LAS DIMENSIONES CONSTITUTIVAS DE LA PERSONA HUMANA
2- ES NUESTRO PRIVILEGIO SER LIBRES
La libertad no hace felices a los hombres, los hace sencillamente hombres. - Manuel Azaña
Heidegger afi rmó que estamos condenados a ser, pero no a ser de esta o aquella manera. Podíamos nosotros parafrasearlo diciendo que estamos también condenados a actuar, pero no actuar de esta o aquella manera porque no sólo somos libres, sino que podemos actuar libremente. Los seres no humanos están condenados a ser y actuar, pero también condenados a ser y actuar de determinada
2 Beuchot, Mauricio: El núcleo ontológico de la interpretación (la substancia y el lenguaje), coedición del Departamento de Filosofía UNIVA y de la Asociación Filosófi ca Mexicana, A. C., 1997
forma. El árbol siempre será árbol, y su desarrollo al igual que sus modos de ser y actuar, le vienen impuestos por la propia naturaleza u otra fuerza externa; el perro es siempre perro, y sus modos de ser, así como su actuar son dictados por su naturaleza instintiva, no se plantea opciones porque no es capaz de visualizarlas y analizarlas. Respecto al ser humano, se presentan tres posturas, mismas que a continuación analizamos.
2.1.-TRES TESIS ACERCA DE LA LIBERTAD
Primera: naturaleza sin libertad
Esta tesis es sostenida por los seguidores del Naturalismo Determinista, según el cual, los humanos estamos en el mismo plano de los seres vivos de la naturaleza, esto es, que al tener una naturaleza defi nida, determinada, ésta dictará o impondrá el actuar de la persona; en consecuencia, la libertad está de más, sale sobrando; mejor aún, es absurda o contradictoria a la naturaleza humana.
Es obvio el extremismo de este planteamiento, empero y a pesar de su radicalismo, tiene parte de la verdad, que no toda. En efecto, una gran cantidad de acciones y operaciones nuestras son impuestas por la condición corpórea-orgánica que poseemos. Baste pensar en el cúmulo de acciones fi siológicas que escapan al dominio de nuestra voluntad.
Segunda: libertad sin naturaleza.
Este postulado se halla en el extremo opuesto del anterior. Lo propugnan principalmente los existencialistas radicales, para quienes el hombre primero existe y después, mediante el ejercicio de la libertad va construyendo su esencia o naturaleza humana. Ello signifi ca que lo que somos es por obra y gracia de la libertad, pues siendo de origen pura indeterminación (no somos alguien o algo, simplemente somos) vamos creando nuestra naturaleza en y a través de la actuación de la libertad.
De manera similar, esta posición fi losófi ca, no obstante padecer del mismo mal de extremismo que la anterior, encierra también gran parte de verdad, tal y como lo evidenciaremos en un momento más.
Tercera: naturaleza con libertad.
Como ves, este planteamiento intenta superar los dos antagónicos conciliándolos. No creo equivocarme al afi rmar que una gran mayoría de los fi lósofos sostienen que naturaleza y libertad no sólo son dos realidades coexistentes en el hombre, sino mutuamente se incluyen y necesitan en la realización del mismo. ¿Cómo se superan y concilian ambos extremos? Pasemos a verlo.
A los primeros convendría decirles: es evidente que una amplia gama de acciones psicosomáticas nos son impuestas por la naturaleza, pero también una realidad igualmente evidente nos muestra a las personas deliberando, eligiendo y decidiendo ante múltiples opciones. Incluso podemos volver a repetir esas acciones sobre las primeras con intención y dirección no sólo diferentes, sino opuestas.
Así, puedes tú, ante las opciones de ponerte a estudiar o salir con los amigos/as, decidir estudiar, pero ya apunto de hacerlo, dejar los libros e irte con las amistades. Todavía más, en virtud de la libertad podemos incidir sobre algunas de las cosas que la naturaleza nos impone. Por ejemplo, nuestra condición corpórea nos impide estar en más de un lugar al mismo tiempo, y si queremos estar en un lugar distinto al que nos hallamos, tenemos que trasladarnos. Sin embargo, nosotros decidimos hacerlo caminando, trotando, corriendo, o bien recurriendo a un medio de transporte:
bicicleta, patines, automóvil, etc. Eso no es otra cosa que hacer uso de la libertad.
