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LA MENTE Y LA MEDICINA

In document La Inteligencia Emocional Daniel Goleman (página 185-200)

PARTE I EL CEREBRO EMOCIONAL

11. LA MENTE Y LA MEDICINA

—¿Quién le enseñó eso, doctor?

—El sufrimiento —respondió en seguida el médico.

Albert Camus, La peste

Un ligero dolor en la ingle m e obligó a visitar al m édico. Todo parecía m uy norm al hasta que el análisis de orina reveló la presencia de rastros de sangre.

—Quisiera que fuera al hospital a que le hicieran una citología renal —m e com entó el doctor, con tono distante.

No recuerdo nada de lo que dij o a continuación porque m í m ente pareció quedarse atrapada en la palabra citología… ¡cáncer!

Sólo tengo un recuerdo m uy vago de lo que m e dij o acerca del día y el lugar en que debía hacerm e la prueba. Y, aunque se trataba de unas indicaciones m uy sencillas, tuvo que repetírm elas tres o cuatro veces porque m i m ente parecía resistirse a olvidar la palabra citología y m e sentía com o si m e acabaran de atracar frente a la puerta de m i propia casa.

Pero ¿de dónde provenía una reacción tan desproporcionada?

El m édico se había lim itado a hacer su trabaj o tratando de rastrear todas las posibles ram ificaciones que le perm itieran em itir un buen diagnóstico. Poco im portaba, en aquel m om ento, que la probabilidad racional de padecer cáncer fuera m ínim a, porque el reino de la enferm edad está dom inado por la em oción y por el m iedo. Nuestra fragilidad em ocional ante la enferm edad se asienta en la creencia de que som os invulnerables, una creencia que la enferm edad — especialm ente la enferm edad grave— hace añicos, destruy endo así la seguridad e invulnerabilidad de nuestro universo privado y volviéndonos súbitam ente débiles, desam parados e indefensos.

El problem a estriba en que el personal sanitario se ocupa de las dolencias físicas pero suele descuidar las reacciones em ocionales de sus pacientes. Y esta falta de atención hacia la realidad em ocional del enferm o soslay a la creciente evidencia que dem uestra el papel fundam ental que desem peña el estado em ocional en la vulnerabilidad a la enferm edad y en la prontitud del proceso de recuperación. Lam entablem ente, sin em bargo, la atención m édica m oderna no suele caracterizarse por ser em ocionalm ente m uy inteligente.

El hecho es que la entrevista con una enferm era o con un m édico debería ser una oportunidad para obtener una inform ación tranquilizadora, am able y afectuosa y no, com o suele ocurrir, una invitación a la desesperanza. No es infrecuente que los profesionales clínicos tengan dem asiada prisa o se m uestren indiferentes ante la angustia de sus pacientes. A decir verdad, tam bién hay enferm eras y m édicos com pasivos que dedican tiem po a tranquilizar, inform ar y

m edicar de la m anera adecuada, pero la tendencia general parece abocarnos a un universo profesional en el que los im perativos institucionales transform an al personal sanitario en alguien dem asiado indiferente a la vulnerabilidad de sus pacientes o dem asiado presionado com o para poder hacer algo al respecto. Y, si tenem os en cuenta la cruda realidad de un sistem a sanitario cada vez m ás m ediatizado por las cuestiones económ icas, no parece que las cosas vay an a m ej orar.

Más allá de las m otivaciones hum anitarias de que la labor del m édico consiste tanto en cuidar com o en curar, existen otras im portantes razones que nos inducen a pensar que la realidad psicológica y sociológica de los pacientes com pete tam bién al dom inio de la m edicina. Existen pruebas claras de que la eficacia preventiva y curativa de la m edicina podría verse potenciada si no se lim itara a la condición clínica de los pacientes sino que tuviera tam bién en cuenta su estado em ocional. Obviam ente, esto no es aplicable a todos los individuos y a todas las condiciones, pero el análisis de los datos procedentes de m iles de casos nos perm ite afirm ar hoy, sin ningún género de dudas, las ventaj as clínicas que conlleva una intervención em ocional en el tratam iento m édico de las enferm edades graves.

