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1.2 La construcción del sí mismo: Un nuevo paradigma social

1.2.1 Procesos de subjetivación

1.2.1.1 Mujeres como sujetos ambivalentes

De acuerdo con la literatura revisada se podría señalar que los procesos de subjetivación de las mujeres que fueron madres adolescentes se despliegan a partir de un elemento identificado en la obra de Touraine (2009), la ambivalencia. El sujeto al que alude Touraine (2009) no se encuentra encarnado en un individuo particular; sino en el trabajo que éste realiza para convertirse en actor capaz de transformar sus vivencias en vez de reproducirlas. Como sugiere Pleyers (2006: 746), El sujeto se alberga en el deseo individual de tener una parte activa en la formación de su destino, está dentro del individuo que quiera actuar en el curso de su vida. Es por esa voluntad que la sociedad se produce a sí misma, pero también por la que el individuo produce su propia existencia”. Así, es importante tener presente que el trabajo de construcción de sí mismo no tiene fin y, en tanto constituye un esfuerzo constante, nunca hay sujetos de una vez y para siempre, como plantea el Touraine (2007), el sujeto nunca es acabado y se encuentra presente con mayor fuerza en las mujeres.

En el año 2004 el autor llevó a cabo un estudio en el que se entrevistó sesenta mujeres, de diferentes orígenes sociales y ocupaciones, a las cuales se les brindó la oportunidad de que expresaran las percepciones sobre sí mismas y su lugar en la vida social en Francia. El objetivo que perseguía Touraine (2007) era observar la manera en que las mujeres desplegaban su capacidad de construcción subjetiva. Pero, ¿por qué elegir a las mujeres? Primero porque a menudo se las define a partir de discursos victimizadores, se les imputan atributos que las convierten en dependientes, y por lo general se habla en su nombre, olvidando que son sujetos

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dotados de palabra. Segundo, porque históricamente, a las mujeres se les ha negado su capacidad de subjetivación, lo cual ha tenido repercusiones en las representaciones y las prácticas que se les han atribuido (Touarine, 2007).

Es importante señalar que el estudio realizado por Touraine (2007), como cualquier otra investigación cualitativa, no permite realizar generalizaciones para toda la población de mujeres.

No obstante, constituye un punto de partida para comprender la manera en que se expresan los procesos de subjetivación de las mujeres. Así pues, el autor identifica tres características fundamentales que permiten definir a las mujeres como sujetos. En primer lugar, es su capacidad para nombrarse a sí mismas como mujeres. Touraine (2007) encontró, durante las entrevistas realizadas, que las mujeres acentúan los atributos que consideran femeninos al narrar las representaciones que elaboran sobre ellas. En segundo lugar, la sexualidad ocupa un lugar preponderante en la construcción subjetiva de las mujeres. Y por último, la ambivalencia al momento de significar sus experiencias, manifestada en la capacidad de combinar distintas vivencias y situaciones cotidianas.

Considerar que las mujeres construyen una imagen de sí mismas aludiendo en primer lugar a los atributos que ellas consideran como femeninos no remite a esencialismos sobre lo femenino, ni pretende una defensa a la feminidad como un conjunto de características naturales. Desde el planteamiento de Touraine (2007), esta forma de definición resulta relevante en un contexto en el cual han primado los discursos a partir de los cuales se considera que las conductas, experiencias y vivencias de las mujeres son producto de la dominación masculina, desconociendo la manera en que las mujeres se resisten a estas interpretaciones. “Soy una mujer, significa que soy yo misma en tanto que mujer, en tanto que mi conducta y los juicios de valor que emito sobre ella –positivos cuando refuerzan mi conciencia de ser en primer lugar una mujer, negativos cuando ocultan mi autoafirmación como mujer- se construyen en torno a mi identidad como mujer ” (Touraine, 2007: 34).

