Dios ha creado al hombre como un animal sociable, con la inclinación y bajo la necesidad de convivir con los seres de su propia especie… - John Locke
Hemos visto al hablar de nuestra individualidad, cómo ésta, en cierto sentido nos vuelve solitarios, aislados de los demás, cual si nuestra estructura se cerrara sobre sí misma incomunicándonos con los demás. En la presente parte constataremos que en nuestra constitución más íntima (la sociabilidad- te recuerdo-es otra de las dimensiones esenciales de la persona) necesitamos la interrelación, la intercomunicación vital con otros/as. Asimismo, nos adentraremos en los cauces concretos a través de los cuales se expresa esa connatural sociabilidad. Coronaremos esta parte abordando algunos valores sociales.
A continuación haremos el intento de demostrar desde diferentes perspectivas cómo nuestra sociabilidad no es algo que esté en nosotros al modo de una característica accidental, como sería el que nuestro cuerpo estuviera obeso o no, sano o no, sino que el ser sociable es una dimensión intrínseca a nuestra naturaleza. En suma, veremos cómo no podríamos ser cabalmente humanos sin ella y sin su cristalización efectiva en hechos.
1.-FUNDAMENTO ONTOLÓGICO: UN CÍRCULO QUE NO SE CIERRA
Pareciera, decíamos apenas arriba, que el ser individuos convirtiera a nuestro yo en un círculo cerrado a otros seres. El hecho constatado es que tal círculo no se cierra, sino por el contrario, muestra una apertura intrínseca que clama la concurrencia de los demás. Esto lo corroboramos mediante los siguientes argumentos:
• Somos limitados. Cada uno de nosotros no agotamos la especie, no somos toda la especie, sino somos, por así decirlo, una parte integrante del todo que es la especie. Con los demás conformamos la humanidad, nunca solos individualmente. Somos humanos gracias entonces, a los/
as otros/as.
• Los otros individuos, los no-yo, afi anzan mi mismidad. En efecto, en la medida que los demás presentan y afi rman su alteridad ante mí, en esa misma proporción se confi rma y consolida mi identidad: soy más yo mientras ellos/as sean menos yo y más otros/as distintos/as a mí, y viceversa.
Necesitamos, pues, a los demás para fortalecer nuestra mismidad.
• Somos seres inacabados. Ya en otra parte hemos hablado de esta condición nuestra. Baste
aquí subrayar que, precisamente por ello, necesitamos de las cosas y personas que contribuyan a completarnos y perfeccionarnos. Así necesitamos de muchas cosas de la naturaleza para desarrollarnos físicamente, al igual que requerimos de los bienes culturales contribuyentes a nuestro desarrollo integral. También dependemos de la contribución de otras personas en nuestro proceso de maduración social, educativa, afectiva y emocional: maestros, padres, amigos, compañeros, pareja.
2.-FUNDAMENTO BIOLÓGICO: NO UN TODO MONOLÍTICO, SINO UN SISTEMA Aquí presentamos aquellos argumentos de orden biológico que muestran la connatural dimensión social tuya, mía y de toda persona humana.
• La realidad innegable de nuestro cuerpo. Sabemos que el cuerpo constituye un co-principio de nuestro ser humano, de suerte que sin él no podríamos ser lo que somos. Ahora bien, es evidente que la estructura del mismo no se presenta como un todo monolítico, sino como un sistema. Éste, por defi nición, entraña un todo compuesto por partes cuyas funciones varían en grado de importancia para el bien de ese todo. Un cuerpo puede seguir viviendo si faltan las extremidades, pero no si fallan los órganos vitales: corazón, cerebro y otros. Esto nos demuestra que el yo personal en su composición corpórea implica la interdependencia de unas partes con otras y de todas las partes con el todo corporal.
• La permanencia de la vida y la comodidad de ésta dependen de factores externos a ella.
¿No es cierto que para sobrevivir tú y yo, necesitamos del aire, del agua, del calor y en general de toda una gama de alimentos? En el mismo sentido, la ropa que en estos momentos vistes, el vehículo con el cual vienes a la universidad, el teléfono celular que hace unos instantes utilizaste, los libros de texto que ocupas para tus clases, los muebles de tu casa, las computadoras, etc., ¿no es verdad que no has sido tú quien ha hecho todo eso y aquel otro cúmulo de satisfactores que hacen tu vida más fácil y confortable, sino han sido otras personas las productoras? Necesitamos pues, la presencia y concurrencia de los demás para poder disponer de todos esos satisfactores.
• El hecho contundente de nuestra procreación. Aquí, pondera bien esto, a fi n de ser primero tú una mera posibilidad de existir, necesitaste de la existencia de una pareja capaz de unirse sexualmente; después que esa misma pareja concretara su relación sexual, la cual tornara en realidad aquello que originalmente permanecía en el plano puro de lo posible. Dicho de otra manera, en el acto prístino de todo tu ser, que es la existencia, necesitaste tú, y necesitamos todos/as, la presencia e intervención de los demás. Para decirlo claro y llano, sin el encuentro sexual procreativo de tus padres, tú no estarías en estos momentos leyendo este escrito. Así de simple, así de contundente.
