3.2 Dinámica de la fecundidad y el embarazo adolescente: Caso de la frontera norte
3.2.1 Tijuana como un escenario de alta inmigración y sus implicaciones analíticas
3.2.1.1 ¿Qué entender por un escenario de alta inmigración?
Al igual que otras entidades de la frontera norte, en Tijuana confluyen diariamente diferentes estrategias de movilidad: flujos migratorios provenientes de otros estados del país, desplazamientos intra-estatales, inmigración de personas con o sin redes familiares (con un proyecto de permanecer en la ciudad o bien trasladarse a los Estados Unidos), migración eventual por contrataciones temporales y desplazamientos circulares, elementos que afianzan lo que podría denominarse una cultura fronteriza (Ojeda, 1995). Así, la frontera aparece como un campo de múltiples interacciones socioculturales en constante transformación, en el cual se comparten e intercambian elementos ubicados en matrices culturales distintas (Valenzuela, 2000; Rodríguez, 2010).
106
Sin embargo, más allá de los elementos transfronterizos que identifican a muchos de los municipios de la frontera norte, Tijuana cobra especial centralidad por su carácter de ciudad receptora de migración proveniente del interior del país. Los históricos antecedentes de la relación entre Tijuana con el sur de California, específicamente con San Diego, la demanda de trabajo del lado estadounidense, el desarrollo de un modo de industrialización fronteriza y la diversificación del sector servicios en la ciudad (vinculada con actividades comerciales) han ido perfilando a Tijuana como una ciudad de destino (Simoneli, 2002; Vargas, 2004b).
Uno de los indicadores de la cuantiosa inmigración es el acelerado crecimiento poblacional de Tijuana. Históricamente, la entidad federativa de Baja California ha evidenciado una elevada tasa de crecimiento. Durante los años cincuenta la población mexicana crecía al 3.1 por ciento, mientras que la entidad lo hacía a un ritmo del 8.6 (Monsiváis, 2003). De hecho, actualmente, Baja California reportó ser el estado con la mayor tasa de crecimiento anual reportando un valor del 5 por ciento, en comparación con el 1.8 a nivel nacional, según datos del último Censo (INEGI, 2012a). Si se considera que Tijuana concentra aproximadamente la mitad de la población del estado (49.8 por ciento), se puede asumir que la ciudad se expande a un ritmo acelerado (INEGI, 2012a). Así, en la medida en que los niveles de mortalidad y natalidad de la ciudad no parecen explicar el acelerado crecimiento de su población, se le puede atribuir a la migración su expansión poblacional. Datos retomados del INEGI (2012a) señalan que el 45.1 por ciento de la población total de la entidad nació fuera de Baja California, tendencia que se mantiene en lo que respecta a las mujeres jóvenes, entre los 18 y 29 años, de las cuales cuatro de cada 10 tuvo como lugar de nacimiento un estado diferente (Palma, 2013).
Sin embargo, el crecimiento poblacional no se ha producido de manera homogénea. Lo cierto es que Tijuana, a diferencia de otras localidades fronterizas, evidencia una multiplicación de rutas migratorias y con ello, una densificación de los intercambios culturales (Canales, 2003).
Simoneli (2002) analiza las tendencias de la inmigración hacia Tijuana comparando la información censal de 1990 y el 2000, y sugiere una diversificación de los flujos migratorios para dicho período. Al inicio de los años noventa las entidades con mayor volumen poblacional en Tijuana eran Sinaloa, Jalisco, el Distrito Federal, Sonora, Nayarit y Michoacán. Una década más tarde, aunque Sinaloa continúa manifestándose como el Estado de mayor expulsión
107
poblacional hacia Tijuana; Veracruz desplaza a Jalisco, el Distrito Federal pierde importancia y Chiapas empieza a evidenciar un flujo sustantivo de población que arriba a la ciudad (Simoneli 2002).
Puede considerarse entonces, que los cambios en los lugares de procedencia de la población que llega a Tijuana tienen repercusiones culturales importantes. Si bien, Simoneli (2002) demostró que tradicionalmente la ciudad había reportado una inmigración proveniente de zonas mayoritariamente urbanas, con elevados porcentajes de participación en actividades terciarias de la economía; en los últimos años se ha producido un incremento importante de inmigrantes procedentes de entidades con mayores grados de marginación y con un peso más fuerte del sector rural, sobre todo para el caso de las mujeres, quienes se insertan con fuerza en el sector industrial (Simoneli, 2002).
Lo anterior sugiere que la diversificación en los orígenes de la población inmigrante en Tijuana guarda una estrecha relación con el desarrollo de la industria maquiladora; que si bien se ha consolidado como una subcultura en la región de la frontera norte, y de la cual las mujeres han sido protagonistas, ha ido transformando paulatinamente las prácticas y los roles de género de una numerosa población migrante en Tijuana (Rodríguez, 2010). En este sentido, el imaginario de la ciudad se ha transformando como un lugar de oportunidades laborales tras el incremento en la demanda de fuerza laboral, particularmente femenina (Cruz, 2000; Solís, 2011).
De acuerdo con la literatura, en la franja fronteriza la participación de las mujeres en la maquila puede dividirse en tres etapas: la feminización del mercado laboral, iniciada en los años sesenta, como consecuencia de la internalización de la economía; la desfeminización, producto de la reorganización de los procesos productivos abriendo las actividades laborales a hombres y mujeres indistintamente; y por último, la refeminización en los años noventa, período de auge de la industria maquiladora (Rodríguez, 2010). Sin embargo, es importante mencionar que en Tijuana esta última etapa coincide con cambios sustanciales en el patrón de movilidad femenina, aumentando el número de mujeres que provienen de estados del sur del país (Chiapas y Oaxaca) que migran por decisión propia para insertarse en los procesos productivos en la frontera, en detrimento de la migración como acompañantes de sus esposos o compañeros (Vargas, 2004).
