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2.3.1. Diferentes paradigmas éticos a lo largo de la historia
Gracia (2004b: 396–420) expone las diferentes convicciones que hay sobre el final de la vida, y que actualmente puede decirse que conviven en la sociedad occidental, y que por tanto, el profesional debiera de conocer. Él habla de diferentes paradigmas: el naturalista o clásico, el autonomista o moderno, y la orientación actual.
1) El paradigma naturalista o clásico
La primera mentalidad que hubo fue la naturalista, de ahí surge la cultura occidental. Y esta mentalidad emana de los pensadores presocráticos que defienden, frente a pensamientos anteriores a ellos, que los cambios de las cosas no se deben a seres superiores sino a su propio origen, a lo que son ellas mismas, a su phýsis o naturaleza. El concepto básico y generatriz de toda la filosofía griega y, por extensión, de toda la cultura occidental, es el de naturaleza. De hecho, de ahí emana el Derecho Natural (iusnaturalismo).
Otro concepto fundamental es el de fin. Todas las cosas en base a su naturaleza y regidas por el principio del dinamismo se dirigen hacia ese fin o télos. ¿Y cual es ese fin para la persona? Pues, en base a su naturaleza su fin es alcanzar su plenitud, la felicidad o eudaimonía –de hecho es el objetivo de toda vida moral–, todo aquello que interrumpa este proceso es malo, por lo tanto, la enfermedad es mala. De ahí la idea de que la enfermedad es antinatural porque altera el orden natural de las cosas, en este caso de la naturaleza humana; y por extensión todo enfermo tiene algo de inmoral. Dice Gafo (1999:22) que los médicos griegos reconocen las limitaciones de su arte. Lo afirma el escrito hipocrático De arte (V a.C.) cuando dice que los fines de la medicina son “apartar completamente los padecimientos de los que están enfermos y mitigar los rigores de sus enfermedades, y el no tratar a los ya dominados por las enfermedades, conscientes de que en tales casos no tiene poder la medicina”.
A partir de aquí se infiere que, todo lo que ponga fin de forma prematura al desarrollo de la persona, que interrumpa la dinámica de su naturaleza cuyo objetivo es alcanzar la felicidad, será calificado como malo; por ello, suicidio y eutanasia son vistas como una perversión natural y moral. Incluso se las llega a tachar de injusticia social, porque el fin de la persona a destiempo no se ajusta al orden natural de las cosas y excede al propio ser humano, esto es, repercute en la vida social. Y esto es así porque se entiende, en base a la ética naturalista, que la consecución por parte de la persona de su felicidad no se hace en solitario sino mediante la convivencia, es decir, sólo en contacto con el otro te haces más
persona, o como señala Tomás Melendo “sólo un diamante pule a otro diamante”, realizando con las palabras diamante y persona una analogía. Por lo tanto, toda acción antinatura que lleva por objeto poner fin a la vida de una persona es considerada como la máxima injusticia.
El suicidio es injusto porque va en contra de la “Recta Razón”, es antinatural e irracional. Todos estos argumentos llegan a concluir que el suicidio desde un punto de vista legal se convierte en delito penal.
Pero, ¿qué ocurre cuando la vida de la persona pierde su tendencia natural hacia la felicidad?, ¿cuando una persona no está sana sino enferma de gravedad?
En esos casos, para la ética naturalista, el poner fin a la vida de una persona no resultaba inmoral, más aún, es el paradigma de elevación moral. Un ejemplo histórico fue la muerte de Sócrates, que se suicida con el fin de evitar una vida plagada de desgracia porque desde su perspectiva ésta sería una vida amoral.
Dentro de los movimientos filosóficos que admiten el suicidio están los cínicos, cirenaicos, epicúreos y estoicos. Por ejemplo, los cínicos veían en el suicidio la expresión de la absoluta libertad humana, mientras que para los estoicos, el suicidio debía de estar acompañado de razones que lo justificasen, como podrían ser la presencia de dolores insoportables para la persona o una enfermedad incurable (Gafo 1999:22).
