• No se han encontrado resultados

MITOS PREHISPÁNICOS AMERICANOS

EL ESPÍRITU DE LA PROVINCIA

3. MITOS PREHISPÁNICOS AMERICANOS

La obra de Moyano se hace eco de diferentes mitos ancestrales de América:

La Venganza del Aconcagua, La Ciudad Errante de los Césares o aquellas que atañen al universo astrológico.

El autor no pretende una deliberada aglutinación de temas tradicionales en su obra o una nueva elaboración del mito. Por el contrario, estos elementos tienen una funcionalidad concreta en las narraciones en las que se introducen y contribuyen a la significación global de la misma.

No es el mito el centro del relato ni el motivo de este. Es un elemento más, enormemente significativo que si por una parte nos ubica en un entorno concreto

—los mitos diaguitas remitirán a las tierras riojanas, los atacameños y calchaquíes a todo el noroeste argentino—; por otro, serán integrantes fundamentales de la carga simbólica del relato.

3.1. LA VENGANZA DEL ACONCAGUA

En la antología Cuentos regionales argentinosxlii se realiza una sinopsis del mito:

En las cercanías del Aconcagua, sobre tierras áridas, arenosas, salitrosas, una raza de gigantes agonizaba por la sed y la sequía de sus campos. Para salvarse decidieron robar a la mole inmensa, el agua de su cima y sus lade- ras.

Socavaron la montaña y el líquido se despeñó a raudales. Indignado el coloso al despertarse, contrajo en un solo esfuerzo sus miembros de piedras y el efecto anegó todo el valle.

Cada tanto, se repite la venganza del Aconcagua haciendo crecer los ríos con sus nieves derretidas; por eso, después de crueles temporales de

xlii Cuentos regionales argentinos. La Rioja, Mendoza, San Juan, San Luis (selección, introducción y notas por Hebe Almeida de Gargiulo, Alda Frasinelli de Vera y Elsa Esbry de Yanzi), Colihue, Buenos Aires, 1983.

sequía, los poblados deben defenderse de las crecientes arrasadoras de campos y pobladosxliii.

Las violentas crecidas de los ríos son tema frecuente en la narrativa que nos ocupa. Con ella se ubica a los personajes, puesto que demarca el lugar en el que han nacido, así los vidaleros de Libro de navíos y borrascasxliv son identificados por sus canciones, su mirada mansa y profunda, su carácter jovial, su lengua; por la historia que les ha tocado vivir y también por el lugar en el que han nacido:

Su país no tiene hidrografía, pero cuando llueve en los cerros el mapa se les satura de líneas azules y sinuosas, por los miles de ríos espasmódicos que sólo duran unas horas y se llenan a veces de animales y de personas (LNB, pág. 296).

La creciente es marca de la tierra. Con ella se vislumbra un mundo es- pecialmente duro en el que vivir. Los minalteños de TGT se encuentran sitiados por asesinos sin nombre y aguas devastadoras. Estas son algunas de las advertencias que Uve le hace al mulero I en su despedida:

Cuidado con los vientos y las nieves resbaladizas, cuidado con las crecientes y los deshielos, con el rencor de los gendarmes y con las aves nocturnas que salen de los cementerios... (TGT, pág. 79).

La creciente es el mayor peligro que entraña la naturaleza —“...la creciente llegó como queriendo arrastrar la cordillera” (pág. 171)xlv—. La mayoría de las

xliii Ibídem, pág. 25.

xliv MOYANO, D.: Libro de navíos y borrascas, Legasa, Buenos Aires, 1983; Noega, Gijón, 1984. Citaremos por la edición de Gijón, LNB.

xlv El párrafo continúa: “En el sector de los enlazadores el silencio de vida espeluznaba. Puertas y ventanas cerradas, solamente el ruido de las aguas revolviendo piedras y troncos, raíces retorcidas, animalitos aterrados. Pasó un baúl arrancando a Minas Altas, instrumentos de labranza, relicarios; pasó la gran puerta que daba acceso al Peñón de los astrónomos y uno de sus sismógrafos. Ningún enlazador se asomó a rescatar esas prendas, ni siquiera a mirarlas. Detrás de siete puertas se escondían, llorando” (TGT, pág. 171).

veces trae consigo la muerte —“El viento y los pencales de allá arriba desfiguraron la música que compuse para el entierro de los muertos que traen las crecientes...” (pág. 187)—. Y siempre enfrenta al hombre y la naturaleza en un rudo combate.

