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El discurso oral y su fuerza perlocutiva

Toda comunicación oral se encuadra en la categoría de expresión oral. Pero existe un segmento de esta expresión oral que tiene una intención, además de respetar la estructura discursiva propia de la lengua. A esta intención se le estudia como fuerza ilocutiva, es decir, la fuerza significante que lleva la expresión, la carga intencional y simbólica que pone en ella el emisor. Adi- cionalmente, el discurso se distancia de la simple expresión oral en cuanto encarna una estructura enunciativa propia, reglada como la escritura. En este sentido habla y oralidad no son la misma cosa: hablar es oralidad, pero oralidad no se reduce al habla. Siempre hay un sujeto que se reconoce a sí mismo en la oralidad, un discurso que se produce para un destinatario con una intención, un contenido que encierra conocimiento.

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En esta perspectiva social es que se construyen los relatos comunitarios generadores de la identidad, que, a su vez, contribuyen y promueven el sur- gimiento de la cultura, ya que los primeros esbozos de la cultura emergen solo ligados a la lengua, principalmente oral, en contextos muy cercanos a la naturaleza, y, en algunos contextos diversos, en la camisa de otra tecnología, posteriormente escrita. Olson y Torrance (1991) opinan que “el ser humano natural no es escritor ni lector, sino hablante y oyente. Esto debe ser tan cierto para nosotros hoy en día como lo era hace siete mil años” (pág. 37). Aunque probablemente se hace más evidente hoy cuando reflexionamos sobre ello.

En palabras del profesor Juan M. Serna (2019) “la tradición oral consta de que no hay un registro escrito, sucedió con las culturas ágrafas, que, aunque no tenían escritura, sí tuvieron literatura y, aunque parezca un contrasentido, el sentido de literatura es la estética del idioma”,

Los ideales de belleza en cada sociedad, incluidos los ligados a la lengua, son subjetivos y se comunican regularmente de forma oral: juglares, sabedores o trujamanes contaban historias, relatos o canciones sin la necesidad fehaciente de escribir, con lo cual se construía una identidad personal y común arraiga- da igualmente en el corazón de cada persona con lo que se garantizaba la ligazón y la consistencia de la comunidad. “Desde la perspectiva del proceso evolutivo, la escritura en cualquier etapa de su desarrollo es un fenómeno advenedizo, un ejercicio artificial, una obra de la cultura y no de la naturaleza impuesta al hombre natural” (Olson , y otros, 1991 pág. 37).

Se podría entender esta definición como la parte más sensible de la oralidad en relación con la libertad y la naturaleza: la oralidad permite al ser humano su propia construcción y progreso, pero también su destrucción y condena, debido a las implicaciones que puede tener el acto oral cuando se ejerce de manera hostil, generando conflictos de los que se pueden suscitar situaciones adversas y peligrosas. En este sentido Pierre Bourdieu opina que:

Todo acto de habla es una concomitancia de series casuales indepen- dientes: por un lado, las disposiciones, elaboradas socialmente, del habitus lingüístico, que implican cierta propensión a hablar y a decir determinadas cosas (interés expresivo) y cierta capacidad de hablar definida al mismo tiempo como capacidad lingüística de producir infi- nitos discursos gramaticalmente conformes y como capacidad social que permite usar adecuadamente esta competencia en una situación determinada. (Bourdieu, 1982 pág. 12).

175 De esta manera sugiere que la oralidad debe ser empleada a la altura del

contexto donde se desarrolla, teniendo en cuenta los diferentes factores que lo componen, tales como el receptor, el lugar y el momento.

Hablar o producir oralmente es un ejercicio lingüístico, una habilidad lin- güística. Pero, cuando nos preguntamos profundamente por la oralidad nos estamos preguntando por un sujeto político que habita el lenguaje y ejerce la oralidad. Surgen, entonces, preguntas de análisis: ¿quién es el que habla?

¿cuál es su función social en medio de lo que simbólicamente representa el discurso oral? ¿a quién se le habla?, ¿cuál es la intención?, ¿cuál es el conte- nido?, ¿dónde radica la importancia de lo que se dice?, ¿cuál es la posición y el rol del emisor?, ¿en dónde radica la autoridad de quien habla?, ¿posee la autoridad para hacerlo?

El juego de poder que existe en relación con la oralidad y el discurso permea las distintas esferas de la sociedad en la que, de acuerdo con la posición social o papel en una comunidad, se debe emplear con adecuación la oralidad, de tal suerte que el discurso esté revestido de seriedad, destreza, pertinencia y conocimiento. “La buena expresión oral se considera una habilidad necesaria para el desarrollo de algunas profesiones y también de algunas actividades relacionadas con responsabilidades políticas o cargos directivos en grandes empresas.” (Sanz Pinyol, 2005 pág. 7), es decir, el médico, el docente, el abogado, el cura, el periodista o el alcalde perdería toda credibilidad si su ejercicio de oralidad no muestra o genera la confianza necesaria para que el receptor se convenza del conocimiento que posee y de la autoridad que lo reviste para producir su discurso. En ese sentido, Bourdieu (1982: 22) con- sidera que, en el territorio jurídico de una determinada autoridad política, la oralidad contribuye a la autoridad que ejerce su dominio, es decir, que existe una imagen de poder ligada a la oralidad del individuo que la ejerce.

Por su parte, en el ámbito educativo el poder se ejerce a través de la oralidad y, así, esta se reviste de autoridad. “La palabra, la voz, el gesto, es decir la comunicación oral es uno de los instrumentos más importantes de que dispo- nen los maestros” (Balaguer Fàbregas, y otros, 2015 pág. 131), no tanto para transmitir enseñanzas sino para la construcción mediada de conocimiento.

De esta manera, los estudiantes, al escuchar a sus profesores, revestidos con la autoridad de su rol, al llegar a sus hogares incluso osan sospechar de los conocimientos de sus padres y allegados cuando sus discursos, que no están amparados por el poder de que esta investido el maestro, no coinciden con los de aquél. Paradójicamente, es común comprender la oralidad en escenarios

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académicos “como una manifestación de lo humano que carece de represen- tatividad, potencia académica y carácter identificador social y cultural, lo que la confina a una condición secundaria y dependiente de la escritura” (Montoya Marín, y otros, 2019 pág. 471).

Unido a ello, está el efecto del ejercicio de la oralidad en los destinatarios o enunciatarios que se transforman simbólicamente: “los declaro marido y mujer” (dice el cura o el juez y dejan de ser solteros para ser un matrimonio);

“tiene cero” (dice el profesor y se comprende reprobada la materia); “tiene grastroenteritis y debe someterse a este procedimiento médico” (dice el médico y se constituye en una orden indiscutible); “queda detenido” (dice el policía y, automáticamente, el sujeto deja de ser libre y comienza a estar preso); “inocente” (dice el juez, y la persona objeto de dicho epíteto se quita de sus hombros el peso de la culpa y el temor del castigo). Todo discurso oral pronunciado por un sujeto que desempeña un rol específico y tiene una auto- ridad socialmente reconocida genera una transformación real en los sujetos a quienes se dirige dicho discurso. La comunicación oral, en sí misma, no está revestida de este poder, aun cuando pudiera tener una intención específica, es decir, esas mismas expresiones pronunciadas por otras personas sin la investidura mencionada no producen el mismo efecto en los destinatarios, si es que producen alguno, y, de cualquier manera, no los transforman. El rol reconocido socialmente y la autoridad conferida a un sujeto potencian o le ponen límites al alcance de los efectos o cambios procurados por el discurso.