La huida de la corte el 20 de febrero de 1475 del arzobis- po Carrillo, que favorecería al marqués de Villena, junto a la aceptación del rey de Portugal de la boda con Juana, que rompió los contactos del marqués con los Reyes Católicos, pudo ser la razón que convirtiera el minúsculo fuego ya an- tes iniciado con el cerco de Riópar, en un rincón perdido del alfoz de Alcaraz, en gigantesco incendio. En efecto, ya an- tes, y quizá desde el último año del rey Enrique IV, en las sierras del sur de Alcaraz había comenzado una guerra de baja intensidad entre los partidarios del marqués de Villena y el clan de los Manrique. Don Martín de Guzmán, alcaide de Alcaraz, por el viejo Pacheco, pero corregidor por el rey de Castilla, había hecho homenaje de tener la ciudad por el maestre Pacheco en el último día de 1473, y a su muerte, a finales de 1474, levantó sus pendones por su hijo, poniendo fin así a la equívoca forma de dominio señorial encubierto que vivía la ciudad. Una noche de nieve -no sabemos si de este mismo inviern020- logró apoderarse del castillo de Riópar, en un golpe de mano con sus fuerzas y las de la ciu- dad, fingiendo que salía a cazar jabalíes. Allí se quedaría
como alcaide Alonso de Montoya21 , vecino de Belmonte y fiel a los Pacheco. Por aquel mismo tiempo -acaso algo des- pués- se apoderó también de otras dos fortalezas: San Vi- cente22 (El Santo) y Cotillas, que estaban en poder de los Manrique, y que fueron devueltas a Alcaraz. Sin embargo, el pueblo de Riópar se alzó contra el alcaide, en fecha que ig- noramos, ante el asesinato de un hombre del lugar por gente de Montoya, que éste se negó a castigar, y cercó su castillo (algo muy semejante a lo que sucedió en San Felices a Gracián de Sesé, el antiguo alcaide de Trujillo, que murió apedreado por villanos alzados, o a lo que se supone sucedió en Fuenteovejuna con el comendador del maestre Girón, muerto por los villanos, aunque quizá por causas que no tie- nen que ver con las que pinta Lope23 ), reclamando su ayuda a los Manrique.
Pedro Manrique, el hijo del maestre don Rodrigo, que apoyaba en las tierras del norte de Jaén y del sur de Albacete a don Jorge y don Rodrigo, sus hermanos, en sus aspiracio- nes a las encomiendas de Chiclana y de Yeste, envió desde Siles 150 peones con algunas lombardas y unas doce lanzas al mando del alcaide de Segura, a fin de reforzar el cerco del castillo de Riópar, que de allí en adelante será muy afectado por los tiros de pólvora24. El alcaide Montoya intentaría mandar un emisario al marqués de Villena, pero éste, captu- rado, sería ahorcado al punto ante los mismos muros. En el cerco de Riópar, salpicado de actos de caballerosidad, pero también de otros de crueldad extrema, confluyeron en los primeros meses de 1475 las miradas de todos los poderes vecinos. A principios de marz025 , algunos ciudadanos de
19 Usamos el vocablo con todas las cautelas que se deben tener al tratar de unos pueblos como éstos y de un tiempo en que aún es imposible hablar con propiedad de conciencia de clase, y en el que acaso tienen importancia mayor las solidaridades de linaje y el corporativismo medieval. Pero también lo usamos sin el menor complejo, pues ¿cómo ha de llamarse a un movimiento que, precedido o no por una iniciativa de los reyes contra el marqués don Diego, tiene un programa claro de defensa del reino y de la libertad (no solamente ya de antiguas "libertades" que son otra manera de hablar de privilegios, sino de "libertad" entendida como un conjunto de derechos de las gentes comunes y de los municipios, frente a la nobleza, e incluso los rnonarcas). Un movimiento amplio, que es interclasista y confuso, como siempre ocurre en los comienzos de todo alzamiento popular, que persigue objetivos subversivos del orden existente mediante la violencia, y que pone reparos importantes incluso a los reyes que lo han originado y quieren moderarlo, no difiere gran cosa de aquellos requisitos de Kamenka que R. Forster y J. P. Green (en J. H. Elliot,Revoluciones y