De acuerdo con Touraine (2005, 2007), el pensamiento social se ha caracterizado por la imposición de una idea determinista de las conductas, las cuales se consideran resultado de la dominación (sea de estructuras, condiciones o sistemas), construyendo así la representación de

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una sociedad sin actores capaces con una conciencia de sí. Esto, plantea el autor, se hace evidente para el caso de las mujeres, de quienes se habla preferentemente en términos objetivos, como víctimas de la dominación masculina. Sin pasar por alto la situación de desigualdad y desventaja en las que se ven inmersas las mujeres en diferentes ámbitos de la vida; pensar en términos de dominación/subordinación niega la capacidad creadora del actor, y hace indescifrable la manera en que las mujeres reaccionan a dichos condicionamientos (Touraine, 2007).

En este sentido, Touraine (2007) propone que el concepto de género ha constituido un punto de partida para comprender la conceptualización que se hace de las mujeres en términos de subordinación. Si bien, en sus orígenes, el género constituyó una herramienta para combatir los esencialismos, se fue transformando poco a poco en un concepto determinista e ideológico, según Touraine (2007). Abocándose a los señalamientos expuestos por algunas feministas respecto al género, Touraine (2007) se apoya en el argumento teórico de Judith Butler (2007) para indicar la construcción ideológica del género. Butler (2007) pone en evidencia la base ontológica binaria sobre la cual se ha construido el género (y en general todas las categorías sociales), en la cual una de las partes niega a la otra dentro de un sistema normativo heterosexual, y ha argumentado que la teoría feminista ha cimentado sobre esta base el concepto de género.

El problema medular del concepto radica, para la autora, en que, en la definición propuesta desde la teoría feminista el sexo siempre ha sido género. Para Butler (2007), el género como construcción social sitúa al sexo (lo natural) como su base, esencializando ambos conceptos y haciendo que la distinción entre ambos sea inexistente. Para escapar a esta contradicción, la autora plantea su concepto de identidad performativa; argumentando que la identidad femenina no existe per se, sino que es una categoría construida mediante las acciones y el lenguaje.

Aunque Touraine (2005) se apoya en la propuesta de Butler (2007) para demostrar las inconsistencias del género planteando que: “No estamos ante el retorno del género al sexo, sino ante el descubrimiento de que la definición de sexo estaba definitivamente incorporada en una definición más amplía de género, que remite a su vez a la dominación masculina” (2005:67), a su vez, se aleja de la propuesta de la autora sobre la identidad performativa. Mientras que Butler (2007) propone la necesidad de de-construir lo que se considera una identidad femenina, basada

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en un paradigma binario de identificación, el argumento de Touraine (2007), acerca de las mujeres como sujetos, se sostiene sobre el argumento de que las mujeres se definen apelando a los atributos que definen como femeninos.

Así, al considerar que las mujeres se definen a sí mismas aludiendo a su condición de mujeres constituye una manera de re-significar el lugar de inferioridad al cual se les ha recluido (Touraine, 2007). Bajo este planteamiento se podría considerar que experiencias como el embarazo y la maternidad adquieren relevancia en la construcción subjetiva de las mujeres, en tanto el ser madres no puede reducirse a mero un rol social, remite por el contrario a una relación consigo mismas, con su cuerpo y con sus parejas. El autor considera que las feministas más radicales consideraban a la maternidad como una forma de sujeción al poder masculino. Sin embargo, los cambios experimentados por las mujeres en el contexto actual han conducido poco a poco a una mayor autonomía respecto al momento de convertirse en madres imprimiendo un significado distinto del embarazo y la maternidad, y haciendo de ambas vivencias una posibilidad para la construcción de sí mismas (2007).

Otro elemento fundamental que permite comprender a las mujeres como sujetos es la sexualidad, entendida como una relación consigo mismas a través de la corporalidad. El autor parte de la oposición sexo-sexualidad y sugiere que la realización del individuo es posible a través del deseo, el cual se transforma en realización personal a través de la relación amorosa, sea con uno mismo o con otros (Touraine, 2007). Bajo esta perspectiva, el cuerpo se constituye como un espacio en el cual se establece una relación con el otro, pero al mismo tiempo, una construcción personal. Cada vez más, las mujeres pretenden estar complacidas con su cuerpo, lo intervienen, transforman. En este sentido, la sexualidad, en tanto relación consigas mismas, constituye un “motor principal para la construcción personal” (Touraine, 2007: 77).

