De espacios simbólicos y pervivencias rituales: la Iglesia de San Francisco de La Paz como paisaje cultural
2. El valle de Chuquiago en la época prehispánica
El valle de Chuquiago, que describía el cronista Álvaro Alonso Barba en 1698 como “chacra”
o “heredad de oro”, fue escenario del desenvolvimiento de algunas culturas previas a la fundación urbana de La Paz de 1548. A breves rasgos se ha establecido que este valle estuvo sometido sucesivamente a la influencia de la primera cultura del lugar, la chiripa, que surgió 1.200 años antes de Cristo en el altiplano en las islas y riberas del lago Titicaca (Ponce, como
se citó en Crespo, 1972, pp. 63-64). Con posterioridad, los habitantes del valle recibieron la presión cultural y política de Tiwanaku (600 a.C. a 1150 d.C.) basada en la economía del cultivo de la papa, la fundición de minerales de cobre y la construcción de centros urbanos. Del periodo tiwanakota es posible discernir todavía vestigios en algunos sitios de la ciudad, como Miraflores, Sopocachi Alto, Tembladerani y Ovejuyo (ibídem.).
Durante el periodo de los “señoríos aymaras”, su cabecera estaba situada en lo que fue territorio de los Pacajes, señorío aymaro-parlante (Escobari, 2012, p. 35; Saignes, 1985, p.
290). Escobari señala que hacia 1470 fue conquistada por Tupac Inca Yupanqui y acto seguido Huayna Cápac instaló mitimaes procedentes del altiplano para explotar las minas del río que llevaba oro en sus vertientes. Este último dividiría el espacio en dos asentamientos urbanos. A la llegada de los españoles el sitio estaba dividido en dos partes, y sus moradores obedecían a los caciques Quirquincha y Otorongo (Uturunqu), quienes controlaban de manera efectiva que no hubiera robos del oro (Escobari, 2012, p. 36). Notamos entonces que fue un enclave dedicado a la explotación aurífera y también a la producción agropecuaria. Por la descripción del cronista Diego Cabeza de Vaca se puede también señalar su sujeción a Guayna Kapac, desde el incario:
“…todos los indios de la provincia donde esta ciudad está fundada, ques provincia de los Pacasas, eran en tiempo de la gentilidad subjetos al inga Guaynacaua [Guayna Kapac] y á sus antecesores y suscesores, á los cuales los dichos indios servían y tributaban con mucha lealtad y fidelidad y les servían…” (1959 [1586], p. 223)
Estos asentamientos caracterizan su diversidad étnica.
2.1. El factor oro y la wak’a de reproducción
El área que posteriormente ocuparon las órdenes religiosas en la ciudad de La Paz tuvo singular trascendencia, convirtiéndose durante la época virreinal en un lugar de encuentro de las dos mitades: la ciudad de españoles y los barrios de indios. Cumpliendo con las “Ordenanzas de la Nueva Población” de Felipe II en 1573, un factor de gran importancia en su momento fue el del oro en el valle, y hablan de eso los cronistas Pedro Cieza de León (1553), Fray Diego de Mendoza, Álvaro Alonso Barba (1640) en su paso o estancia por el asentamiento.
Después llegaron Gonzalo Pizarro, Pedro Alvarado y Garcilaso de la Vega, «quienes admirando la abundancia de oro en todos los riachos del hermoso valle, le denominaron “Cementera de Oro”» (Díaz, 1967, p. 232; Salinas, 1948, p. 67). Se refiere Sancho de la Hoz de la siguiente manera:
“…Las gentes que aquí sacan oro podrán ser hasta quinientos entre hombres y mujeres y estos son de toda esta tierra de un cacique veinte y de otro cincuenta y de otro treinta y de otro o más o menos según que tienen y lo sacan para el señor principal y en ello tienen puesto tanto resguardo que de ningún modo pueden robarse cosa alguna de lo que sacan porque alrededor de las minas tienen puestas guardas para que ninguno de los que sacan oro puedan salir sin que lo vean…Hay otras minas delante de estas y otras hay esparcidas por toda la tierra a manera de pozos profundos como de la altura de un hombre…Pero las más ricas y de donde se saca mas oro son las primeras que no tienen el gravamen de lavarla tierra. Y por causa del frio no lo sacas de aquella minas sino cuatro meses del año desde la hora del mediodía hasta cerca de ponerse el sol” (1917 [1535])
Pero juntamente con el oro se habla de la existencia de una “wak’a” que respondía a la abundancia del área, y la adoración a una montaña significativa, como describe Diego Cabeza de Vaca:
“La gente desde asiento y pueblo de Chuquiapo tenían por adoración una guaca que se llama Choque Guanca, que quiere decir “Señor del oro que no mengua”, porque al pie del dicho cerro y junto a él están muchas minas de oro que se han labrado y beneficiado en tiempo de la gentilidad y después que los españoles conquistaron esta tierra, y hoy día hay alguna labor en las dichas minas, de donde sacan los indios de Chuquiapo oro para sus tributos y tasa. Hay otra adoracion que se llama Hillemana [Illimani?], ques un sierra alta cubierta de nieve que perpetuamente se le hace y así Hillemana quiere decir “cosa para siempre”, y desta causa los naturales la tienen en adoración”
(1959)
Desconocemos la ubicación de esa “choque guanca”, pero no se puede negar que estos elementos hacían del asentamiento un taypi o centro aglutinador Por ejemplo, Thierry Saignes anota la posición estratégica de la cabecera de Chuquiago como punto de encuentro de los cuatro “corregimientos de indios” creados en 1565: Larecaja (noroeste), Caracollo o Sica Sica (Sur), Omasuyos (al Norte) y Pacajes al Oeste. Era la “clave de su peso político en la historia andina, el cruce ecológico, étnico y administrativo de la cabecera de valle, taypi multi-facético, y encaminaba a la nueva fundación hacia un desarrollo prometedor” (1985, p. 297). Formaba igual un punto de confluencia étnica; como lo mencionan Medinacelli y Ticona:
“Una mirada a la historia cultural permite sostener que Chuquiago fue una suerte de Taypi o centro articulador de diversas ecologías. Los yungas, los valles de Rio Abajo y las tierras del Altiplano se encontraban en la hoyada mediante los caminos prehispánicos que cruzaban la cuenca. Ramales del Takesi, que pasaban por los valles del sur de la actual ciudad, llegaban hasta Yanacachi y luego se extendían hasta la población de Chulumani en los Yungas. El camino del Choro conectaba la región de Chairo y Coroico, otras poblaciones yungueñas que proveían de un imprescindible producto: la coca…Y estaban los caminos secundarios del Capac ñan o camino real del inca, que cruzaban el norte y sur del altiplano para llegar hasta Chuquiago” (2005; Medinacelli, 2009, p. 87).
