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España en 1929: el peso de la dualidad

In document de la gran depresión del siglo xx (página 82-93)

Bibliografía

2.1. España en 1929: el peso de la dualidad

En los años treinta, España estaba situada fuera del núcleo de países avanzados. Toda la información cuantitativa con la que se cuenta es coincidente y no deja lugar a la controversia. A pesar del apreciable crecimiento de su economía en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, acompañado de una no menos destacada moder- nización productiva y social, la distancia entre su renta por habitan- te y la de las economías más avanzadas, tanto dentro como fuera de Europa, era sustancial en el año del inicio de la crisis. Una constata- ción de lo que se acaba de afirmar puede comprobarse en el cuadro 2.1, en el que aparece un grupo extenso de países ordenados por su producto interior bruto (PIB) por habitante, en relación con los Es- tados Unidos cuyo valor ha sido igualado a la unidad, para moderar las deficiencias que presentan los valores absolutos.2 Como es fácil advertir, la distancia de la posición española es apreciable respecto al reducido grupo de países que conforman el centro económico del viejo continente.3 Exceptuando el caso de Italia, con un valor similar al español, y cuya inclusión en el centro es discutible, los

2 Esta metodología se ha utilizado también para favorecer la comparación con otras estimaciones que, arrojando resultados similares, no se utilizan en este estudio.

La estimación utilizada es la elaborada en Prados de la Escosura (2000).

3 Se ha tenido en cuenta, para mantener la coherencia de la información, la agru- pación realizada por Prados de la Escosura (2003). De esta forma, el núcleo de la Euro- pa avanzada estaría formado por ocho países: Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca,

País PIB por habitante

Estados Unidos 1,000

Canadá 0,900

Australia 0,860

Reino Unido 0,774

Nueva Zelanda 0,757

Suiza 0,674

Dinamarca 0,662

Argentina 0,648

Suecia 0,626

Noruega 0,615

Alemania 0,607

Francia 0,605

Países Bajos 0,594

Bélgica 0,560

Irlanda 0,521

Austria 0,504

Italia 0,472

Finlandia 0,467

España 0,463

Checoslovaquia 0,459

Japón 0,412

Hungría 0,378

Rumanía 0,360

Polonia 0,349

Portugal 0,329

Grecia 0,329

Yugoslavia 0,307

Turquía 0,296

Bulgaria 0,284

CuA DRO 2.1: Niveles relativos de PIB por habitante, 1929

(Estados Unidos = 100)

Fuente: Prados de la Escosura (2000).

restantes países se sitúan entre un 30% y un 50% por encima, con el Reino Unido superando incluso ese porcentaje.

Esta información es similar a la recopilada por otros autores, en especial Maddison (1982, 1991, 1995), y es coherente con una percepción dominante en aquella etapa acerca de la existencia de una nítida diferenciación económica y política en el continente, entre un Noroeste industrializado, democrático y avanzado y una Europa del Sur y del Este, en el que se encontraba España, agraria, autocrática y atrasada. La defensa más difundida, durante aque- llos años, de esta tesis, en sus aspectos estrictamente económicos, corresponde a la obra del francés Francis Delaisi Les Deux europes, publicada en 1929.

El libro, que fue muy debatido dentro del ascendente movimien- to europeísta de los años veinte, del que Delaisi era un miembro des- tacado, además de constatar y describir esta dualidad, defendía la necesidad de establecer una relación económica entre ambas áreas mucho más estrecha que la existente en aquellos momentos, la cual condujera a la formación de un mercado único a largo plazo. Lo que es relevante para este análisis es que, en las escasas referencias a España que el libro de Delaisi contiene, vinculadas a su identidad periférica (Pack 2006; Aldcroft 2006), la mayor parte de su territorio quedaba incluido bajo la división de zona deshabitada e incultivable, como explícitamente figura en uno de los mapas del libro.

Esta percepción tan ampliamente difundida de país atrasado, dominado por el mundo rural y estancado económica y socialmente, no toma en consideración dos cuestiones importantes. La primera, que dentro de la periferia del Sureste continental, en términos de producto por habitante, España figura en un lugar más próximo a las economías avanzadas que el resto de los países de la misma zona.

