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CAPITULO IV: METODOLOGIA DEL ESTUDIO 8. METODOLOGIA, 217

6. LA VIDA EN LA RESIDENCIA

6.2.1. El mundo del interno (anciano-residente)

Este es uno de los pilares básicos de nuestra investigación puesto que ésta se centra en la residencias de ancianos, esto es, en los internos, como uno de los

actores principales y la profundización en su conocimiento nos facilitará conocer la dinámica social de dichos actores.

Si bien el perfil de anciano que vive en las residencias ya lo hemos tratado en otro apartado de esta investigación, haremos, cuando haga falta, alusión a éste, de manera que facilite la comprensión del fenómeno expuesto.

Sobre el interno, anciano-residente, y de su relación con la residencia que le acoge, Goffman nos habla que

“(…) las instituciones totales no la cultura propia del que ingresa, por algo ya formado; confrontamos algo más restringido que una aculturación o asimilación. Si algún cambio cultural ocurre efectivamente, derivará tal vez de la eliminación de ciertas oportunidades de comportamiento y la impotencia de mantenerse al día con los cambios sociales recientes del exterior. De ahí que si la estadía del interno es larga, puede ocurrir lo que se ha denominado “desculturación”, o sea, un

“desentrenamiento” que lo incapacita temporalmente para encarar ciertos aspectos de la vida diaria en el exterior, si es que vuelve a él y en el momento que lo haga

(Goffman, p.26)

Estas referencias no estarían exentas de debate y discusión pues para entender su sentido último deberíamos partir de un fenómeno de cambio de estatus civil, y por ello social, entendiendo el ingreso en la residencia como un cambio a peor en el sentido estricto del concepto.

El significado de estar en la residencia será relativo, tal y como el propio Goffman refiere “estar “adentro” o “encerrado” son circunstancias que no tienen para el interno un significado absoluto, sino dependiente del significado especial que tenga para él

“salir” o “quedar libre”.” (Goffman, p.26). Goffman justifica a partir de aquí el papel de la institución total, atribuyéndoles la función de creadoras de tensión entre el mundo de la institución y el que hay fuera de ésta como un argumento válido para manejar la dinámica social de sus acogidos o residentes, al parecer con el objeto de mantener la hegemonía de la institución (Goffman, 2004, p.26). Si bien es cierto que esto ha sido investigado en el presente trabajo, podemos adelantar, a modo de hipótesis, que aparentemente esto no es aplicable en el caso de las residencias ya que la entrada y salida a las mismas por parte de los residentes está muy clarificado en la normativa vigente de modo que no se puede impedir, sino facilitar, el acceso del residente a su contexto comunitario habitual;

otra cosa son los casos de las personas con demencia que, por sus características

concretas, deben ser controladas por su propia seguridad ya que no tienen la capacidad cognitiva suficiente para discriminar de manera razonada situaciones de riesgo que les perjudicarían.

Goffman (2004) sostiene que, en las instituciones totales, sus representantes, trabajadores y miembros de la organización, emplean una sistemática

“mortificación del yo” que se escenifica de manera habitual y especialmente en el ingreso del residente:

“Apenas entra (…) comienzan para él una serie de depresiones, degradaciones, humillaciones y profanaciones del yo. La mortificación del yo es sistemática aunque a menudo no intencionada. (…) Los procesos mediante los cuales se mortifica el yo de una persona son casi de rigor en las instituciones totales; (…) La barrera que las instituciones marcan entre el interno y el exterior marca la primera mutilación del yo. (…) En muchas instituciones totales, se prohíbe al principio el privilegio de recibir visitas o de hacerlas fuera del establecimiento, asegurándose así un profundo corte que aísla los roles del pasado, y una apreciación del despojo del rol” (Goffman, p.27).

Si bien es cierto que Goffman (2004) deja claro que estas mutilaciones a veces pasan desapercibidas para los que las producen, esto no parece influir, según su parecer, en el hecho de que aparezcan.

