CAPÍTULO 2. La construcción social del concepto de Juventudes
2.1 Presentación al capítulo
El presente capítulo aborda la caracterización del concepto de juventud, se parte de la idea de que el concepto de juventud no es homogéneo, puesto que no se puede hablar de una sola juventud con rasgos muy generales, más aún cuando se trata de realidades diversas en términos culturales y de profundas desigualdades en términos socioeconómicos, como las que constituyen a los jóvenes del mundo actual.
Se propone el término juventudes en vez de su concepción en singular. La aclaración no se refiere solamente a una diferenciación semántica o de forma, va más allá, alude a una construcción epistemológica del ser jóvenes, lo cual implica mirar con múltiples lentes para aprehender la diversidad que entraña nuestro mundo social heterogéneo, puesto que no es lo mismo ser joven urbano que joven rural o indígena, y dentro de este último grupo, ser hombres o mujeres; asimismo, si habitan en sus comunidades de origen o son migrantes.
Cada una de estas categorías refiere una diversidad de expresiones, de historias, experiencias, identidades, lenguajes y formas de relacionarse con los entornos, con los otros. Su diferenciación resulta importante para comprender las subjetividades presentes en este sector de la población, no sólo para comprender su visión de la realidad sino para entender las formas en que se relacionan entre sí y con los demás.
2.2 ¿Juventud o juventudes?
Uno de los elementos característicos de las culturas juveniles es la construcción de la identidad generacional (Feixa, 1999), asociada a condicionantes individuales, familiares, psico-sociales, culturales e históricas. Este proceso trae consigo la identificación de género y la adopción de roles sexuales; en donde los jóvenes buscan el reconocimiento de sí
mismos, pero en función de los otros, de sus iguales, con los que comparte situaciones comunes de vida, prácticas sociales, y comportamientos colectivos que involucran valores y visiones del mundo.
Los cambios acelerados que están sufriendo las sociedades modernas influyen en los modos de vida de las personas, sobre todo en los jóvenes, los cuales hoy más que nunca son un sector de la población con una fuerte presencia, no sólo por su peso numérico, sino por las grandes dificultades que la gran mayoría de jóvenes -hombres y mujeres- tiene que enfrentar cotidianamente. Tan sólo en México se considera que hay 21 millones de jóvenes, la población actual entre 15 y 24 años, es la generación de mayor tamaño en la historia demográfica de nuestro país (ENJUVE, 2005).
Entre los problemas que resienten los jóvenes se menciona la pérdida de certezas, la pérdida de confianza hacia las instituciones que supuestamente se encargarían de otorgar sentidos a la vida, la fugacidad, rapidez y volatilidad de las vivencias en la vida cotidiana, lo cual lleva a muchos de ellos a tener que enfrentar situaciones de riesgo sobre todo en el ámbito de la sexualidad como lo es el VIH/SIDA o bien el alto índice de embarazos no deseados (CONAPO, 2005; ENJUVE, 2005).
La juventud como hoy la conocemos es una construcción de las sociedades postindustriales modernas (Feixa, 1999), tiene su origen a partir de la posguerra, cuando a partir del surgimiento de un nuevo orden internacional, se conformó una geografía política en la que los vencedores imponían sus estilos y valores. La sociedad reivindicó la existencia de los niños y los jóvenes, como sujetos de derecho y, especialmente, en el caso de los jóvenes, como sujetos de consumo (Reguillo, 2000).
Es importante hacer una diferenciación entre adolescencia y juventud. La adolescencia alude a una categoría biológica-psicológica, en la que resalta precisamente la
“edad biológica” es decir, los cambios físico-emocionales que caracterizan al adolescente como un sujeto inacabado. Su contraparte será el joven que es una categoría socio-cultural, producto de procesos sociales; por lo que juventud sería básicamente una “edad social”. En base a lo anterior, los jóvenes son una construcción histórica, situada en el tiempo y en el espacio social; en donde lo juvenil deviene en sujeto social: heterogéneo, diverso, múltiple y variante (Nateras, 2002).