A los segundos cabría aclararles que tienen razón en cuanto somos seres inacabados, en
constante proceso de auto-realización, y que para lograrlo, no es posible prescindir del ejercicio de la libertad. Nadie nace ya completo, perfeccionado; somos seres en germen, embrionarios. Con nuestras decisiones libres vamos completando el défi cit de nuestro ser, como si día con día estuviéramos recreándolo, haciéndolo. Pero aseverar que no somos nada sino la pura libertad, es insostenible por estas razones: primera, la libertad como tal es una facultad, y cualquier facultad implica por necesidad absoluta del sujeto que haga posible tanto su existencia como su permanencia operativa.
Sin ojo no hay facultad de ver ni, por consiguiente, acción de ver. ¿O acaso puede haber huella en la playa sin antes haber un pie que la imprima? Segunda, las personas somos relativamente libres debido a que somos limitados, fi nitos. Elegimos en razón de lo que carecemos, pues si tuviéramos en nosotros todo, entonces no habría necesidad de elegir libremente. Pero la realidad cotidiana nos muestra que de manera constante elegimos entre esto o aquello, entre este o aquel medio.
Precisamente porque no poseemos todos los medios posibles, nos vemos obligados a elegir entre ellos para poder conseguir aquello que nos falta. En este sentido, Sartre tiene toda la razón al afi rmar que “estamos condenados a ser libres”.
2.2.-EL ÁMBITO PROPIO DE LA LIBERTAD
La libertad es como el viento: no se defi ne, se demuestra. - Emilio de Giraldin
Si hubiera un espacio donde la libertad “gozara de plena libertad”, es decir, donde encontrara su medio natural de realización, y a la vez constituyera la fuente de todas las libertades, ese espacio vital lo constituiría el estar liberado-en-el-ser y para-el-ser. Esto puede entenderse en una doble perspectiva:
En una primera instancia, ser libre signifi ca la afi rmación cotidiana y permanente de tu yo existencial, este que vive aquí y ahora, o como te diría Ortega y Gasset: ese “tú y tus circunstancias”.
¿Que implica tal afi rmación? En primer lugar, que la máxima libertad tuya es la de ser tú mismo, con aquella radical autenticidad intolerante a toda intromisión “alterante” (te recuerdo el signifi cado que encierra el concepto de alteración, visto antes), ya sea por vía de cualquier tipo de imposición, o mediante la asimilación cómplice de maneras de ser distintas a la tuya. Eres quien eres porque así lo has querido y decidido tú mismo/a. La mayor libertad, pues, es la que tienes de auto-apropiarte y auto-defender tu mismidad. Lo dicho vale igualmente para el/la que quieres llegar a ser: tú y sólo tú estás autorizado/a para decidir sobre tu proyecto de vida futura. Esto, es obvio, no excluye la opinión, las sugerencias y recomendaciones de otras personas, y es de sensatos el tomar en cuenta eso, pero las decisiones libres son de exclusiva competencia personal. En segundo término, auto-afi rmación entraña liberación de todo aquello que merma y empequeñece nuestro ser: los malos hábitos, las obsesiones enajenantes, las cosas materiales que invaden y se apropian de nuestra interioridad y hasta las relaciones humanas perniciosas y esclavizantes.
En una segunda instancia, el campo más propicio para el ejercicio de nuestra libertad es aquel que escapa a lo meramente físico para ubicarse en el ámbito de la cultura y del propio destino personal. Reconocemos la libertad como un medio, nunca como un fi n en sí; es decir, somos libres para algo, no para nada. Ya apuntábamos antes que mediante ella vamos completando lo inacabado de nuestro ser. Bajo otro punto de vista, es preciso asentar que la libertad debe armonizarse con la ley, el orden, las costumbres, etc. Lo cual no implica renunciar o sacrifi car la libertad en aras de ello, pero tampoco la violación de ello mismo. Nuestra libertad está encauzada por la ley moral o cualquier otra, mas siempre nos debe quedar la posibilidad de hacer lo contrario a lo que la ley ordena.
Habría de resaltarse que este espacio “sagrado” de nuestra libertad hasta Dios lo respeta:
somos los únicos capaces de oponernos a Dios, y Él, al concedernos la libertad, “se ha atado las manos” para no intervenir sobre ella. La libertad no puede ser orillada a hacer indefectiblemente
lo bueno, lo correcto, sino que debe disponer de la opción de inclinarse o elegir lo incorrecto y moralmente malo. A propósito, me viene a la memoria aquella ridícula cuan absurda tesis de Skinner1, según la cual científi camente se tendría la posibilidad de condicionar la conducta humana para que siempre hiciera lo correcto, lo adecuado, lo bueno. El precio a pagarse es el sacrifi cio de la libertad.