Forma parte de un Mundo Natural que en la cosmovisión de Moyano es infinitamente superior al de los seres humanos. Aquél puede conjugar lo positivo y lo negativo —mientras que los hombres ejercen la violencia arbi- trariamente contra la naturaleza y contra sí mismos— y si la corriente mata y arrasa, también puede ser beneficiosa:

Un año sin llover y de pronto el aguacero. El agua que caía en los cerros venía como en creciente a Hualacato, de orilla a orilla en las calles esa llu- via con olor a hieras de los cerros, y todo el mundo a la calle con el aguacero, a mojarse los pies a dejar que a uno le lloviera encima; cada calle un río, de norte a sur un río al lado de otro, bramaban esos ríos llevándose los microbios, las endemias; engordaban las cabras, había leche, brotaban los pastos, se ahogaban las vincuchas, todo estaba limpio cuando salía el solxlvi.

Lo mismo les ocurre a los habitantes de Minas Altas:

Era de ver a los enlazadores tirar y recoger, amontonando en las orillas puertas y ventanas, baúles y sombreros, corderos y camisas, camas y cajas misteriosas, troncos y guanacos, dejando pasar serpientes y epidemias (TGT, pág. 177).

Moyano es bastante claro en su postura, la naturaleza no ejerce una violencia irracional y gratuita, y el hombre, por comparación sale descalabrado. Hablamos del hombre en general, ya que el grueso de los protagonistas de Moyano pertenecerán siempre al sustrato marginal de los que nunca han ejercido la fuerza.

xlvi MOYANO, D.: El vuelo del tigre, Legasa, Madrid, 1981; Plaza y Janés, Barcelona, 1984. Citaremos por la edición de Madrid, EVT, pág. 52.

Así, estas criaturas saben enfrentarse a la violencia del río pero no pueden luchar contra la insensatez dominante en la raza humana:

...es muy difícil luchar contra los asesinos con técnicas de astrónomos y músicos, aplicadas por hombres que sólo saben enlazar los objetos que traen las crecientes (TGT, pág. 267).

El relato «Para que no entre la muerte» se desarrolla en un pueblo situado a la orilla de un arroyo que se desborda intermitentemente. Los personajes recuerdan las embestidas y cada una de ellas posee un nombre —“La Gran Creciente”

(EDC, pág. 57) “La Creciente Terrible” (pág. 62)—. Los vaivenes del agua aglutinan un crisol de significaciones que van desde la plena identificación del hombre con su medio al descubrimiento de los secretos de la existencia. Predecir las crecientes es desentrañar la cara oculta de la Naturaleza y eso es demasiado conocimiento para el hombre:

Lo que no recuerdo es si mi abuelo era joven antes de llegar aquí, porque después supimos, durante el resto del tiempo, que él había envejecido des- pués de descubrir los misterios de la lluvia. Que era como saber, según lo supimos siempre, todas las cosas de la vida y de la muerte. Pienso que sus cabellos se pusieron blancos en esos minutos, porque una vez, cuando le pedí que me explicara el asunto de las crecientes, que él preveía con varias horas de anticipación, me dijo que si lo aprendía envejecería en el acto («Para que no entre la muerte», EDC, pág. 56).

Volverá a acarrear catástrofes —“El año de la Gran Creciente murieron muchos bebés, porque dicen que el agua había sido revuelta por los microbios”

(pág. 57)—; será ayuda inestimable para la subsistencia —“...nosotros a la casa la hicimos con el río” (pág. 55)—; y da paso a un tema aún más terrible que la dura subsistencia en un medio hostil: la miseria de unas zonas a costa de las riquezas de otras:

El abuelo decía que había que detener en todo lo posible las riquezas que traían las crecientes, “porque si no esta zona será siempre muy pobre. Las cosas pasan por este arroyo, llegan al río y siguen saltando y bamboleándose; luego el río avanza hacia ríos más grandes, con más

riqueza acumulada, y todo va a parar finalmente a Buenos Aires, y después al mar, a Europa, y nosotros nos quedamos con las manos vacías” («Para que no...», EDC, pág. 57).