Por tanto, sin poner en duda su pertenencia a esta área atrasada, su posición dentro de ella era más favorable que la del resto del grupo.

Este resultado es coincidente con el obtenido por Aldcroft (2006) al considerar las productividades agrarias en el amplio conjunto de países europeos, resumido en el cuadro 2.2. Por lo tanto, dentro del atraso de la periferia del sur y este del continente, España puede ser

Francia, Países Bajos, Reino Unido y Suecia, a los que se suman Italia, Finlandia, No- ruega y Suiza para establecer la Europa de los Doce.

considerada superior en términos comparados con el resto de los países que se integran en esta área geográfica.

Y la segunda cuestión, y más relevante, es que al realizar la com- paración de los productos por habitante, sobre una fecha mucho más próxima, el resultado en diferencias porcentuales no es muy diferente. El intenso aumento del producto en España durante la expansión inmobiliaria de la primera década del siglo xxi, previa al estallido de la crisis, modifica parcialmente esta constatación a pesar del elevado crecimiento demográfico que ha tenido lugar como consecuencia del boom inmigratorio. Pero, como muestra el cuadro 2.3, en una fecha tan tardía como 1999, la distancia entre España y los dos grupos de países europeos utilizados por Prados de la Escosura (2003) en sus comparaciones era muy similar a la

Periferia Centro industrial

Por activo masculino

Por hectárea

Por activo masculino

Por hectárea

Letonia 111 80 Dinamarca 354 236

Estonia 99 69 Inglaterra y Gales 319 193

España 88 53 Países Bajos 259 377

Hungría 78 87 Alemania 195 181

Lituania 73 69 Suiza 194 371

Portugal 53 47 Francia 174 109

Grecia 50 77 Suecia 146 118

Polonia 49 75 Austria 134 153

Rumanía 48 69

Bulgaria 47 80

Yugoslavia 38 69

Turquía 35

Albania 22 70

CuA DRO 2.2: Aproximación a la productividad agrícola en Europa, 1935

(media europea = 100)

Fuente: Aldcroft (2006).

existente en 1929; en sentido estricto era menor en esta fecha que en el último año del siglo xx.

Debe tenerse en cuenta, además, que hay otros elementos, a menudo ignorados, que indican un grado de modernización poco compatible con el dominio absoluto del estereotipo indicado. Por mencionar solo un ejemplo, parece difícil de compaginar el que los españoles perdieran con facilidad su fino barniz de civilización para mostrarse como la raza sanguinaria que eran, según escribía el cón- sul del Reino Unido en Barcelona en 1936 (Ledesma 2010), con el hecho de que en las décadas previas a 1929 se viviera en España la denominada edad de plata de la ciencia española (Sánchez Ron 1989, 1999; Glick 1986), la cual, a diferencia del mejor conocido auge literario y artístico, parece necesariamente requerir de una infra- estructura humana y material, por más modesta que fuera, y de re- laciones con los grupos de investigación de otros países. Es dentro de este panorama impulsado, solo en parte por la Junta para la Am- pliación de Estudios e Investigaciones Científicas, dentro del cual se deben encuadrar, como ejemplos destacados, la visitas a Barcelo- na, Madrid y Zaragoza de Albert Einstein en 1923 (Elías 2007) y de John Maynard Keynes a Madrid para impartir una conferencia en la Residencia de Estudiantes en 1930.4

4 No es menos destacable, dentro de este panorama, el relevante grupo de econo- mistas existente, principalmente radicados en Madrid y en Barcelona. Véase Martín- Aceña (2002) y Fuentes Quintana (1999).

1929 1999 2008

Europa avanzada I* 75,1 73,7 82,5

Europa avanzada II** 77,6 72,5 79,9

Europa occidental 82,9 76,4 83,6

Estados Unidos 46,3 54,7 65,4

CuA DRO 2.3: PIB relativo por habitante, 1929-2008

(España como porcentaje del grupo)

* Comprende Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, Francia, Países Bajos, Reino Unido y Suecia.

** Comprende los países integrantes del agregado Europa avanzada I, más Italia, Finlandia, Noruega y Suiza.

Fuente: Prados de la Escosura (2003) y Fondo Monetario Internacional (2010).