rebeliones en la Europa moderna, Madrid, 1975) estiman necesarios para hablar de una revolución y no de una simple revuelta o alboroto. Es verdad que los reyes están a la cabeza, pero ello no quita para que los rebeldes se planteen un proyecto de regeneración de la vida política. Es verdad que también hay nobles a su lado, como Pedro Manrique, y que entre los rebeldes hay bastantes hidalgos que únicamente aspiran a medrar con el cambio; pero ello no quita para que el movimiento tenga fines distintos y en un momento dado hasta corriera el riesgo de írseles de las manos. ¿O hemos de creer que en la Francia de 1789 no hubo revolución porque un Lafayette estuvo al frente en un primer momento? Pero, independientemente de lo que queda dicho, también hay que afirmar que no existe en el caso que estudiamos un único objetivo (nunca lo hay en ninguna de las revoluciones), ni un programa previo (puede servir de tal el expresado en las Juntas de 1476), ni, sobre todo, fuerzas para llevar a cabo una revolución (sobre todo, teniendo en contra al enelnigo y también al
"amigo" -la Corona- en que se confiaba). El fracaso final da la medida de las escasas fuerzas, no de las intenciones. De no aceptarlo así, habríamos de negar el carácter de revolucionario a todo movimiento que no acabe triunfando.
20 Los testigos del hecho difieren al respecto, desde los que señalan que no hubo tal cerco, o que duró un mes, hasta los que detallan que fue puesto pasado el día de Todos los Santos de 1474 -es decir, a raíz de la prisión del marqués de Villena- y acabó en el verano del siguiente, pasado ya San Juan (A. Pretel Marín, "Noticias sobre el castillo de Riópar en la Edad Media",Al-Basit, 2, Albacete 1976). Probablemente todos tengan cierta razón, pues el hecho parece haber tenido varios momentos clave: ocupación a cargo de Martín de Guzmán, acaso en noviembre de 1474, alzamiento del pueblo e intervención directa de don Pedro Manrique, acaso en enero o febrero de 1475, y conclusión final hacia el verano, cuando ya arde la guerra del marqués con los reyes.
21 Es posible que este Alfonso de Montoya fuera cuñado del bachiller Miguel Ruiz de Tragacete, el alcalde mayor del marquesado, cuya esposa se llama Catalina Martínez de Montoya y es hija del hidalgo Luis de Montoya, vecino de Murcia. Desde luego, parece que el linaje Montoya está lnuy integrado entre los servidores del marqués, aunque también veremos al hidalgo Álvaro de Montoya, casado con la hermana de Martín Sánchez de Cantos, que se distinguirá en el bando contrario.
22 Es significativo que el 18 de noviembre de 1474 -aunque parece ser una culminación de un período anterior de inobediencia- Alcaraz suprimiera los derechos de los 11 moradores del castillo de San Vicente de La Vegallera por incumplimiento de las condiciones de la puebla (haber vendido sus quiñones y desobedecer órdenes del concejo), incorporando el término al área de pastos comunales. En diciembre, ante el síndico Juan de Vandelvira, regidores y alcaldes, protestan los vecinos afectados (Juan de Buitrago y García de Segura). I. García Díaz,Agricultura, Ganadería y bosque. La explotación económica de la Tierra de Alcaraz (1475-1530). lEA, Albacete, 1987, pp. 97-99.
23 L. Suárez Fernández,Isabel 1, Reina, p.139.
24 A. Pretel Marín, "Noticias sobre el castillo de Riópar....", pp. 14 Y Sigs.
25 Unos meses después, al tomar posesión de su aldea de Lezuza, los de Alcaraz llevaban una carta real dada el 2 de marzo en Olmedo por la que devolvían las aldeas perdidas.
Alcaraz -incluso cargos públicos, con probabilidad26- en- traron en contacto con Manrique y con el rey don Fernando, requiriendo su apoyo para un alzamiento, a lo que él contes- tó prometiendo mercedes27y anunciando el envío en breve plazo de unas trescientas lanzas con un buen capitán, pero pidiendo en cambio que "no comenrasen cosa sin tienlpo porque no les acaeriese lo que en tienpo del lnaestre don Juan Pacheco" (se refiere a la dura represión de Juan Alfon- so de Haro hacía cuatro años).