108
Otro elemento importante que da cuenta de la variación de la inmigración es el desplazamiento de mujeres indígenas a Tijuana. Maier (2006) plantea que desde los años cincuenta la migración indígena fue perfilando un patrón de colocación en el que las mujeres se insertaban en las ciudades, desempeñándose en actividades reproductivas y domésticas muchas veces asalariadas;
mientras que los varones inmigrantes se dedicaban a la producción agrícola, mayoritariamente en áreas rurales. No obstante, a partir de la década del ochenta, se intensifican los flujos de familias indígenas migrantes al Estado de Baja California, y con ello se produce un incremento en la inserción femenina de origen étnico en el mercado laboral urbano, concretamente en la industria manufacturera (Maier, 2006).
Aunque varios autores concuerdan en afirmar que la industria maquiladora ha generado capacidades competitivas indiscutibles y una mejora en la infraestructura de los espacios urbanos; también plantean que el hecho de que la localización de dichas industrias tenga como sustento el bajo costo de la mano de obra y la precariedad en las condiciones de trabajo constituye un obstáculo para el desarrollo socioeconómico de la ciudad y de sus residentes, sustentando su proceso productivo en la explotación de la fuerza de trabajo (Rodríguez, 2010;
Solís, 201). Por ello, Solís (2011) plantea la existencia de un patrón de segregación y desigualdad social sobre el cual se ha expandido Tijuana, el cual guarda un estrecho vínculo con la inmigración. En Tijuana es posible observar una ciudad divida en dos áreas: por un lado, una concentración de cinturones periféricos, en situación de desventaja social, que se han ido expandiendo de forma alineada con el crecimiento de la industria. Este nodo urbano se encuentra integrado por población migrante con una situación socioeconómica homogénea: bajos niveles de escolaridad e incorporada a la fuerza de trabajo de la maquila en actividades poco calificadas.
Esta población se encuentra altamente segregada por la adyacencia entre el lugar de trabajo y de residencia, haciendo que el traspaso de los límites que separan el ámbito laboral y residencial para acceder a los servicios básicos de salud y educación resulte limitado. En contraste, la segunda área de la ciudad se caracteriza por conservar una localización tradicional del sector servicios que inició con el proceso de urbanización, y en la cual la distribución espacial de la población se encuentra más diluida (Hérnandez y Rabelo, 2006).
109
Además de este patrón de segregación, la inmigración hacia Tijuana, sea por motivos de residencia temporal o permanente, también refuerza distintos imaginarios muchas veces yuxtapuestos unos con otros (Solís, 2011). La ciudad simboliza una tierra de oportunidades, debido a la oferta de empleo proporcionada por la industria maquiladora y el sector servicios (Islas, 2011); pero, al mismo tiempo no deja de representar para muchos una ciudad de paso, explicando en gran parte la relación de sus residentes con el espacio como un territorio inacabado, transitorio y en constantes procesos de cambio (Solís, 2011). La rapidez de los intercambios culturales, consecuencia de la inmigración, promueve procesos de territorialización y desterritorialización de las prácticas sociales propiciando recomposiciones en el ámbito familiar, cambios en las relaciones de pareja, reconfiguraciones de lo étnico, construcción de nuevas redes sociales y consolidación de las ya existentes (Solís, 2011). En esta misma dirección Valenzuela (2003) argumenta que el proceso de territorialización y desterritorialización implica más que una lectura del nuevo contexto por parte de los inmigrantes, involucra una apropiación progresiva de los nuevos “campos de sentido” a los que arriban. Así, los inmigrantes en Tijuana pueden considerarse al mismo tiempo actores que interactúan dentro de dichos campos, y autores, en tanto deben interpretar los referentes identitarios de sus lugares de origen con los elementos asociados al nuevo contexto.
Para el caso de las mujeres, se puede asumir que en Tijuana las dinámicas asociadas a la inmigración, como la participación económica de las mujeres y la relocalización residencial de familias de diferentes orígenes migratorios, permean la emergencia de nuevas representaciones del ser mujer y amplían los referentes identitarios perfilados en sus comunidades de origen (Maier, 2006). De igual manera, la inmigración a un contexto como Tijuana propicia una redefinición de los espacios público y privado, y la familia adquiere una nueva centralidad en el proceso migratorio: constituye un eje principal de organización en la sociedad receptora, representa un núcleo fundamental para la adaptación de sus miembros al nuevo escenario, al mismo tiempo que debe adaptarse a los cambios en las vivencias experimentadas por sus integrantes (Vargas, 2004b; Solís, 2011).
A partir de los elementos anteriores, en esta investigación se entiende por escenario de alta inmigración un contexto heterogéneo y poroso culturalmente, el cual promueve un intercambio
110
permanente de ideas, prácticas y estilos de vida generando configuraciones identitarias particulares que no sólo repercuten a nivel del individual sino también a nivel colectivo, como es el caso particular del grupo familiar. La diversidad étnica, generacional, de clase y de género hace de Tijuana un espacio de reconocimiento de la diferencia, un ámbito liminal en el que la identidad se construye a partir de la gestión de los contrastes; pero, al mismo tiempo, representa un contexto inequitativo y desigual en el que la integración de los individuos está atravesada por disputas y negociaciones de diferentes marcos culturales y normativos.