Los estoicos, de entrada, aborrecen que la vida de un ser vivo, más en concreto de una persona, se interrumpa, ya que entienden que es una ruptura a destiempo del orden natural, pero si este orden natural se destruye admiten tanto la eutanasia como el suicidio.
Aristóteles en su libro “Ética a Nicómaco” dice “El objetivo de la ética es la consecución de la eudaimonía” (Aristóteles 1999:3). Y como ya se ha mencionado, eudaimonía significa felicidad, entendida ésta como un don, algo que te viene dado, por ello, como hombre no se puede conseguir, pero sí como hombre se tiene la obligación de mantenerla y promocionarla. Pero cuando tal objetivo se pierde, cuando se sabe que no se va a poder mantener ese estado de felicidad, entonces, y
solo entonces la obligación moral dicta que si no se puede vivir bien se debe morir bien, de ahí proviene el término eu–thanasia o buena muerte.
Otros pensadores como Platón argumentan que la ciudad natural o perfecta ha de estar compuesta por hombres “sanos”, es decir, salud y perfección son inseparables. Por eso en la ciudad ordenada los enfermos no tienen cabida. Platón en “La República” dice: “Asclepio dictó las reglas de la Medicina para su aplicación a aquellos que, teniendo sus cuerpos sanos por naturaleza y en virtud de su régimen de vida, han contraído alguna enfermedad determinada, pero únicamente para estos seres y para los que gocen de esta constitución, a quienes, para no perjudicar a la comunidad, dejan seguir el régimen ordinario limitándose a librarles de sus males por medio de drogas y cisuras, mientras, en cambio, con respecto a las personas crónicamente minadas por males internos, no se consagra a prolongar y amargar su vida con un régimen de paulatinas evacuaciones e infusiones, de modo que el enfermo pueda engendrar descendientes que, como es natural, heredarán su constitución, sino al contrario, considera que quien no es capaz de vivir desempeñando las funciones que le son propias no debe recibir cuidados, por ser una persona inútil tanto para sí mismo como para la sociedad” (Gracia 2004b:400).
Afirma Gracia (1999:22) que, la sugerencia aportada por Platón, en el párrafo anterior, fue seguida por los médicos hipocráticos no tratando a quien consideraban que debían morir, y este proceder consistía en el abandono de la persona, en el “desahucio”, una forma de actuar perfectamente establecida en la Medicina Occidental desde la época hipocrática y que se ha mantenido hasta los tiempos actuales.
Se contempla pues una doble perspectiva en relación al enfermo grave o en la fase final de su vida: bien admitir una muerte “rápida” por diferentes métodos como la eutanasia, el suicidio o el suicidio médico asistido, o por otro lado, convenir el desahucio del enfermo.
En relación a la eutanasia, cabe indicar una cuestión relevante, sobre todo, por el cambio paradigmático que se ha dado en la actualidad y es que los argumentos que se seguían para determinar si una persona era “candidata” o no para recibir la eutanasia venían determinados por criterios objetivos, establecidos
por el Physio–logos, el fisiólogo o médico, es decir, por el experto. De suma importancia resulta lo indicado, porque eso señala que no es significante la aceptación voluntaria de la persona para recibir la eutanasia.
Con la llegada del Cristianismo se produjeron profundos cambios. El Cristianismo asume la mentalidad naturalista griega de protección de la vida de la persona pero sin excepciones, es decir, defiende la salvaguarda de cualquier ser humano sea cual sea su estatus o posición; además, no importa si está sano o enfermo, más aún, protege si cabe con más ahínco a aquellas personas que están en una posición desfavorable, ya que entiende que el sufrimiento que experimenta esa persona en su situación de indefensión lo acerca más a Dios, el sufrimiento tiene un carácter redentor. Señala Gracia (2004b:402) que “La nueva idea de sufrimiento dio también una nueva actitud ante la muerte, absolutamente extraña a la mentalidad griega. Para la mentalidad griega Dios no puede padecer ni morir; es impasible e inmortal. Y el hombre que aspira a la sabiduría, el filósofo, debe imitar a Dios, evitando el dolor y el sufrimiento”.
