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La educación como hecho antropológico

In document Universidad Autónoma Chapingo (página 30-34)

1. LA EDUCACIÓN Y LA ESCOLARIDAD

1.1 La educación como hecho antropológico

La educación es una actividad multidimensional (cognitiva, afectiva, espiritual, social, física) que ha acompañado a la humanidad desde su origen, sin la cual ésta no hubiera evolucionado hasta su estado actual. Como bien señaló Dewey, se trata de un elemento tan esencial para la vida social humana, como lo es la nutrición para su “vida fisiológica” (citado en Luzuriaga, 1981).

La educación, entonces, se apareja en su devenir con el de la evolución cultural humana, siendo un proceso históricamente cambiante y de complejidad creciente. Su fundamento es la experiencia del aprendizaje, usualmente resultado de alguna enseñanza, aunque también se puede aprender por imitación o por autoaprendizaje. El humano aprende desde que nace, pero necesita de amplios cuidados y enseñanzas de otras personas, pues de recién nacido es incapaz de sobrevivir por sí mismo. La sociedad que lo recibe le dotará de un lenguaje, creencias, tradiciones, formas de pensar y actuar, creando así una identidad. Tal proceso es conocido como enculturación (Harris, 1995).

La enculturación es el acto de educar a las nuevas generaciones en el conocimiento existente en la sociedad, donde las generaciones adultas tienen el papel protagónico de ser quienes enseñan a los infantes desde recién nacidos.

Algunos autores, como Dewey (1998), aducen que esta formación debe entenderse en lo fundamental como un acto de transmisión intergeneracional de los conocimientos de un colectivo, para preservarlo y desarrollarlo.

Tal definición extrínseca —el aprendizaje consta de “introducir” conocimientos en la mente del niño, “desde fuera”— es acorde con la de la tradición sociológica liberal. Así, desde el enfoque estructural-funcionalista (Durkheim y Parsons), se asume que la familia —primera institución social a la que pertenece un niño— le transmite su principal cosmovisión, junto a las normas establecidas por la cultura y su sociedad; es decir, indica de qué forma se debe comportar, cómo vestir, qué comer, cómo hablar, cómo pensar, a qué religión pertenecer, etc. Junto a la familia, la sociedad y sus instituciones contribuyen a la formación de los

31 esquemas mentales de los infantes, incorporando visiones, actitudes, valores, emociones, etc., que modifican o complementan lo aprendido en el núcleo familiar.

Pero transmitir saberes no es la única función de la educación. También es un proceso para ayudar al niño a descubrir sus potencialidades como un ser consciente, sensible y pensante (Froebel, citado en Luzuriaga, 1981). Desde la psicología de Vygotski (1996), Montessori (2004) y Piaget (Maier, 2003) se enfatiza que la familia es también el núcleo de las relaciones afectivas que moldean su personalidad. Los padres le proporcionan techo, alimento y vestido, pero también son las primeras personas de las que recibe afectos y desafectos.

De la mayor o menor estabilidad e inteligencia emocional de los padres, depende la creación de ambientes más o menos armónicos para los infantes, en los que reciban (o no) suficiente cariño, respeto, comprensión, tolerancia y confianza, como para ayudarle a formar (o no) una personalidad con un alto grado de autoestima y seguridad en su desenvolvimiento individual y social.

El niño no debe ser visto como un ser incapaz de pensar, que se moldea a los intereses de la sociedad. Se le debe reconocer inteligente por naturaleza, considerando que durante sus primeros años de vida su cerebro es como una esponja que adquiere todo lo que está a su alrededor, pero que también tiene capacidades, aptitudes e intereses propios que debe desarrollar con la ayuda de la generación adulta (Montessori, 2004). De acuerdo a esto, la función de la educación consiste en que las generaciones adultas, por un lado, transmitan a las más jóvenes el conocimiento necesario para sobrevivir, pero sin imponer dogmas; y, por otro lado, los mayores deben fungir de facilitadores para que los infantes se reconozcan a sí mismos como seres autónomos, inteligentes y creativos.