No resulta, pues, fácil explicar la enorme discrepancia entre la similitud en productos por habitantes, que muestran las estimacio- nes para 1929 y 1999, y las percepciones radicalmente diferentes de la España económica y social de 1929 con la de finales del siglo xx. Son muchos los factores a considerar en esa explicación entre los que no deben de excluirse la influencia de los estereotipos exte- riores acerca de la imagen de España, tema sobre el cual existe una ingente literatura.5 E igualmente, al margen de la diferente compo- sición del producto, no debe descartarse que las deficiencias de las cifras para aquellos años tengan su lugar en la explicación de los es- tereotipos, aunque existe demasiada información cuantitativa coin- cidente como para atribuir a este factor una relevancia destacada.

Por el contrario, hay dos aspectos cuya consideración conjunta sí puede ser útil para explicar esta aparente paradoja. En primer lugar, la importancia de un sector agrario interior con productivi- dades de la tierra y el trabajo muy modestas, incluso en términos comparados con otras zonas de España (Simpson 1994). Su exis- tencia desempeñaba una influencia determinante en la extensión territorial del mundo rural, en gran medida dominado por el ham- bre y la miseria, ambas, a su vez, con una incidencia destacada sobre variables básicas para el crecimiento económico, y también sobre la percepción de la sociedad española, como la baja alfabetización o las elevadas tasas de mortalidad infantil (Domínguez y Guijarro 2000). Y en segundo lugar, y en buena medida como consecuencia de lo anterior, una dualidad muy nítida geográficamente entre ese mundo rural, mayoritario en la España interior, y los enclaves de- sarrollados, vinculados mayoritariamente a la industria y el mundo urbano, y en especial a las dos ciudades, Barcelona y Madrid, que en aquellos años superaban el millón de habitantes.

En relación con el primero de estos aspectos, España era en 1929, sin duda, un país con un peso del sector agrario mucho más relevante que en 1999. Pero no solo eso: por factores de índole di- versa, la competitividad de la mayor parte del mismo era nula ante unos rendimientos y una productividad del trabajo extremada- mente bajos, en términos comparados con los países avanzados, de

5 A título de ejemplo, la literatura citada por Boyd (2002).

manera que solo la elevada protección arancelaria permitía su per- vivencia. Su moderado peso dentro del PIB, reflejado en la estima- ción de Prados de la Escosura (2003), no modifica la constatación, aun siendo muy inferior a lo habitualmente considerado dentro de esa imagen de país de predominio casi absoluto de lo rural. El por- centaje del 26,8% de contribución al PIB en la etapa 1920-1929 se da conjuntamente con el de que la población activa en esos mismos años represente el 50% del total.

La diferencia, como es obvio, resalta esa baja productividad muy alejada de la de Europa avanzada, hecho que ya queda apuntado en el cuadro 2.3. Las causas de este rasgo determinante de la agri- cultura interior son quizá el tema más destacado y debatido en la historiografía sobre la economía de la España del primer tercio del siglo xx, al ponderarse de formas distintas, según autores, la tras- cendencia de los factores edafológicos, climáticos, técnicos, sociales y estrictamente económicos.6 Pero ese intenso, y no siempre rigu- roso, debate no afecta a algunos hechos relevantes según lo que se percibe en estas páginas. En especial no afecta a tres. El primero, que en 1931 el 40% del valor del producto agrario estuviera forma- do por cereales y leguminosas, lo que equivalía a más del triple del valor del siguiente grupo de productos, que eran las raíces, bulbos y tubérculos, y a más del quíntuplo del valor de la producción de frutales (Grupo de Estudios de Historia Rural [GEHR] 1983).

El segundo, que a fines de los años veinte, la elevada protección arancelaria permitía que el precio de venta del quintal del cereal principal, el trigo, fuera en España más de un 50% más elevado que en Gran Bretaña, los Estados Unidos y Austria, un 34 % más que en Francia y un 20 % más que en Italia. Y la protección llegó a alcanzar la pura prohibición en 1922 y en 1926, de forma que un siglo des- pués del abandono del prohibicionismo, los cultivadores de trigo españoles lograron la reserva del mercado interior (Palafox 1991).