El Cristianismo impregnó todas las esferas sociales e hizo que el Juramento Hipocrático, o más bien, los que se servían de él para la aplicación de la ética médica, tuvieran en cuenta aquellas premisas básicas. Tal vez, una de las bases de estas actuaciones estaría centrada en el quinto Mandamiento de la Ley de Dios, en el
“no matarás”. Se mostraba evidente, por lo tanto, la prohibición del aborto, el suicidio y la eutanasia. En general, la Medicina considera estas prácticas indignas, y por ello las dejaron de realizar, lo que no significa que “otros” no cogieran las riendas de dichas actuaciones; de hecho, diferentes grupos en un ámbito, se podría decir, oculto, siguieron practicando estos procedimientos durante toda la Edad Media, fuera de la “legalidad”.
Es en este momento cuando la ética médica pasa a manos de teólogos y sacerdotes. Y hay que añadir además que el cuidado de los enfermos y menesterosos, en cualquier situación, pero más al final de la vida de las personas, históricamente ha corrido a cargo de personas que han pertenecido a congregaciones religiosas, mujeres y hombres.
Señala Gracia (2004b:402–403) que la Teología va a tener un papel rector en la asistencia a los moribundos, llevando a los que se dedicaban al cuidado de los mismo a un proceso de reflexión. De esta forma dieron sus frutos las Escolásticas de los s. XVI y s. XVII. Para concluir, cabe señalar que “La obligación de la Medicina es no abandonar a las personas en esas situaciones, sino más bien lo contrario, ayudarles en su objetivo de morir bien. La función de la Medicina es ayudar a vivir bien, a conseguir la perfección y la felicidad. Pero cuando eso no es posible, la obligación del médico es ayudar a conseguir una buena muerte. La Medicina no tiene por objeto evitar la muerte cuando ésta viene exigida por la propia naturaleza, ni tratar al paciente en esos casos como si pudiera curarse, sino ayudarle a morir”.
2) El paradigma autonomista o moderno
Con la llegada del Renacimiento, como su propio nombre indica, vuelven a florecer los elementos y pensamientos de la cultura clásica. El Renacimiento es un periodo datado en los s. XV y s. XVI, y que se circunscribe fundamentalmente a Europa Occidental; evidentemente, tanto a nivel cronológico como a nivel territorial los tiempos pueden variar. Con este movimiento cultural se retoman y aparecen nuevas ideas sobre cómo entender al hombre y al mundo, así como la interacción entre ambos. Y en ese proceso de reanudar dicho pensamiento surgen de nuevo la eutanasia y el desahucio médico como términos que habían estado acallados, al menos a nivel público, durante el Medievo.
El padre del empirismo, Francis Bacon (1561–1626) en su obra “De Dignitate et Augmentis Scientiarum” (1605) propone a los médicos superar el periodo medieval donde el control de la fase terminal estaba en manos de los pastores de almas, y ayudar técnicamente a los enfermos a morir. Y dice: “En nuestros tiempos, los médicos hacen cuestión de escrúpulo y religión del estar junto al paciente cuando éste está muriendo. En tanto que en mi opinión, si ellos no quieren ser molestados en sus consultorios, y también por humanidad, deben adquirir y prestar atención a cómo puede el moribundo dejar la vida más fácil y silenciosamente. A esto yo le llamo la investigación sobre la ‘eutanasia externa’ o la muerte fácil del cuerpo (para distinguirla de la eutanasia que mira a la preparación del alma); y ponerla entre las cosas a conseguir” (Gracia 2004b:404).
Pero fue un santo canonizado por la Iglesia Católica, Tomás Moro (1478–
1535), el que en su libro “Utopía”78, trata el tema de la eutanasia por primera vez en la cultura occidental, aunque Gafo (1999:26) indica que “las ideas de este canciller de Inglaterra con Enrique VIII, no crea influjo en el pensamiento cristiano de nuestra cultura”.
Como se ha mencionado, desde la llegada del Cristianismo la atención de la persona al final de la vida cambió, y son muchos los religiosos que han estado implicados en el cuidado directo del enfermo; o bien indirecto, es decir, mediante la elucubración de los modelos más adecuados para el trato de estos dolientes.
Dicho proceso reflexivo dio como fruto la Escolástica, como se ha indicado.
