• No se han encontrado resultados

EL VALOR SOCIO-HUMANO DE LA COMUNIDAD FAMILIAR

In document SER-CON Y SER-PARA LOS DEMÁS: (página 112-128)

El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor fl orecen, no es una ofi cina ni un comercio ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia. - G. K.. Chesterton

Con la intención de ubicar este tema, te traigo a la memoria la imagen de la piedra arrojada y cayendo en las aguas plácidas de un lago donde se forman círculos concéntricos. Pues bien, este es el tercer círculo o cauce concreto a través del cual se expresa y realiza nuestra dimensión social. Por otra parte, en el acercamiento que tendremos sobre el tópico, nos limitaremos a abordar únicamente aquellos aspectos vinculados a su esencialidad, dejando de lado la mayoría, objeto propio más bien de otras ciencias. Comenzaremos por adentrarnos en su connatural proveedor: el noviazgo.

1.-EL NOVIAZGO: TIEMPO DE SEMENTERA

Es muy probable que en estos momentos estés viviendo un noviazgo. De ahí mi pregunta: ¿Qué es y signifi ca para ti? ¿Aceptas mi invitación a explorar esa realidad llena de cautivación y de otras tantas cosas bellas?

Personalmente, yo comienzo por reconocer algunas diferencias entre los noviazgos de hoy y aquéllos vividos cuando era yo joven como tú. Es conveniente hacer una precisión. La diferencias aludidas es probable sean más de forma, no de fondo, pues la esencia del noviazgo, su fi nalidad intrínseca siempre, creo yo, deberán ser las mismas. Sobre estas cosas fundamentales relativas al noviazgo te invito a refl exionar un poco aquí.

Antes, déjame señalar algún aspecto del cambio sufrido por el noviazgo, al igual que otras formas de relaciones interpersonales han experimentado transformaciones. Me refi ero al hecho de ser propensos a verlo como algo común u ordinario. Cito un ejemplo. Hoy no nos asombra ni extraña del todo escuchar de bocas infantiles: mi “novio/a” es fulanito/a. Se ha vuelto tan ordinario casi como decir tengo mi bicicleta, tengo mi muñeca. ¿Te ha tocado escucharlo? Si esto es harto común en la edad infantil, tanto más lo es en la adolescencia y juventud. ¿Y qué hay de malo o anormal en ello?- dirás. Nada, en absoluto. Sabemos que los pequeñines, por esencia imitadores, sólo reproducen lo que observan en sus mayores, en la televisión y el entorno social-cultural donde se mueven. Aún más, destaco algo muy signifi cativo en ese inocente comportamiento infantil: ¡Aunque de manera tenue e incipiente, es de reconocer en ellos la manifestación ya explícita de la connatural atracción heterosexual, la cual bajo otro punto de vista representa un signo de normalidad! ¿No lo crees?

En cuanto a la edad joven (incluida la pubertad y adolescencia) el noviazgo adquiere lógicamente signifi cados y dimensiones diferentes. Haremos apenas mención del noviazgo “semi-formal” –por

llamar de alguna manera al que puedes estar experimentando ahora-para centrarnos enseguida en aquél formal.

Lo primero a destacar es el noviazgo como apertura inicial hacia el otro/a, signada por la atracción afectivo-sexual. Los primeros noviazgos de esta etapa se encuadran por lo general en ese contexto, sin que se descarte la posibilidad de una mayor profundización en otros aspectos, tales como el mutuo conocimiento e identifi cación. Hasta aquí, todo es normal, deseable, bello y humana, psicológica y éticamente sano. El riesgo inherente que no puedo dejar de señalar aquí es el la deformación de esa práctica. ¿Cuándo o cómo puede acontecer ésta? De manera específi ca puede darse cuando prevalece lo sexual sobre otros aspectos. Es decir, cuando los noviazgos son reducidos a una práctica, a un juego meramente sexuado, con la consecuente merma de la relación en sí, como la de los propios actores. ¡Cuántos noviazgos pueden ser o derivar en un mero pretexto o la fachada del simple desahogo sexual! Tengo novio/a porque así me aseguro a alguien con quien fl irtear y por lo tanto, tener al alcance de la mano los deleites sexuales.

