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LAS ARTES SOCIALES

In document La Inteligencia Emocional Daniel Goleman (página 129-146)

PARTE I EL CEREBRO EMOCIONAL

8. LAS ARTES SOCIALES

Com o sucede con tanta frecuencia entre herm anos, Len, de cinco años de edad, perdió la paciencia con Jay, de dos años y m edio, porque había desordenado las piezas del Lego con las que estaban j ugando y en un ataque de rabia le m ordió. Su m adre, al escuchar los gritos de dolor de Jay, se apresuró entonces a regañar a Len, ordenándole que recogiera en seguida el obj eto de la disputa. Y ante aquello, que debió de parecerle una gran inj usticia, Len rom pió a llorar, pero su m adre, enoj ada, se negó a consolarle.

Fue entonces cuando el agraviado Jay, preocupado con las lágrim as de su herm ano m ay or, se aprestó a consolarle. Y esto fue, m ás o m enos, lo que ocurrió:

—¡No llores m ás, Len! —im ploró Jay — ¡Dej a de llorar, herm ano, dej a de llorar!

Pero, a pesar de sus súplicas, Len continuaba llorando. Entonces Jay se dirigió a su m adre diciéndole:

—¡Len está llorando, m am á! ¡Len está llorando! ¡Mira, m ira. Len está llorando!

Luego, dirigiéndose al desconsolado Len, Jay adoptó un tono m aterno, susurrándole:

—¡No llores, Len!

No obstante, Len seguía llorando. Así que Jay intentó otra táctica, ay udándole a guardar en su bolsa las piezas del Lego con un am istoso.

—¡Mira! ¡Yo las m eto en la bolsa para Lenny !

Pero com o aquello tam poco funcionó, el ingenioso Jay ensay ó una nueva estrategia, la distracción. Entonces cogió un coche de j uguete y trató de llam ar con él la atención de Len:

—Mira quién está dentro del coche, Len. ¿Quién es?

Pero Len seguía sin m ostrar el m enor interés. Estaba realm ente consternado y sus lágrim as parecían no tener fin. Entonces su m adre, perdiendo la paciencia, recurrió a una clásica am enaza:

—¿Quieres que te pegue?

—¡No! —balbució entonces Len.

—¡Pues dej a y a de llorar! —concluy ó la m adre, exasperada, con firm eza.

—¡Lo estoy intentando! —farfulló Len, en un tono patético y j adeante, a través de sus lágrim as. Eso fue lo que despertó la estrategia final de Jay que, im itando el tono autoritario y am enazante de su m adre, ordenó:

—¡Dej a de llorar, Len! ¡Acaba y a de una vez!

Este pequeño dram a dom éstico evidencia m uy claram ente la sutileza em ocional que puede desplegar un m ocoso de poco m ás de dos años para influir sobre las em ociones de otra persona. En su aprem iante intento de consolar a su

herm ano, Jay desplegó un am plio abanico de tácticas que iban desde la súplica hasta la ay uda, pasando por la distracción, la exigencia e incluso la am enaza, un auténtico repertorio que había aprendido de lo que otros habían intentado con él.

Pero, en cualquiera de los casos, lo que ahora nos im porta es subray ar que, incluso a una edad tan tem prana, los niños disponen de un auténtico arsenal de tácticas dispuestas para ser utilizadas.

Com o sabe cualquier padre, el despliegue de em patía y com pasión dem ostrado por Jay no es, en m odo alguno, universal. Es igual de probable que un niño de esta edad considere la angustia de su herm ano com o una oportunidad para vengarse de él y hostigarle m ás aún. Las m ism as habilidades m ostradas por Jay podrían haber sido utilizadas para fastidiar o atorm entar a su herm ano. No obstante, ello no haría sino confirm ar la presencia de una aptitud em ocional fundam ental, la capacidad de conocer los sentim ientos de los dem ás y de hacer algo para transform arlos, una capacidad que constituy e el fundam ento m ism o del sutil arte de m anej ar las relaciones.

