Félix della Paolera, Borges: develaciones, fot. de Facundo de Zuviría, Fundación F. Cons- tantini, Buenos Aires, 1999, p. 17. En “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, así describe Borges al enig- mático Herbert Ashe: “Algún recuerdo limitado y menguante de Herbert Ashe, ingeniero de los ferrocarriles del Sur, persiste en el hotel de Adrogué […] En vida padeció de irrealidad, como tantos ingleses; muerto, no es siquiera el fantasma que ya era entonces. Era alto y desganado y su cansada barba rectangular había sido roja. Entiendo que era viudo, sin hijos” (J. L. Borges, El jardín de senderos que se bifurcan, p. 14).

19 “Dos antiguos problemas”, Crítica. Revista Multicolor de los Sábados, núm. 40, [12 de mayo de 1934], en J. L. Borges, Obras, reseñas y traducciones inéditas, pp. 27-29. Véase también el texto firmado con el seudónimo Daniel Haslam, “Un infinito problema”, Obra. Revista Men- sual Ilustrada, núm. 6, mayo de 1936, en J. L. Borges, Textos recobrados (1931-1955), p. 94.

Extrañamente,Irma Zangara indica que este texto y “La cuarta dimensión” fueron publi- cados el “5 de diciembre de 1934” (pp. 27 y 29). Para esta fecha, ya habría concluido el ciclo de Revista Multicolor cuyo último número está fechado el 14 de octubre de 1934.

En adelante, sólo opera la sempiterna recursividad del argumento. En el segundo problema (que a mi juicio apenas si resulta una variante del primero), representado por “El cocodrilo”, los actores del silogismo cam- bian por un cocodrilo, una mujer y un niño. El cocodrilo se apodera del niño; la mujer exige que se lo devuelva. Para que esto ocurra, la mujer debe adivinar si el cocodrilo devorará al niño o lo devolverá. Si la mu- jer responde que lo devorará, el problema entra en los vericuetos de la eternidad: “Si la madre acertó, el hijo debe ser devuelto; pero si le devuel- ven al hijo, ella no acertó; pero si no acertó, el cocodrilo puede en buena ley devolverlo; pero si lo devora, ella acertó; pero si la madre acertó, el hijo debe serle devuelto; pero si le devuelven el hijo, ella no acertó; pero… y así infinitamente” (p. 28). Borges cuestiona la endeblez de este silogismo, porque implica la adivinanza “de una cosa que sólo se resuelve a raíz de la misma contestación”: ¿Y si la mujer hubiera contestado que el niño le sería devuelto cuando el cocodrilo pensaba devorarlo? Habría errado la adivinanza y se acabaría el juego: sólo se produce el vertiginoso círculo de la argumentación si responde que el niño será devorado cuando el co- codrilo piensa devorarlo. Una alternativa más: si la mujer contesta que el niño será devorado y el cocodrilo piensa devolverlo, entonces la mujer no habría adivinado y el cocodrilo tendría que comerse al niño. Como se ve, todo depende de la respuesta de la mujer y de la sinceridad del cocodrilo.

El capítulo 51 de Don Quijote actualiza el problema enunciado, para lo cual intervienen un puente, un río, una horca y un suicida. El dueño del río, del puente y del señorío exige que quienes crucen por “la puente” juren primero a dónde y a qué van; si dicen verdad, los dejan pasar; si mentira, son condenados a la horca instalada en las riberas.

Esta ley echa a andar el ingenio de un viajero que pone en aprietos a los jueces: “juró y dijo que para el juramento que hacía, que iba a morir en aquella horca que allí estaba, y no a otra cosa” (p. 28). Si dice la verdad, aunque haya jurado morir en la horca, tiene que pasar libremente; si lo condenan a morir ahorcado, se incumple la ley porque ha dicho la ver- dad y así ad infinitum. En la novela cervantina, sin embargo, la magia se diluye: el señor manda que el viajero siga su travesía puesto que ha expresado sinceramente su deseo de morir en la horca.

Impelido por los mencionados precursores, y para continuar la tra- dición del acertijo con que “los griegos jugaron a la perplejidad y al mis- terio”, Borges plantea su propio silogismo, “El adivinador”, al final del

ensayo en que prometió dos antiguos problemas que se reducen a uno con cuatro ejemplos. Breve y perfecto, como el del abderitano, no tiene otra salida que la recursividad:

Para evitar esa deplorable consumación, he urdido una tercera fábula:

variante acaso inútil de la primera. Carece de dramaticidad, carece de muerte; pero no le veo fin.

El adivinador

En Sumatra, un hombre quiere doctorarse de brujo. El examinador le pide que adivine si será reprobado o si pasará. El hombre dice que será reprobado…

Ya se presiente la infinita continuación (p. 29).

Varios años después, en su reseña sobre Edward Kasner y James New- man, Mathematics and the Imagination, Borges acopia los “inmediatos y accesibles encantos de las matemáticas”, entre otros, las paradojas de Ze- nón, la cuarta dimensión (achacable a More y mejorada por Hinton), la numeración binaria (con las menciones de rigor: el I King y Leibniz) y el silogismo de marras con sus avatares más famosos: todos temas incluidos en el inventario del pensamiento borgeano desde los años treinta. Para ce- rrar su texto, reproduce el silogismo bicornuto del abderitano y, ensegui- da, aduce las reformulaciones ulteriores con sus respectivos protagonistas:

Aulo Gelio (Noches áticas), que lo atribuye a un orador y un alumno; Luis Barahona de Soto (Angélica), a dos esclavos; Cervantes (El Quijote), a un río, un puente y una horca; Jeremy Taylor, a un soñador y una voz que le revela que todos los sueños son vanos; Russell (Introduction to Mathema- tical Philosophy), a un conjunto de todos los conjuntos que no se incluyen a sí mismos. Cierra con el reciclaje de su propia invención que ya había publicado, aunque sin el explícito “he urdido” de su nota de 1932:

A esas perplejidades ilustres, me atrevo a agregar ésta:

En Sumatra, alguien quiere doctorarse de adivino. El brujo examina- dor le pregunta si será reprobado o si pasará. El candidato responde que será reprobado… Ya se presiente la infinita continuación.20

20 “Edward Kasner and James Newman: Mathematics and the Imagination (Simon and Schuster)”, Sur, núm. 73, octubre de 1940, pp. 85-86. Luego recogido en J. L. Borges, Discusión, 1957, pp. 165-166.

Documento similar