3.2. LAS CIUDADES ERRANTES

El pasado americano está repleto de leyendas que se hacen eco de ciudades fantasmasxlvii. Urbes que nadie ha visto pero todos describen. Ansiadas,

xlvii La bibliografía al respecto es abundante, bástenos para nuestro trabajo las noticias que Pedro de Angelis ofrece referidas al Río de la Plata: ANGELIS, P. DE: Colección de obras y documentos relativos a la historia del Río de la Plata, Librería Nacional de J. Lajonarie y Cia.

Editores, (5 vols.), Buenos Aires, 1910.

En el discurso preliminar al capítulo titulado «Derroteros y viajes a la Ciudad Encantada o de Los Césares que se creía existente en la cordillera al Sud de Valdivia» (Tomo I, págs. 351-401), Angelis afirma: “Pocas páginas ofrece la historia, de un carácter tan singular como las que le preparamos en las noticias relativas á la Ciudad de los Césares. Sin más datos que los que engendraba la ignorancia en unas pocas cabezas exaltadas, se exploraron con una afanosa diligencia los puntos más inaccesibles de las gran Cordillera, para descubrir los vestigios de una población misteriosa, que todos describian, y nadie habia podido alcanzar”

(pág. 353).

En el capítulo titulado «De un viaje desde Buenos Aires á los Césares, por el Tandil y el Volcan, rumbo de sud-oeste, comunicado á la corte de Madrid en 1707, por Silvestre Antonio de Roxas, que vivió muchos años entre los Indios Peguenches» (Tomo I, págs. 357-361), Roxas afirma haber visto y tocado la Ciudad de los Césares.

En el capítulo titulado «Derrotero desde la ciudad de Buenos Aires hasta la de los Césares, que por otro nombre llaman la CIUDAD ENCANTADA, por el P. Tomás Falkner, jesuita.

(1760)» (Tomo I, págs. 369-371), dicho jesuita asegura: “...porque todo lo que aquí vá referido, no es ponderación, ni exageración y es, como que yo mismo lo he andado, lo he visto y tocado por mis manos”.

Angelis va recabando toda la información con la que nos muestra la importancia y presencia que la Ciudad Encantada tuvo en el actual territorio de la República Argentina:

«Relacion de las noticias adquiridas sobre una ciudad grande de Españoles, que hay entre los Indios, al Sud de Valdivia, é incognita hasta el presente, por el capitan D. Ignacio Pinver.

(1774)» Tomo I, págs. 372-378); «Nuevo descubrimiento preparado por el gobernador de Valdivia el año 1777» (Tomo I, págs. 381-382); «Declaración del capitán D. Fermín Villagran, sobre la Ciudad de los Césares» (Tomo I, págs. 383); «Informe y dictamen del Fiscal de Chile sobre las ciudades de los Césares y los arbitrios que se deberían emplear para descubrirlas.

(1782)» (Tomo I, págs. 384-401), etc.

inasibles y lejanas representan la utopía soñada de riquezas, bienestar o simplemente de bellezaxlviii. Guardan además estas “fantápolis” un significado profundo de orden frente al grandioso caos de la naturaleza americana, esta vertiente protectora de los primeros tiempos perdurará a lo largo de las épocas.

La ciudad será, hasta bien entrado el siglo XX, el paraíso construido por el hombre.

La narrativa de Moyano se hará eco del mito ancestral que, aún extensivo a toda la geografía americana, en el caso argentino, se hincha de significados particulares: el tema es visto por medio de la fragmentación del país entre su capital y el resto del territorio. Será la dualidad, la oposición de contrarios, el divorcio de una misma realidad el prisma utilizadoxlix. Entonces la ciudad

La obra tan sólo recoge un testimonio contrario a la autenticidad de la Ciudad, «Capítulo de una carta del P. Pedro Lozano al P. Juan de Alzola, sobre los Césares, que dicen están poblados en el Estrecho de Magallanes» (Tomo I, págs. 367-368). Relata este aparado un caso datado en 1711, en la carta Pedro Lozano señala al final: “...con todo eso yo no lo creo, y sólo envié dicho papel, como antes dije á Vuestra Señoría Reverendísima, para que se entretuviese en el viaje, para lo cual cualquier patraña sirve; pero esta no deja de tener su apariencia de verdad”.