Cuando se conoció que el marqués enviaba refuerzos a Montoya, don Rodrigo Manrique, comendador de Yeste, en- vió por su parte algunas tropas más, y hasta Pedro Fajardo, atraído por su suegro, mandó 50 lanzas de la lejana Murcia al mando del señor de Campos y Albudeite, Juan de Ayala el Grande, que no pasó de Yeste al saber que "ya no hera nle- nester". Al final el alcaide Alfonso de Montoya pactaría la entrega -o venta- del castillo a don Pedro Manrique (a cam- bio recibió un cuarto de millón de maravedíes, "so color de vn lienro que el dicho Montoya habla hecho en el castillo ");
pero ya para entonces el foco del conflicto se había traslada- do a la misma ciudad de Alcaraz, y pronto se extendió al término de ésta. Lo que hasta entonces fue una simple ban- dería de nobles vendría a convertirse en una acción de gue- rra de los reyes contra uno de sus súbditos. Diego López Pacheco, que hasta entonces había intentado negociar no sólo su maestrazgo, sino en especial que se le consintiera mante- ner su palabra de custodiar a la princesa Juana hasta el día de su boda, se veía arrastrado a un conflicto, que sería su ruina28,por una conjunción de varios elementos: la determi- nación de la reina Isabel de tener en sus manos a su incómo- da sobrina (que el marqués de Villena trasladó de Escalona a Trujillo, para ponerla a salvo y acercarla a su novio portu- gués) y de acabar de una vez por todas con el nefasto régi- men de su difunto hermano; la mala fe evidente de un nego- ciador, Antón Núñez de Ciudad Rodrigo,"que puso turbarion en el negorio", y el precipitado alzamiento de la ciudadanía de Alcaraz, harta de soportar el dominio encubierto del clan de los Pacheco. El hijo iba a pagar, de esta manera, los peca- dos del padre.
En efecto, a pesar de que los reyes habían pedido calma, y aún andaban en tratos con el marqués don Diego, la noticia de que habrían de apoyar una sublevación se difundió muy pronto en Alcaraz, y Martín de Guzmán comenzó a tomar
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represalias, lo que trajo consigo combates callejeros y una revolución de carácter político con ribetes sociales. El alcai- de Guzmán se vio obligado a encerrarse en el alcázar con todos sus soldados y algunos partidarios (entre ellos, García NogueroF9), mientras los ciudadanos (sobre todo, los Busto, Bustamante, Hontanar, y algunos Vandelvira, familia de modestos menestrales) se incautaban de bienes y haciendas de vecinos leales al marqués, quemaban sus moradas, dero- gaban todas las ordenanzas inspiradas por Martín de Guzmán (aunque luego tendrán que reimplantar algunas que eran be- neficiosas para la salvaguarda de los montes del término) y pedían ayuda a los monarcas. Alcaraz no era Riópar, sino un punto importante, que podía ser clave para el mantenimiento del marqués de Villena y hasta para el dominio del mismo señorío. Por eso, el arzobispo don Alonso Carrillo y el mar- qués Diego López acudieron al punto con las tropas que te- nían reunidas para ir a recibir al rey de Portugal en su entra- da en Castilla, y con algunas otras del maestre calatravo don Rodrigo Girón y de su hermano, el conde de Urueña: unos 2.000 lanceros y el doble o más de peones. Sin embargo, los reyes se habían anticipado, enviando el 15 de marzo cartas a los concejos de La Mancha, Murcia, Toledo y Cuenca, a la orden de Santiago y a los caballeros adictos a su causa en toda la comarca. El obispo deÁvila, Fonseca (el sobrino, no el tío, que ya había fallecido) llegó pronto a Alcaraz con 300 jinetes, y pronto le alcanzó, desde Ciudad Reapo, don Rodrigo Manrique con otras tantas lanzas y numerosos peones, a las que se unieron en los días siguientes las de todos sus hijos.