Según el autor de Internados, hay una verdadera teoría del relevo del rol, la cual es también utilizada por otros autores para evidenciar los resultados transformadores de la institución con fines terapéuticos, al menos cuando se habla de la adaptación de las familias a la dinámica residencial (Padierna, 1994;

García & Gómez, 2010; Marín & Martín, 1996). En el caso de Goffman (2004), el citado relevo del rol debe ser intencionado, con la finalidad de que el interno borre cualquier referencia a su vida antes del ingreso en el camino de la plena identificación con la vida institucional. Llegados a este punto, debemos plantearnos cuál es el papel de los ancianos dentro de las residencias, es decir, cuál es su rol, pues entendemos que hay un camino intermedio entre la plena identificación con la institución, que es precisamente lo que defiende Goffman, y la prevalencia de un rol similar al que tenía antes de ingresar, lo que no es muy probable, debido a que el nuevo estatuto de anciano-residente le obligaría a adoptar una serie de papeles, aunque solo sea como consecuencia del

cumplimiento de las normas formales e informales. Goffman lo refiere de la siguiente forma:

“(…) cuando el ingreso es voluntario, el recluta ya se ha separado en parte de su mundo habitual. (…) Aunque el interno puede retomar algunos roles si vuelve al mundo (…). El interno descubre así que ha perdido ciertos roles en virtud de la barrera que lo separa del mundo exterior” (Goffman, p.28).

El autor incluso nos expone ejemplos en los cuales las instituciones totales suplen la voluntad del interno, anulando la autoidentificación de su yo, a través del despojamiento de roles. Según el sociólogo canadiense “(…) en algunas instituciones totales se obliga al interno a tomar medicamentos por vía oral o endovenosa, quiera o no quiera, y a comer su comida, por desagradable que sea.” (Goffman, p.39).

Goffman sigue delimitando su modelo conceptual, haciendo alusión al papel que juega la institución durante el ingreso del interno. Este es un momento muy importante, no cabe duda, y que la administración regional en materia de personas mayores de la Región de Murcia llega incluso a extender a momentos previos, que denomina “pre-ingreso”. Las afirmaciones de Goffman a este respecto son muy explícitas entre las que destaca:

“Es muy frecuente encontrar al personal ocupado en lo que se llama procedimientos de admisión entre los que se incluyen, por ejemplo, historia social del individuo, tomar fotografías o impresiones digitales, controlar el peso, asignar números, efectuar registros, hacer una nómina de los efectos personales para enviarlos a depósito, desvestir al nuevo interno, bañarlo, desinfectarlo, cortarle el pelo, entregarle la ropa de la institución, instruirlos en las normas y asignarle cuartos. Los procedimientos de admisión podrían llamarse mejor “de preparación” o “de programación”.”

(Goffman, p.29)

Más adelante, Goffman (2004) apoya estas sospechas cuando admite cierta estructura simbólica tras los procedimientos de admisión y acogida, de modo que

“Los procedimientos de admisión y los test de obediencia pueden considerarse una forma de iniciación, llamada “la bienvenida”, en la que el personal, o los internos, o unos y otros, dejan sus tareas para dar al recluso una noción clara de su nueva condición. (…) El procedimiento de admisión puede caracterizarse como una despedida y un comienzo, con el punto medio señalado por la desnudez física. La despedida implica el desposeimiento de toda propiedad, importante porque las

personas extienden su sentimiento del yo a las cosas que les pertenecen”. (Goffman, p.30-31)

En la misma línea añade el sociólogo canadiense que “(…) los registros y las confiscaciones periódicas de objetos personales acumulados refuerzan el sentimiento de desposeimiento”(Goffman, p.31). Especial interés nos merece insistir en esta parte del discurso de Goffman, pues la descripción que hace del ingreso del anciano- residente y de las expectativas que este produce en el personal se alinea completamente con lo que en otra literatura de índole legal se ha venido en llamar

“adaptación”. Según Goffman, el interno sufre una serie de transformaciones en el camino de la despersonalización y de la muerte del yo. Para este autor, el hecho de ingresar en una institución supone despojarle de su apariencia habitual. Esto lo haría a través de elementos tales como proveerle, como único ajuar, ropa de la institución en mal estado y de apariencia uniforme respecto al resto de ingresados, acompañado de la eliminación de servicios externos tales como la barbería y sastrería, obligándolo a tomar la apariencia que la institución mejor considera (Goffman, p.32). En relación a estas transformaciones, es especialmente relevante el concepto de exposición contaminadora que abordamos a continuación.

