En este capítulo propongo el análisis pormenorizado de textos que Bor
ges recicló en publicaciones misceláneas, es decir, diferentes de Sur, Re- vista Multicolor y El Hogar: algunos de ellos ni siquiera recogidos en sus textos recobrados. A cambio de un listado de obras emparentadas, en las páginas siguientes someto a discusión una sarta de ejemplos con el fin de ilustrar, con independencia del medio, la permeabilidad textual entre géneros literarios, revistas, libros y paratextos. Empiezo, pues, con una singular nota explicativa, especulativa mejor dicho, de Borges sobre
“El Paseo de Julio”, el último poema de Cuaderno San Martín (1929).1 La extensa meditación sobre el infierno que ocupa el mencionado paratexto intenta explicar, acaso, por qué la zona de lupanares y corrales tiene toda la pinta de un infierno terrenal por el cual el sujeto lírico no siente simpatía, por el contrario: “Nunca te sentí patria”, dice. Hay en el poema dos referencias explícitas al infierno que merecen un escolio mí
nimo: la sexta estrofa que reza: “¿Será porque el infierno es vacío / que es espuria tu misma fauna de monstruos / y la sirena prometida por ese car
tel es muerta y de cera?”; y el verso final, que Borges suprime en su Obra poética de 1964: “Paseo de Julio: Cielo para los que son del Infierno”. La escritura del sustantivo con minúscula o con mayúscula no debe distraer al lector: nótese que, en ambas citas, el sujeto lírico interpela a El Paseo de Julio y no únicamente lo identifica con el infierno, sino que le concede un halo de irrealidad habitada por monstruos y simulacros, como la sirena
“muerta y de cera” reproducida en un afiche para llamar la atención de clientes y transeúntes. En el segundo caso, qué mejor forma de cuestionar la existencia del infierno, de infligirle el aura de quimera, que equipararlo con un Cielo de pesadilla: habitantes (prostitutas, parroquia nos y seres patibularios) y hábitat (los lupanares de El Paseo de Julio) tienen tantas correspondencias que configuran un cielo de monstruos y sirenas, y no un burdo infierno de almas sufrientes.
1 J. L. Borges, Cuaderno San Martín, p. 49.
En el mismo año que aparece Cuaderno San Martín, Borges publica el ensayo que luego recogerá en la primera edición de Discusión, “La dura
ción del infierno”, donde la nota de “El Paseo de Julio” aparece recontex
tualizada, con variantes (Síntesis, Buenos Aires, núm. 25, junio de 1929).
Ahora bien, ¿qué fue primero: el ensayo o la anotación del poema? A mi juicio, resulta imposible destrabar el enigma como el del huevo y la ga
llina, pues todo indica que fueron redactados de forma contemporánea.
Según se asienta en el colofón, Cuaderno San Martín “se acabó de impri
mir el 7 de Agosto [de 1929]”: si se toma en cuenta el proceso de edición de un libro, el poemario bien pudo haber estado listo desde antes o en la misma fecha en que apareció “La duración del infierno” en Síntesis.
La nota de “El Paseo de Julio”, curiosamente, se mantiene en Poe- mas (1922-1943) [1943] y Poemas (1923-1953) [1954]; pero desa
parece en Poemas (1923-1958) [1958],2 y en ediciones sucesivas, con el resto de las notas dedicadas al título, el epígrafe de Fitzgerald, “Isidoro Acevedo”, “Muertes de Buenos Aires” y un fantasmagórico “El ángel de la guarda en Avellaneda”. ¿La razón? La publicación de sus obras com
pletas en volúmenes individuales permitió a Borges depurar su obra: no es, me parece, circunstancial que sólo mantenga el texto reciclado en
“La duración del infierno” de la metamórfica segunda edición de Discu- sión, en 1957, y suprima la nota de Poemas (1923-1958).3 Sospecho que Borges quiso evitar la duplicidad de la información de la nota y el pasaje de “La duración del infierno” que, incorporado a la primera edición de Discusión, coexistió con aquélla durante muchos años.
