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EL PERSONAJE COLECTIVO

LA BÚSQUEDA DE UNA IDENTIDAD

6. EL PERSONAJE COLECTIVO

confianza” (pág. 119) para Teodoro—. Cada frase de reconocimiento teje una tela de araña alrededor de él. Los otros lo van identificando a su pesar, señalándolo como perteneciente al grupo. La utopía soñada en el pueblo provinciano se ha trastocado en un presente y un futuro cerrados a cualquier esperanza, un círculo que sólo tiene fondo:

Cómo había pasado el tiempo. Había andado mucho, sin llegar a ninguna parte. Había estado siempre dando vueltas alrededor de las mismas cosas, describiendo un círculo cerrado (ULML, pág. 152).

Moyano opone dos clases de personajes, los representados en su narrativa, desheredados, desvalidos, sumidos en un profundo “pozo”; y aquellos que pertenecen a otro mundo donde la felicidad es posible y se asienta todo lo hermoso.

Los primeros forman un continuo obsesivo, una identidad colectiva que en el texto se señala con referencias del tipo “¿No nos conocemos de antes?” (pág. 28), el primer saludo de Mensaque a Ismael o “Lo he visto, lo he visto antes en alguna parte” (pág. 141), al ver la cara de Chacón. Esta sensación de familiaridad aún en la primera presentación apunta hacia una despersonalización de los desheredados. Allí donde la marginación es ley y donde las salidas no existen, los personajes son fácilmente intercambiables:

Detrás de cada uno había venido siempre otro peor. Se enlazaban entre sí por vínculos secretos y formaban como una serpiente que, bifurcándose aquí y allá, sinuosamente, rodeaba a la ciudad y al mundo (ULML, pág. 142).

Este esquema claustrofóbico es consubstancial al mundo moyaniano, es- tamos ante la misma cosmovisión expresada en «La lombriz»:

...todo había sido como una enorme lombriz solitaria que se mordía la cola y formaba un círculo tenaz y giraba y giraba sin cesar («La lombriz», LL, pág. 115).

La segunda gama de personajes, aquellos a los que el protagonista les supone un vida feliz, no son materia narrativa. Son tipos apenas vislumbrados, visiones fugaces que demuestran que sus sueños podrían ser reales, puesto que hay otro mundo, otras personas diferentes a las de su grupo. Generalmente son determinados personajes femeninos los encargados de mostrar esas posibilidades. Beatriz, en ULML —“Sentía que Beatriz significaba algo que él había presentido alguna vez, algo hermoso y verdadero que explicaba los misterios y los padecimientos” (págs. 108-109)—; Teresa, en «La puerta» —

“Había una sola persona en toda la ciudad que no lo trataba de Capozzo sino de Peralta, su apellido salvador: era Teresa. Desde que llegó a ese infierno la veía pasar como un espectáculo inalcanzable, blanca y altísima bajo su pelo negro”

(ADV, pág. 53)—; o María en «Una partida de tenis» —“El objeto único de su vida era por ahora casarse con María para dejar de ser un sumergido” clxxi—.

Pero las mujeres hermosas, como las casas de los ricos, sólo forman parte de las visiones oníricas del desheredado porque la literatura de Moyano sucede en otro estrato, aquel que conduce a sus protagonistas al autodesprecio absoluto —

“‘Soy una porquería; no soy más que una porquería’, pensaba Ismael, cerrando los ojos” (ULML, pág. 112)— cuando descubren que no es el pueblo remoto ni la ciudad agresiva ni la familia adoptiva el espacio del que se pretende huir sino de su propio yo clxxii. Ismael mismo es la negación de su propia utopía puesto

clxxi MOYANO, D,: «Una partida de tenis», EM, págs. 49-53. El párrafo citado pág. 49;

LE, págs. 39-43). En la primera versión (ADV, págs. 17-23) no aparece este fragmento.

clxxii El coronel de EO va a padecer un conflicto personal similar al de Ismael. Ha huido de La Rioja hacia una gran ciudad, quiere deshacerse de todo lo que le vincule a ese pasado que considera precario, necesita marcar una distancia con todo aquello que lo identifica a su pesar; finalmente, será el padre quien le advierta que podrá huir de todo menos de sí mismo:

“Uno no es más que su contorno, que lo limita con el resto del mundo [...]. Uno es finalmente un contorno que contiene una sola vida y una sola muerte. Es una especie de cárcel donde está condenado a vivir y a morir” (pág. 133); la misma idea aparece en LNB, esta vez no porque los personajes pretendan repudiar su propia identidad sino como la constatación de un destino fatalista que les impedirá abandonar su condición de desterrados: “Paredes no podía ir mucho más allá del mismo yo que tenía para mirar la olla y la Cruz del Sur por más que pasara el tiempo, nadie puede salir de su sitio así como no se puede salir de la tierra...” (pág. 179).