No sé si cuento con tu consenso, pero tengo la sospecha de que las víctimas mayormente afectadas por esta deformación del noviazgo son las mujeres. No estoy con esto declarando sea el hombre el exclusivamente el victimario, no, sin duda debe haber un alto índice de mujeres que de víctimas nada tienen. En conclusión, mi interés respecto a este noviazgo propio de la adolescencia es que siendo algo por naturaleza hermoso, rico en contenido humano, afectivo y valoral, puede empobrecerse y banalizarse, o en el extremo, degradarse.

El otro noviazgo, aquél identifi cable y defi nible como ofi cial o formal, en cuanto orientado hacia la culminación en el matrimonio, nos ocupará de manera prioritaria en este espacio. ¡Sí, sí, no me lo digas, estoy consciente que por ahora este tipo de noviazgo no aparece en tu horizonte inmediato! Aunque también me atrevo a aventurar no esté descartado del todo el matrimonio en tu proyecto de vida. Asido entonces, a esa posibilidad, por mínima que sea, me voy a permitir ahondar contigo en torno al tema del noviazgo formal, esperando, espero te sea útil para cuando se ocupe.

¿Te parece?

Ahora bien, lo primero a poner de relieve es la naturaleza anticipatoria de este noviazgo. Dentro de esa propiedad, me interesa comentar contigo el carácter preparatorio que, a su vez, encierra los matices de adelanto y prevención inherentes a la real vivencia del mismo.

Preparando el gran evento.

Por fortuna, aún prevalece entre un elevado número de jóvenes como tú, la convicción de que el matrimonio es un acontecimiento de trascendental importancia en sus vidas. De ahí la conveniencia de preguntarnos: ¿qué tan bien solemos prepararnos para tal evento, acorde a la importancia concedida? Para mayor claridad, contrastémoslo con otros aspectos de nuestra vida.

¿No es cierto que durante varios semestres, incluso años, te has estado preparando para ejercer una profesión; de forma análoga, si vas a realizar un viaje, procuras hacer todos los preparativos necesarios, cuidas los más mínimos detalles a fi n de que no falte nada, y todo salga según lo planeado;

lo mismo si organizas una fi esta, vas a ir a un paseo, o a cenar, bailar etc., con tu novio/a? Lo que trato de subrayar es esto: si en verdad tenemos el interés de que lo emprendido por nosotros tenga buen éxito, difícilmente lo improvisaremos, sino por el contrario, cuidaremos en mayor o menor grado los antecedentes, los “insumos”, dependiendo de la importancia y complejidad que en sí tenga lo que no hemos propuesto conseguir o llevar al cabo. Ejemplifi co esto último, dada la relevancia que tiene para lo que estamos diciendo. ¿Verdad que no es la misma preparación requerida para enfrentar el examen profesional, que aquélla para someterte a una evaluación de algún periodo intra-semestral?

La importancia o trascendencia del examen dicta el nivel de preparación. Al menos eso dicta la lógica, ¿o no?

¿Cuál debería ser entonces, la preparación que el noviazgo representa para el matrimonio?

Planteado en otros términos, ¿cuáles debieran ser los ingredientes de esa preparación? Los resumo en

un proceso permanente que incluye una triple maduración: humana, afectiva y sexual. Abundaremos enseguida algo sobre cada una.

Antes de entrar en materia, permíteme agregar algo sobre la madurez. Recurro a dos ejemplos para ilustrarla. Decimos que una fruta está madura cuando se halla en el punto exacto de podérnosla comer; de idéntica manera, un proyecto o un plan lo hemos madurado cuando ha alcanzado el nivel de estar listo ya para ponerse en marcha de inmediato. A este punto de madurez aludimos en el noviazgo como preparación al matrimonio.

Madurez humana. Ésta ha de cimentarse y partir del reconocimiento mutuo de la alteridad marcada por la complementariedad. Alteridad indica, en primera instancia, que uno/a no es el/a otro/a (recuerda lo dicho antes sobre la individualidad-identidad). Por otro lado, la mujer, al igual que el hombre, mantienen entre sí claras diferencias corpóreas, fi siológicas y psicológicas defi nitorias de la respectiva identidad de género. Alteridad, empero, que no se opone a la igualdad de uno y otra en dignidad, derechos, oportunidades de auto-desarrollo y desempeño en los diferentes campos de la ciencia, de la cultura, política, deportes, profesiones.