Ambos se encargarían de defender la plaza ante la inminente llegada del marqués, y de poner un plazo al alcaide Guzmán, que habría de entregar el alcázar cercado antes del 10 de mayo, si antes no lograra que al marqués le ayudara, a cam- bio de la vida y de la libertad de todos sus parciales. Con fecha 6 y 15 de abril Isabel y Fernando confirmaban al pue- blo de Alcaraz las mercedes que había prometido en su nom- bre el obispo deÁvila, incluyendo la renta del montazgo y la franqueza de pechos y monedas que había concedido Enri- que IV en los tiempos de la guerra civil, y que ahora se am- plía a 70 vecinos del arrabaPI. La generosidad, tan rara en Isabel, se explica solamente por una coyuntura crítica y de- cisiva, y la necesidad de encontrar el apoyo de la ciudada- nía, representada ahora por un procurador síndico del co- mún, electo por sorteo entre diez hombres buenos que son
26 Después del alzamiento de Alcaraz y de la expulsión de Martín de Guznlán conservaban sus cargos, por lo menos, el alcalde Gonzalo de Auñón y los regidores García de Madrid, Hernando de Coca, Pedro Xinlénez y Sancho de Montiel, así como el síndico Juan de Vandelvira, y el procurador universal Juan de Reolid. En cambio, el movimiento producirá el relevo del alcalde Rodrigo de Pareja (sabemos que un Pareja estuvo implicado en Jaén, unos años atrás, en el intento de matar al condestable Iranzo, al parecer por orden de Pacheco) y del alguacil García Toledano, que dejarán sus cargos a otros varios alcaldes y al nuevo alguacil García de Ballesteros. Parece, por lo tanto, que una buena parte de las autoridades -hidalgos y pecheros- secundó el movimiento -al menos, no se opuso- a favor de los reyes.
27 El 6 Y11 de abril, los reyes confirmaban a Alcaraz el derecho a la renta de montazgo, feria, mercado franco, exención de tributos, y la devolución de las aldeas (Villanueva, Lezuza, Munera, El Bonillo) que el marqués de Villena había arrebatado al alfoz de Alcaraz. Ver A. Pretel Marín, Una ciudad castellana... pp.147 Y Sigs., Y 293-295.
28 J. Torres Fontes, "La conquista del marquesado de Vi llena en el reinado de los Reyes Católicos"Hispania, L.(1953), p. 46. Un estudio ya clásico, pero que sigue siendo de gran utilidad para el tema esencial de este trabajo.
29 AGS, RGS, Fol.299. 1495, mayo, 7, Madrid. Sobre reclamación de la viuda de García Noguerol de los perjuicios que sufrió su marido en el tiempo del cerco. La familia de éste siempre fue partidaria del marqués Juan Pacheco, que la utilizaría en Hellín y Alcaraz para afianzar su causa, e incluso nOInbraría a algunos de sus miembros alcaides de castillos, como el de Munera.
30 Ciudad Real había conocido una revuelta de grandes proporciones, complicada con una persecución de los conversos, que el joven maestre de Calatrava, apenas un muchacho, ahogó después en sangre. Más tarde, los monarcas enviarían a Rodrigo Manrique y a Diego Fernández de Córdoba, que tomaron la plaza y siguieron después combatiendo a algunas encomiendas calatravas, al tiempo que el clavero García de Padilla ocupaba Almadén; todo ello con el fin priInordial de impedir que el Inaestre pudiera acudir a dar ayuda a la entrada del rey de Portugal. Rades y Andrada,Chrónica ... p.79.
31 AGS, Merc.Y Privo Leg. 253, N° 9. Confirmado en Tordesillas el 20 de septiembre de 1476.
los candidatos de las cinco parroquias, y por sus regidores y alcaldes (oficios estos últimos que han aumentado en núme- ro y vuelven a elegirse por parroquias, como ya no se usaba desde hacía mucho tiempo).