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que ya no encuentra diferencias entre su persona y el resto de los marginados (los otros lo conocen, lo identifican, lo consideran su igual):

Tiene cara de insecto. Yo también soy un insecto. Por eso me saluda. Por eso lo saludo (ULML, pág. 141; las cursivas pertenecen al texto).

Moyano se une así a la visión de Hernández y Sábato. Sábato se mueve en los subterráneos de la maldad humana, Moyano en el profundo surco de la marginalidad; y mientras el narrador tucumano nada espera del hombre, el porteño y Moyano no dejan de buscar una luz de esperanza en medio de esas sombras. Además conciben a la mujer como un ente salvador pero inaccesible; y para ambos serán los otros los que marquen la fatalidad de sus vidas clxxiii.

Rogelio Barufaldi clxxiv dividía al personaje moyaniano según las espectati- vas que cada edad produce. Así, en una primera instancia estará el niño, víctima pura de un mundo que no comprende ni conoce y que por eso mismo lo dejará intacto; el adolescente suplantará la realidad inadmisible a golpe de sueños, y no dejará que el desanimo lo embarge; por último, al hombre maduro “no le quedará para rescatarse mas que bajar a sus propias tinieblas”, reconocerlas y aceptarlas clxxv. Eso es precisamente lo que ha hecho Moyano, a la legión de personajes que buscaban un camino propio y se estrellaban contra su condición de marginados, les han sucedido otros conscientes de formar un segmento de la

clxxiii Fernando Vidal, como Ismael, también descubrirá su cara oculta y desdeñable al verse reflejado en los demás: “...soy un canalla, porque saben que soy uno de ellos”

(SÁBATO, E.: Sobre héroes y tumbas, pág. 279).

clxxiv BARUFALDI, R.: «Los mito narrativos de Daniel Moyano», en BARUFALDI, R., BOLDORI, R. y CASTELLI, E.: Moyano, di Benedetto, Cortázar, edición de la Revista Crítica 68, Rosario, 1968, pág. 33.

clxxv Antonio di Benedetto también hará una gradación en lo que atañe al sufrimiento humano, la edad madura, aquella en la que solo cabe reconocer la realidad circundante, se llevará la peor parte: “Más accesibles están los tiempos que ya no puede encuadrar en la adolescencia, sino en lo que realísticamente tiene que nombrar como comienzo de la edad adulta o madura, cuando principió a ser lo que es, esto es, cuando empezó a sufrir de verdad, no de fantasías o de vanidades” (Sombras nada más, Alianza, Madrid, 1985, pág. 158).

humanidad: ser las víctimas de un sistema dual, aquel que divide el mundo entre lo hermoso y la violencia, entre la felicidad y la miseria. Del joven desvalido en medio de la gran ciudad, del atormentado coronel y del inocente músico se pasará a los atrapados hualacateños de EVT, los vapuleados riojanos de LNB y los perseguidos minalteños de TGT.

El narrador ha variado su perspectiva al comprender que si el medio no cambia no se obtendrá la felicidad ansiada, puesto que de nada vale “un cielo para unos pocos elegidos, porque sería un lugar lleno de remordimientos. Cómo gozar del cielo cuando había un infierno. Y bastaba el dolor de un solo hombre para impedir la alegría” («La lombriz», LL, pág. 116).

Los personajes protagonistas de esta nueva etapa representan a todos los que comparten su misma trayectoria vital. Rolando sabe que él es uno más de los

“setecientos no deseables” (LNB, pág. 11) que navegan en el Cristóforo Colombo, el mismo LNB tiene voluntad de ser la voz de esos cientos de personas calladas, por eso Rolando no se impone sobre sus compañeros, sino que su historia es el reflejo de otras idénticas, él es parte de los otros clxxvi.

La lucha interna de Ismael en ULML al reconocerse, a su pesar, en los rostros de todos los habitantes del “pozo”, ya no tiene razón de ser. De paso ha acabado el caprichoso azar que dirigía la marginación; el drama de los riojanos, los hualacateños y los minalteños obedece a un plan “cuidadosamente buscado por eso que llamamos Historia” (LNB, pág. 11) donde un sistema abyecto hará que la situación “se siga repitiendo de la misma manera para siempre” (LNB, pág. 49).