De esta manera, educare que proviene del latín y significa criar o alimentar. Tal verbo, a su vez, deriva de otro más antiguo: exducere, donde la preposición ex significa “hacia afuera”, y ducere “conducir o llevar”. Se trata de un viraje

32 conceptual relevante: en algún momento algo lejano de la historia humana se definió a la educación como un “extraer algo” del educando, para siglos después definirla, al contrario, como un “introducir algo” en él.

En parte, estas y otras mudanzas responden a las adecuaciones de la enseñanza-aprendizaje que emprende cada sociedad de cada época histórica, para ponerla a tono con sus necesidades y características materiales (economía, tecnología) e inmateriales (religión, cosmovisión, ciencia, filosofía), a partir de las cuales se deriva un ideal del tipo de persona que cada pueblo quisiera formar.

Por ejemplo, en Grecia se daba importancia a lo estético de la vida; en Roma imperaba lo práctico; en el cristianismo, la caridad; en el humanismo, la razón; en el positivismo, la ciencia; hoy, las competencias laborales (Montavani, 1968).

Más allá de las variaciones históricas, geográficas y etnológicas hubo un cambio crucial, cuando la humanidad pasó del ejercicio espontáneo y sin teoría de la educación —durante la convivencia entre adultos con niños y jóvenes—, a la emergencia de estructuras y sistemas diseñados explícitamente para llevar a cabo una enseñanza-aprendizaje basada en teorías y horarios, en el nombre de Estados, empresas o instituciones legalmente constituidas. Lo que hay en medio de ambos polos es el surgimiento de la explotación entre seres humanos, con la consecuente necesidad de oprimir por parte de los explotadores.

Si bien puede considerarse un avance cultural el surgimiento de las teorías pedagógicas, planes de estudio, espacios específicos para el aprendizaje o tecnologías que faciliten este último, no debe dejarse del lado el hecho de que tales refinamientos sucedieron a costo de que, al mismo tiempo que se volvían más educadas, las sociedades se volvieron injustas. Y para preservar la injusticia, comenzaron a crearse formas de control de las masas explotadas, entre las cuales se cuenta la educación en sus tres tipos:

1. Formal: engloba todos los niveles educativos (preescolar, básico, medio superior y superior) de los sistemas controlados por el Estado, sean de

33 tipo público o privado, donde al finalizar cada uno se recibe un certificado que abre el acceso al siguiente.

2. No formal: aquella donde se reciben cursos o capacitaciones de algún tema en específico, sea por parte del gobierno o personas particulares.

3. Informal: la que se recibe de la familia, la sociedad, las redes sociales, los medios de información, etc.

Los tres tipos son muy importantes en la formación del ser humano y se interrelacionan. La presente investigación se enfocó en el primer tipo porque, aunque la opresión sutil también se reproduce en la educación informal y la no formal, es en los sistemas estatales donde el alojamiento del opresor en la consciencia de los educandos se volvió una función oculta, pero estructural. En otras palabras, la educación formal u oficial cumple más amplia y sistemáticamente con la meta de alienar mental, emocional y espiritualmente al educando, mientras lo prepara con los saberes y técnicas necesarios para reproducir el capitalismo y lo canaliza hacia un lugar de la pirámide social.

Pero la consciencia de lo anterior no debe borrar el hecho de que la educación escolar puede ser un gran complemento en la formación integral de las personas, sobre todo en tiempos en que muchos niños y jóvenes no encuentran en sus hogares y localidades un espacio para que experimenten, descubran, se integren y desarrollen sus habilidades y potencialidades con la guía de un facilitador al respecto. El problema con la educación escolar es su control por parte del Estado.

En un país donde las clases oprimidas tienen poca representación en los gobiernos, las funciones de aparato ideológico (Althusser, 1988) de la escuela formal se exacerban —sobre todo en áreas marginales como las rurales— y las aspiraciones a una educación integral propias del proyecto republicano se vuelven una mera retórica. Pero la historia demuestra que, al menos en ciertos contextos y bajo ciertas condiciones que se verán más adelante, es posible, viable y hasta necesario rescatar los espacios educativos formales, pero modificando varios aspectos que dañan a la sociedad civil.

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