Antes de comparar ambos textos en sus contextos, me gustaría agre
gar que la “Posdata” que acompaña “La duración del infierno” desde su primera versión se publicó, más tarde, como texto independiente en la
2 La variante más significativa entre la nota de 1954 y sus predecesoras de 1943 y 1929 consiste en la interpolación de un breve párrafo, con una nueva clave intertextual, entre las dos que originalmente conformaban dicho paratexto: “El concepto de un infierno ilusorio (pero también de cielos ilusorios y del universo entero ilusorio) se halla en la doctrina del Mahayana”
(Jorge Luis Borges, Poemas [19231953], Emecé, Buenos Aires, 1954, p. 137. [Obras Comple
tas de Jorge Luis Borges]).
3 Un hecho semejante ocurre con la nota que Borges dedicó a “La noche cíclica” en Poe- mas (1922-1943), originalmente publicada en La Nación (Buenos Aires, 14 de diciembre de 1941) con el título de “Tres formas del eterno regreso”. Luego, con el membrete de “El tiempo circular”, aparece incorporada en la segunda edición de Historia de la eternidad (Emecé, Buenos Aires, 1953, pp. 9197), mientras la nota de “La noche cíclica” se suprime desde Poemas (1923- 1953), en 1954, para zanjar repeticiones.
Revista Multicolor de los Sábados con el título de “Un infierno”, el 15 de septiembre de 1934, y firmado con el seudónimo de Francisco Bustos.
Así, “La duración del infierno” habría sido sometido a dos procesos con
trarios a lo largo de su historia editorial: primero, reutiliza un texto que fungía como paratexto en Cuaderno San Martín y, luego, sirve de fuente a otro atribuido a un autor apócrifo (“Un infierno”). En seguida, confronto los textos con sus peculiaridades:
“Anotaciones”, Cuaderno San Martín,
1929 “La duración del infierno”, Discusión, 1932
El Paseo de Julio.—La noción de irrealidad del Infierno que se insinúa en él, fue argumentada antes de 1870 por el teólogo evangélico Rothe. Irrealidad de vida menguante, contrahecha. Su ar
gumento —ennoblecido por la secreta misericordia de negar el castigo infinito de los condenados— observa que eter
nizar el castigo es eternizar el Mal. Dios, afirma, no puede querer esa eternidad para Su universo. Insiste en el escánda
lo de suponer que el hombre pecador y el diablo burlen para siempre las bené
volas determinaciones de Dios. (La teo
logía sabe que fue por amor la creación del mundo. El término predestinación, para ella, se refiere a la predes tinación a la gloria; la reprobación es meramente el reverso, es una no elección traducible en pena infernal, pero que no constituye un acto especial de la bondad divina). Aboga en fin por una vida decreciente para los réprobos y mantiene que la palabra El Demonio es título de una dignidad que se hereda, no de un individuo constan
te. Escribe así: Como los demonios están alejados incondicionalmente de Dios y le son incondicionalmente enemigos, su actividad es contra el reino de Dios, y esa unanimidad los organiza en reino diabó
lico que debe naturalmente elegir un jefe.
Cada individuo de ese reino se consume a
Especulación más curiosa es la presenta
da por el teólogo evangélico Rothe, por el año de 1869. Su argumento —ennoble
cido también por la secreta mise ricordia de negar el castigo infinito de los conde
nados— observa que eternizar el castigo es eternizar el Mal. Dios, afirma, no pue
de querer esa eternidad para Su universo.
Insiste en el escándalo de suponer que el hombre pecador y el diablo burlen para siempre las benévolas determinaciones de Dios. (La teología sabe que fue por amor la creación del mundo. El térmi
no predestinación, para ella, se refiere a la predestinación a la gloria; la reprobación es meramente el reverso, es una no elec
ción traducible en pena infernal, pero que no constituye un acto especial de la bondad divina). Aboga en fin por una vida decreciente, menguante, para los réprobos. Los antevé, merodeando por las orillas de la Creación, por los huecos del infinito es pacio, manteniéndose con sobras de vida. Concluye así: Como los demonios están alejados incondicional
mente de Dios y le son incondicional
mente enemigos, su actividad es contra el reino de Dios, y esa unanimidad los organiza en reino diabólico, que debe naturalmente elegir un jefe. Cada indi
viduo de ese reino se devora a sí mismo, pero la infinitamente creciente evolución
sí mismo, pero la infinitamente crecien
te evolución del mundo puede reempla
zarlo, desde siempre renovadas esferas.