Históricam ente hablando, la m edicina m oderna se ha ocupado de la curación de la enferm edad (del desorden clínico) dej ando de lado el sufrim iento (la vivencia que el paciente tiene de su enferm edad). Los pacientes, por su parte, se han visto obligados a com partir este punto de vista y a sum arse a una conspiración silenciosa que trata de ocultar las reacciones em ocionales suscitadas por la enferm edad o a desdeñarías com o algo com pletam ente irrelevante para el curso de la m ism a, una actitud que se ve reforzada, asim ism o, por un m odelo m édico que rechaza de pleno la idea m ism a de que la m ente tenga alguna influencia significativa sobre el cuerpo.

No obstante, en el polo opuesto nos encontram os con una ideología igualm ente contraproducente, la creencia de que som os los principales artífices de nuestras enferm edades, la creencia de que basta con afirm ar que som os felices y salm odiar una retahíla de afirm aciones positivas para curarnos de las m ás graves dolencias. Pero esta panacea retórica que m agnifica la influencia de la m ente sobre la enferm edad no hace sino crear m ás confusión y aum entar la sensación de culpabilidad del paciente, com o si la enferm edad fuera el testim onio palpable de un estigm a m oral o de una falta de valía espiritual.

La actitud j usta está entre am bos extrem os. Trataré, a continuación, de revisar la inform ación científica disponible para poner de relieve estas contradicciones y aclarar con m ás precisión el peso de las em ociones —y, en consecuencia, de la inteligencia em ocional— en el curso de la salud y de la enferm edad.

«LA MENTE DEL CUERPO»: RELACIÓN ENTRE LAS EMOCIONES Y LA SALUD

Un descubrim iento realizado en 1974 en el laboratorio de la Facultad de Medicina y Odontología de la Universidad de Rochester nos obligó a recom poner el m apa biológico que hasta aquel m om ento teníam os sobre el cuerpo. El psicólogo Robert Ader descubrió que, al igual que el cerebro, el sistem a inm unológico tam bién es capaz de aprender, un hallazgo ciertam ente sorprendente porque el conocim iento m édico im perante por aquel entonces sostenía que el cerebro y el sistem a nervioso central eran los únicos capaces de adaptarse a las exigencias del m edio m odificando su com portam iento. El hallazgo realizado por Ader inauguró una investigación que perm itió descubrir las m últiples vías de com unicación existentes entre el sistem a nervioso y el sistem a inm unológico, las m iles de conexiones biológicas que m antienen estrecham ente relacionados la m ente, las em ociones y el cuerpo.

En este experim ento, Ader adm inistró a varias ratas blancas una m edicación

—que iba acom pañada de la ingesta de agua edulcorada con sacarina— que dism inuía artificialm ente la cantidad de leucocitos T (destinados a com batir la enferm edad). Pero Ader descubrió, no obstante, que la m era adm inistración de agua con sacarina —sin ningún tipo, por tanto, de m edicación inhibidora— seguía provocando un descenso tal del núm ero de células que algunas ratas term inaron enferm ando y m uriendo. Este experim ento dem ostró que el sistem a inm unológico había aprendido a responder al agua con sacarina, algo que, según el criterio científico prevalente, carecía de todo sentido.

Según el neurocientífico Francisco Varela, de la Escuela Politécnica de Paris, el sistem a inm unológico constituy e el « cerebro del cuerpo» , el que define su sensación de identidad, de lo que le pertenece y lo que no le pertenece.' Las células inm unológicas se desplazan por todo el cuerpo con el torrente sanguíneo, estableciendo contacto con casi todas las células del organism o y atacándolas cuando no las reconoce, cum pliendo así con la función de defendernos de los virus, las bacterias o el cáncer. Pero tam bién puede darse el caso de que las células inm unológicas interpreten equivocadam ente el m ensaj e de ciertas células del cuerpo y term inen ocasionando una enferm edad autoinm une, com o la alergia o el lupus, por ej em plo. Hasta el día en que Ader realizó su im previsto descubrim iento, los fisiólogos, los m édicos y hasta los biólogos consideraban que el cerebro (con sus diferentes ram ificaciones a través del cuerpo vía sistem a nervioso central) y el sistem a inm unológico eran entidades independientes y, por tanto, incapaces de influirse m utuam ente. Según los conocim ientos disponibles desde hacía un siglo, no existía ningún tipo de com unicación entre los centros cerebrales que controlan el sabor y aquellas regiones de la m édula ósea encargadas de la fabricación de leucocitos.