Pero para llegar a dom inar esta capacidad, los niños deben poder dom inarse previam ente a si m ism os, deben poder m anej ar sus angustias y sus tensiones, sus im pulsos y su excitación, aunque sea de un m odo vacilante, puesto que para poder conectar con los dem ás es necesario un m ínim o de sosiego interno. Es precisam ente en este período cuando, en lugar de recurrir a la fuerza bruta, aparecen los prim eros rasgos distintivos de la capacidad de controlar las propias em ociones, de esperar sin gim otear, de razonar o de persuadir (aunque no siem pre elij an estas opciones).

La paciencia constituy e una alternativa a las rabietas —al m enos de vez en cuando— y los prim eros signos de la em patía com ienzan a aparecer alrededor de los dos años de edad (fue precisam ente la em patía —la raíz de la com pasión

— la que im pulsó a Jay a intentar algo tan difícil com o tranquilizar a su desconsolado herm ano).

Así pues, el requisito para llegar a controlar las em ociones de los dem ás — para llegar a dom inar el arte de las relaciones— consiste en el desarrollo de dos habilidades em ocionales fundam entales: el autocontrol y la em patía.

Es precisam ente sobre la base del autocontrol y la em patía sobre la que se desarrollan las « habilidades interpersonales» . Estas son las aptitudes sociales que garantizan la eficacia en el trato con los dem ás y cuy a falta conduce a la ineptitud social o al fracaso interpersonal reiterado. Y tam bién es precisam ente la carencia de estas habilidades la causante de que hasta las personas intelectualm ente m ás brillantes fracasen en sus relaciones y resulten arrogantes, insensibles y hasta odiosas. Estas habilidades sociales son las que nos perm iten relacionarnos con los dem ás, m ovilizarles, inspirarles, persuadirles, influirles y tranquilizarles profundizar, en sum a, en el m undo de las relaciones.

LA EXPRESIÓN DE LAS EMOCIONES

La capacidad de expresar los propios sentim ientos constituy e una habilidad social fundam ental. Paul Ekm an utiliza el térm ino despliegue de roles para referirse al consenso social en el que resulta adecuado expresar los sentim ientos, un dom inio en el que existe una enorm e variabilidad intercultural. Ekm an y sus colegas estudiaron las reacciones faciales de los estudiantes j aponeses ante una película que m ostraba escenas de una circuncisión ritual de los adolescentes aborígenes descubriendo que, cuando los estudiantes contem plaban la película en presencia de alguna figura de autoridad, sus rostros apenas si reaccionaban, pero cuando creían que estaban solos (aunque, en realidad, estaban siendo film ados por tina cám ara oculta), sus rostros m ostraban un am plio abanico de em ociones que iban desde la tensión hasta el m iedo y la repugnancia.

Existen varios tipos fundam entales de despliegue de roles. Uno de ellos consiste en m inim izar las em ociones (la norm a j aponesa para expresar los sentim ientos en presencia de una figura de autoridad que consiste en esconder el disgusto tras una cara de póker). Otro consiste en exagerar lo que uno siente m agnificando la expresión em ocional (una estrategia utilizada con m ucha frecuencia por los niños pequeños que consiste en fruncir patéticam ente el ceño y estrem ecer los labios m ientras se quej an a su m adre de que sus herm anos m ay ores les tom an el pelo). Un tercero consiste en sustituir un sentim iento por otro (algo que suele tener lugar, por ej em plo, en aquellas culturas orientales en las que decir « no» se considera de m ala educación y, en su lugar, se expresan em ociones positivas aunque falsas). El conocim iento de estas estrategias y del m om ento en que pueden m anifestarse constituy e un factor esencial de la inteligencia em ocional.