Sobre el tema se pueden consultar, FERNÁNDEZ DE CASTILLEJO, F.: «En busca de la Ciudad Errante de los Césares», en La ilusión de la conquista, Atalaya, Buenos Aires, 1945, págs. 135-149; y LEVILLER, R.: El Paititi, El Dorado, y las Amazonas, Emecé, Buenos Aires, 1976.

xlviii Augusto Raúl Cortázar opina que el tema de la ciudad errante es uno de los puntos básicos de la tradición americana, sus orígenes se encuentran en mitos que se remontan a la conquista del continente: “El tema de la ciudad fantástica o desaparecidas presenta ejemplos próceres en la nunca vista Ciudad de los Césares o en la perdida Esteco, cuyas ruinas dan pábulo para que se mantenga su halo legendario” (CORTÁZAR, A. R.: «Folklore literario y literatura folklórica», en ARRIETA, R. A.: Historia de la literatura argentina, Peuser, Buenos Aires, 1959, tomo V, pág. 70).

xlix La dualidad es la medida que impera a la hora de analizar la realidad argentina cualquiera que sea el punto de vista (económico, social, histórico o filosófico). La antinomia comienza con los próceres así Sarmiento dividía el país entre civilización y barbarie pero Noë Jitrik advierte, en su estudio sobre Facundo, hasta seis oposiciones claramente presentadas:

civilización/barbarie, ciudades/campañas, Europa/América, Francia e Inglaterra/España, Buenos Aires/Córdoba y general Paz/Facundo («Para una lectura de Facundo, de Domingo F.

Sarmiento» en Ensayos y estudios de literatura argentina, págs. 29-31); Alberdi, por su parte,

poderosa se enfrentará a pueblos indefensos, el lugar privilegiado se alzará sobre zonas marginadas; Buenos Aires se convierte en un foco que concentra los deseos y los odios, la admiración y el rechazo de los personajes moyanianos, hombres del interior. La ciudad, en su vertiente mítica, es el espacio que sueñan alcanzar los protagonistas del relato «Los equilibristas»l o Ismael en «Artistas de variedades»li, una esperanza que ya se anuncia inalcanzable:

...las ciudades distantes parecían cosas muy importantes que algún día po- drían poseer, cosas que permanecían sin que tuvieran que caer, pero también como detenidas en el aire, como vedadas para siempre («Los equilibristas», MEPG, pág. 22).

Su condición utópica está marcada por el mundo feliz que ofrece

—“estar en la ciudad significaría habitar un mundo lleno de posibilidades”

(«Artistas de variedades», ADV, pág. 9)—; por los mismos adjetivos que la describen, ciudad tan brillante que parece de “vidrio”, bañada por el “sol” o situada en el mismo centro de la “luz” lii; y, por supuesto, por no tener lugar alguno: la ciudad, como buena utopía, como continuadora de las primigenias

hablaba de ciudad frente a campo y distinguía al hombre del litoral del hombre de tierra adentro (Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, pág. 67). Y sus coletazos llegan a nuestros días con la obra de Ezequiel Martínez Estrada, donde una Buenos Aires prepotente se enfrentará al resto del territorio nacional, marginado y desconocido; o el pensamiento de Eduardo Mallea desgranado en Historia de una pasión argentina (O. C., vol. I, 1986, págs. 115-296) entre una Argentina visible desmembrada de otra invisible; pasando por el planteamiento general de Héctor A. Murena sobre la radical diferencia entre América y Europa (El pecado original de América, Sur, Buenos Aires, 1954) y la endémica discusión, ya en el estricto campo literario, entre universalismo y nacionalismo, entre la poesía culta y la gauchesca, entre literatura legítima y representativa, entre Florida y Boedo, entre corrientes europeizantes o americanas.

l MOYANO, D.: «Los equilibristas», en Mi música es para esta gente, Monte Avila, Caracas, 1970, págs. 17-23. Citaremos el volumen MEPG.

li MOYANO, D.: «Artistas de variedades», en Artistas de variedades, Assandri, Córdoba, 1960, págs. 9-16. Citaremos el volumen ADV; también en EM, págs. 43-48; LE, págs. 33-38.

lii Lugar donde Ismael, esta vez protagonista de una novela, localiza la urbe (Una luz muy lejana, Sudamericana, Buenos Aires, 1967; Alción, Córdoba, 1985. Citaremos por la edición de Córdoba, ULML).

