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EL PERSONAJE COMO SÍMBOLO

LA BÚSQUEDA DE UNA IDENTIDAD

2. EL PERSONAJE COMO SÍMBOLO

la expresión escrita cxviii. O Mario Vargas Llosa, que en su estudio de la obra de Gabriel García Márquez observa que los temas dominantes en una obra constituyen los fantasmas personales de su autor cxix. Fuera de las fronteras americanas encontramos testimonios como el de Goethe que consideró su obra como una enorme y rotunda confesión cxx.

Indudablemente los fantasmas personales son los temas de la narrativa que nos ocupa, pero aunque puedan representar una confesión, nos encontramos más bien ante un proceso de búsqueda que tiene dos vertientes: una la del autor, que da vueltas obsesivas sobre los mismos temas, en parecidas situaciones y con idénticos protagonistas; otra la de los personajes, que tratan de hallar la salida del laberinto inhumano en el que se encuentran.

seedores, de otro los desposeídos; de un lado los dueños del sistema vital, de otro los marginados.

La cuentística de Moyano es la plasmación de ese mundo claustrofóbico. En ella la misma o similar anécdota se repite de relato a relato, presentando personajes protagónicos esencialmente iguales, matizados por leves pinceladas personales según la actitud que tomen frente al medio hostil en el que habitan.

Lo común es que no tengan nombre o si este aparece sea utilizado de personaje a personaje (Juan o Pedro generalmente); hay casos, como el relato «La puerta» cxxi, en los que aún poseyendo un nombre (Peralta) el resto del pueblo lo conoce por un genérico (Capozzo) con el que siente perdida cualquier referencia a su identidad:

En el barrio de la pequeña ciudad a él lo conocían todos por Capozzo, el apellido de su tío, aunque él se llamase Peralta [...]

Cuando ganó el premio de dibujo en el concurso organizado por una entidad de turismo y fue a recibirlo, entre tanta gente, tuvo miedo. Vio que todos aplaudían y lo miraban, pero no a él, a Peralta el que había ganado, sino a uno de los Capozzo, que también podía ser otra cosa además de un maldito («La puerta», ADV, págs. 55-56).

Así pues, como los personajes de Kafka, los de Moyano han ido perdiendo su identidad y en ese proceso sólo su condición de marginados interesa.

Marginación a la que Sergio Colautti no duda en llamar alienación. Para el crítico argentino el proceso de desubicación física —por el lugar inhóspito donde viven— y moral —por los anhelos frustrados— ha llevado a las criaturas moyanianas a una contradicción dolorosa y perpetua: no obtendrán nada de lo que ansían y esperan:

cxxi MOYANO, D.: «La puerta», ADV, págs. 51-62; EM, págs. 13-19; LE, págs. 15-21.

...El alienado es, como señala la etimología, el ajeno (el “alienus”). Y ese es el drama moyaniano: sentirse ajeno a la vida, advertir sufriendo que lo bueno y lo maravilloso pasan por otro costado cxxii.

La carencia de nombre, la ausencia de rasgos físicos y quinésicos o de un idiolecto particular que los individualice, unida a la obsesiva repetición de la anécdota en la que están inmersos van conformando al personaje como símbolo de una problemática. Cada cuento es un esbozo del retrato final: el hombre con minúsculas, de cualquier tiempo y lugar, perdido en un medio hostil.

La categoría simbólica de los personajes ha sido puesta de manifiesto por Augusto Roa Bastos, quien intuía que este personaje desamparado podía tener el rostro del hombre americano:

...este ser vencido pero invicto, de una ingenua sabiduría ancestral, esta criatura mítica llena de cicatrices y cuya mirada tan bien conocemos, ¿no es acaso la encarnación de nuestras colectividades americanas oprimidas? cxxiii.

Ulises Carrión va más lejos al analizar el desamparo de estos seres, concluyendo que su soledad es la encarnación de la orfandad de la humani- dad cxxiv.

Por tanto, tenemos que el personaje desdibuja sus rasgos individuales en favor de un carácter general con el que el autor plasma una visión del mundo.

Moyano ataca una y otra vez la misma anécdota, desde ángulos diferentes, haciendo de su personaje un niño, un adolescente o un adulto que siempre serán desterrados. Según opinión del autor esto se produce porque sus personajes son una extensión de su propia persona —“...mis personajes son tristes porque no he

cxxii COLAUTTI, S.: «La cuentística de Daniel Moyano. La salvación negada», La Voz del Interior, Córdoba, 5, junio, 1988.

cxxiii ROA BASTOS, A.: prólogo a LL, pág. 13.

cxxiv CARRION, U.: «Moyano: la orfandad de todos», Mundo Nuevo, París, n. 22, abril, 1968.

podido, porque no han podido salir de mí...” cxxv—, y añade las causas de su desa- rraigo existencial:

...yo nunca encontré ninguna solución vital en mi país y no la he encontrado todavía. Mis personajes son y están buscando, porque yo no me he nutrido, como Borges, de ideas universales y bellísimas. Yo me he nutrido de la realidad cotidiana, de la gente que he conocido en mi trabajo, en la vida, en la calle [...] y me he criado en el miedo cxxvi.

Paul Verdevoye también hace referencia a la biografía de Moyano para explicar su narrativa:

Daniel Moyano ha llevado un vida múltiple y difícil. Algo de esto trans- ciende en sus relatos. Su obra parece ser, en efecto, un continuo recordar cosas penosas, a veces como una pesadilla obsesiva cxxvii.

Roa parece ser consciente de ello, retomando las ideas de Pavese, señala como primer personaje de esta narrativa a aquel que relata cxxviii.

A continuación estudiaremos los tipos más comunes del universo mo- yaniano: el niño (la metáfora del desterrado); el padre (las señas de identidad); y el tío (la faz del desarraigo).

cxxv GIL AMATE, V.: «art. cit.», pág. 32.

cxxvi «Ibídem», pág. 31.

cxxvii VERDEVOYE, P.: Antología de la narrativa hispanoamericana (1940-1970), Gredos, Madrid, 1979, tomo II, pág. 163.

cxxviii ROA BASTOS, A.: prólogo a LL, pág. 9; prólogo a ETD2, pág. 6.