En los años transcurridos desde entonces, el m odesto descubrim iento realizado por Ader ha obligado a cam biar radicalm ente nuestro criterio sobre las relaciones existentes entre el sistem a inm unológico y el sistem a nervioso central, dando origen a una nueva ciencia, la psiconeuroinm unologia (o PNI), actualm ente en la vanguardia de la m edicina. El m ism o nom bre de esta nueva ciencia da cuenta del vinculo existente entre la « m ente» (psico), el sistem a neuroendocrino (neuro) —que subsum e el sistem a nervioso y el sistem a horm onal— y el térm ino inm unología, que se refiere, obviam ente, al sistem a inm unológico.

A partir de entonces, una serie de investigadores ha descubierto que los m ensaj eros quím icos m ás activos, tanto en el cerebro com o en el sistem a inm unológico, se concentran en las regiones nerviosas encargadas del control de las em ociones. David Felten, colega de Ader, nos ha proporcionado algunas de las pruebas m ás concluy entes a favor de la existencia de un vinculo fisiológico directo entre las em ociones y el sistem a inm unológico. Felten com enzó observando que las em ociones tienen un efecto m uy poderoso sobre el sistem a nervioso autónom o (encargado, entre otras cosas, de regular la cantidad de insulina liberada en la sangre y la tensión arterial). Trabaj ando con su esposa Suzanne y otros colegas, Felten logró determ inar el lugar concreto en el que, por decirlo así, el sistem a nervioso se com unica directam ente con los linfocitos y las células m acrófagas del sistem a inm unológico. En sus observaciones realizadas con el m icroscopio electrónico, Felten descubrió tam bién la existencia de conexiones directas entre las term inaciones nerviosas del sistem a nervioso autónom o y las células del sistem a inm unológico. Este punto físico de contacto perm ite a las células nerviosas liberar los neurotransm isores que regulan la actividad de las células inm unológicas (aunque, en realidad, la com unicación se establece en am bos sentidos), un hallazgo ciertam ente revolucionario porque hasta la fecha nadie había sospechado siquiera que las células del sistem a inm unológico pudieran ser el blanco de m ensaj es procedentes del sistem a nervioso.

Para determ inar con m ay or precisión la im portancia de estas term inaciones nerviosas en el funcionam iento del sistem a inm unológico, Felten dio un paso m ás allá y llevó a cabo diferentes experim entos con anim ales a los que extraj o algunos de los nervios de los nódulos linfáticos y del bazo, en donde se elaboran y alm acenan las células inm unológicas, y luego les inoculó varios virus para tratar de verificar la respuesta de su sistem a inm unológico. El resultado de esta investigación constató un espectacular descenso en la respuesta inm unológica frente al ataque vírico. La conclusión de Felten es que, a falta de estas term inaciones nerviosas, el sistem a inm unológico es incapaz de responder com o debiera ante una invasión vírica o bacteriana. Así pues, en resum en, el sistem a nervioso no sólo está relacionado con el sistem a inm unológico sino que cum ple

con un papel esencial para que éste desem peñe adecuadam ente su función.

