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Lecciones para el momento actual

In document de la gran depresión del siglo xx (página 125-130)

Bibliografía

3.3. El sector financiero

3.3.1. Lecciones para el momento actual

Las consecuencias del prolongado debate sobre la crisis de 1929 son que el público tiene la creencia de que existen solucio- nes fáciles a los problemas actuales. Pero la quiebra de Lehman Brothers en septiembre del 2008 fue un suceso comparable al de 1931: la caída de una importante institución financiera. Las res-

puestas que se requieren son menos obvias que en el terreno de la política fiscal o monetaria, donde las lecciones de la Gran De- presión son mucho más evidentes.

Encontrar una salida al perjuicio creado por la quiebra de una institución financiera sistémicamente importante era, y sigue siendo, muy difícil. A diferencia de un caso semejante al de 1929, ante las dificultades financieras, no existen respuestas macroeco- nómicas obvias, y menos cuando afectan a instituciones conde- nadas a ser «demasiado grandes para quebrar» (de la expresión inglesa too-big-to-fail). Algunos macroeconomistas de renombre, como Larry Summers, el principal asesor económico de la ad- ministración Obama hasta diciembre del 2010, intentaron restar importancia a la inestabilidad del sector financiero como causa de depresiones. La afirmación de Lucas (2003) de que «el pro- blema esencial de la prevención de la depresión se ha soluciona- do» es uno de los principales argumentos del ataque de Krugman (2009) a la macroeconomía convencional.

Un importante problema de fondo, tanto de la crisis de 1931 en Europa central, aunque no en los Estados Unidos, como de la crisis del 2008 en los Estados Unidos y Europa, fue dicha teoría de que lo demasiado grande no podía quebrar. En los Estados Unidos, esta teoría solo surgió como consecuencia de la crisis de la deuda de América Latina en 1982, que amenazó la solvencia de casi todas las entidades financieras de los países industriali- zados. En 1984, la teoría se aplicó para justificar la decisión de rescatar el Continental Illinois, el cuarto banco más importante de los Estados Unidos, que era insolvente. A medida que crecían los bancos, en las décadas de 1990 y del 2000, y aumentaba su interconexión, la teoría evolucionó y se reforzó con el argumen- to de que los bancos estaban «demasiado interconectados para quebrar». Esta teoría contribuyó al empeoramiento de la crisis financiera con el rescate de Bear Stearns en marzo del 2008, al hacer extensible a los bancos de inversiones la idea de que no se permitiría la caída de los grandes bancos comerciales. Después, en septiembre, cuando se dejó caer a Lehman Brothers y se res- cató a AIG, la confusión que se creó produjo el pánico. La idea de «demasiado grande para quebrar» también ha obstaculizado la recuperación impidiendo la táctica del banco bueno versus ban-

co malo, que Suecia y otros países habían puesto en práctica con tan buenos resultados, en relación con el Citigroup y el Banco de América en los Estados Unidos, y en relación con algunos ban- cos importantes de Europa: el Royal Bank of Scotland (RBS), el Lloyds-HBOS y la Union de Banques Suisses (UBS). Por consi- guiente, las Administraciones Públicas tenían un gran volumen de participaciones en las instituciones financieras para recapita- lizarlas, una estrategia similar a la que se había dado en Alema- nia en 1931. Y como ocurrió en Alemania en 1931, algunos de los bancos que fueron rescatados ya han liquidado su deuda con algunos Estados, con ganancias para dichas Administraciones Públicas. El fuerte desplome de una gran parte del sistema finan- ciero exige el saneamiento lento y doloroso de los balances gene- rales, y una reestructuración microeconómica, que no se pueden imponer desde arriba por un planificador omnisciente, sino que exige también que muchos empresarios y particulares cambien su perspectiva y su modo de actuar. La mejora de la regulación y de la supervisión, si bien es una buena idea, es más apropiada para evitar crisis futuras que para afrontar las consecuencias de una catástrofe que ya se ha producido.

La participación de los Estados en los rescates financieros transfiere la deuda privada al sector público y genera dificultades para las finanzas públicas, a no ser que se produzca una recupe- ración rápida y espectacular del valor de los activos financieros.

La solución del Gobierno austriaco a la crisis del Creditanstalt en 1931 conllevó la absorción del banco y su fusión, pasado el tiem- po, con otros bancos austriacos debilitados: el Wiener Bankverein y el Niederösterreichische Escompte-Gesellschaft. La subvención estatal fue cara, con un coste entre el 9% y el 10% del PIB, con- siderablemente menor que el coste de los rescates para México o Japón en los años noventa y aún menor que el coste para el Go- bierno irlandés del aval mal planteado de los depósitos bancarios irlandeses, en el 2008, culpable de un crecimiento del déficit del país por encima del 30% del PIB, en el 2010. En los años treinta, las consecuencias del rescate paralizaron el programa de reformas austriaco durante toda la década y dejaron al país expuesto al ex- tremismo interior y al ataque exterior. Es probable que la política irlandesa sufra cambios profundos tras las elecciones del 2011.