La tercera característica de las mujeres como sujetos es la ambivalencia, definida como la negación de elegir entre dos o más posturas, muchas veces contrapuestas, por lo que se hace necesario su combinación. De acuerdo con Touraine (2007), este concepto, aplicado a diferentes ámbitos de la vida social, puede aplicarse a las conductas de las mujeres en tanto sujeto creador.

Bajo el paradigma posicional que critica Touraine (2000, 2005, 2009), las conductas son

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definidas por oposiciones unas de otras, motivadas por la idea de que cada individuo ocupa un lugar en el espacio social y cumple una función para mantener el orden. La ambivalencia, por su parte, otorga importancia al actor, el cual tiene la capacidad de combinar su participación o roles sociales sin tener que asumir una posición social exclusiva (Touraine, 2005).

La categoría de ambivalencia/ambigüedad ha sido retomada por varios autores. Borderías (1996) proporciona un buen ejemplo de su aplicación, utilizando dicha categoría para dar cuenta de la relación entre el mundo del trabajo y el familiar. De acuerdo con la autora, la ambivalencia fue empleada en un principio por los estudios feministas para analizar la ambigüedad experimentada por las mujeres en su construcción identitaria, producto de los valores y atributos negativos a partir de los cuales se había definido lo femenino. “(…) la ambivalencia y la ambigüedad han sido utilizados muy frecuentemente para caracterizar la supuesta debilidad e indecisión de las mujeres frente a las múltiples bifurcaciones y conflictos que se presentan a lo largo de su vida” (Borderías, 1996: 57).

No obstante, en la década del setenta, la categoría empezó a utilizarse en los estudios sobre género y trabajo con el propósito de analizar la doble presencia de las mujeres, superando la negatividad con la que se había definido a lo femenino y otorgándole a la misma una dimensión más compleja (Borderías, 1996). La categoría analítica de ambigüedad/ambivalencia tiene enormes repercusiones para comprender la construcción de la identidad femenina, en la medida que permite dar cuenta de la complejidad de las relaciones entre trabajo y familia, pero sobre todo posibilita analizar las maneras en que las mujeres se adaptan y resisten, negocian y enfrentan dos lógicas presentadas como excluyentes, pero en la práctica profundamente imbricadas: la productiva y la reproductiva. En este sentido, se visibiliza la forma en que las mujeres construyen su identidad femenina en medio de conflictos y negociaciones permanentes;

a partir de un rechazo constante a las dicotomías hogar/trabajo (1996).

En esta misma dirección, Touraine (2007) señala que la creciente importancia de las conductas ambivalentes, en detrimento de las elecciones radicales entre dos conductas que se consideran discordantes, constituye una transformación cultural substancial que es necesario poner en el centro del análisis de lo femenino (Touraine, 2005). En la actualidad, las mujeres, como se ha

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venido mencionado en los apartados anteriores, no se definen a sí mismas por una función social, sino por las actitudes y expectativas, teniendo como punto de referencia sus biografías particulares. De esta manera, han reinterpretando los lugares que se les han adjudicado, la maternidad, y el ámbito privado, y han unido experiencias que se consideraban excluyentes (2007). “Al mismo tiempo, hay que ser conscientes que de que la combinación de opciones imperfectas es la mejor solución posible, mientras que la participación completa en una sola vertiente de cada situación tiene consecuencias muy negativas y provoca crisis que la elección de conductas ambivalentes puede suprimir” (Touraine, 2005:82). Esta capacidad, es comprendida en esta investigación como un recurso en el proceso de subjetivación de las mujeres que fueron madres en la adolescencia, quienes deben construirse a sí mismas a partir de la combinación y suturas entre el ser madre y ser joven, dentro de un contexto en el cual el estigma social frente a la maternidad adolescente estimula la fragmentación de ambas formas identitarias.