La madurez humana de pareja debe refl ejarse tanto en el reconocimiento y respeto hacia ambas alteridades (persona-género) y hacia esa igualdad, como en la promoción de aquéllas y ésta.

Ahora bien, partiendo de la premisa según la cual, el noviazgo formal es de alguna manera un matrimonio anticipado, cabe señalar que la complementariedad es aplicable a la estructura novio- novia en cuanto constitutivo esencial de la pareja humana, esto es, en cuanto expresión del ser-para el otro/a, estar orientado hacia el otro/a.

Un primer nivel de mutua complementariedad lo establece el hecho de que el hombre es precisa y cabalmente hombre frente a la mujer, y a la inversa, la mujer se afi rma y afi anza como tal gracias al hombre. Lo viril (vir = varón) entonces, se revela sólo ante lo femenil, y lo femenil de cara a lo viril.

Un segundo nivel lo establece la diferencia somático-fi siológica. En efecto, la comunión sexual y la procreación demandan la confl uencia complementaria de ambos. Si bien una y otra acciones, en nuestra cultura son consideradas como propias del status matrimonial, no podemos pasar por alto que durante el noviazgo es normal y hasta recomendable la existencia de manifestaciones afectivas- sexuales. Se menciona el término recomendable en el sentido de que también la sexualidad-como lo veremos más adelante-es parte del conocimiento mutuo adquirido por los novios antes de casarse y el cual habrá de continuar ya casados.

Las diferencias psicológicas entre uno y otra dan pie para un tercer nivel de complementariedad.

Cuando intentamos adentrarnos en las diferencias psicológicas, es preciso aclarar que, según los estudiosos del tema, estamos pisando un terreno movedizo o inestable, pues dichas diferencias se han casi diluido en las últimas décadas […]”aquellas características clásicas, según las cuales el hombre se consideraba a sí mismo: “más fuerte, más inteligente, más valiente, más responsable, más creador o más racional. Y ese “más” justifi caba su relación jerárquica con las mujeres, o, al menos, con su mujer.”1 Los hombres al igual que las mujeres han cambiado signifi cativamente, por lo que ese

“más” mencionado en el artículo citado, ha casi desvanecido las diferencias entre uno y otra. Enrique Cases y Antonio Carol2 asientan al respecto: “La tendencia al igualitarismo difi culta descubrir lo específi co de cada sexo más allá de las formas esteriotipadas de otras generaciones. La confusión

1 La Crisis Actual de la Masculinidad y el Poder. Lo que va del macho al varón. e-sexologia.com-copyright 2000, 18/02/05 2 Mujer y Varón, cap. 8: diferencias psicológicas entre hombre y mujer. Catholic.net-beblioteca catolica completa. 18/02/05

Fuente: www.buenvivir.org

ha sido el fruto de las nuevas tendencias en cuanto a la identidad psicológica de hombre y mujer.

Más allá de percepciones sencillas como que el hombre está más orientado a la acción y la mujer es más pasiva, o que la mujer está más orientada al otro, al tú con mayor capacidad de sacrifi cio y de empatía. Lo cierto es que aun cuando un hombre y una mujer hacen las mismas cosas, el modo de realizarlo es diferente.”

Si te interesa ahondar acerca de las diferencias en actitudes y comportamiento del hombre y la mujer, te recomiendo la obra de David G. Myers3 donde sostiene que más que una oposición entre él y ella, difi eren “como dos manos encontradas: similares pero no iguales.”