La cabeza de ese. gobierno demonia
co —el Diablo— debe ser imaginada como cambiante. Los individuos que asumen el trono de ese reino sucumben a la mortalidad de su ser, pero se renue
van de entre la descendencia diabólica (Dogmatik, i, 247)
Añado a título de espantosa curiosi
dad, que una de las razones invocadas para la duración eterna de los infernales castigos, es el libre albedrío. Se nos con
cede el derecho atroz de perdernos, de insistir en el mal, de rechazar las opera
ciones de la gracia, de ser alimento del fuego que no se acaba, de hacer fracasar a Dios en nuestro destino y el detestabile cum cacodaemonibus consortium. Esa re
belión sin posibilidad de esperanza cons
tituye la dignidad del Satán de Milton.*
del mundo puede reemplazarlo, desde siempre renovadas esferas. La cabeza de ese gobierno demoniaco —el Diablo—
debe ser imaginada como cambiante.
Los individuos que asumen el trono de ese reino sucumben a la fantasmidad de su ser, pero se renuevan de entre la des
cendencia diabólica (Dogmatik, i, 248).
[…] La virtud de ese razonamiento no es lógica; es mucho más: es entera
mente dramática, varonil. Nos impone un juego terrible, nos concede el atroz derecho de perdernos, de insistir en el mal, de rechazar las operaciones de la gracia, de ser alimento del fuego que no se acaba, de hacer fracasar a Dios en nuestro destino, del cuerpo sin claridad en lo eterno y del detestabile cum caco- daemonibus consortium.**
* J. L. Borges, Cuaderno San Martín, pp. 5758.
** Jorge Luis Borges, Discusión, 1932, pp. 133134 y 136. En 1957, el ensayo, en general, y el pasaje arrancado de la nota de “El Paseo de Julio”, en particular, registran decenas de variantes.
Como se aprecia en la columna derecha, ya inserto en “La duración del infierno”, el paratexto de Cuaderno San Martín precisa adecuacio
nes de forma y sentido: puesto que el ensayista ya ha referido algunas visiones literarias sobre el infierno, verbigracia las de Tertuliano, Dante, Quevedo, Torres Villarroel, y otras más enciclopédicas como la del Dic- cionario enciclopédico hispano-americano o la Historia de la decadencia y caída del imperio romano, de Gibbon, recurre a dos estrategias para disimular los andamios argumentativos: remite, primero, al incipit del ensayo donde se lee “Especulación que ha ido desinterésandose con los años, la del Infierno”,4 que encuentra eco en la expresión comparativa que engarza la nota sobre “El Paseo de Julio” en su nuevo contexto: “Es
peculación más curiosa es la presentada por el teólogo evangélico Rothe”.
4 J. L. Borges, Discusión, 1932, p. 129.
Luego, censura la doble alusión a la irrealidad (“del infierno”/ “de vida”) y reserva, para más tarde, el adjetivo “menguante”: la noción de una “una vida decreciente” del paratexto de Cuaderno San Martín pasa a “una vida decreciente, menguante” en “La duración del infierno”.
Además, el énfasis en la “irrealidad del Infierno”, pero también en la “irrealidad de vida menguante”, que pulula en el infernal espacio bo
naerense, está acorde con el ambiente descrito en “El Paseo de Julio”, donde el sujeto lírico alude explícitamente a esta condición mediante una interpelación: “Adoleces de irrealidad”; también lo nombra “Barrio con lucidez de pesadilla”. Sobre la imprecisión de la fecha: en vida de Richard Rothe, Zur Dogmatik tuvo una edición en 1863; la siguiente es póstuma, de 1869. Borges quizá consultó esta última; la vaguedad de la expresión
“antes de 1870”, sin embargo, no se elimina con la nueva redacción: “por el año de 1869”, de “La duración del infierno”. En aras de la claridad y la precisión, en 1957, Borges asienta categóricamente: “en 1869”.5
Esta depuración sintáctica y léxica se extiende a otros pasajes, por ejemplo, cuando el ensayista invierte “derecho atroz” por “atroz derecho”, con lo que la atención recae sobre el adjetivo con su carga de patetismo; o cuando sustituye “consume” por “devora” o “mortalidad” por “fantasmi
dad”. En este último caso, Borges elimina la contradictio in terminis de la versión original, porque un ser condenado al castigo eterno no podía estar amenazado por mortalidad alguna. Como se aprecia, este cambio afecta no la argumentación, de forma directa, sino la traducción de la cita, cuya redacción en 1957 sufrirá otro cambio sustancial con la supresión de un fragmento que, a tono con la cita sin comillas, desecha toda marca que indique la eliminación de estas líneas: “Cada individuo de ese reino se consume [devora] a sí mismo, pero la infinitamente creciente evolución del mundo puede reemplazarlo, desde siempre renovadas esferas”.