Producto de estos pensamientos elaborados por la Teología Renacentista y retomando, de forma clave, las ideas de Aristóteles, surgen diferentes reflexiones como:
• La distinción entre actos que se consideran nocivos de forma directa o indirectamente. Para la teología moral la muerte de una persona causada de forma directa nunca puede estar justificada moralmente, pero sí puede aceptar un acortamiento indirecto de la vida.
• La diferencia entre situaciones ordinarias y extraordinarias, donde se señala que los esfuerzos extraordinarios nunca son exigibles moralmente, aunque esto suponga un acortamiento de la vida de la persona. Figuras importantes en este tiempo fueron: Francisco de Vitoria, y el Cardenal de Lugo, Báñez. Este último fue el primero que acuñó el término ordinario/extraordinario (Gafo 1999:29).
Además, a partir del s. XVII empiezan a aparecer críticas radicales al paradigma clásico, focalizado sobre todo en la idea de naturaleza. El hombre moderno no cree que la naturaleza tenga un orden interno perfecto, y menos que ese orden sea principio de moralidad. Esto es particularmente claro en el caso de la razón moral o práctica, donde tan importante o más que el entendimiento es la voluntad. Dice Immanuel Kant “Ni en el mundo, ni, en general, tampoco fuera del mundo, es posible
78 Moro, T. 1987, Utopía, Tecnos, Madrid.
pensar nada que pueda considerarse como bueno sin restricción, a no ser tan sólo una buena voluntad” (Kant 1992:21).
La idea es que una voluntad mala siempre será mala, sin embargo, una buena voluntad será buena, pero para que uno pueda hacer su voluntad resulta necesaria la libertad, y para que la libertad sea en todo su esplendor es fundamental la responsabilidad. Se pasa por lo tanto, a una ética basada en la autonomía.
Es a partir del s. XVII y s. XVIII cuando surge la libertad de conciencia, fruto de la ideología liberal. Y es cuando se afirma que todos los seres humanos son depositarios de una serie de Derechos Humanos inalienables, como por ejemplo el derecho a la vida. Señala Galán Juárez (1999:86) que “La idea de derecho humano, en cualquier caso, era anterior y lógicamente independiente de los derechos y sistemas legales concretos y específicos, al igual que la moral, que también era previa y, por supuesto independiente, de los derechos particulares, aunque más tarde pudiesen incorporarse algunas de sus demandas”. Además, en este tiempo, empieza a revalorizarse lo privado, y a hacerse una clara diferencia entre lo que corresponde al ámbito público y al ámbito privado.
El hecho de que existan diferentes ámbitos, público y privado, hará que existan diferentes principios morales para el ordenamiento de los diferentes espacios. La ética moderna, liberal, suele ser principialista, la ética kantiana también lo es, pero no todas las éticas son principialistas, por ejemplo, la ética antigua estaba basada en el binomio virtud–ocio, y las éticas más modernas se rigen por el binomio principios–consecuencias. Esto es fundamental tenerlo en cuenta para entender los debates que se generan al final de la vida de la persona, donde aparecen claves como la posibilidad por parte de la persona de disponer de su propia vida (Gracia 2004b:405).
Al establecerse una distinción clara entre lo público y lo privado, la lógica indica que los principios éticos que rigen la vida pública y la privada también deben ser diferentes. Por ello, a los principios éticos que gobiernan el espacio público se les denomina deberes perfectos o de justicia, y a los principios éticos que
gobiernan el espacio privado se les denominan deberes imperfectos o de beneficencia.
Entonces, de ambos deberes, aquellos que generan deberes correlativos, es decir, que el cumplimiento de esos deberes debe ser exigido por ambas partes, son los deberes perfectos o de justicia; esto significa que, la sociedad “perfecta” o Estado, tiene por función hacer cumplir dichos deberes. Y a ese “pacto social” se llega por un acuerdo realizado entre los miembros del grupo. Rousseau (1712–1778) en su obra “El contrato social” (1762) indica que para vivir en sociedad, los seres humanos que comparten deciden llegar a un contrato social implícito, donde se les otorgan ciertos derechos a cambio de ceder cierta parte de su libertad que les corresponde por naturaleza. Entendiendo que el hombre es un ser libre per se, este hombre cede voluntariamente de su parcela en busca de un beneficio mayor.