Habiendo recibido las cartas de los reyes, y también peti- ciones de ayuda de su suegro, Pedro Fajardo hacía preparati- vos bélicos en el reino de Murcia (en diciembre del año an- terior ya había alzado pendones por la reina Isabel). No esta- ba decidido a enfrentarse al lnarqués, pero sí a respaldar a Rodrigo Manrique y a los reyes en la liberación de la plaza realenga de Alcaraz y en su reclamación de algunas enco- miendas de la orden de Santiago que se habían negado a en- tregarse al maestre. Estableció una tregua con don Diego de Merl032, nuevo gobernador del marquesado, que incluía la renuncia a atacar tierras de éste, pero dejaba libres a ambos para ir en ayuda de los suyos en cualquier otro punto de con- flict033, y a comienzos de mayo llegaba a Alcaraz con 400 lanzas y un millar de peones, "gente muy escogida", cuando esta ciudad estaba ya cercada por las fuerzas del marqués de Villena, no obstante lo cual consiguió penetrar en ella por sorpresa. Con aquellos refuerzos, el marqués de Villena com- prendió que tomar Alcaraz requeriría más tiempo y más di- nero del que tenía entonces, y habiendo sabido además que fuerzas enemigas habían derrotado al arzobispo, que venía en su ayuda, optó por retirarse, dejando a su suerte a Martín de Guzmán, quien rindió el alcázar en la fecha prevista, 10 de mayo, y salió con sus hombres hacia el marquesado. Los
mismos ciudadanos de Alcaraz, con permiso real, destruye- ron al punto aquella fortaleza, convertida en un símbolo del odiado poder de los Pacheco y de dominación ajena sobre ellos. Según dice la crónica, "aprovechó mucho la tonJa de aquella ¡orta/era al rey y a la reina para sus negorios, por- que los contrarios enflaquerieron mucho". En los días si- guientes apretarán las tuercas en las negociaciones al mar- qués de Villena, hasta el punto de hacer imposible el acuerdo.
Cinco días después de rendirse el alcázar de Alcaraz, el lunes día 15 de este mes de mayo, don Rodrigo Manrique, rodeado de algunos servidores y escuderos, reunía en el con- vento dominico a un centenar de hombres muy representati- vos de los distintos clanes que había en la ciudad, entre los que se encuentran todos los Bustamante y Ballesteros, algu- no de los Busto y Baena, y de otros linajes desafectos al marqués de Villena34; incluso unos cuantos de apellido Montiel, que siempre intentaron mantenerse neutrales, aun- que últimamente habían estado más o menos cercanos al marqués35• También está con ellos el propio bachiller Juan Martínez Guerrero, que había sido alcalde mayor del marquesado, pero evidentemente ha cambiado de bando, con algunos parientes (en cambio, no figuran miembros de las familias Nogueral y Llerena, de antiguo vinculadas a Pacheco y su hijo). La asamblea, en la que vemos no ya a los dos alcaldes de tiempos anteriores, sino a cuatro o cinco (un in- dicio evidente de que el levantamiento había provocado una transformación de la corporación municipap6), estaría presi-
32 Diego de Merlo es nieto del doctor Periáñez, que tuvo el señorío de Villena en tiempo de las luchas contra el rey de Navarra. La hija de Periáñez, Guiomar, casó con Juan de Merlo, un portugués criado por don Álvaro de Luna, que era mayordomo mayor del rey en1439 y que tenía fan1a de muy buen caballero (J. M. Soler, "La donación de Villena al doctor Periáñez en1440", Studia Histórica In Honorem Vicente MartÍnez Morellá, Alicante, 1985, p.
440 y cuadro genealógico, p. 474). Probablemente, Juan y sus hijos serían enemigos del condestable Iranzo que le arrebató la alcaidía de Alcalá la Real;
quién sabe si de ahí su aproximación al marqués de Villena. Finalizando ya la contienda civil de 1465-1468, cuando estaba al servicio todavía del Príncipe Alfonso, él fue quien avisó a Juan Pacheco de que había una conspiración para matarle, y más tarde el marqués contaría con él para el intento de secuestrar a la infanta Isabel y evitar su boda con Fernando, y para otras empresas, como la de la entrega de Trujillo. Precisamente en ésta le acompañaba Diego de Merlo cuando elluaestre lTIUere en Santa Cruz, y él fue precisamente quien condujo el cadáver a su primer entierro en Guadalupe (MaI.Del Val,Isabel la Católica... p.346 y 542).