Otro factor fundam ental en la relación existente entre las em ociones y el sistem a inm unológico está ligado a las horm onas liberadas en situaciones de estrés. Las catecolam inas (epinefrina y norepinefrina, llam adas tam bién adrenalina y noradrenalina), el cortisol, la prolactina y los opiáceos naturales (com o, por ej em plo, la-endorfina y la encefalina) son algunas de las horm onas liberadas en situaciones de tensión que tienen una gran influencia sobre las células del sistem a inm unológico. Aunque las relaciones concretas existentes entre estas horm onas y el sistem a inm unológico resultan m uy difíciles de precisar, no cabe la m enor duda de que su presencia entorpece el adecuado funcionam iento de las células inm unológicas. El estrés, por consiguiente, dism inuy e la resistencia inm unológica, al m enos de form a provisional, tal vez com o una estrategia de conservación de la energía necesaria para hacer frente a una situación que parece am enazadora para la supervivencia del individuo. Pero, en el caso de que el estrés sea intenso y prolongado, la inhibición puede term inar convirtiéndose en una condición perm anente. ¿A partir del m om ento en que se hizo evidente la relación entre el sistem a nervioso y el sistem a inm unológico? los m icrobiólogos y otros científicos en general han seguido descubriendo cada vez m ás conexiones entre el cerebro, el sistem a cardiovascular y el sistem a inm unológico.

LAS EMOCIONES TOXICAS: DATOS CLÍNICOS

Pero, a pesar de tales pruebas, la inm ensa m ay oría de los m édicos siguen m ostrándose renuentes a aceptar la relevancia clínica de las em ociones. Si bien es cierto que existen num erosas investigaciones que dem uestran que el estrés y las em ociones negativas debilitan la eficacia de distintos tipos de células inm unológicas, no siem pre queda claro que su alcance establezca algún tipo de diferencia clínica.

Pero el hecho es que cada vez son m ás los m édicos que reconocen la incidencia de las em ociones en el desarrollo de la enferm edad. El doctor Cam ran Nezhat, em inente ciruj ano ginecológico de la Universidad de Stanford, afirm a que « cuando una m uj er a quien voy a intervenir quirúrgicam ente m e dice que tiene m iedo, postergo de inm ediato la intervención» , y luego prosigue diciendo

« todos los ciruj anos saben que la gente m uy asustada no responde adecuadam ente a una intervención quirúrgica, y a que tienden a sangrar en exceso, son m ás propensos a las infecciones y a las com plicaciones y tardan m ás tiem po en recuperarse. Es m ucho m ej or, por tanto, que el paciente se halle com pletam ente sereno» .

Es evidente que el pánico y la ansiedad aum entan la tensión arterial y que, en consecuencia, las venas dilatadas por la presión sanguínea sangran m ás

profusam ente cuando son seccionadas por el bisturí del ciruj ano. El sangrado excesivo —recordém oslo— constituy e una de las principales com plicaciones a las que se enfrenta toda intervención quirúrgica, una com plicación que a veces puede term inar conduciendo hasta la m ism a m uerte.

Pero m ás allá de estos datos anecdóticos cada vez es m ay or la inform ación que subray a la im portancia clínica de las em ociones. Es posible que los datos m ás convincentes al respecto procedan de un m etaanálisis que revisa los resultados de 101 investigaciones llevadas a cabo con m iles de personas. Este m etaestudio confirm a hasta qué punto resultan nocivas para la salud las em ociones perturbadoras « y dem uestra que las personas que sufren de ansiedad crónica, largos episodios de m elancolía y pesim ism o, tensión excesiva, irritación constante, y escepticism o y desconfianza extrem a, son doblem ente propensas a contraer enferm edades com o el asm a, la artritis, la j aqueca, la úlcera péptica y las enferm edades cardíacas (cada una de la cuales engloba un am plio abanico de dolencias)» . Las em ociones negativas son, pues, un factor de riesgo para el desarrollo de la enferm edad, sim ilar al tabaquism o o al colesterol en lo que concierne a las enferm edades cardíacas. En resum en, pues, las em ociones negativas constituy en una seria am enaza para la salud.

Habría que m atizar, por últim o, que la presencia de una am plia correlación estadística no significa, en m odo alguno, que todas las personas que experim entan estos sentim ientos crónicos term inen siendo presa de alguna de estas enferm edades, pero la evidencia del papel que desem peñan las em ociones es, con m ucho, m ás am plia de lo que nos sugiere este m etaestudio. Si prestam os atención a los datos relativos a em ociones concretas, especialm ente a las tres principales —la ira, la ansiedad y la depresión—, no cabe la m enor duda de la relevancia clínica de las em ociones, aun cuando los m ecanism os biológicos concretos m ediante los cuales actúan todavía no hay an sido com pletam ente elucidados.