Pregunto: ¿qué sentido, qué valor o mérito tendría una persona que es “programada, condicionada” para actuar correctamente de manera automática? Tampoco estamos propugnando porque se introduzca el derecho a lo moralmente malo o indebido, no, sólo se está enfatizando que no es posible suprimir la libertad aún en la elección de lo malo, aunque cabría precisar, no el mal en sí, pues eso contradice la naturaleza de la voluntad, sino aquel mal cuya apariencia es de bien, apariencia, que por cierto, no elimina la conciencia (saber lo que se hace) ni la libre decisión.
La explicación de por qué elegimos el mal que no debiéramos nos la ofrece la doctrina tomista2: “Un pecado procede, pues, de una doble fuente: de mi voluntad movida por la Causa Primera hacia su bien natural en lo que tiene de positivo; y de mi voluntad sola, en cuanto tal, en la defi ciencia que acompaña a su movimiento.” ¿En qué radica esa defi ciencia de la voluntad? La explicación que el mismo Tomismo nos ofrece es ésta: “Yo no puedo pecar sino cesando voluntariamente de considerar la regla moral de mi acto, y haciendo abstracción de él. En este sentido, Santo Tomás admite que nadie peca sino por ignorancia. [...]; porque no considero la regla, elij o mal. O mejor: la malicia de mi elección procede de su desorden que arraiga en mi voluntaria inconsideración.”
Tu tarea de refl exión
1.- Hasta ahora, ¿qué ha signifi cado para ti el ser libre y cómo has vivido esa tu libertad?
2.- ¿Vives consciente de que tu libertad es uno de los medios más importantes con que cuentas para tu auto-realización, pero también puedes usarlo para tu destrucción?
3.- ¿Ejercitas tu libertad para alcanzar tus propias metas sin considerar si perjudicas o no a otras personas?
4.- ¿En la medida que defi endes tu libertad, en esa misma medida respetas, defi endes y promueves la libertad de otros/as?
5.- ¿Sueles reconocer y aceptar las consecuencias derivadas de tus decisiones personales?
1 Skinner, B. F. : Beyong Freedom and Dignity. Hakectt Publishing Company, Inc., Indiana, 2002
2 Fr. Marie-Joseph, Nicolás O. P.: Jaques Maritain, su Obra Filosófi ca,”la libertad humana y el mal, Ediciones Descleé de Brouwer,, Buenos Aires, 1950, pp. 247-51
Foto: Luis Oviedo
3.-SOMOS HISTÓRICOS POR NUESTRA DIMENSIÓN ESPACIO-TEMPORAL
No saber lo que ha sucedido antes de nosotros, es como ser incesantemente niños. - Cicerón.
Por cuanto hermanos de los demás seres de la naturaleza, los humanos nos realizamos dentro de un tiempo y espacio, por eso como ellos, somos históricos, tenemos una historia. Nuestra diferencia radica en que además hacemos historia. Dentro de esta dimensión humana abordaremos esos tres aspectos.
3.1.- NUESTRO ESPACIO VITAL
Nos estamos refi riendo al donde o lugar en el que nos realizamos: es la espacialidad de la persona.
No se entiende como algo estático, en donde nos encontráramos sumergidos, a la manera de un objeto dentro de una caja o recipiente, o aquel espacio que nos envuelve. Hablamos de un espacio vivido, esto es, de mi, de tu espacio. Ese que infl uye en el devenir de nuestra vida y condiciona nuestro yo en función de que somos cuerpo. Con él entramos en una interacción dialéctica de mutuas infl uencias: incide en nosotros y nosotros en él.
¿Espacio en el que hemos sido arrojados, o el que habitamos?
La idea de espacio extraño para el hombre dentro de este mundo la encontramos en Platón, al considerarnos como pertenecientes a un mundo que no es este físico. Lo mismo sucede con Heidegger quien concibe a la persona como arrojada en este mundo, cual si hubiera sido echada, contra su voluntad, en un espacio extraño y hostil. Similar concepto encontramos en Sartre con su expresión:
“estamos de más o de sobra”. Puede esa idea negativa corresponder a una característica de la sociedad contemporánea en cuanto no nos ofrece un espacio familiar y amigable, pero no corresponde a la estructura espacial de las personas. En cambio, el espacio que habitamos corresponde más a la forma fundamental nuestra de ser, por cuanto signifi camos con ello el encontrarse al abrigo de un espacio amigable y acogedor. En efecto, antes de exponernos al rechazo y agresividad del medio ambiente, somos acogidos con cuidados, con amor. Baste recordar los sentimientos con los cuales en general es esperado un nuevo ser humano, salvo en los casos donde éste es fruto del egoísmo, de la irresponsabilidad o de circunstancias de opresión y desamor.