Como si no fuera sufi ciente la confusión apuntada por los autores recién citados, acerca de la identidad específi ca del hombre y la mujer, la así llamada Ideología del género la ha venido a exacerbar. La esencia de esta ideología consiste en sostener la inexistencia de un sustento natural para la diferenciación entre varón y mujer. Las diferencias-explica esta ideología-son marcadas por la cultura de cada país y por cada época. Con ello se niega la existencia de dos sexos (masculino y femenino).Lo aceptable más bien es pluralidad de formas o inclinaciones sexuales. “[...] se pretende dejar a la libertad de cada quien el género al que se quiere pertenecer, todos válidos, puesto que al ser inexistente, según esta ideología, una esencia femenina o masculina, se cuestiona el que exista una forma natural de sexualidad humana; por tanto, los hombres y mujeres heterosexuales, los homosexuales y lesbianas, y los bisexuales son simplemente modos de comportamiento sexual, producto de la elección de cada persona, libertad que todos deben respetar.”4

Al margen pues de los radicalismos, de los estereotipos superados o no, de los supuestos actuales o emergentes, que al fi nal de cuentas no son sino tendencias que apuntan hacia la generalización, el hecho real y concreto es que tú te hallas o te hallarás frente a tu novio/a con una personalidad propia, distinta a la tuya, y ahí radica la necesidad de complementarse.

Madurez afectiva. Con ésta estamos aludiendo específicamente a la consolidación, profundización y en cierto sentido “purifi cación” del amor de pareja o de cónyuges. Sobre éste hemos abundado en el apartado dedicado al amor. Por ello, aquí nos limitaremos a incluir una que otra acotación relacionada con el noviazgo. Tengo la convicción personal de que hay en particular dos artes en los cuales alcanzar la madurez es muy difícil: el de ser libres y el de amar. Esta premisa nos obliga a iniciar desde novios ese camino conducente al matrimonio, uno de esos acontecimientos que nos exigen plena libertad y un amor bien cimentado.

Sólo el amor de caridad o de pura benevolencia puede prodigarse sin que medie conocimiento directo de la persona objeto de ese amor. Cualquier otro tipo de amor presupone un grado de conocimiento. La sabiduría popular reza: “del conocimiento nace el amor”. El primer paso entonces, hacia ese amor genuino de pareja es conocerse mutuamente. Lo cual implica una comunicación franca y honesta; mostrarse tal y como se es. Es frecuente esconder o disimular los defectos propios, procurando mostrar siempre nuestra mejor cara para agradar. Error grave que muy probablemente tendrá repercusiones cuando se comparta la vida en común, pues entonces las sorpresas desencantadoras pueden acarrear fi suras en la armonía matrimonial. Por ello es saludable conocerse tanto en las cualidades como en las defi ciencias para fortalecer las primeras y ayudarse a mejorar las segundas. Aún más, en el peor de los casos, es preferible un “mejor no” a tiempo, que un desencanto posterior. Aspecto de esa comunicación asertiva es decirle al novio/a: no me gusta o no me parece esto o aquello de ti. Claro, esta apertura no pretende “cambiar” al otro/a, mucho menos que él/ella sea como yo, sino ayudarse recíprocamente a mejorar.

El segundo paso es la mutua aceptación con la personalidad y bagaje histórico, familiar y cultural de cada quien. Es de esperarse esta actitud mutua entre los novios: te acepto sin otra condición que el compromiso compartido de ir en busca de la auto-realización y felicidad contigo.

Esto conlleva el mutuo respeto y a la vez la negociación ahí donde sea necesaria, ceder cuando el/la otro/a tenga razón, comprenderse en los momentos de cometer un error, ayudarse cuando necesiten

3 Myers, David G.: Psicología Social. 8ª. edición, McGraw Hill, México, 2005

4 La familia 9. 1: el matrimonio y la familia htt p://eati..upaep.mx/humanidades/25202etica.general/sesion14. html 23/03/05

mejorar algún aspecto. Quien acepta a cabalidad, no pedirá cuentas de la vida que antecedió al momento de conocerse y ponerse de novios. La aceptación, en el fondo no es otra cosa que un acto pleno de confi anza en el/la otro/a. Sin ésta no hay relación sólida ni duradera.