El aprendizaj e del despliegue de los roles tiene lugar a una edad m uy tem prana. Se trata de un aprendizaj e que sólo es parcialm ente explícito (el aprendizaj e, por ej em plo, que tiene lugar cuando enseñam os a un niño a ocultar su desengaño ante el espantoso regalo de cum pleaños que acaba de entregarle su bienintencionado abuelo) y que suele conseguir m ediante un proceso de m odelado, con el que los niños aprenden lo que tienen que hacer viendo lo que hacen los dem ás. En la educación sentim ental las em ociones son, al m ism o tiem po, el m edio y el m ensaj e. Si el padre, por ej em plo, le dice a su hij o que

« sonría y le dé las gracias al abuelo» con un tono enfadado, severo y frío que desaprueba el m ensaj e en lugar de aprobarlo cordialm ente, es m uy probable que el niño aprenda una lección m uy diferente y que responda a su abuelo con un desaprobador y seco « gracias» . Y, del m ism o m odo, el efecto sobre el abuelo será m uy diferente en am bos casos: en el prim ero estará contento (aunque engañado), m ientras que en el segundo estará dolido por la confusión im plícita del m ism o m ensaj e.

La consecuencia inm ediata del despliegue em ocional es el im pacto que provoca en el receptor. En el caso que estam os considerando, el rol que aprende el niño es algo así com o « esconde tus verdaderos sentim ientos cuando puedan herir a alguien a quien quieras y sustitúy elos por otros que, aunque sean falsos, resulten m enos dolorosos» . Las reglas que rigen la expresión de las em ociones no sólo form an parte del léxico de la educación social sino que tam bién dictan la form a en que nuestros sentim ientos afectan a los dem ás. El conocim iento y el uso adecuado de estas reglas nos lleva a causar el im pacto óptim o m ientras que su ignorancia, por el contrario, fom enta el desastre em ocional.

Los actores son verdaderos m aestros en el despliegue de las em ociones y su expresividad despierta la respuesta de su audiencia. Y no cabe duda de que hay personas que son verdaderos actores natos. Pero subray em os que, en cualquiera de los casos, el aprendizaj e del despliegue de los roles varia en función de los m odelos de que dispongam os y que, en este sentido, existe una extraordinaria variabilidad entre los diversos individuos.

LA EXPRESIVIDAD Y EL CONTAGIO EMOCIONAL

Al com ienzo de la guerra del Vietnam , un pelotón norteam ericano se hallaba agazapado en un arrozal luchando con el Vietcong cuando, de repente, una fila de seis m onj es com enzó a cam inar por el sendero elevado que separaba un arrozal de otro.

Com pletam ente serenos y ecuánim es, los m onj es se dirigían directam ente hacia la línea de fuego.

« Cam inaban perfectam ente en línea recta —recuerda David Bush, uno de los soldados integrantes de aquel pelotón— sin desviarse a la derecha ni a la izquierda. Fue m uy extraño pero nadie les disparó un solo tiro y, después de que hubieran atravesado el sendero, la lucha concluy ó. Nadie pareció querer seguir com batiendo, al m enos no aquel día. Y lo m ism o debió de haber ocurrido en el bando contrario porque todos dej am os de disparar, sim plem ente dej am os de disparar» .

El poder del valiente y silencioso desfile de los m onj es que apaciguó a los soldados en pleno cam po de batalla ilustra uno de los principios fundam entales de la vida social: el hecho de que las em ociones son contagiosas. A decir verdad, este ej em plo constituy e un caso extrem o, puesto que la m ay or parte del contagio em ocional tiene lugar de form a m ucho m ás sutil y es parte del intercam bio tácito que se da en todo encuentro interpersonal.

En cada relación suby ace un intercam bio subterráneo de estados de ánim o que nos lleva a percibir algunos encuentros com o tóxicos y otros, en cam bio, com o nutritivos. Este intercam bio em ocional suele discurrir a un nivel tan sutil e im perceptible que la form a en que un vendedor le dé las gracias puede hacerle

sentir ignorado, resentido o auténticam ente bienvenido y valorado. Nosotros percibim os los sentim ientos de los dem ás com o si se tratase de una especie de virus social.