Aunque haya escritores o músicos entre sus personajes, nunca llegan a las cotas de grandes intelectuales, de primeras figuras —“los que vamos aquí somos

clxxvi La frase que redunda en la colectividad condenada al destierro perpetuo es constante a lo largo de LNB: “Ahora estamos en mejores condiciones para hablar del barco que saca del país a setecientos indeseables” (pág. 13); “Eramos setecientas fotocopias de una misma historia” (pág. 49); “los que vamos en este barco somos setecientos idiotas que no estuvimos con nadie” (pág. 192); “los setecientos imbéciles que viajamos en este barco”

(pág. 207); “España, que siempre se desangra, estaba por recuperar nada menos que setecientas vidas” (pág. 290); “en estos momentos somos setecientos turcos, igualitos como dos gotas de agua una al lado de la otra” (pág. 303); “prohibido trabajar en España, setecientas veces el sellito” (pág. 313).

peoncitos, medio actores, medio músicos, medio poetas, medio novelistas”

(LNB, pág. 192)—; tampoco son hombres comprometidos políticamente —“La derecha y la izquierda, juntas, se ríen de nosotros” (LNB, pág. 192); “no nos casamos con nadie pero nos violan todos, los rusos o los yanquis qué más da, y ellos seguirán pactando pero nosotros seguiremos en el exilio” (LNB, pág. 195)— ni demasiado hermosos, ni demasiado inteligentes, nunca famosos, nunca imprescindibles. Esta narrativa ha dejado a un lado a los héroes relumbrantes para dar paso al coro, a la sordina de los que nunca han tenido opción a nada. El protagonista es el hombre común clxxvii, a secas, un hombre desnudo y herido para Dalmiro Sáenz clxxviii, una criatura lacerada por la vida misma ya que Moyano no se queda en denunciar la actitud de los que mueven los hilos del poder clxxix sino que sus personajes siempre ocuparán el último escalón de cualquier grupo. Entonces Rolando, expulsado de su país abocado a ser un eterno náufrago, ni siquiera podrá ser un exiliado entre la maraña de importantes ideólogos que viajan en su mismo barco:

En cuanto quise decir algo del exilio Washington me dedicó una sonrisita escéptica diciendo que la mía era una apreciación apresurada, que cuando llevase por lo menos dos años de exilio, como lo habían padecido ellos en Buenos Aires, estaría en condiciones de, etc... etc... Y grandes gesticulacio- nes aprobatorias de Schubert y de Osiris en veteranías de cárceles y perse-

clxxvii “El hombre común proporciona y da al escritor la materia viviente, tan necesaria para su creación” (MOYANO, D.: entrevista en Córdoba, Córdoba, 24, septiembre, 1957); años después insiste en el tema: “Yo creo que en lo que escribo no eludo; me comprometo con el hombre. Pero no con el hombre histórico, dogmático y condicionado”

(GILIO, María E.: entrevista a Daniel Moyano, Crisis, Buenos Aires, n. 22, febrero, 1975).

clxxviii SAENZ, D.: artículo sobre ULML, El Contemporáneo, Buenos Aires, fe- brero, 1967.

clxxix Si bien hay mucho de ello, así por ejemplo los exiliados de LNB no llegarán a comprender el porqué de su situación : “Todavía no sabemos si nos corren por ser cómplices, tibios, débiles, indiferentes o cretinos. Nos espantan como moscas” (pág. 205); y los Percusionistas cambiarán la vida de los Aballay sin que tampoco estos conozcan la razón:

“...se habían pasado la vida celebrando cumpleaños, visitando parientes, fijando en fotografías cosas que creían importantes. Nada de eso. Estar vivo y vivir en Hualacato era otra cosa muy distinta. Una lastimadura” (EVT, pág. 66).

cuciones. Cuando quise contar algo de lo sucedido en mi provincia me hicieron callar sacando a relucir el asesinato en Buenos Aires de Zelmar y Michelini. Ni siquiera me dejaban ser un exiliado (LNB, pág. 162).

Moyano nos está hablando de un destierro más fuerte que el exilio político (porque este al menos tiene una razón para ambas partes), de unos seres que no han perdido el paraíso primigenio porque nunca han vivido en él, de unas criaturas que, a diferencia de los personajes de Güiraldes o de Cortázar (por citar dos ejemplos dispares argentinos), no buscan su identidad, ellos saben quienes son:

...yo soy de La Rioja de allá, somos medio pastoriles, medio folklóricos, nos gusta el canto y la guitarra, el vino y los buenos amigos, nos gusta podar la viña y recolectar la nuez y la aceituna, hondear en el monte, ir a pescar a Las Pirquitas en Catamarca, los festivales folklóricos, las cacharpayas. Somos los riojanitos que con el Chacho y Facundo y Felipe Varela fuimos derrotados el siglo pasado y no queremos ni siquiera volver a oír hablar de guerra (LNB, pág. 207).

Lo único que esperan es alcanzar la felicidad negada desde siempre. Los hualacateños, los minalteños y los riojanos de Moyano no cumplen el esquema básico del héroe americano que Aínsa ofrece porque a fin de cuentas no son héroes. No son expulsados ocasionales sino desterrados perpetuos de cuantas geografías puedan imaginarse.

III