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La diversidad cultural de los pueblos indígenas de Oaxaca

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CAPÍTULO 1. Culturas indígenas, territorios e identidades en México

1.4 La diversidad cultural de los pueblos indígenas de Oaxaca

Barabás (2008), estos procesos de construcción cultural retoman aspectos selectos de las tradiciones propias, al mismo tiempo que se apropian de otras culturas (y religiones) con las que mantienen vínculos. No se trata de procesos de control cultural pleno, ya que históricamente se han registrado múltiples situaciones de imposición cultural y organizativa, en las cuales las configuraciones culturales revelan que hasta las imposiciones provenientes de los grupos dominantes pueden ser reelaboradas antes de pasar a formar parte de las culturas y de los sistemas normativos locales.

Los pueblos indígenas actuales tienen una concepción humanizada y sociomorfa del cosmos, ya que conciben al universo, a la naturaleza y a la sociedad como semejantes, y las relaciones entre los sujetos que viven en los diferentes espacios o niveles del cosmos (espacio celeste, tierra, inframundo) se desenvuelven a partir de la reciprocidad equilibrada (Barabás, 2008:124).

Estos aspectos están presentes no sólo en las comunidades indígenas sino también en los lugares de destino de los migrantes, situación que ha llevado a Barabás, a definir las cosmovisiones indias, mitologías, rituales, nociones de territorialidad, como parte de la tradición mesoamericana, pero que han sido reconfiguradas en nuevas construcciones culturales, bajo lógicas propias, las cuales no son consideradas en las categorías convencionales de carácter agrario, político o administrativo.

Así, los territorios culturales no sólo son aquellos en donde los grupos indígenas encuentran su sustento, sino en donde se reproduce su cultura y sus prácticas sociales a través del tiempo.

Los pueblos originarios con mayor influencia debido a factores económicos, políticos, geográficos, son los zapotecos, los mixes y los mixtecos, aunque los pueblos identificados con estos grupos coexisten en medio de una variedad de expresiones particulares y diferencias entre unos y otros; el tronco común de estas culturas es la idea del territorio, el sistema de cargos (con algunas variantes para cada pueblo), el tequio y la guelaguetza; todos ellos son valores que han fortalecido históricamente las vidas comunitarias.

El territorio no solamente remite a la tierra, sino que es el vínculo con lo sagrado, con (Díaz, 2008); el tequio es la realización de trabajos comunitarios sin retribución económica en la que todos los miembros de las colectividades participan; la guelaguetza es la reciprocidad, el apoyo mutuo entre los miembros de la comunidad.

Dalton (1997:7), sugiere que para comprender la geografía humana del estado de Oaxaca es importante comprender “lo indio, lo étnico, el sincretismo religioso y la colonización cultural”.

Además, es importante considerar que las expresiones emergentes de los pueblos originarios en búsqueda de reconocimiento ante la avalancha de un sistema económico injusto, representado por los grupos dominantes y el Estado, que descalifica, estigmatiza y minimiza sus identidades. Estas expresiones levantan su voz para decir “no quiero morir, pero tampoco quiero vivir relegado, sometido, sojuzgado, buscando una incorporación digna” (Reina, 2000:9).

Cabe apuntar que las identidades se redefinen en la confrontación, producto de los múltiples contactos de los pueblos entre sí y con los grupos dominantes con quienes se encuentran en desventaja, por lo que las expresiones del conflicto se pueden expresar en las luchas por la tierra, por recursos materiales y económicos de los cuales los indígenas carecen, pero también en sus defensas de los territorios y de sus recursos naturales, del reconocimiento de sus culturas, de su dignidad y de sus autonomías para exigir posturas como sujetos de derechos propios.

Así, en las últimas décadas se observa en Oaxaca el crecimiento de las organizaciones indígenas que demandan el respeto a sus derechos y a la diferencia, revelando el fracaso de la política de aculturación e integración nacional, y han obligado al gobierno y a los partidos políticos a modificar su relación con los pueblos indígenas, como las reformas a la Constitución local de 1997, en donde por primera ocasión se da el reconocimiento institucional a sus formas ancestrales de organización política y de gobierno.

Es el caso particular de 412 municipios indígenas de la entidad que eligen a sus autoridades y se gobiernan bajo el régimen consuetudinario o de usos y costumbres. Este sistema organizativo se mantiene al margen de los partidos políticos; tiene como base las decisiones colectivas en asambleas comunitarias en donde participan los habitantes de la

comunidad y se articula a partir de la prestación de servicios no remunerados, siguiendo un sistema de cargos cívico- religiosos, en donde el prestigio moral adquiere una dimensión de trascendencia en la localidad.

La participación en los sistemas de cargos es una designación que la comunidad confiere generalmente a varones, como parte de los derechos y obligaciones comunitarios a quienes cumplen con la calidad moral y han alcanzado una jerarquía de prestigio en la escala social. Este prestigio se construye cumpliendo con los diversos servicios del escalafón comunitario que va desde topil (policía) hasta concejal del ayuntamiento o presidente municipal.

Para ello cada comunidad sanciona las acciones materiales y morales de sus integrantes, lo que determina el grado de reconocimiento que posee cada uno, y explica el hecho de que unos ascienden y otros no, incluso hay casos en que se cancelan los privilegios por transgresiones a las normas, la negación por la prestación de un servicio a la comunidad o incumplimiento de los acuerdos comunitarios porque, como apunta Donato Ramos todo hecho negativo en las comunidades implica una sanción moral de desprestigio pertinaz que afecta además a los familiares, incluso trasciende a otras generaciones. De la misma forma, los hechos positivos conllevan reconocimiento que se extienden a los familiares en sus distintos órdenes (Ramos, 2011).

Actualmente y debido en parte a las altas tasas de migración masculina temporal y permanente, las mujeres esposas e hijas de estos migrantes son impulsadas a tomar cargos públicos y actividades que anteriormente solo estaban destinadas a los hombres, aunque regularmente realizan esta actividad para representar al marido y no por el reconocimiento de meritos o prestigio propio. Esta situación provoca tensiones debido a la reconfiguración de las identidades y roles al interior de las comunidades indígenas que son sostenidas cada vez más por mujeres, niños y ancianos.

Las nuevas reconfiguraciones producto de la complejidad que enfrentan los pueblos indígenas se traducen no sólo en los reclamos por la defensa de estas formas organizativas, sino en la necesidad de dar voz a todos sus actores, toda vez que las diferencias no sólo son de carácter cultural, sino que tienen que ver con la distribución del poder y las diferenciaciones sociales que se muestran en la desigualdad entre hombres y mujeres y

entre una minoría que concentra los beneficios del sistema y las mayorías de desposeídos que habitan particularmente en sus regiones indígenas.

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