Concepto de exposición o exhibición contaminadora

Es muy relevante, en este nivel de argumentación del modelo de Goffman (2004), la manera en que la institución total, de manera sistemática, comienza, desde el mismo momento del ingreso, una tarea que persigue la mortificación del yo. Especial interés, en este sentido, tiene, para nuestra investigación, el concepto de “exposición contaminadora”, la cual se explica en los siguientes términos:

“Afuera, el individuo puede mantener ciertos objetos ligados a la conciencia de su yo –por ejemplo su cuerpo, sus actos inmediatos, sus pensamientos y algunas de sus pertenencias- a salvo del contacto con cosas extrañas y contaminadoras. En las instituciones totales se violan estos límites personales: se traspasa el linde que el individuo ha trazado entre su ser y el medio ambiente, y se profanan las encarnaciones del yo. Se viola, en primer término, la intimidad que guarda sobre sí mismo. Durante el proceso de admisión los datos concernientes a sus estatus sociales y a su conducta en el pasado (…) se recogen y registran en un legajo, que queda a

disposición del personal. Más adelante, en la medida en que el establecimiento supone oficialmente haber mortificado las tendencias internas de los pupilos a la autorregulación, puede haber confesiones en grupo o individuales (…). En estas ocasiones el interno debe exponer hechos y sentimientos acerca de su yo (…).”

(Goffman, p.35)

Resulta importante, para nuestro trabajo, la extensión que Goffman hace de este concepto, “exposición contaminadora”, a las relaciones interpersonales pues a los efectos producidos en el anciano-residente se debería añadir una de tipo suplementaria, en opinión de este sociólogo, que describe en los siguientes términos: “(…) cuando el agente de contaminación es otro ser humano, se produce una contaminación suplementaria, por el contacto interpersonal forzado y, en consecuencia, por una relación social forzada.” (Goffman, p.39). Como consecuencia de estas afirmaciones, debemos asumir la extrema importancia que en la vida de la institución total adquieren las relaciones personales, ya sea en un sentido o en otro. Esto hace especial hincapié en lo trascendental de un análisis de estas relaciones entre los agentes del orden interno que operan en las instituciones residenciales. Todo lo visto acerca de la experiencia “contaminadora”, se acompaña de actitudes que podríamos denominar como vejatorias, en un contexto actual, lo cual se manifiesta en palabras del propio Goffman de la siguiente manera:

“Un ejemplo normal de este contacto contaminador es el sistema de apodos. El personal y los compañeros de internado asumen automáticamente el derecho a dirigirse a los otros por medio de sobrenombres o diminutivos. (…) Otro tipo de exhibición contaminadora introduce a un extraño en la relación íntima de un individuo con los otros significativos”. (Goffman, p.42)

Goffman (opus cit., p.42) pone como ejemplos, de esto último, la lectura de la correspondencia de los internos sin su permiso o el carácter obligatoriamente público de las visitas. Huelga decir que estos aspectos están marcadamente relacionados con las relaciones que se establecen entre los grupos sociales de la residencia, y por ello deben ser objeto de una investigación exhaustiva en el presente trabajo. En la misma línea, el autor nos descubre la manera en la que entiende que se contamina la relación entre sujetos que comparten afinidades de

cualquier tipo; dichas relaciones son fruto de acercamientos interpersonales que van más allá de los meros contactos formales inter-internos, a saber:

“En las instituciones totales, la exhibición puede ocurrir en formas aún más drásticas, dada la probabilidad de que un individuo presencie el atropello físico de que es víctima alguien a quien está vinculado, y sufra la mortificación permanente de no haber intervenido (y de que esto se sepa)”. (Goffman, p.44)

Siguiendo esta línea, para Goffman, desde el momento del ingreso, la transformación del interno es premeditadamente hacia la despersonalización de su yo, obligándole a adquirir determinados modos de hacer para con otros o con la propia organización. Determinados pasajes de su libro son muy ilustrativos, a saber,