De aquí se desprende que derechos y deberes son los criterios que hay que defender y respetar por ambas partes, y que el Estado tiene como función hacer que esto se cumpla. Y siguiendo con la idea de Justicia, John Rawls (1921–2002) en su libro “Teoría de Justicia” indica que los hombres en una misma sociedad, en convivencia, tienden a llegar a acuerdos, en busca de unos principios generales que velen porque se cumpla la justicia. Rawls (1995:384–386) habla, entre otros principios, del Principio de Fidelidad, es decir, de la aplicación del Principio de Imparcialidad aplicado a la práctica social del prometer. Y dentro de los argumentos de dicho principio se encuentra que “la acción de prometer es una acción definida por un sistema público de normas, estas normas son un conjunto de convenios constitutivos, al igual que ocurre en las instituciones, al igual que en el juego, estas normas especifican ciertas actividades o acciones, la norma fundamental de la promesa es la frase ‘promete hacer’…”. De aquí se deriva que la persona que hace dicha promesa tiene que cumplirla, a no ser que las circunstancias lo impidan. Estas normas existen en la sociedad y se plantean con cierta regularidad. Cuando, dicho autor, habla de una “Promesa Obligatoria” se refiere a que la persona:
• Tiene que ser plenamente consciente.
• Tiene que considerar todo de un modo racional.
• Las palabras, por parte de la persona, han de ser expuestas libre y voluntariamente.
• No tiene que estar expuesta a amenazas o coacciones.
• Tiene que estar en una situación, en el convenio, razonablemente justa.
La cuestión se centra en saber qué deberes son perfectos y cuáles son imperfectos. La ideología liberal da una explicación a esto hablando de la Transitividad del Acto, es decir, si el derecho de una persona puede afectar o lesionar el derecho de otra persona, se estaría hablando de Deberes Perfectos. Quizá fue el filósofo, político y economista John Stuart Mill (1806–1873) quien expresó este criterio de forma más clara, y así lo expone en su libro “Sobre la Libertad”, que dice así: “El objetivo de este ensaño es afirmar un sencillo principio destinado a regir absolutamente las relaciones de la sociedad con el individuo en lo que tengan de compulsión o control, ya sean los medios empleados la fuerza física en forma de penalidades legales o la coacción moral de la opinión pública. Este principio consiste en afirmar que el único fin por el cual es justificable que la humanidad, individual o colectivamente, se entremeta en la libertad de acción de uno cualquiera de sus miembros, es la propia protección. Que la única finalidad por la cual el poder puede, con pleno derecho, ser ejercido sobre un miembro de una comunidad civilizada contra su voluntad, es evitar que perjudique a los demás. Su propio bien, físico o moral, no es justificación suficiente. Nadie puede ser obligado justificadamente a realizar o no realizar determinados actos, porque eso fuera mejor para él, porque le haría más feliz, porque, en opinión de los demás, hacerlo sería más acertado o más justo” (Stuart Mill 1984:65) en (Gracia 2004b:406)79.
Se establecen a partir del Liberalismo unas demarcaciones “claras” entre deberes perfectos o públicos y, deberes imperfectos o privados. De aquí se deriva que antes, impregnados por la ética naturalista (iusnaturalismo), se entendían vida y salud de modo objetivo, es decir, como derecho de todo hombre y previo a este, por lo tanto, heterogéneo respecto de él. Es a partir del liberalismo cuando se entiende que vida y salud son un derecho “privado”, y el Estado tiene que velar porque a las personas se les respete dicho derecho, por lo tanto, éste es entendido desde un prisma negativo. En la cultura griega se interpretaba que había que velar por la vida de la persona porque era un don dado a ella, había que potenciarla para que consiguiera su fin que no era otro que alcanzar la felicidad. Ahora la lectura es que
79 Stuart Mill, J. 1984, Sobre la libertad, Alianza, Madrid, pp. 65. In Gracia, D. 2004b, Como arqueros al blanco. Estudios sobre bioética, Triacastela, San Sebastián, pp. 406.