Respecto de la sustitución del pasaje en que Borges parafraseaba a Rothe (“y mantiene que la palabra El Demonio es título de una dig
nidad que se hereda, no de un individuo constante”), supongo que se percató de que la idea de regeneración del demonio estaba plenamente asentada en la cita; para sortear el inconveniente, en “La duración del infierno” prefiere abundar sobre la efigie marginal y menesterosa de los condenados (“Los antevé, merodeando por las orillas de la Crea
5 J. L. Borges, Discusión, 1957, p. 100.
ción, por los huecos del infinito espacio, manteniéndose con sobras de vida”). Antes de cerrar este apartado, una clave que podría confirmar mi sospecha de que la nota de “El Paseo de Julio” pudo anteceder la escritura de “La duración del infierno”: en éste, el paratexto aparece desmembrado, es decir, lo que correspondería al segundo párrafo de la nota se encuentra dos páginas después, como explicación del “tercero de los argumentos, el único: Hay eternidad de cielo y de infierno porque la dignidad del libre albedrío así lo precisa; o tenemos la facultad de obrar para siempre o es una delusión este yo”.6 Nótese que Borges recupera la noción de “libre albedrío”, pero sin el dejo de arcaísmo que despren
día su “espantosa curiosidad”. Aun cuando desaparece toda alusión a Milton en “La duración del infierno”, no deja de ser significativo que en Libro del cielo y el infierno aparezca compilado el verso 75, Libro 4, del Paraíso perdido: “Which way I fly is Hell; myself am Hell ”.7 También lo cita en la reseña de Leslie Waterhead, After Dead. Esta referencia
—acaso por ello la suprime— contradecía la esencia del dogma sobre el infierno.
§
Ahora un texto desconocido que El Memorioso reutilizó en varias oca
siones; me refiero a la breve respuesta que dio a la tercera encuesta del Almanaque Literario 1935. La primera de estas encuestas consistía en las preguntas: “1. ¿Cree usted que la literatura y el arte deben mantenerse al margen de las inquietudes sociales de nuestro tiempo?”; “2. ¿O bien estima que el escritor y el artista están obligados a tomar partido desde su obra?” y “3. ¿Qué opina usted de los escritores, pensadores y artis
tas que están convirtiendo su obra en un instrumento de propaganda política y social, ya sea con intención avanzada o reaccionaria?”.8 La
6 J. L. Borges, Discusión, 1932, p. 136.
7 Cf. John Milton, Paradise Lost. A Poem in Ten Books, Londres, Simmons, 1669.
8 Guillermo de Torre, Miguel Pérez Ferrero y E. Salazar y Chapela (eds.), Almanaque Litera- rio 1935, Madrid, 1935, pp. 3842. Participaron Juan Ramón Jiménez, Pío Baroja, José Solana, Ramón Pérez de Ayala, Gustavo Pittaluga, Ángel Ferrant, Juan de la Encina, Ramón Gómez de la Serna, Enrique DíezCanedo, Antonio Machado, Eugenio D’Ors, Corpus Barga, E. Giménez Caballero y Genaro Estrada.