Y el tercer hecho, que también forma parte del consenso historiográfico,7 consistente en que las consecuencias negativas de

6 Se pueden encontrar buenos resúmenes sobre estos factores en Simpson (1995, 2002).

7 El consenso es tal que no se ha discutido ni por aquellos que presentan la evo- lución económica como la mejor de las posibles, dada la restricción de los recursos

esta baja productividad, puesta de relieve en el cuadro 2.4, en rela- ción con las agriculturas de algunas economías desarrolladas, re- percuten en dos direcciones: primera, sobre el mísero nivel de vida de una parte sustancial de los campesinos y sus familias; y segunda, en sus efectos desfavorables sobre el bienestar del resto de la pobla- ción, es decir la no agraria, al verse obligada a consumir alimentos de precio elevado. De hecho, al provocar un efecto de renta nega- tivo, frenaba de manera relevante la demanda de productos distin- tos a los de subsistencia, producidos por ese sector agrario interior, y obstaculizaba tanto el crecimiento del conjunto de la economía como la mejora del nivel de vida de la población. Y ello sin que, por el exceso de oferta de mano de obra, estos elevados precios reper- cutieran en alzas de salarios ni, por tanto, permitieran aumentar la demanda de otros bienes a los asalariados del sector primario, debido a que ellos también debían destinar la mayor parte de sus ingresos a adquirir los productos de subsistencia a precio elevado (Palafox 1991).8

Como ya se ha avanzado, en gran medida como consecuencia de esta ausencia de competitividad, la economía estaba fuertemente protegida arancelariamente y sus vinculaciones con el mercado in- ternacional eran modestas. En las estimaciones con las que se cuen-

naturales, ignorando el análisis económico de los mismos. Esta tesis ha sido criticada con mesura en Simpson (2002).

8 Se obvia el razonamiento de por qué la retribución en especie, tan extendida en la España del primer tercio del siglo xx, no modifica esta situación.

Países

Bajos Dinamarca Francia Alemania Italia España Estados unidos Producto

por trabajador 94 127 58 55 30 41 145

Producto por

trabajador varón 91 162 88 104 43 39 146

Producto

por hectárea 282 270 153 218 180 61 41

CuA DRO 2.4: Productividad del trabajo y de la tierra, 1930

(Gran Bretaña 1922 = 100)

Fuente: O’Brien y Prados de la Escosura (1992).

ta, el grado de apertura de España era en aquellos años inferior al 20%, un valor que debe considerarse bajo incluso en la Europa del periodo de entreguerras, a pesar de que esta etapa estuvo dominada por reducciones sensibles en la liberalización comercial de las prin- cipales economías. Según esas estimaciones los porcentajes que re- presentaba el comercio en el PIB se situaban entre el 38% del Reino Unido, que partía del 50% en 1914, y el 25% de Italia.9

Para comprender la crisis económica de los años treinta en Es- paña tan relevante es tener en cuenta la importancia de un sector agrario interior de baja productividad, que lastraba el crecimiento del conjunto de la economía, como la marcada asimetría geográ- fica en la actividad económica moderna de la España de aquellos años. Su principal consecuencia era un fuerte desequilibrio en la distribución personal de la renta, que cabe situar en la base de gran parte de las tensiones sociales que emergieron a partir de 1931.

El problema al que nos enfrentamos para describirla con rigor es la inexistencia de información sobre la misma. Lo cual impide realizar una aproximación cuantitativa a las innumerables descrip- ciones que constatan la distancia entre las penosas condiciones de vida de gran parte de la población rural y las predominantes en otras áreas del territorio y, específicamente, en las ciudades de las áreas industrializadas de Cataluña, País Vasco y Madrid, mucho más favorables.

Los avances en la historia económica regional en los últimos años no permiten, por desgracia, superar esta carencia. De hecho, en ocasiones incluso han favorecido la confusión al tratar las dife- rentes regiones como áreas idénticas e implícitamente con equidis- tribución del ingreso entre sus residentes, a pesar de que es bien sabido que las diferencias entre ellas eran entonces muy reseñables.