3.-FUNDAMENTO PSICOLÓGICO: UN BINOMIO OMNIPRESENTE
De nuevo, vamos a considerar ahora aquellos argumentos de tipo psicológico que vienen a confi rmar nuestra intrínseca constitución de ser-con los demás.
• El conocimiento sensible e intelectual. Cualquier acto de conocer implica por necesidad el binomio: sujeto (facultad) que conoce y objeto (cosa o persona) por conocer. Si falta uno de los dos, no podrá haber conocimiento. Dime, ¿podrían ver los ojos si no hubiera algo visible; los oídos oír sin sonidos audibles; a la inversa, podrían ser vistos los seres físicos si no hubiera ojos que pudieran verlos; o ser escuchados los cantos de los ríos y las aves, sin haber oídos para escucharlos? Esto que estamos evidenciando respecto a nuestro conocimiento sensible, es igualmente aplicable para el conocimiento intelectual y los sentidos internos de la memoria e imaginación. Inevitablemente nos topamos con el binomio: sujeto y objeto. Sin éste, entonces, no hay conocimiento alguno. Aún en el auto-conocernos está ahí.
• El mundo afectivo, emocional y volitivo. Semejante a lo asentado arriba sobre el conocimiento, si nos adentramos en la interioridad de los sentimientos, afecto, emociones y actos voluntarios, nos encontramos con la misma evidencia: en todo acto de esta naturaleza está necesariamente presente
el binomio sujeto-objeto. Lo que es obvio no requiere ser demostrado, basta con mostrarse. En realidad es lo que hemos estado haciendo en esto de la connatural sociabilidad humana, pues acaso, dime, cuando sientes (sujeto) miedo, tristeza, alegría, enojo, entusiasmo, ¿verdad que ese miedo, tristeza, alegría, enojo, entusiasmo son causados por algo (objeto), sea éste real o imaginario, pero al fi n y al cabo es algo distinto a ti sujeto que lo experimentas? Cuando dices estimar, apreciar, sentir cariño e incluso amar, ¿acaso tales afectos tienen como destinatario la nada, o más bien están orientados hacia seres concretos, sean éstos objetos materiales, animales, bienes culturales, o las mismas personas? Pero aún en el extremo hipotético de que la nada pudiera ser el destinatario de esos afectos, la nada seguiría siendo el objeto distinto al sujeto que los emite. Idéntica realidad nos muestran los actos voluntarios-libres. Sostiene la fi losofía clásica que así como el objeto natural de la inteligencia es la verdad, el de la voluntad es el bien, ya sea real o aparente. Ahora bien, es evidente que cuando queremos, vamos en pos de algo distinto al sujeto que lo quiere. Lo mismo sucede con la libertad: elegimos y decidimos sobre algo o para tal o cual fi n, distintos de quien decide.
Si queremos ir aún más lejos, tanto en éste como en le ámbito del conocimiento, legítimamente es sostenible la afi rmación de que, en estricto sentido, en tales actos descubrimos no sólo un binomio, sino una triada. Tomemos un ejemplo que sirva de ilustración para el resto: la imagen visual producida por los ojos es un ser distinto al sujeto (ojos) que la produce y al objeto del cual ella se genera, pues es obvio que la imagen visual no es el ojo (como no pueden ser lo mismo la causa y el efecto producido por ella) ni el objeto visto, del cual es una mera representación.
4.- FUNDAMENTO CULTURAL: LOS BIENES CULTURALES ENTRAÑAN ALTERIDAD
Entendemos por cultura todo aquel fruto de la capacidad inventiva, creativa y transformadora del ser humano. En este apartado también vamos a mostrar datos que corroboran nuestra intrínseca sociabilidad.
• Benefi ciarios/as de los bienes culturales. Constituyen éstos el fruto referido renglones antes. Para nadie es un secreto que todos los humanos, incluidos tú y yo, somos los receptores de estos bienes generados por otros/as, ya sea en el pasado o en la actualidad. Hoy puedes disfrutar una novela, un libro de poesías, una obra teatral, una sinfonía o concierto, una creación pictórica, escultórica y arquitectónica, gracias a los artistas de ayer y actuales, quienes nos regalan talento y belleza en sus creaciones. ¿Qué decir del saber o conocimiento esparcido en tantas ciencias, del
Foto: Maricarmen Rodríguez
pensamiento fi losófi co que nos entrega las respuestas a las interrogantes más fundamentales y cruciales de la existencia humana y del propio universo, de la tecnología-cierva de las ciencias- generadora de innúmeros avances fructifi cantes en utilidad y comodidad para los humanos; no acaso han sido y son otras personas las generadoras? Lo mismo cabría aseverar respecto a las leyes, costumbres, tradiciones, creencias religiosas, ideologías político-sociales, sistemas o formas de gobierno, valores de diversa índole y jerarquía. La educación misma, en cuanto bien cultural, constituye, junto a los valores universales uno de los legados más preciados y trascendentales que hayamos recibido. De nuevo, es imperioso reiterar que sin los/as otros/as, quienes han sido y son agentes generadores de los bienes culturales, jamás nosotros podríamos disfrutarlos hoy.