En cada encuentro que sostenem os em itim os señales em ocionales y esas señales afectan a las personas que nos rodean. Cuanto m ás diestros som os socialm ente, m ás control tenem os sobre las señales que em itim os; a fin de cuentas, las reglas de urbanidad son una form a de asegurarnos de que ninguna em oción desbocada dificultará nuestra relación (una regla social que, cuando afecta a las relaciones intim as, resulta sofocante). La inteligencia em ocional incluy e el dom inio de este intercam bio; « popular» y « encantador» son térm inos con los que solem os referirnos a las personas con quienes nos agrada estar porque sus habilidades em ocionales nos hacen sentir bien. Las personas que son capaces de ay udar a los dem ás constituy en una m ercancía social especialm ente valiosa, son las personas a quienes nos dirigim os cuando tenem os una gran necesidad em ocional puesto que, lo queram os o no, cada uno de nosotros form a parte del equipo de herram ientas de transform ación em ocional con que cuentan los dem ás.

Veam os ahora otro claro ej em plo de la sutileza con que las em ociones se transm iten de una persona a otra. En un determ inado experim ento, dos voluntarios, tras rellenar un form ulario en el que se describía su estado de ánim o, se sentaban sim plem ente en parej as (com puestas por una persona m uy com unicativa y otra com pletam ente inexpresiva) a esperar que el experim entador regresara a la habitación. Un par de m inutos m ás tarde, el experim entador volvía y les pedía que rellenaran otro form ulario. El resultado del experim ento en cuestión dem ostró que el estado de ánim o del individuo m ás expresivo se transm itía invariablem ente al m ás pasivo. ¿Cóm o tiene lugar esta m ágica transform ación? La respuesta m ás probable es que el inconsciente reproduzca las em ociones que ve desplegadas por otra persona a través de un proceso no consciente de im itación de los m ovim ientos que reproduce su expresión facial, sus gestos, su tono de voz y otros indicadores no verbales de la em oción. Mediante este proceso, el suj eto recrea en sí m ism o el estado de ánim o de la otra persona en una especie de versión libre del m étodo Stanislavsky (un m étodo en el que el actor recurre al recuerdo de las posturas, los m ovim ientos y otras expresiones de alguna em oción intensa que hay a experim entado en el pasado para evocar la actualización de esos m ism os sentim ientos).

La im itación cotidiana de los sentim ientos suele ser algo m uy sutil. Ulf Dim berg, un investigador sueco de la Universidad de Uppsala, descubrió que, cuando las personas ven un rostro sonriente o un rostro enoj ado, la m usculatura de su propio rostro tiende a experim entar una transform ación sutil en el m ism o sentido, una transform ación que, si bien no resulta evidente, si que puede m anifestarse m ediante el uso de sensores electrónicos.

El sentido de la transferencia de estados de ánim o entre dos personas va desde la m ás expresiva hasta la m ás pasiva. No obstante, existen personas especialm ente proclives al contagio em ocional, y a que su sensibilidad innata hace que su sistem a nervioso autónom o (un indicador de la actividad em ocional) se active con m ás facilidad. Esta habilidad parece hacerlos tan im presionables que un m ero anuncio puede hacerles llorar m ientras que un com entario banal con alguien alegre puede llegar a anim arles (lo cual, por cierto, les convierte en personas m uy em páticas porque se ven fácilm ente conm ovidas por los sentim ientos de los dem ás).

John Cacioppo, el psicólogo social de la Universidad de Ohio que ha estudiado este tipo de intercam bio em ocional sutil, señala que « com prendam os o no la m ím ica de la expresión facial, basta con ver a alguien expresar una em oción para evocar ese m ism o estado de ánim o. Esto es algo que nos sucede de continuo, una especie de danza, una sincronía, una transm isión de em ociones.

« Y es esta sincronización de estados de ánim o la que determ ina el que usted se sienta bien o m al en una determ inada relación» .

El grado de arm onía em ocional que experim enta una persona en un determ inado encuentro se reflej a en la form a en que adapta sus m ovim ientos físicos a los de su interlocutor (un indicador de proxim idad que suele tener lugar fuera del alcance de la conciencia). Una persona se m ueve en el m ism o m om ento en que la otra dej a de hablar, am bas cam bian de postura sim ultáneam ente o una se acerca al m ism o tiem po que la otra retrocede. Esta especie de coreografía puede llegar a ser tan sutil que am bas personas se m uevan en sus sillas al m ism o ritm o. Así, la reciprocidad que articula los m ovim ientos de la gente que se encuentra em ocionalm ente vinculada presenta la m ism a sincronía que Daniel Stern descubrió en aquellas m adres que se encuentran sintonizadas con sus hij os.