“fantápolis”, será mientras se sueñe y desaparecerá cuando el personaje crea encontrarla.

Mientras que en El oscuroliii la ciudad lejana y desconocida es el reverso de la realidad del protagonista. En el mundo maniqueo del coronel, donde sólo caben el bien y el mal en eterna beligerancia, la ciudad, la capital, será la utopía con la que se desea apartar lo que ha sido su entorno:

Dejo todo en orden y hago un largo viaje. ¿Por barco? Mejor en avión. Una ciudad lejana, ordenada, europea. O mejor Norteaméricana. Un gran país.

Buenas comunicaciones, buenas carreteras. Paredes que no haya visto nunca (EO, pág. 138).

Al ser diferente y opuesta al medio del que proviene Víctor, la ciudad ga- rantiza una nueva vida que, como los sueños, está hecha a la medida de la mente que la piensa:

Ahora tienes que reconstruir tus fuerzas. La ciudad lejana te espera con sus fachadas nuevas. Podrás abrir la ventana y sentir un aire nuevo en la cara, un aire de mar refrescante, y esperar que una vida nueva te lleve por su cauce indudable. Te apoyarás en la ventana de un cuarto limpio y bien ventilado, verás el cielo límpido y transparente, vacío y virgen como un aire matinal. Por donde mires estará ese espacio inmensamente azul y prolijamente limpio (EO, pág. 199).

El tema irrumpe desde la primera novela, ULML, donde ya se analizan lo que van a ser las constantes del mismo: el deseo inicial (centrado en la ciudad); la consecución del sueño (una vez conocida la ciudad); para terminar con la frustración de la esperanza (cuando la ciudad no satisface las necesidades del personaje). El triple esquema utópico que Fernando Aínsaliv señala en relación con la primera posesión literaria del espacio americano:

liii MOYANO, D.: El oscuro, Buenos Aires, Sudamericana, 1968. Citaremos EO.

liv AÍNSA, F.: Los buscadores de la utopía, Monte Avila, Caracas, 1977, págs. 95-100.

Aínsa utiliza la frase que a Cristóbal Colón le suguiere La Española y trasmite en la primera carta enviada a Luis de Santángel el 15 de febrero de 1493: “Esta es para desear e vista para

DESEAR - VER - NUNCA DEJAR

Se convierte en el siglo veinte, y en la narrativa moyaniana, en un cuadro de resolución negativa:

DESEO - CONSECUCIÓN - FRUSTRACIÓN

Ismael, el protagonista de ULML, sigue las pautas anunciadas. Emprende el viaje desde un pueblo para alcanzar la gran ciudad, no duda en calificar su llegada como un nacimiento (pág. 8) pleno de esperanzas. En los primeros tiempos mantiene su visión idílica, los indicios más leves lo muestran: Ismael mira la ciudad desde lugares elevados, siente así que puede poseerla o, por lo menos, que él forma parte de su propia utopía. Desde la altura observa el espectáculo urbano y le parece “una especie de disco radiante en medio del páramo” (pág. 7). Aún así el narrador introduce, desde el mismo capítulo inicial, la fatal evidencia de que el desencanto está próximo:

Y de pronto una nube simuló ser un gigantesco perro que abarcaba con sus cuatro patas no sólo esa ciudad sino, hacia los horizontes, otras ciudades lejanas. El perro ladraba en los cielos y sus gritos llenaban el día y la noche distante (ULML, pág. 10).

Ismael claudicará, llegará a la conclusión de que su sueño ha sido un fuego fatuo. Lo que consideraba una realidad hermosa se ha trocado en un simulacro de perfección. La ciudad es ahora un laberinto en el que está atrapado:

La ciudad había encendido todas las luces, aunque hacia el poniente hubiese aún restos de claridades. El hombre de la escalera había de- saparecido. En la esquina del Correo se detuvo, temeroso de que la mujer del ojo lo estuviese siguiendo. Allí las cuatro calles subían hacia cuatro puntos inciertos. Estaba en un pozo iluminado en el que alguien,

nunca dexar” (COLÓN, C.: Textos y documentos completos, prólogo y notas de Consuelo Varela, Alianza, Madrid, 1982, pág. 143).