Carlos Feixa se refiere a las culturas juveniles actuales como aquellas juventudes agrupadas en microsociedades juveniles que han ido adquiriendo cierto grado de autonomía respecto del mundo adulto, referidas a “la manera en que las experiencias sociales de los jóvenes son expresadas colectivamente, mediante la construcción de estilos de vida distintivos, localizados en el tiempo libre, o en espacios intersticiales de la vida institucional” (Feixa, 1998:84).
El estilo es el rasgo distintivo de las culturas juveniles y se define como la manifestación simbólica de las culturas juveniles, expresadas en un conjunto más o menos coherente de elementos materiales e inmateriales que los jóvenes consideran representativos de su identidad como grupo (Feixa, 1998).
Los estilos juveniles se componen de una serie de elementos culturales como el lenguaje, utilizado por los jóvenes como forma de expresión oral distinta a la de los adultos; la música y la estética, que en la actualidad permite identificar estilos juveniles, marcados por el uso y apropiación del cuerpo, del pelo, la ropa, los accesorios (Urteaga, 1993).
En una búsqueda histórica del concepto de jóvenes o juventudes asociadas a las sociedades modernas, Carlos Feixa (1998), encontró que la construcción de modelos de juventud tiene correspondencia con ciertos tipos de sociedad. En base a este autor podemos encontrar los siguientes modelos de jóvenes asociados a determinadas sociedades:
Modelo de juventud Tipo de sociedad
Efebos Estados Antiguos
Púberes Sociedades Antiguas (Grecia y Roma)
Mozos Pre-industriales
Muchachos Primera Industrialización
Jóvenes Sociedades Modernas Post-industriales
Cuadro 4. Elaboración propia. Modelos de juventud en correspondencia al tipo de sociedad.
Fuente: Feixa, 1998.
Como se observa, el concepto de jóvenes aparece recientemente en las sociedades modernas, durante los años cincuenta en Estados Unidos; su origen está asociado a ciertas manifestaciones culturales como el cine y la música, en especial el Rock, que inicialmente se convirtió en la bandera de lo que hoy conocemos como cultura juvenil; y que más tarde
se convertiría en el pretexto para el surgimiento de una cultura juvenil basada en el consumo (Hobsbawm, 1998).
La juventud pasó de ser concebida como un período previo a la adultez, como la etapa culminante de la vida, en función de ella se constituyó todo un mercado de ropa, música, cosméticos, etcétera, que funcionaba gracias a la prosperidad económica de los padres, y por la internacionalización de películas, modas y programas televisivos, que produjo una homogeneidad cultural global (Hobsbawm, 1998).
Las nuevas culturas juveniles rompieron los cánones de la época, en el vestido, la música, el cabello, adoptando una actitud transgresora respecto al mundo adulto; el sexo y las drogas fueron las formas más evidentes de transgresión al volverse de carácter público.
De esta manera se ampliaron los límites de los comportamientos públicamente aceptables, se hicieron más evidentes conductas hasta entonces consideradas inaceptables o perversas como la homosexualidad y el lesbianismo (Hobsbawm, 1998).
El contexto de las culturas juveniles de hoy está asociado a los cambios y transformaciones experimentadas a nivel global y representado en la lógica del paso de la sociedad industrial hacia la sociedad informacional o del conocimiento (Castells, 1999).
Sin lugar a dudas, uno de los momentos de mayor trascendencia en la definición de las juventudes contemporáneas se articuló en torno a los movimientos estudiantiles de 1968, emprendidos en diversos países, que aún con las respectivas diferencias y matices surgidas de cada problemática nacional, mantenían en común la crítica a las estructuras autoritarias de poder, los reclamos de democratización y una aspiración a condiciones de mayor libertad en las formas de vida de los jóvenes, mismas que se expresaron a través del arte y la cultura alternativa, pero sobre todo en una mayor visibilidad a un tema que durante mucho tiempo permaneció resguardado por los valores dominantes: la vivencia de la sexualidad (Hobsbawm, 1998).