Las habitaciones que nos brinda nuestra espacialidad
El cuerpo es nuestra primera habitación. El cuerpo no sólo tiene características espaciales, sino que él mismo es espacio, es nuestro primer, inmediato y más familiar espacio. Es la sede primaria de mi yo, a través del cual me relaciono con lo circundante. En este sentido, podemos legítimamente decir que más que tener cuerpo, somos cuerpo, pues sin él no es posible ser humanos. Ello no indica que nos agotemos en nuestra corporeidad, no, se expresa la íntima unión e interdependencia entre el cuerpo y el yo no físico o material, algo así como la encarnación de éste en aquél.
La casa constituye nuestra segunda habitación. Después del cuerpo, nuestra casa, nuestro hogar es el espacio más cercano y familiar con que contamos. Aquí gran parte de nuestra vida se desarrolla, se defi ne, se forma. Por ello el hombre es capaz de imprimir su propio sello a su casa, y por ello sentimos nostalgia cuando nos distanciamos de ella o cierto desgarramiento emocional cuando la abandonamos. La casa, en cuanto hogar, comprende también el ambiente y convivencia familiar. De ahí que nos sea tan entrañable.
El espacio libre circundante es la tercera habitación. Constituye todos los espacios posibles con los cuales interactuamos fuera de nuestro cuerpo y hogar. Esos espacios vitales son la escuela, lugar
de trabajo, el campo deportivo, el restaurante, el salón de baile, el gimnasio, etc., etc. En resumen, podemos afi rmar que las tres habitaciones mencionadas, en términos generales, son espacios amigos de la persona, no cárceles; son espacios disponibles a favor de la realización de las personas.
3.2.- NUESTRA TEMPORALIDAD Y SU RELACIÓN CON LA VIDA
Lo viejo se derrumba, los tiempos cambian y sobre las ruinas fl orece nueva vida. - F. Schiller Idéntico que con el espacio, no es posible entendernos en el ser y actuar sin el tiempo. Nuestra existencia lleva el estigma consubstancial del tiempo: con él inicia, con él se desarrolla y con él fenece.
Así como decimos que es nuestra existencia, de igual manera es nuestro tiempo, pues se halla asido a ella como la sombra al cuerpo. Me parece elocuente lo que al respecto dice María Zambrano en el prólogo de su libro anteriormente citado”: “Pues el tiempo es, tan diversamente de lo que con tanta insistencia se ha dicho, lo que no nos abandona. Nos sostiene, nos envuelve. [...] Ya que el tiempo se nos da a beber, su inmensidad oceánica se recoge y se da a beber en un vaso minúsculo; instantes que no pasan, instantes que se van, vislumbres, entrevisiones, pensamientos inasibles, [...] Y el cáliz del tiempo inexorablemente ofrece el presente. Siempre es ahora. Y si no es ahora, no es nunca, es otra vez sin el tiempo, la muerte que no es un más allá del tiempo.” (p. 11)
Esta nuestra temporalidad encuentra su raíz en el hecho de ser nosotros alguien que desde nuestro inicio no estamos realizados, terminados de hacer y, en consecuencia, nos debemos completar en el transcurso de un antes y un después. Empero, la realidad es que no nos desarrollamos ni en el antes ni en el después, sino en el ahora que comprende a ambos. En este sentido, nuestro yo integral, cuerpo y realidad metafísica, se encarna en el ahora, pero la trasciende hacia lo eterno e inmutable. El más allá debemos entenderlo como la prolongación del mismo hasta el ahora y aquí.
Por eso sólo a través del tiempo presente vivido es como las personas nos desarrollamos aun en lo que hay de eterno e inmortal.
