CAPÍTULO 2 MARCO TEÓRICO
2.2. Flexibilidad, fuerza y control motor
2.1.3. Factores de control motor en el fútbol
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Sistema propioceptivo: Según Fort Vanmeerhaeghe & Romero (2013) se entiende como propiocepción el tipo de sensibilidad aferente del sistema somatosensorial que participa / contribuye en mantener la estabilidad dinámica de la articulación, gracias a la detección periférica de los mecanorreceptores de las variaciones de presión, tensión y longitud de los diferentes tejidos articulares y musculares. Y el cual se ha visto que mejorar con la edad (Zago et al., 2020).
Estos mecanorreceptores al ser estimulados proporcionaran información (vía aferente) hasta el SNC, el cual procesará estas señales aferentes y generará respuestas motoras eferentes, que modularán la actividad muscular proporcionando la estabilidad dinámica articular y/o postural. Estas respuestas motoras están estrechamente relacionadas con el concepto de control del sistema neuromuscular (Williams et al., 2001).
Sistema de control neuromuscular: Según Fort Vanmeerhaeghe & Romero (2013) el control neuromuscular se define como la activación muscular precisa (respuesta eferente) bajo el control del sistema nervioso que posibilita el desarrollo coordinado y eficaz de una acción. Se ha propuesto que una interacción deficiente entre el sistema nervioso y el sistema musculoesquelético es uno de los principales factores de riesgo para lesiones sin contacto (Lehnert et al., 2017). Es por ello por lo que se trata de una capacidad clave en el desarrollo y rendimiento del futbolista. Este deporte se basa en la repetición de continuas situaciones motrices complejas que requieren la acción combinada del SNC y de la musculatura esquelética que desencadenen en acciones de producción de fuerza en la realización de movimientos eficaces que supongan un mínimo gasto de energía y, por otro lado, proporcione una estabilidad funcional del cuerpo (García et al., 2003;
Young, 2006). Esta necesidad neuromuscular de activación de los mecanismos de control
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y regulación del movimiento cobra especial sentido en un deporte como el fútbol, ya que será más complejo cuanto mayor dificultad tenga la tarea a realizar.
Coordinación intermuscular e intramuscular: En la mayoría de las acciones- gestos técnicas (tanto analíticos como globales) que se dan en este deporte, se requiere de la activación coordinada de varios grupos musculares (orquestados por el SNC) para producir con eficiencia y eficacia el movimiento (Borghuis et al., 2008; Tanner et al., 2013). Simultáneamente, también se requiere que, cuando las neuronas motoras descargan sus impulsos eléctricos lo hagan de forma ordenada para evitar que las fibras musculares se contraigan de manera aleatoria y, por lo tanto, ineficientemente. Así pues, tanto la cantidad (fuerza o tensión y velocidad) como la calidad (técnica- coordinación- control) con la que se realizan las diferentes acciones en el fútbol (saltos, esprints, giros, golpeos, aceleraciones, etc.), en gran medida van a depender de un reclutamiento y de una sincronización adecuada (coactivación o activación recíproca) de los diferentes músculos entre sí (músculos agonistas, antagonistas, sinergistas y fijadores), lo que se conoce como coordinación intermuscular (Paoli et al., 2012; Tanner et al., 2013). Por otra parte, la correcta ejecución también va a depender de una óptima sincronización, acoplamiento y activación de las diferentes unidades motoras que conforman el propio músculo, lo que se conoce como coordinación intramuscular (Ramsay et al., 1990). En este sentido cabe resaltar que una inadecuada, deficiente y/o alterada coordinación sinérgica en el patrón de sincronización y reclutamiento muscular, tanto de la propia musculatura que realiza el movimiento como con el resto de las estructuras musculares, causará unos déficits propioceptivos y un desequilibrio de la fuerza muscular que pueden suponer una pérdida en la eficacia del control postural y por lo tanto del gesto deportivo (Borghuis et al., 2008; Sannicandro et al., 2012; Tanner et al., 2013) e incluso aumentar
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el riesgo de sufrir una lesión (Cameron et al., 2003; Schuermans et al., 2016; Sole et al., 2012).
Sistema de control postural: Se define como la capacidad del individuo de controlar el sistema neuromuscular y mantener el centro de gravedad corporal dentro de la base de sustentación, implicando el dominio y orientación de la posición del cuerpo y de sus segmentos en el espacio, compensando las perturbaciones internas o externas (equilibrio), gracias a la distribución de la actividad muscular tónica (postura) (Ivanenko
& Gurfinkel, 2018).
Una vez aclarados estos conceptos, en el contexto deportivo del fútbol, gran parte de la importancia del control motor se centra en la función coordinada de la actividad de la musculatura que conforma la parte central del cuerpo, conocida como “core” o complejo lumbo pélvico (Borghuis et al., 2008). Este núcleo del cuerpo incluye los músculos de la columna, de la cadera, de la pelvis, de la parte proximal de los miembros inferiores y del abdominal (Kibler et al., 2006).
La estabilidad (con el apoyo del sistema vestibular) y el control motor del complejo lumbo-pélvico, en el cual también contribuyen en cierto grado los elementos estáticos (huesos y tejidos blandos), es de vital importancia para la estabilización postural y la generación de habilidades motoras en la gran mayoría de las acciones deportivas (Hibbs et al., 2008), considerándose fundamental para una función biomecánica eficiente a la hora de generar fuerza en las distintas acciones que desarrolla el futbolista (Borghuis et al., 2011). De este modo, el control motor de la estabilidad de la musculatura proximal/central durante la movilidad de la cadera contribuye a una producción y a una transferencia de la fuerza a nivel distal de la musculatura iniciadora del gesto deportivo que influye de manera positiva en el rendimiento del gesto técnico (Kibler et al., 2006).
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Para concluir este apartado, creemos interesante resaltar la idea de que los movimientos y gestos técnicos que realiza el futbolista necesitan determinados rangos de movimiento activos, los cuales están influenciados por la activación de adecuados patrones de sincronización y reclutamiento, por la flexibilidad y movilidad de las articulaciones y por la capacidad de los músculos de generar fuerza. Además, considerando los hallazgos previos de Muyor y colegas (Muyor & Arrabal, 2016), entendemos que la fuerza, la flexibilidad y el control motor son capacidades indivisibles que modulan e interactúan las unas con las otras para realizar movimientos activos.
Una vez comprendida a nivel conceptual la función de cada una de las cualidades que sustentan el resto de las capacidades físicas y determinan el rango de movimiento de las acciones motrices que se dan en el fútbol, podemos suponer que hoy en día, no trabajar alguna de estas capacidades durante los microciclos de entrenamiento, se consideraría un error, sobre todo durante las categorías inferiores del fútbol formativo. El desarrollo madurativo y evolutivo de estas capacidades resultan un factor clave tanto para el rendimiento como para la prevención de lesiones a corto, medio y largo plazo den el proceso de formación del deportista. Por este motivo consideramos que los parámetros moduladores de estas capacidades han de ser analizadas en los distintos grupos de edad, puesto que en cada etapa deportiva las características y necesidades individuales se van modificando.
En el siguiente apartado se describirá detalladamente las fases del desarrollo evolutivo de cada una de las capacidades tratadas enumeradas anteriormente en las diferentes etapas del fútbol formativo.
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