33 J. Torres Fontes, "La conquista del marquesado ... " p.54. Don Pedro Fajardo ... p. 137.
34 Era ya muy antigua la enemistad patente entre los Bustamante y Ballesteros y el clan de los Guerrero, que en parte procedía de la actitud sumisa del patriarca de éste al Príncipe de Asturias -después, Enrique IV-Y a su favorito, el marqués de Villena. Cuando, en 1440, don Enrique entregaba a Juan Pacheco las aldeas de Lezuza, Villanueva, El Bonillo y Munera, ya hubo un encontronazo en el Ayuntamiento entre el bachiller Juan Martínez Guerrero, que acató aquellas órdenes, como letrado que era del concejo, y el bachiller Juan Sánchez de Bustamante, secundado por Garcí Ferrández de Ballesteros, que se opondrían a dar a las nacientes villas un término a costa de Alcaraz, asumiendo el papel de defensores del bien y pro común de la ciudad, incluso situándose al margen de la ley y pretendiendo echar a los Guerrero y al corregidor en un golpe de mano que resultó frustrado en1458, cuando Juan de Bustamante y García de Ballesteros llegaron a ocupar la Torre del Reloj de la ciudad (véase A. Mackay,Anatomía de una revuelta urbana: Alcaraz en 1458,lEA. Albacete, 1985). En los años siguientes, ambos bandos buscarían apoyos, incluso matrimonios, entre los servidores de los grandes poderes contrapuestos que había en la COluarca. Mientras que los Guerrero llegarían a tener cargos de relevancia dentro del Marquesado de Villena, los Balleste- ros tienen apoyo de Fajardo, el rebelde de Lorca y Letur, aliado de los moros, y una tal Catalina de Ballesteros se convierte en esposa del cOluendador Álvaro de Madrid, señor de Villapalacios, persona de confianza de Rodrigo Manrique, a cuyo hijo Pedro devolverán sus hijos este pueblo en 1470 n1ediante compraventa. Ballesteros y Baenas aparecen igualmente implicados en las alteraciones de n1ediados de siglo contra el bachiller Juan Martínez Guerrero y sus parientes, y son protagonistas de algún que otro robo con fuerza a comerciantes en los años sesenta. De los Busto ya vimos que uno de sus miembros había sido muerto por Juan Alonso de Haro por haber pretendido meter en la ciudad a don Pedro Manrique en 1471.
35 Sabemos que Mayor González de Montiel -que más tarde sería relajada por delito de herética pravedad- había estado casada con Ruy González de Llerena, conocido servidor del marqués (cuyos hijos, no obstante, serían perdonados por los Reyes Católicos por carta dada en Burgos,31 de enero de 1476). El 13 de diciembre de 1475, desde Valladolid, Isabel concedía a Miguel de Hontanar el secuestro de bienes de Fernando de Montiel y Martín de Cazorla, vecinos de Alcaraz, por seguir la opinión de su adversario. Sin embargo, muy pronto, el bachiller Diego González de Montiel será nombrado, elIde agosto de1476, oidor de la Audiencia y miembro del Consejo, cargo que ya tenía en tiempos de los reyes Juan II, don Alfonso y Enrique IV (RGS, Fol.558). Esta misma merced la había recibido Pedro de Belvas, letrado del concejo durante el alzamiento, el 31 de enero de 1476 (RGS, Fol. 898). Con posterioridad, este Pedro de Belvas recibió el nombramiento de alcalde luayor de Chinchilla y las villas reducidas en el Marquesado de Villena, oficio en que le vemos en 1481 (Torrente Pérez, Documentos para la historia de San Clernente, I, Madrid, 1975, Doc. 52)
36 En lugar de los dos alcaldes que existían hallan10s cuatro o cinco: en un primer momento se citan sólo tres, Pedro Muñoz, Gonzalo Ferrández de Auñón y Pedro del Moral, pero luego el mismo documento menciona otros dos, Juan Martínez Guerrero y Pedro de Montiel, que piden testimonio del acto celebrado. Obviamente, ello apunta a la reforma, ya en fecha temprana, de los oficios públicos (refonna de que ya nos hemos ocupado en A. Pretel Marín,Una ciudad... pp. 167-168), que venía a aumentar el número de alcaldes y devolver el uso del sorteo por parroquias, como mandaba el fuero.
También hay alguacil, García de Ballesteros, y varios regidores: Pedro Jiménez Moreno, Hernando de Montiel, Sancho de Coca y García deMadrid~
procurador universal, Juan de Reolid, y el procurador síndico del común de hOlubres buenos pecheros, Juan Sánchez de Yvandelvira. AMAlcaraz, Caja498.