Ahora bien, el proceso evangelizador que nos involucra se da con el asentamiento de los franciscanos en el espacio estudiado. El cronista Fray Diego de Córdoba Salinas nos brinda algunos datos:
“Los primeros franciscanos que llegaron a La Paz edificaron en esta ciudad en 1550 el convento de su orden. Los mismos fundadores: Fray Francisco de Morales y Fray Francisco de Alcocer extendieron su labor evangelizadora por la región de los Pacajes haciendo que se edificasen en esta zona cuatro iglesias en Machaca…, Callapa, Caquingora y Caquiaviri” (como se citó en Mesa y Gisbert, 1961) De esta manera, los primeros en erigir un convento en la ciudad de La Paz fueron los franciscanos5.Dice el franciscano Diego de Mendoza con respecto al lugar: “El sitio es de los más sanos de la ciudad, a la ribera del rio, con una hermosa puente de cal y canto que hizo el convento para el paisaje y comunicación del pueblo, por estar retirado de él al sol”
(1665). Ello indica que los seguidores del santo de Asís eligieron para la edificación de su casa religiosa un lugar apartado de la ciudad, fuera del centro, a manera de recoleta (con retiro).
Esta elección llama la atención, pues, en muchas ciudades del virreinato peruano el convento e iglesia franciscanos suelen estar en el mismo centro de la ciudad, con los vecinos cerca de la plaza mayor. Basta con citar: Chuquisaca, Cochabamba, Potosí, Lima o Cusco (Mesa, 1989, p. 398).
5 No hay certeza sobre el año de la fundación del convento, recordando la fecha que da Carlos Bravo (1547) y el cronista Padre Reque (1549), a la vez que Fray Diego de Mendoza menciona que el convento se hizo “en el mismo año que la misma ciudad de La Paz” (1548). Los datos incluso se complicarían más si se toma en cuenta el relato de Fray Diego de Córdoba Salinas: “Los primeros franciscanos que llegaron a La Paz edificaron en esta ciudad en 1550 el convento de su orden”.
2.2. Construcción de la iglesia
Los tipos de construcciones arquitectónicas del periodo colonial, basados sobre la estructuración de la ciudad cuadrangular o de tipo damero, pueden distinguirse en tres principales: la religiosa, la civil (administrativa y militar) y la privada. Respecto a la primera, durante la colonia temprana en territorio americano muchas iglesias fueron construidas sobre espacios sagrados y templos prehispánicos; emblemáticos son los casos existentes en México, Cuzco o Copacabana sin ir más lejos, formándose así sitios imbricados con tradiciones largas en cultos e imaginarios locales.
En el caso de La Paz, su fundación y la construcción del antiguo convento de San Francisco son simultáneas; Data de 1549 la erección del primer convento religioso en la ciudad. “Los hermanos menores”: Fr. Francisco de los Ángeles Morales y Fr. Francisco de la Cruz Alcocer habían obtenido las debidas licencias el año mismo de la fundación de la ciudad (1548), y el alarife Juan Gutiérrez Paniagua concedió a los religiosos un solar apropiado al otro lado del río Choqueyapu donde edificaron su convento que abarcaba dos manzanas de terreno de norte a sur, de este a oeste (García, 2001, p. 39; Cuevas, 2003, pp. 13-14). La relación del Lcdo. Diego Cabeza de Vaca (corregidor y justicia mayor de la ciudad), escrita por él en 1586, manifestaba que había “un monasterio de San Francisco bien edificado” (1959 [1586], p. 122).
El símbolo del mestizaje, del encuentro e intercambio, se hicieron patentes en otros elementos de la Iglesia, como en la portada. A esto debe sumarse una de sus características: contaba con un puente, uno de los más importantes de durante la época colonial, que conectaba ese barrio de españoles con el de indígenas. Además de tener la utilidad de tránsito, permitió unir identidades, combinarlas y presentar un relicto histórico trascendente. Aparece como un reafirmante de la identidad heterogénea de la ciudad. Este puente, así como los otros en la ciudad, permitió los entrecruzamientos y fue el punto de encuentro entre indígenas y españoles que fomentaron el mestizaje. Citando a Fernando Cajías: “No es atrevido afirmar que esos puentes fueron el camino del mestizaje que en el siglo XVIII era el rasgo cultural principal de la ciudad” (2009, p. 35). Así se iba construyendo el paisaje cultural.