I. CONTRATOS DE APROVECHAMIENTO
1.1. La aparcería rural
1.1.2. La aparcería de ganados
La aparcería de ganados tiene lugar cuando una persona da a otra cierto número de animales a fin de que los cuide y alimente, con el objeto de repartirse los frutos en forma en que convenga. Es precisamente en la ganadería, sobre todo en la avicultura y porcicultura, donde la aparcería ha sufrido profundas transformaciones acordes a la evolución económica del país, así como de las actividades productivas mismas.
Es quizás en la ganadería bovina bajo condiciones de pastoreo donde la aparcería ha encontrado mayores posibilidades de crecimiento, mas
no de desarrollo, y en donde se pueden apreciar con mayor claridad las influencias que ejerce el entorno económico en los mecanismos de relación que se establecen entre el aparcero y el dueño del ganado e insumos. Para ilustrar mejor lo anterior, se recurrirá a un estudio de caso realizado en una de las regiones ganaderas de mayor dinamismo en el país: la huasteca potosina (Muñoz, 1992).
En esta región se inició, allá por 1973, un ambicioso proyecto que in- corporó cerca de 70 mil hectáreas al riego, previo reparto a grupos de productores bajo la modalidad de tenencia ejidal. La idea original era destinarlas en su totalidad a la producción agrícola, pero debido a múlti- ples problemas de tipo natural y socioeconómico, la agricultura resultó una actividad económicamente insostenible. Ante ello, los productores empezaron a modificar el uso del suelo y las tierras fueron sembradas con pastos, en su mayoría. Dado que durante toda la década de los ochenta la ganadería pastoril de engorda registró un inusitado auge, los bancos canalizaron cuantiosos recursos crediticios para que los ejidos adquirieran becerros para su ulterior finalización bajo condiciones de pastoreo. Sin embargo, el auge de la ganadería bovina pronto se vio interrumpido y factores tales como la contracción del mercado interno, caída de los precios y elevación de las tasas de interés, dieron lugar a un paulatino despoblamiento de los potreros ejidales ante la reticencia de los bancos a seguir otorgando créditos de avío. Así, para 1990, de una capacidad forrajera para alimentar 28 mil unidades animal, sólo se estaba ocupando el 51%, el resto estaba ociosa. Ello obligó a los ejidata- rios a buscar alternativas para repoblar sus potreros, siendo la aparcería y el arrendamiento de pastos las más socorridas, pues en el 50% de los ejidos se practicaban estas modalidades, con predominancia de la prime- ra.
En la modalidad de aparcería o a medias, como se le conoce en la re- gión, por lo general los contratos, verbales en su mayoría, tienen una duración de tres años y las condiciones del mismo se sujetan a la edad de los animales: si el lote de ganado dado en aparcería está conformado por novillonas en edad de ser preñadas, por vaquillas cargadas o por vacas adultas, el reparto de las crías se hace a medias, es decir 50% para cada una de las partes; si el ganado lo conforman becerras al destete, entonces el contrato se formaliza al “parto muerto”, esto es, el 100% de las crías del primer parto serán para el aparcero y en los partos posteriores el reparto será a medias. En ambos casos el aparcero se queda con el 100%
de la leche y se responsabiliza del cuidado del ganado.
Cuando el productor opta por el arrendamiento, simplemente renta su potrero por una cuota mensual por cabeza. Los contratos son por períodos de tres a ocho meses y a diferencia de la aparcería, el ganado está conformado básicamente por novillos.
En la práctica, gran proporción de productores optan por combinar ambas opciones, la aparcería y el arrendamiento, con la finalidad de hacer más flexible el proceso. Así, mediante la primera modalidad se busca la conformación de un hato propio, mientras que con la segunda se garantiza la obtención de dinero líquido para atender las necesidades de sustento familiar mas urgentes o bien para realizar inversiones en infraestructura o cubrir gastos de operación.
Si bien es cierto que la adopción de la aparcería y el arrendamiento han permitido a los productores ejidales de esta región utilizar sus recursos forrajeros, evitando caer en pobreza extrema, y a los grandes ganaderos a evitar el sobrepastoreo de sus potreros al utilizar la capaci- dad forrajera ociosa de los ejidatarios, también lo es el hecho de que bajo las condiciones extensivas en las que estas modalidades se practican y por la reducida superficie con pasto que poseen los productores, no constituyen alternativas viables de capitalización y tecnificación de la ganadería ejidal.
La aparcería de ganado es una política muy arraigada en las zonas ganaderas de México y en muchos casos ha sido la base para la formación de grandes fortunas sin disponer de grandes superficies con pasto. En regiones como el oriente de Yucatán existen ganaderos que mantienen en condiciones de aparcería, o en sociedad, como le suelen denominar en esta región, hasta cinco mil cabezas de ganado.