Los rescates generan problemas de economía política y son intrínsecamente polémicos, porque reparten dinero público de modo arbitrario, favoreciendo a unos receptores sobre otros. En los Estados Unidos, la innovadora Reconstruction Finance Cor- poration (RFC) de Herbert Hoover, en 1932, enseguida tuvo pro- blemas por esta causa: los créditos iban a parar a bancos, granjas y negocios en buena sintonía con los políticos republicanos. En Alemania se puede encontrar un ejemplo aún más expresivo de este tipo de problema. Como parte del rescate bancario, tras la crisis de 1931, se cedieron 2,5 millones de reichsmarks2 a una pe- queña institución de Berlín, Hardy & Company, que era una filial del Dresdner Bank. Con esta cantidad se pretendió, ante todo, sufragar la campaña electoral de Paul von Hindenburg, el coman- dante veterano de la Primera Guerra Mundial que había sido ele- gido presidente de Alemania y que se presentaba a la reelección, en 1932 (Bähr y Ziegler 2006).

En la delicada situación de la República de Weimar, el rescate que constituía el eje central de la actuación del Gobierno ante la crisis bancaria, encontró todo tipo de inconvenientes. La afirma- ción de que el Gobierno se había dedicado a la socialización de las pérdidas formó parte fundamental de la turbulenta campaña elec- toral de 1932. Para conseguir el respaldo del Akzeptbank, los ban- cos tuvieron que demostrar que estaban en peligro «importantes intereses económicos», y en la práctica la mayoría del crédito del Akzeptbank fue a parar a las cajas de ahorro (Sparkassen). El cré- dito también se usó para respaldar empresas de sectores vitales y estratégicos, principalmente en Silesia. Los problemas particu- lares que supuso el respaldo a la industria de Silesia, y el temor a una absorción oportunista por parte de emisiones extranjeras, empujaron al canciller Heinrich Brüning a la operación de res- cate más problemática y más escandalosa; la llamada adquisición Gelsenberg finalizó el último día que ocupaban el cargo Brüning y su ministro de Economía, Hermann Dietrich, el impulsor de dicho rescate. En esta transacción, el Estado, que a consecuencia de la crisis bancaria se había convertido en el mayor acreedor de

2 [N. de la trad.]: ‘Marco imperial’, moneda vigente en Alemania de 1924 a 1948.

Friedrich Karl Flick (caso Flick), compró las acciones que este poseía en el gigante del acero Vereinigte Stahlwerke. El anterior secretario de Estado de Dietrich, Hans Schäffer, calificó esta ope- ración de «suprema estupidez».

El rescate del Creditanstalt también estuvo rodeado de un volu- men de corrupción abrumador que, cuando salió a la luz, se convir- tió en el principal caballo de batalla del movimiento nazi opositor en Austria. Entonces, como ahora, existía una fuerte opinión por parte de la ciudadanía en contra de los rescates, porque la idea parecía una forma de respaldo a las instituciones y a los individuos que en el fondo eran los auténticos responsables de la crisis.

Por tanto, el coste de los rescates, aun cuando pareciera que se administraban con prontitud y con un alto grado de eficiencia, como en el caso alemán, no se limitaba a una simple aritmética fiscal. Los rescates llevaron al Estado a tomar una serie de deci- siones a menor escala muy discutibles respecto a la solvencia de empresas concretas y al destino de algunos directores de banco.

Dado el hostil clima ideológico del antisemitismo en el contexto de Europa central en los años treinta, no sorprende que el carác- ter de la actuación del Gobierno ante la crisis bancaria avivara esta ideología radical y que tanto en Alemania como, con más claridad aún, en Austria, el proceso de expropiación de las pro- piedades de los judíos, la arianización, que al principio se llamó germanización o austrización, se iniciara incluso antes de que los nazis subieran al poder en estos dos países. Con perspectiva histó- rica, estos episodios de gestión de las quiebras bancarias parecen el comienzo de un proceso de control del Estado, de corrupción y persecución racial que crecería como una bola de nieve aún más amenazadora.

Las medidas de rescate bancario e industrial después del 2008 provocaron el temor a un nuevo nacionalismo financiero y econó- mico, a medida que aumentaba la intervención más directa de las autoridades públicas en la microgestión de la economía. Los ban- cos con participación estatal o con un grado de inversión pública considerable, como el Citigroup, el Lloyds-HBOS, el Royal Bank of Scotland (RBS) y el Commerzbank, recortaron sus actividades en el exterior y vendieron los activos extranjeros a consecuencia, al menos en parte, de la presión del Gobierno, de acuerdo con la

idea de que el dinero del contribuyente no debía usarse para bene- ficiar a los acreedores extranjeros. El nacionalismo económico se hizo más evidente incluso en el debate sobre los rescates estatales de la industria automovilística en el 2009, en la que los empleos nacionales se protegieron a costa de los empleos foráneos, en una industria que se enfrenta a una sobrecapacidad mundial.

In document de la gran depresión del siglo xx (página 125-130)