Este tránsito hacia la consolidación de un amor genuino de pareja tiene como culminación la mutua valoración. El valor humano por excelencia es la persona; de él se desprenden todos los demás. Tu relación de pareja novio-novia ha de cimentarse en el valor que cada quien encarna en su persona. Te valoro a ti por quien eres: alguien que en comunión de vidas, pide y da reconocimiento;

que espera ser promovido/a y a la vez promueve hacia el logro de la respectiva realización en su ser personal y en la dimensión específi ca de pareja hombre-mujer. De esta valoración primigenia podrá después derivarse aquélla relativa a los “haberes”: dotes o cualidades de cualquier índole, incluso los benefi cios que pueda redituar una ventajosa posición socio-económica, o aquéllos aunados al prestigio, celebridad, nivel de infl uencia y poder. Todo esto es válido y legítimo, siempre y cuando no se antepongan al valor de la persona, pues de ser así, se estaría construyendo sobre arenas movedizas. Déjame regalarte, a propósito de lo dicho aquí, esta verdad-hecha lamento-confesada por un personaje de cierta novela escrita por un escritor francés, y que leí por allá en mi harto lejana adolescencia: “¡Luz de fuego fatuo cegó mi vista, pasé junto a mi dicha y la pisoteé sin conocerla!”

¿No es luminosa esta lección?

Cuando se recorre este camino ascendente hacia el entendimiento e identifi cación, el amor de pareja espontáneamente se va ensanchando, fortaleciendo y profundizando. Usando una expresión familiar, diríamos que el pastel está listo, sólo falta colocarle la cereza. Ésta corresponde a los últimos toques por dar para acercarse a la madurez afectiva o amorosa. Ya antes hemos platicado acerca de la fecundidad como característica propia del amor conyugal o de pareja. Te remito a ese apartado.

Cabría aquí únicamente referir que la fecundidad, característica propia del amor conyugal o de pareja, cristalizada en la procreación de los hij os, debe desde la etapa de novios abordarse a la luz de las personales expectativas en relación al cuándo concebirlos y el número de ellos. Mientras los consensos, sobre todo aquéllos de mayor peso y signifi cado, sean construidos por ambos con antelación, es mucho mejor. El de la prole es uno de ellos.

Tocante a los toques fi nales que acerquen a la madurez deseada, destaco algunas cualidades valorativas a cultivare desde el periodo del noviazgo. La generosidad, proclive siempre más al dar que al recibir, al servir, más que al ser servido/a. La empatía, conducente a sentir y vivir como en carne propia todo lo que afecta positiva, o negativamente a la pareja. Compartir en solidaria complicidad los ideales, los proyectos, los logros y fracasos, las decisiones concernientes a la vida de ambos. La magnanimidad, propensa a la benevolencia, comprensión, perdón, tolerancia y reconciliación; del lado opuesto, es ajena al rechazo, resentimiento o encono y, sobre todo, inmuniza a las personas de la tentación de erigirse en juez del/a otro/a.

Madurez sexual. No hay mucho por agregar a lo expuesto cuando comentamos lo relativo al amor sexual en el contexto de la relación conyugal. Sin embargo, es válido plantearnos si en la búsqueda de esta madurez son no sólo admisibles, sino necesarias las relaciones sexuales prematrimoniales, en específi co durante el noviazgo formal. Debo reconocer que es éste un tópico muy sensible, por no decir espinoso, el cual, según mi pensar, cae en el ámbito de las decisiones personales. Razón por la cual me abstengo de externar una opinión concreta en torno a la consumación del acto sexual durante el noviazgo. Sí, en cambio, me atrevo a sostener la conveniencia de un mutuo conocimiento y exploración mediante las manifestaciones afectivas vinculadas a la incentivación de la libido, tales como los besos, caricias, abrazos, etc.

Dentro del anterior contexto, es recomendable informarse y familiarizarse con todo lo concerniente a una práctica sexual no sólo satisfactoria, sino también y sobre todo, humanamente signifi cativa, de suerte que durante el noviazgo se tenga una verdadera educación sexual preparatoria para el matrimonio. Ello por dos razones: primera, la exploración tangible aludida permite, entre otras cosas, verifi car si hay “química” compatible entre ambos y si no hay alguna disfunción, como pudieran ser la frigidez en ella y la impotencia en él. La segunda razón se relaciona con el impacto que la vida y actividad sexual tiene sobre la personalidad sana de uno y otra. Atendamos a lo

In document SER-CON Y SER-PARA LOS DEMÁS: (página 112-128)