Fuente: www.peru.info
Tiempo transcurrido y tiempo vivido
Abro con un sabio pensamiento de Alice A. Bailey, muy a tono con lo que a continuación vamos a tratar, dice así: “No importa cuánto vivamos, sino cómo lo hacemos.” Pues bien, cuando solemos referirnos a ustedes, los/as jóvenes, de inmediato los/as asociamos con la idea de vitalidad. Por esta razón, me interesa ahondar aquí contigo sobre el tiempo en función de la vida. Si te parece, plantearemos varias preguntas para juntos darles respuesta. He aquí la primera: ¿estás de acuerdo conmigo en que puede haber personas con muchos años acumulados, mas en realidad hayan vivido pocos de ellos; por el contrario, otras cuya edad sea mucho menor y, sin embargo, en proporción han vivido más? ¿Tienes tu propia respuesta? Seguramente. Empero, me gustaría preguntarte en otros términos y juntos encontrar la contestación:
Hasta hoy, ¿consideras que has vivido realmente, o tu existencia ha sido casi un mero transcurrir del tiempo en tu vida? La primera gran diferencia entre quien intenta vivir a plenitud, digamos con intensidad día con día, y quien no, radica precisamente en que el primero sí vive, mientras el segundo deja transcurrir el tiempo en él. Déjame echar mano de una imagen para entendernos mejor. Imagínate la vida como el caudal o corriente de un río. Vemos a un/a joven quien desde la orilla se limita a ver fl uir el torrente de agua. En cambio está otro/a que decide no a contemplarla, sino sumergirse en ella. ¿Cuál de ellos/as dos crees en verdad esté más cerca de vivir su vida? Pero aún así, ¿bastará con hallarse inmersos en la vida para afi rmar que se está viviendo a cabalidad, a plenitud? ¡Claro, es ello un paso importante, mas no basta! ¿No te ha tocado alguna vez encontrarte en una fi esta y al fi nal de la misma tener la sensación de no haberla disfrutado, al menos como tú deseabas o esperabas? Voy a comentar contigo algunas condiciones o ingredientes que deben combinarse para asegurarnos sea real el intento de vivir a plenitud.
¿Eres en realidad dueño/a de tu vida? Ya estoy adivinado tu respuesta categórica: ¡por supuesto que lo soy, es mía y de nadie más; soy el/a único/a que puedo y debo decidir qué hacer con ella, cómo vivirla y con quien compartirla! -¿Acaso no consiste en eso ser dueño de su vida?-puedes estar sosteniendo con total convicción. Te contesto: sí, tienes razón; ahora la cuestión clave radica en que tú mismo/a te cuestiones acerca del grado de conciencia y autonomía con que tomas tus decisiones.
Dicho en otras palabras, si en tus decisiones infl uyen en menor o mayor grado criterios tales como:
así se estila hoy; los/as jóvenes traemos nuestras propias ondas de vivir; si no hago esto o aquello me siento fuera del ambiente de los/as demás; debo tener esto o aquello para no sentirme menos que otros/a; si no ando al último grito de la moda en todos los aspectos, me siento anticuado/a, y además, para verme aceptado debo andar en la misma onda. ¡Ojo, joven amigo/a, si lo mencionado constituye tus guías de comportamiento, puede estar sucediendo que estés dejando el control de tu vida en manos de otras personas, o inclusive haciéndolo depender de situaciones y cosas ajenas a ti!
¡Entonces bien amerita la pena dar una seria revisada a tu vida a ese respecto!
Hay otro ingrediente indicador de si somos o no dueños de nuestras vidas: la intencionalidad y rumbo preciso que le demos. En síntesis, ello responde a los cuestionamientos: ¿qué te propones lograr al elegir y decidir esto más bien que lo otro; hacia dónde apunta toda esa cadena de decisiones con las cuales cada día vas construyendo tu vida; responde a un plan preconcebido y fi elmente ejecutado; o por el contrario, vas improvisando conforme lo dictan las circunstancias o situaciones, o lo que sería aún peor, te dejas llevar cual tronco inerte arrastrado por la corriente? ¿En cuál de esos dos espejos te ves refl ejado/a?
La vida: un capital endosado a tu chequera personal para hacerlo fructifi car. Permíteme abundar sobre esto refi riendo un caso que puede estar muy cercano a la vida real. Don Fecundio es el nombre de un acaudalado hombre de negocios. La riqueza lograda con su espíritu emprendedor, ingenio, constante trabajo y tesón indeclinable, ha llegado a ser inmensa. Su familia está integrada por doña Fortunata y por el hij o único, familiarmente conocido como el Junior Graciano. El padre, además de su avanzada edad, padecía una enfermedad incurable.
Cierto día, presintiendo cercana la muerte, mandó traer al hij o y ahí, en su lecho postremo, le dij o: pronto vas atener en tus manos toda la fortuna acumulada a lo largo de mi vida; serás el dueño