“(…) ciertos movimientos, posturas y actitudes transmiten imágenes deplorables del individuo y deben evitarse como degradantes. Todo reglamento, orden o tarea que obliguen al individuo a adoptar estos movimientos o actitudes pueden mortificar su yo” (Goffman, p.33)

Según la versión de Goffman, el anciano-residente sufre de manera estructurada una forma de trato muy concreta, dentro del contexto de relación entre este y el grupo de las trabajadoras y la organización. A este respecto, el autor describe de manera muy concreta ejemplos de esta manera de trato, de tal modo que describe este tipo de relación en términos de:

“(…) rogar, instar o pedir humildemente cosas tan insignificantes como lumbre para el cigarrillo, un poco de agua, o permiso para usar el teléfono. Ejemplos típicos son las profanaciones verbales o de actitud: el personal o sus compañeros de internado lo llaman con apodos obscenos, lo maldicen, ponen en evidencia sus fallas, se mofan de él o conversan sobre él o sus compañeros como si no estuviera presente.” (Goffman, p.34)

Esta manera de tratar, que al fin y al cabo es la manera en como la organización se significa en un contexto interno, se extiende a actitudes que sobrepasan los límites individuales hasta llegar a contextos más amplios, de índole grupal. De hecho, según el sociólogo: “al interno de una institución total pueden negársele aún formas de distancia y autoactividad protectoras.” (Goffman, p.55);

esta situación puede llevar a que:

“(…) suele restarse valor a sus afirmaciones que se toman como meros síntomas, mientras que el personal atiende a los aspectos no-verbales de su respuesta. (…) Otras veces el interno comprueba que en la institución se hace un uso bastante retórico del lenguaje. Preguntas como “¿Se ha lavado usted ya?” o“ ¿Se ha puesto las dos medias?” suelen ir acompañadas de inspecciones simultáneas en que el personal descubre físicamente los hechos, y hace superfluas las preguntas.” (Goffman, p.55)

Goffman, incluso, advierte rasgos de totalización institucional cuando se trata de contemplar los objetivos del trabajo en grupo. Así, nos enuncia claramente que:

“(…) el individuo tiene que participar en una actividad de la que derivan consecuencias simbólicas incompatibles con su concepción del yo. Un ejemplo más difuso del mismo tipo de mortificación consiste en imponerle una rutina diaria que considera ajena, forzándolo de tal modo a asumir un papel que lo desindentifica.”

(Goffman, p.35)

En nuestro campo de estudio, para la presente investigación, lo que más se ajusta a este perfil “ocupacional” del que advierte Goffman (op.cit.) es la programación periódica de actividades de tipo grupal. Es un punto muy interesante a tener en cuenta pues este tipo de producciones sociales de la institución residencial parece ser uno de los pilares más importantes que ayudan en su identificación dentro del conjunto de características que la delimitan como recurso social concreto. Así visto, la residencia de ancianos es un recurso social cuyo fin fundamental sería hacer “cosas” en grupo con distintos fines, a saber, evitar la soledad o potenciar la rehabilitación funcional. Esto adquiere, si cabe, un punto extra de interés por estar estas actividades dispuestas en la normativa en vigor que regula el sector (Comunidad Autónoma de Murcia, 2005), y muy seguidas, por parte de la inspección de centros, como uno de los ejes que describe el nivel de calidad de servicio de este tipo de establecimientos de acogimiento. De cómo se regula su funcionamiento, así como del interés que estas despiertan en los agentes sociales implicados en las residencias, podremos inferir, en principio, el grado de totalización que supone su puesta en marcha.