En lo concerniente a lo que se trata de destacar aquí, no se suele insistir lo suficiente en que cada una de esas unidades, o sea las die- cisiete comunidades autónomas actuales aludidas habitualmente, es muy diferente en extensión, peso demográfico o económico, y que los indicadores elaborados sobre ellas, basados en valores me-

9 Las cifras proceden de investigaciones no publicadas, suministradas por los pro- fesores Antonio Tena, de la Universidad Carlos III, y por Concha Betrán y María Ánge- les Pons, de la Universidad de Valencia.

dios, son compatibles con desviaciones muy heterogéneas sobre los mismos, los cuales demasiado a menudo son soslayados.

Con todo, algunos de los trabajos realizados sobre el PIB regio- nal, junto con la distribución de la población, pueden servir para iluminar la magnitud de la dualidad entonces existente. Una forma simple, incluso tosca, pero al mismo tiempo clarificadora, es utili- zar las estimaciones recientes del PIB regional en 1930, propuestas por Martínez Galarraga (2007), para ofrecer una aproximación de la magnitud de la dispersión del producto por habitante y relacio- narla con el porcentaje de la población afectada, comparando el re- sultado con la información que el Instituto Nacional de Estadística (INE) suministra para el 2009.

Los resultados del PIB por habitante figuran en el cuadro 2.5 y ponen de relieve la enorme diferencia entre 1929 y la situación

1930 2009

Andalucía 80 76

Aragón 103 108

Asturias, Principado de 123 94

Balears, Illes 103 107

Canarias 81 87

Cantabria 112 102

Castilla y León 67 98

Castilla-La Mancha 64 75

Cataluña 170 117

Comunitat Valenciana 90 89

Extremadura 59 71

Galicia 83 87

Madrid, Comunidad de 173 131

Murcia, Región de 79 81

Navarra, Comunidad Foral de 108 129

País Vasco 149 134

Rioja, La 85 108

CuA DRO 2.5: Distribución regional del PIB por habitante, 1930 y 2009

(media de España = 100)

Fuente: Los datos de 1930 provienen de Martínez Galarraga (2007) y los del 2009 del INE (2010).

existente al finalizar la primera década del siglo xxi, confirmable por cualquier indicador estadístico de dispersión. El rasgo más evi- dente del cuadro es que en 1930 el producto por habitante de dos comunidades como Cataluña y la Comunidad de Madrid, donde radican las dos ciudades con mayor masa crítica y mayor relación científica y cultural con el exterior, era un 70% superior a la media, mientras en el 2009 la diferencia máxima se había reducido al 34%

y el valor superior de Cataluña era inferior a un 20% sobre el valor medio.

Pero lo que quizá no es tan obvio, a partir de los datos del cua- dro 2.5, es la distancia existente en los años treinta, desde ese polo moderno al que se ha hecho referencia, y el conformado por la miseria y el analfabetismo tantas veces transformado en el rasgo único de aquella realidad. Como se ha señalado, sin información sobre la distribución personal de la renta no se puede superar esta laguna. Pero no es irrelevante tomar en consideración que en el 2009 solo había tres comunidades con un producto por habitan- te inferior al 80% de la media, en las cuales residía el 24% de la población. Por el contrario, en 1930 la población residente en el territorio de las actuales comunidades autónomas, que se situaban por debajo de ese 80%, superaba a la mitad del total, el 52,2%. Lo cual, iba unido a que una cuarta parte de los españoles, el 25,4%, residía en regiones con un producto por habitante medio inferior al 70% del valor medio para el conjunto de España. Un nivel que suponía mucho menos de la mitad del nivel de las regiones en las que se localizaban las dos zonas urbanas indicadas.

Aunque los datos de que se dispone aconsejan evitar afirmacio- nes taxativas, la imagen que ofrece lo anterior es concluyente a la hora de confirmar la fuerte dualidad entre los dos polos menciona- dos. Uno de ellos, de carácter urbano, desarrollado, en Barcelona y Madrid como principales exponentes. El otro, el conformado por el mundo agrario dominado por la miseria de amplias zonas del territorio interior, en especial Andalucía oriental, las dos Castillas y Extremadura.

De lo que se ha venido señalando hasta aquí, emerge un con- junto de resultados sobre las similitudes y diferencias entre la eco- nomía española de aquellos años y la actual que, sintéticamente, se pueden exponer en cuatro grandes apartados. En primer lugar,

In document de la gran depresión del siglo xx (página 82-93)