Cuando la ira resulta suicida

Un golpe lateral en su vehículo le llevó a em prender una frustrante y estéril peregrinación. Prim ero tuvo que cum plim entar tediosos form ularios en la com pañía de seguros y, después de dem ostrar que la carrocería de su coche había resultado seriam ente dañada y que el responsable del accidente era el conductor del otro vehículo, todavía tuvo que pagar 800 dólares. Después de aquel incidente llegó a sentirse tan m al que el sim ple hecho de coger el coche bastaba para enoj arle. Finalm ente se vio en la obligación de vender su autom óvil.

Años m ás tarde, el m ero recuerdo de aquella situación bastaba para hacerle palidecer de rabia.

Este desagradable incidente form a parte de un estudio llevado a cabo en la

Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford sobre los efectos de la irritabilidad en los pacientes aquej ados de una enferm edad cardíaca. El obj eto del estudio —realizado sobre suj etos que, al igual que el hom bre que acabam os de m encionar, habían padecido un ataque cardíaco— era el de averiguar el im pacto del enfado sobre la actividad cardíaca. El resultado fue sorprendente porque, en el m ism o m om ento en que los pacientes relataban los incidentes que les habían hecho sentirse furiosos, la eficacia de su bom beo cardíaco (denom inada tam bién, en ocasiones, « fracción de ey ección» ) descendió un 5%

y, en algunos casos, hasta el 7% o incluso m ás, un indicador que los cardiólogos consideran un síntom a de isquem ia del m iocardio, un peligroso descenso en la cantidad de sangre que llega al corazón.

Este descenso en la eficacia del bom beo cardíaco no ha sido constatado, en cam bio, en presencia de otras sensaciones perturbadoras, com o la ansiedad, por ej em plo, ni tam poco durante el ej ercicio físico. El enoj o, pues, parece ser una de las em ociones m ás dañinas para el corazón. Y eso que, según relataron los afectados, el recuerdo del incidente problem ático no les enfurecía ni la m itad de lo que lo habían estado cuando sucedió el incidente, un dato que dem uestra que, en el curso de la situación real, su corazón se hallaba m ucho m ás afectado.

Este descubrim iento se inserta en un conj unto de pruebas m ucho m ás am plio extraído de una docena de estudios que subray an el efecto dañino del enfado para el corazón. El antiguo punto de vista al respecto no aceptaba fácilm ente que la personalidad tipo A —la persona que siem pre tiene prisa y que padece una elevada tensión sanguínea— constituy e un grave factor de riesgo para las enferm edades cardíacas, pero los nuevos descubrim ientos realizados al respecto dem uestran hoy que la irritabilidad constituy e un claro factor de riesgo.

Muchos de los datos de que disponem os sobre la irritabilidad proceden de la investigación realizada por el doctor Redford William s de la Universidad de Duke. Por ej em plo, William s descubrió que los m édicos que obtuvieron las puntuaciones m ás elevadas en un test de hostilidad realizado cuando todavía eran estudiantes m ostraban, alrededor de los cincuenta años, un índice de m ortalidad siete veces m ay or que quienes habían obtenido puntuaciones m ás baj as. La tendencia al enfado constituy e, pues, un predictor m ej or del índice de m ortalidad tem prana que otros factores de riesgo tales com o fum ar, un nivel elevado de tensión arterial o el índice de colesterol en la sangre. Por su parte, las angiografías —una operación en la que se inserta un catéter en la arteria coronaria para cuantificar sus posibles lesiones— realizadas por el doctor John Barefoot, de la Universidad de Carolina del Norte, ay udaron a dem ostrar la existencia de una elevada correlación entre los resultados del test de hostilidad y la gravedad de la lesión coronaria.

Con ello no estam os afirm ando en m odo alguno que la irritabilidad term ine ocasionando una enferm edad coronaria, sino sólo que constituy e un factor de

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