Sin embargo, la aparcería de ganado, sobre todo la que se practica con bovinos de engorda y especies menores, como las aves, ha sufrido impor- tantes transformaciones acordes al contexto económico del país. Por ejemplo, hasta principios de la década de los ochenta, cuando las tasas inflacionarias del país eran menores al 20%, los contratos de aparcería consistían en acuerdos mediante los cuales el aparcero aportaba el potrero y el trabajo, mientras que el empresario participaba con el novillo, los costos por concepto de medicinas, vacunas y eventualmente suplementos minerales y energéticos. Una vez finalizado el ciclo de engorda, que bien podría ser hasta de dos años, el propietario del ganado descontaba del precio final de venta el valor original del becerro, sin considerar inflación, y los costos; el resultante se distribuía en partes iguales con el aparcero.
No obstante, a partir de 1982, cuando las tasas inflacionarias se in- crementaron por arriba del 20%, este sistema resultó inviable para el empresario, pues el valor que recibía dos años después por su becerro dado en aparcería no le permitía volverlo a reponer por otro del mismo peso y reiniciar nuevamente el ciclo.
Ello dio lugar a un nuevo sistema, en donde al finalizar el período de engorda el dueño del ganado recibía el mismo valor expresado en kg de carne al que originalmente cedía en aparcería. Es decir, si al principio el
becerro pesaba 50 kg, al final recibía el valor de esos mismos 50 kg, se deducían costos y se repartían la diferencia en partes iguales. La finali- dad de este nuevo mecanismo era evitar la pérdida del capital original por efecto de la inflación.
La actividad productiva que ilustra con mayor elocuencia las transformaciones que sufrió la aparcería tradicional de ganados es la avicultura de carne. Tradicionalmente los grandes y medianos grupos avícolas han seguido una política de crecimiento a través de la ampliación de su capacidad instalada vía contratos de aparcería con las granjas avícolas familiares, que por cierto, cada vez enfrentan mayores dificultades para permanecer en el mercado de manera independiente.
En las condiciones en las que se establecían los contratos, los empre- sarios avícolas suministraban el pollito, el alimento e insumos en gene- ral, asesoría técnica y asumían el compromiso de la compra; mientras que los propietarios de las granjas (aparceros) se limitaban a contratar la mano de obra necesaria y a usar el paquete tecnológico suministrado hasta completar el ciclo de engorda. Las utilidades que recibía el aparce- ro estaban ligadas a un precio fijado de antemano, mismo que se aplicaba a cada kg de pollo en pie que entregara el empresario (Figura 2-1).
Figura 2-1. Contrato de aparcería para producir pollo, 1990
Este esquema, que a todas luces resultaba ventajoso para el aparcero, pues sus riesgos eran prácticamente nulos, evidenció serias desventajas para el empresario, ya que al no usarse eficientemente los insumos suministrados por el empresario, eran frecuentes las parvadas en las que el costo de adquisición, o sea el pagado al aparcero, era marcadamente superior al precio prevaleciente en el mercado.
Esta situación obligó al empresario a modificar los términos de la re- lación con el aparcero, y si bien se siguieron fijando los precios de ante- mano, la magnitud de estos estaba relacionada directamente a la eficien- cia con la que el aparcero usaba los insumos. Las dos variables que se
utilizaron para medir la eficiencia fueron la conversión alimenticia y el índice de mortalidad: si la cantidad de alimento consumido para produ- cir un kg en peso vivo aumentaba, al igual que el índice de mortalidad, el precio por kg de pollo en pie pagado al aparcero disminuía y viceversa.
De esta manera, el empresario exigió corresponsabilidad del aparcero y sus utilidades dependían de su habilidad para comercializar el pollo en pie, en canal o procesado (Figura 2-2 y Cuadro 2-3).
Figura 2-2. Contrato de aparcería para producir pollo, 1990
Cuadro 2-3. Plan de pagos para la avicultura bajo el sistema de aparcería de Mr. Pollo ($/kg)
Mortalidad Conversión alimenticia
Menos de 2.250
De 2.250 a 2.229
De 2.300 a 2.349
De 2.349 a 2.399
Más de 2.400 Menos de 6% 280 280 270 230 1,910 De 6 a 10% 280 280 240 200 160 Más de 10% 270 240 200 160 120 Este principio —el de ligar utilidades con eficiencia— ha sido utilizado exitosamente por algunos grupos avícolas (TRASGO) y porcícolas (UNIVA- SA) aunque bajo modalidades de integración diferentes a la aparcería. El hecho de que esté encontrando mayor aplicación en la avicultura y cada vez más en la porcicultura, se explica porque, a diferencia de la ganadería bovina de carne o de doble propósito, estas actividades han experimen- tado un elevado desarrollo tecnológico que les permite garantizar los resultados productivos del pollito(a), lechón e insumos en general su- ministrados al productor bajo condiciones de aparcería, compraventa o cualquier otra modalidad de integración.
De lo anterior se desprende una conclusión fundamental: cuando en una alianza entre empresarios y productores rurales se adopte el princi- pio de repartir utilidades según la eficiencia productiva, la calidad y confiabilidad del material vegetal o animal y cualquier insumo involu- crado en el proceso productivo en cuestión, deberá estar completamente validada, pues se corre el riesgo de exigir metas productivas al productor que no puedan cumplirse, lo que a la postre puede derivar en pérdida de confianza e inviabilidad del proyecto en sí.