La sincronía parece facilitar la em isión y recepción de estados de ánim o, aunque se trate de estados de ánim o negativos. Por ej em plo, en una determ inada investigación sobre la sincronía física se estudió en situación de laboratorio la form a en que las m uj eres deprim idas discutían con su parej a descubriendo que, cuanto m ay or era el grado de sincronía no verbal en las parej as, peor se sentían los com pañeros de las m uj eres deprim idas al finalizar la discusión, com o si hubieran quedado atrapados en el estado de ánim o negativo de su parej a. En resum en, pues, parece que cuanto m ay or es el grado de sintonía física existente entre dos personas, m ay or es la sem ej anza entre sus estados de ánim o, sin im portar tanto el que éste sea optim ista o pesim ista.

La sincronía entre m aestros y discípulos constituy e tam bién un indicador del grado de relación existente entre ellos, y los estudios realizados en el aula señalan que cuanto m ay or es el grado de coordinación de m ovim ientos entre m aestro y discípulo, m ay or es tam bién la am abilidad, satisfacción, entusiasm o, interés y

tranquilidad con que interactúan. Hablando en térm inos generales, podríam os decir que el alto nivel de sincronía de una determ inada interacción es un indicador del grado de relación existente entre las personas im plicadas. Frank Bernieri, el psicólogo de la Universidad del Estado de Oregón que llevó a cabo este estudio m e contaba que « la com odidad o incom odidad que experim entam os con los dem ás es, en cierto m odo, física. Para que dos personas se sientan a gusto y coordinen sus m ovim ientos, deben tener ritm os com patibles. La sincronía reflej a la profundidad de la relación existente entre los im plicados y, cuanto m ay or es el grado de com prom iso, m ás interrelacionados se hallan sus estados de ánim o, sean éstos positivos o negativos» .

En resum en, la coordinación de los estados de ánim o constituy e la esencia del rapport, la versión adulta de la sintonía que la m adre experim enta con su hij o.

Cacioppo propone que uno de los factores determ inantes de la eficacia interpersonal consiste en la destreza con que la gente m antiene la sincronía em ocional.

Quienes son m ás diestros en sintonizar con los estados de ánim o de los dem ás o en im poner a los dem ás sus propios estados de ánim o son tam bién em ocionalm ente m ás am ables. El rasgo distintivo de un auténtico líder consiste precisam ente en su capacidad para conectar con una audiencia de m iles de personas. Y, por esta m ism a razón, Cacioppo afirm a tam bién que las personas que tienen dificultades para captar y transm itir las em ociones suelen tener problem as de relación, puesto que despiertan la incom odidad de los dem ás sin que éstos puedan explicar claram ente el m otivo.

Aj ustar el tono em ocional de una determ inada interacción constituy e, en cierto m odo, un signo de control profundo e intim o que condiciona el estado de ánim o de los dem ás. Es m uy probable que este poder para inducir em ociones se asem ej e a lo que en biología se denom ina zeitgeber, un « tem porizador» , un proceso que, al igual que ocurre con el ciclo día-noche o con las fases m ensuales de la luna, im pone un determ inado ritm o biológico (en el caso del baile, por ej em plo, la m úsica constituy e un zeitgeber corporal). En lo que se refiere a las relaciones interpersonales, la persona m ás expresiva —la persona m ás poderosa

— suele ser aquélla cuas em ociones arrastran a la otra. En este sentido, tam bién hay que decir que el elem ento dom inante de la parej a es el que habla m ás, m ientras que el elem ento subordinado es quien m ás observa el rostro del otro, una form a tam bién de m anifestar el afecto. Y, por ese m ism o m otivo, el poder de un buen orador —un político o un evangelista, pongam os por caso— se m ide por su capacidad para m ovilizar las em ociones de su audiencia.6 Esto es precisam ente lo que querem os decir cuando afirm am os que « los tiene en la palm a de la m ano» . La m ovilización em ocional constituy e la esencia m ism a de la capacidad de influir en los dem ás.

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