Entrando ya en el momento temporal posterior al ingreso, durante el internamiento, Goffman nos adelanta algunas de las características observadas como típicas de las instituciones totales, y esto lo hace en los siguientes términos:

“Los exámenes médicos y las inspecciones con fines de seguridad exhiben a menudo físicamente al interno, a veces ante personas de ambos sexos; una exhibición similar resulta de la disposición de los dormitorios colectivos y los retretes sin puertas. (…) Por lo demás, el interno casi nunca está completamente solo; siempre hay alguien que puede verlo y oírlo, siquiera se trate de sus compañeros de internado.” (Goffman, p.36)

La normativa autonómica de ingreso y traslado de ancianos en residencias quedó relegada por las actuales normativas reguladoras de la Ley de Dependencia (Gobierno de España, 2006a), según la cual el ingreso a una residencia será el resultado de la solicitud previa por parte del interesado del reconocimiento de un nivel de dependencia al que con carácter posterior se corresponderá un tipo específico de recurso social, entre los que se encuentra la residencia. Si atendemos con especial observancia el baremo de dependencia, éste se subdivide en grado 1 y 2, en cada uno de los tres nivel ordenados de menor a mayor dependencia en 1, 2 y 3; así, en las residencias de personas mayores solo ingresan por resolución oficial (Gobierno de España, 2008) aquellas personas con nivel reconocido de dependencia 3.1 o 3.2, es decir, aparentemente muy dependiente. La cuestión, llegados a este punto, es que la Ley de Dependencia no distingue la dependencia salvo por sus consecuencias y no por sus causas, de manera que personas con necesidades de control de incontinencia, por ejemplo, puntúan exactamente igual si la causa es una demencia o un problema de deambulación secundario a un accidente cerebro-vascular sin afectación cognitiva. Esto, como resultado final, nos lleva a la convivencia de personas mayores con patologías diferentes y con síntomas diferentes que sin afectar el nivel de dependencia alteran el grado de convivencia. Goffman (2004) adelanta años antes de que se diera un problema en esta situación, pues:

“La costumbre de mezclar los grupos de edades y razas diferentes en las prisiones y en los hospitales psiquiátricos puede hacer que un interno se sienta contaminado por el contacto de compañeros indeseables” (Goffman, p.40).

Si bien en un primer momento, la lectura del texto de Goffman (op.cit.) puede poner en duda el rigor científico de tales afirmaciones, entre otros motivos por los tintes, no sabemos si suficientemente argumentadas, de las mismas, el autor asume y así expone que “evidentemente la vida de grupo necesitará contacto mutuo y exhibición entre los internos” (Goffman, p.41). En vista a la falta de argumentos para una y otra afirmación, consideramos importante ahondar en este punto por la especial trascendencia en nuestra investigación, en lo que respecta a las relaciones intergrupales de orden interno, como poco.

Profundizando en el modelo Goffmaniano de institución total, podemos comprobar que este autor describe fenómenos observados que desencadenan un proceso de ruptura de la relación habitual entre el anciano-residente, el interno, el individuo actor y sus actos. En este sentido, nos refiere algunos comportamientos que merece la pena detallar:

“Looping: un estímulo que origina una reacción defensiva por parte del interno, toma esta misma reacción como objetivo de su próximo ataque. (…) En la sociedad civil, cuando un individuo tienen que aceptar circunstancias y órdenes que ultrajan su concepción del yo, se le concede un margen de expresión reactiva para salvar las apariencias: gestos de mal humor, omisión de las manifestaciones de respeto habituales, maldiciones entre dientes, o expresiones aisladas de despecho, ironía o sarcasmo.” (Goffman, p.46)

Estas palabras nos llevan a deducir el establecimiento perfectamente estructurado y premeditado de un plan que resulta de una situación asimétrica, donde la parte de más peso va a recaer en los miembros de la organización y de los trabajadores, mientras que la parte menos presente va a corresponder a los ancianos-residentes. Esto, así entendido como resultado del análisis de la publicación de Goffman, nos lleva a pensar en palabras del autor que dicen:

“En una institución total, (…) el personal puede someter a reglamentos y a juicios, segmentos minúsculos de la línea de acción de una persona; la permanente interacción de sanciones emanadas de la superioridad invade la vida del interno, sobre todo durante el periodo inicial de la estadía, antes de que acepte sin pensar los reglamentos.” (Goffman, p.48)

Lo dicho por Goffman (2004) se podría traducir, a modo de ejemplo, en el establecimiento de normas no formales que se pondrían en marcha antes incluso