CAPITULO IV: METODOLOGIA DEL ESTUDIO 8. METODOLOGIA, 217
5. LA INSTITUCION RESIDENCIAL
5.1.1. Evolución en el contexto europeo
Si bien es cierto que de la vejez y sus efectos ya hablaban algunos de los más prestigiosos pensadores romanos (Cicerón), el establecimiento de lugares donde atender a los mayores no es un fenómeno aislado, pues se suele solapar con la atención de otras personas necesitadas no ancianas (De la Serna, 2003). A partir del siglo VI, una minoría de ancianos ricos deciden voluntariamente retirarse a monasterios para descansar y alcanzar la salvación eterna (Martínez, Polo &
Carrasco, 2002), práctica que se extiende en los siglos siguientes. Esa forma de retiro es privativa de personas adineradas y con recursos. Ya en el siglo XVII proliferan instituciones de internamiento para aquellas personas con determinado perfil social; así, estas instituciones son creadas por el Estado para acoger a los
desviados, a los anormales sociales, tales como locos, mendigos, y a los ancianos, en general, en definitiva, seres que viven en el margen de la sociedad al que llegan por diferentes motivos, sean económicos, de salud, e incluso de tipo etario como en el caso de los ancianos, aunque en este grupo de edad no está demasiado claro. Compartiendo el punto de vista de Barenys (1993), no parece apreciarse una diferencia real entre aquel tipo de instituciones del XVII y las que actualmente se encargan de acoger a ancianos, de hecho afirma que determinadas peculiaridades han persistido como “determinaciones fatales”. También es justo reflejar ciertas lagunas que las apreciaciones de la autora nos pueden crear. Esto se evidencia cuando a la hora de realizar su estudio refiere el carácter cualitativo del mismo, sin aludir en ningún caso a los perfiles de los ancianos observados en éste. Estos perfiles son precisamente la piedra angular sobre los que Foucault (Foucault, 1973, pp.75-173) establece las similitudes entre senilidad, locura y estupidez como objeto único, que no sujeto, de la atención por parte las instituciones del siglo XVII, y también las de primeros del XVIII. Quizás este sea un punto muy importante en nuestra investigación por lo que en ausencia de datos suficientes en la bibliografía sobre el perfil del anciano que vive en las residencias, o gerotipo, sea necesario su aproximación desde el trabajo de campo a realizar. Citando a Foucault (1964), Barenys (Barenys, 1993: 162) hace una alusión a la forma en que la sociedad ha facilitado la proliferación de lugares de internamiento en general, con las connotaciones negativas que tienen asociadas a la exclusión social. Esto parece producirse, entre otras cosas, por motivos de rentabilidad organizativa pues provee al tiempo que acogimiento a personas excluidas, lugares donde ubicarse un importante número de puestos de trabajo, que al mismo tiempo han de regular y controlar. De esta manera, se convierte el asilo primero y la residencia después (desde el punto de vista léxico pero no semántico) en puntos de control del Estado sobre los individuos, los ciudadanos. Entre los motivos a los que alude Foucault (1964: 79) para que el Estado se decida a crear este tipo de instituciones tienen un gran peso aquellos de tipo ético, y que Barenys (1993: 156- 157) cree que incluso se han trasladado hasta nuestra época.
Con una literatura no siempre todo lo argumentalmente clara que nos gustaría, Barenys (op. cit. p.163), de alguna manera, traza un paralelismo entre la evolución de la mentalidad de la obra de Foucault (1964), con respecto a la miseria y la locura, y la de nuestros días, respecto a la inactividad y los ancianos.
La autora nos explica, de manera concisa, la aparición del concepto “Bienestar Social” como relevo de la beneficencia religiosa por la laicización de la caridad, delegando en el cuerpo social la labor de socorro del cristianismo hacia los más necesitados. Debido a motivos realmente políticos, se instaura, en la segunda mitad del siglo XIX, la concepción de ayuda al necesitado, de clara tendencia pragmática, apareciendo pues, aunque no de manera extensa, las instituciones para ancianos pobres. Son interesantes las apreciaciones del propio Foucault (1964, p.80), que parecen contrastar aparentemente con las de Barenys (1993), pues si bien el autor en la misma obra, que ésta referencia, deja claro que la Iglesia pone en marcha su “programa” de “encierro”, o internamiento obligatorio, cronológicamente antes del ”programa” del Estado, en concreto el francés, esto lo hace de manera singular, anecdótica y alejado de toda sistematización. Mientras que el Estado crea la figura institucional del L´Hopital Géneral a través de la fundación del mismo en Paris en 1656, aglutinando y dando una nueva denominación a un nada despreciable número de instituciones dedicadas a diversas obras bajo en nombre de “La Limosnería”, la burguesía de Lyon ya había puesto en marcha un establecimiento de caridad en 1612, del que alardea el Arzobispo de Tours allá por 1676 en una carta (Foucault, 1964). Lo más significativo de ello no será ya la fecha de puesta en marcha de los programas de encierro sistemático llevados a cabo sino la analogía de sus contenidos. En un momento determinado, los establecimientos puestos en marcha por la Iglesia deben ser regidos por las mismas directrices que los Hópitals Génerals, estando estos últimos distribuidos por toda Francia, sumando hasta un total de 32, bien entrado ya el siglo XVIII y casi a las puertas de la Revolución Francesa.
A partir de la segunda guerra mundial, la institución, en palabras de Barenys (Barenys, 1993: 158), empieza a “medicalizarse”, haciéndose más accesible a las personas de edad de las clases medias y superiores. En este sentido, Bazo (1991) refleja las opiniones vertidas por un grupo de ancianos entrevistados de manera que “según declaran varias personas, que la residencia actual sea como el asilo: lugar para los desheredados de la fortuna. Percibían a las personas asiladas como seres a los que «nadie quería». Falta de dinero y falta de amor son, sobre todo, los rasgos con que las imaginaban”. Si tomamos la misma referencia foucaltiana que Barenys (1993) el autor deja muy claro, a diferencia de la interpretación que esta última realiza, que la medicalización es un instrumento por el que el Estado interna a los
“insensatos” (dentro de esta denominación entraban como hemos referido anteriormente tanto los ancianos, como los estúpidos, como los anormales, entre otras cosas debido a que la medicina no tenía medios para “tratarles”). Esto ocurre tanto en el L´Hopital como en la casa de Caridad, a pesar de no estar la medicina lo suficientemente desarrollada en los siglos XVI-XVII para discernir las sutilezas entre los diferentes cuadros patológicos, si es que finalmente resultan ser patologías. Foucault deja claro en otras referencias bibliográficas (Foucault, 1969.
pp.121-128) que la medicina, aun sin estar lo suficientemente desarrollada como hoy la entendemos, se convierte en el pretexto por el cual el Estado, a través de los jueces, empieza a discernir la razón de la “sinrazón”. Según este autor, en base a ello se promueve, conjuntamente con “padres de familia, notables locales, comunidades territoriales, religiosas y profesionales” (Foucault, 1964: p.23) el encierro, el internamiento como forma de exclusión contra “individuos que provocaban a su juicio cualquier molestia o desorden”. Se hace necesario descifrar el sentido de este tipo de instituciones, pues en su aproximación teórica prevalecen numerosos tintes de ambigüedad.