• Actores frente a la cultura. El propósito de esta idea, al igual que lo hicimos respecto a nuestra dimensión histórica, es subrayar el papel activo que debemos asumir de cara a la cultura. Es decir, no es sufi ciente hacer nuestro y aprovechar el legado cultural de otros/as recibido, sino hay que ser actores proactivos. Me dirás, yo no poseo el don literario de Cervantes, Shakespeare, Dante, Goethe, García Márquez, Octavio Paz, ni el talento artístico de Miguel Ángel, Da Vinci, Picasso, Diego Rivera; tampoco el genio científi co de Edison, Newton, Einstein, esposos Curie, Pitágoras;
ni la aguda y brillante inteligencia de Aristóteles, Tomás de Aquino, Kant, Descartes, Sócrates, Heidegger; ni el talento musical de Mozart, Vivaldi, Beethoven, Chopin, Chaikosky. Sí, te concedo que los personajes mencionados, a la par de toda esa pléyade de superdotados que la historia registra, son excepciones dentro del común humano; sin embargo, desde la modestia de nuestros talentos, no podemos eludir el compromiso personal primero, y después social, de contribuir con nuestro “granito de arena” al caudal inmenso y portentoso de la cultura, patrimonio universal de la humanidad. ¿Cómo es viable eso para mí?-estarás pensando. Enseguida intentaré apuntar algo.
Empezaré por señalar: los hombres y mujeres portentosos/as, en parte han nacido, pero en mayor proporción se han hecho. No tengo la menor duda que tales personajes célebres, basados en su original talento-ya fuera grande o no-lo agigantaron con entrega apasionada, tesón indeclinable, esfuerzos muchas veces heroicos, dedicación incansable. He escuchado la anécdota de que Einstein enfrentó serios problemas de rendimiento académico. ¿Crees que su genialidad posteriormente mostrada le haya sido proporcionada por infusión, o por arte de magia? Inicia entonces, por descubrir el mucho o poco talento del que has sido dotado/a, luego cultívalo con los ingredientes arriba mencionados. A la par que te vuelves ávido “consumidor” de los bienes culturales, en especial de aquéllos nutridores del espíritu y los que directamente se relacionan con tu o tus talentos descubiertos. Me aventuro a afi rmar que no ha habido mujer u hombre destacados que no hayan sido cultos, en el doble sentido de nutrirse de la cultura y cultivar sus propios talentos. No hay escritor grande que no haya leído, qué digamos muchos libros, un sinnúmero de ellos; no encontramos pintor destacado que no haya aprendido de la observación de miles de pinturas, y así otros artistas.
A manera de síntesis conclusiva de este apartado, podemos insistir en que todo lo anterior expuesto en él, hace patente que, aunque queramos, no podemos dejar de ser sociables.
Parafraseando a Sartre, quien afi rma “estamos condenados a ser libres”, nosotros aseveramos que estamos condenados a ser sociables; que no es posible la renuncia, la evasión consciente de ese constitutivo de nuestra esencia y existencia, so pena de condenarnos a ser personas por siempre inacabadas, a medio-ser, encerrados en nuestro egotismo solitariamente empobrecedor. Diremos con Ortega y Gaset que desde las “mismas entrañas de nuestro ser clama una ansia no menos radical de compañía”.
Héctor González1 nos ofrece material claro y contundente para este cierre sumatorio. Después de apuntar que la dimensión social (y política) no es algo impuesto desde fuera ni ser producto de un mero “contrato social” o acuerdo de voluntades, asevera “[…], sino que son algo que arranca del núcleo más íntimo de la persona, de una imperativa e ineludible exigencia de su constitución psicológica y ontológica. […] Desde lo más hondo de su ser se inicia en la persona humana la ascensión hacia lo social. Por el lenguaje y el amor, por los sentimientos de solidaridad y simpatía, se relaciona con las demás personas en los diversos sectores de la sociedad: el económico, el cultural,
1 González Uribe, Héctor: Teoría Política. El Hombre y la Sociedad. 14ª. edición, Porrua, México, 2004, p 62
el jurídico, el político, aun el deportivo y recreativo.”
Tu tarea de refl exión
1.- ¿Tu dimensión de ser individual excluye o se opone a aquélla de tu connatural sociabilidad?
2.- ¿Necesitas de los demás para ser tu mismo/a; de qué manera y medida los necesitas?
3.- ¿Has valorado que sin la intervención de otras personas y de otros seres distintos a ti, no sólo no hubieras existido ni tampoco sobrevivido?
4.- ¿Te has puesto a pensar que gracias a otras personas tienes a tu alcance la riqueza de los bienes culturales, dispones de los satisfactores de tus necesidades de toda índole y puedes disfrutar de una infi nidad de objetos que contribuyen a que tu vida sea más cómoda, digna y grata?
5.- De igual manera, ¿has refl exionado acerca de que otras personas y seres te necesitan en múltiples aspectos y situaciones?