segunda preguntaba: “1. ¿Cuáles son los personajes más representativos de la literatura contemporánea universal?”, y “2. ¿Cree usted que la novelística del siglo xx ha llegado ya a producir alguna figura de fuer
za representativa semejante a Don Quijote, a Fausto, a Julián Sorel o a Madame Bovary?”.9 Por último, la tercera encuesta donde participa Borges consiente una sola pregunta: “¿Qué tres libros se llevaría V. a una isla desierta?” Está dividida en tres amplias entregas y responden a ella más de medio centenar de encuestados.10 Reproduzco la contestación de Borges que, a pesar de permanecer enterrada durante decenios, inau
gura una emocionante y productiva historia textual:
El guarismo 3, ¿quiere significar 3 títulos o 3 tomos? En el primer caso, pienso en los treinta y tantos volúmenes de la Enciclopedia Británica, en los tres del Diccionario de la filosofía, de Mauthner, y en las obras comple
tas de Schopenhauer, de Butler o de Shaw. En el segundo (más adecuado a las necesidades frugales de Robinsón y a la dramaticidad de la encues
ta), elijo el texto de psicología de Spiller, Nuestro conocimiento del mundo exterior, de Russell, y acaso una novela (el Ulises), o el libro de un poeta:
Walt Whitman.11
En realidad, y por más que cuestione las ambigüedades del gua
rismo 3, potencialmente Borges no elige tres libros; si sólo se tuviera en cuenta los títulos o los autores mencionados, el resultado sería un múltiplo de tres: nueve. La plural Enciclopedia Británica, el Diccionario de filosofía de Mauthner, las obras completas de Schopenhauer, las obras completas de Butler, las obras completas de Shaw, The Mind of Man de Spiller, Nuestro conocimiento del mundo exterior de Russell, el Ulises de Joyce y la poesía de Whitman. Si de títulos individuales se tratara, el número alcanzaría media centena entre los posibles “tres libros”. Como
9 Ibid., pp. 1520. El turno fue de Ramón del ValleInclán, Gregorio Marañón, Azorín, Antonio Marichalar, Corpus Barga, Eduardo Marquina, J. M. LópezPico, Pedro Mourlane Michelena, Lino Novás Calvo, Ramón de la Serna [sic], Rafael Marquina y N. Ciges Aparicio.
10 Ibid., pp. 184187, 227228 y 256257. Entre muchos autores hoy olvidados y la mayoría de los participantes en las encuestas previas, destacan los nombres de Gabriela Mistral, Eduardo Mallea, Bagaría, Antoniorrobles, Martí de Riquer, Antonio Sánchez Barbudo, Ernes
tina de Champourcin, Luis Gómez Mesa [sic] y, por supuesto, Borges.
11 Jorge Luis Borges, “Respuesta a la encuesta ‘¿Qué tres libros se llevaría V. a una isla desierta?’”, en G. de Torre, M. Pérez y E. Salazar, op. cit., p. 87.
se observa, Borges lee la pregunta a su modo, aun cuando es muy clara y sólo pide tres libros, acaso los tres primeros o los tres últimos tomos de la Enciclopedia Británica; si están en un tomo, las obras de Schopen
hauer, Butler y Shaw hubieran sido una respuesta suficiente. Borges, a contrapelo de varios que eligen El Quijote, igual que Arturo Mori prefie
re decepcionar a los lectores del Almanaque: “¿Qué creían ustedes? ¿Qué iba a ser el ‘Quijote’ uno de esos tres libros? Pues se han equivocado”.12
El breve texto apenas conocido es el germen de otro inédito, un ensayo cuyo manuscrito se encuentra alojado en el Harry Ransom Cen
ter de la Universidad de Texas, en Austin: “La biblioteca de Robinsón”.
Curiosamente, y como un anticipo del ensayo referido, ya en la respuesta del Almanaque hacía alusión al célebre náufrago de Daniel Defoe. “La biblioteca de Robinsón” consta de un total de tres páginas. Lo transcribo íntegro (con excepción de sus nerviosas borraduras, casi todas ilegibles) para ilustrar, por una parte, la recontextualización de la respuesta a la encuesta de 1935 y, por otra, la porosidad de la textualidad borgeana:
[1] La biblioteca de Robinsón
No es imprudente suponer que es raro aquel día en que algún periódico no divulgue la siguiente pregunta: ¿Qué tres libros se llevaría Ud. a una isla desierta?, seguida de un sinfín de contestaciones más o menos ternarias.
André Gide ha confesado su deleite por ese juego y ha republicado algu
nos de sus catálogos —eminentes catálogos razonados, donde no constan solamente los nombres, sino el porqué de cada predilección… Yo he ensa
yado ese juego más de una vez, en letras de diverso cuerpo, y me he envi
ciado de tal modo en el hábito de esas supersticiones triples de gloria que a falta de otro invitador me invito yo mismo.
Empiezo por una duda nada terrible: el guarismo 3, ¿quiere significar 3 títulos o 3 tomos? En el primer caso, pienso (diremos) en los treinta y tantos volúmenes de la Encyclopaedia Britannica, en los tres del Dicciona- rio de la filosofía de Mauthner, y en las obras completas de Schopenhauer, de Butler o de Shaw. O (si preferís) en los seis volúmenes de la Declina- ción y caída del Imperio Romano de Gibbon, en las Obras completas de De Quincey o de Edgar Allan Poe, y en los Ensayos de Michel de [2] Montaig
12 Id.