II. MARCO TEÓRICO
2.3. Polémicas opiniones
El riesgo de estos claustros se produce cuando los mismos no cruzan sus circuitos, cuando los lectores no circulan por ellos. La lectura, pues, es clausurada, los lectores están protegidos y controlados también, sólo leen lo que el mercado y ciertas instituciones como la escolar ofrecen. Por lo tanto, el lector infantil quedaría atrapado en ciertos nichos de lectura: libro escolar, literatura infantil, determinados géneros, un canon establecido, lo que el mercado ofrece...
Porque en los tiempos que corren el mandato es producir.
Producir para vender. Hacer y vender. Consumir y obligar a consumir. Nada es suficiente para alimentar la rueda. Los libros, por ejemplo, deben salir en ristras. Ser muchos. La consigna es multiplicar. (Montes: 99, 99)
En este sentido, no sólo estos escritores o teóricos dan su pelea respecto del tema, sino, - en la Argentina36, en general, todos los que de algún modo constituyen el campo llamado de la literatura infantil hacen escuchar sus voces a través de revistas especializadas o no, de medios periodísticos, de ponencias en congresos o de libros con el fin de circunscribir las propiedades del campo en relación con ciertas ideas sobre la infancia, la lectura, la libertad del lector infantil en formación, las particularidades de la literatura dedicada, ofrecida o escrita para los niños, entre otros factores que definen un espacio en ciernes pero con un caudal productivo fuerte, cambiante y diverso a la hora de analizar sus publicaciones - tanto cuantitativa como cualitativamente.
Es indispensable que el lector también resista. Que busque elegir de la manera más libre posible, seleccionando el libro que prefiere
36 Después de María Elena Walsh, Ricardo Mariño, Graciela Cabal, Montes, Laura Devetach, Gustavo Roldán, también expresan sus ideas y producen, en cierta forma, reflexiones teóricas y/o críticas acerca del campo de la literatura infantil.
y no el que le imponen. Que pregunte en las librerías sobre el libro que desea y, si no lo tienen, que lo encargue, llame por teléfono al librero exigiéndolo y que insista. Que en las conversaciones con amigos se atreva a hablar sobre lo que leyó y le gustó, inclusive si no es el título que todos están comentando o si los demás sólo están hablando de películas o programas de televisión. Que regale buenos libros. Que escriba a los periódicos y medios de comunicación solicitando más espacios para comentarios sobre libros. Que permanezca atento a las diferentes formas de exclusión que tratan de silenciarlo como lector. (Machado, 98:
132)
Ana María Machado - escritora y crítica brasileña- en torno al mismo debate sobre libros, literatura para chicos y mercado, propone la formación del lector, la constitución de un lector autónomo que defienda los libros y la lectura, que resista a las innumerables costumbres, modos y modas, avalados por la tradición y la historia, que controlan la relación entre la literatura y el lector infantil.
Resistir a la literatura empobrecida y moralizante para los niños; la seudo literatura que sólo admite una lectura, contra los textos que generan múltiples niveles de lectura. Entonces, el poder liberador del lenguaje hace que
"toda palabra en un contexto literario pueda ser mágica, romper cadenas, hacer volar. Y no hay ninguna razón para que, en cuentos para niños, uno olvide ese poder" (19) Si bien ningún texto es inocente no se trata, según Machado, de poner la obra al servicio de una ideología desde la intencionalidad misma de su producción aunque es inevitable que la concepción del mundo del escritor surja en ella.
Resistir a la economía de mercado que inunda la producción de literatura en general y la literatura para niños, en especial. Renegar en cuanto al arte se
refiere a la transacción de la oferta y la demanda es la propuesta de esta escritora. Contra la manipulación editorial en su oferta desequilibrante, ofrece la formación del lector crítico que pueda sobrevivir a los embates de la globalización y de la cultura de masas, la variedad y cantidad de lecturas, textos que rechacen los estereotipos sociales y el autoritarismo para generar la lectura autónoma, apasionada y crítica desde los primeros años de vida.
Resistir al exceso de información para jerarquizar la lectura. Si bien hace algún tiempo la problemática más fuerte acerca de los libros y la lectura se centraba en "el poder de leer", en el acceso restringido a los libros, hoy acceso y exceso se confunden en los países poco desarrollados también. Las nuevas tecnologías han generado un universo diferente pero también inabarcable que -según Machado-, brinda mayor información pero es más difícil de comprender, de penetrar.
Sin confundir libro con literatura, Machado incita a lo largo del texto Buenas palabras, malas palabras al debate - entre docentes, padres, libreros, editores, lectores, adultos, niños- acerca de
saber si deseamos libros que sólo formen consumidores, que únicamente despierten el deseo de tener más, o si, por el contrario, todavía anhelamos una lectura que no nos niegue el placer de pensar, descifrar e interrogar. Y que, después de exigirnos algún esfuerzo, nos haga salir de ella distintos de cómo éramos al entrar, sufriendo alguna transformación (115)
Los discursos literarios que se ofrecen al lector infantil, no importa si circulan fuera o dentro de la institución escolar están marcados por la problemática de la especificidad, de la calidad, de las propiedades que lo
definen como tal. Los textos infantiles conllevan una cantidad de huellas y filtros de quienes los producen, seleccionan, de quienes median entre ellos y los lectores en formación. A veces son agentes escolares, muchas otras extraescolares, comenzando por los innumerables filtros que establece el mercado editorial.
Luis Sánchez Corral en Literatura infantil y lenguaje literario (1995) enumera una serie de "condicionamientos pragmáticos negativos" que subvierten la especificidad del texto literario en pos de otras variables que lo desvirtúan y lo acercan a fines distintos: es decir, el cierre de sentido del texto que promueve la interpretación única, de modo que nada quede librado a la imaginación del lector; la falta de trabajo sobre el lenguaje, propia de ciertos escritores que parecen considerar - quizás por presiones editoriales - que escribir para niños consiste en usar el mismo lenguaje que se emplea en el registro cotidiano; la degradación del referente, que lleva a imaginar que los niños requieren de la representación de un mundo "color de rosa"; la ideología que opera instalando la idea de que su modelo de la realidad representada es el único posible; la infantilización del lenguaje, que parte del supuesto de que dirigirse a los niños consiste en hablar como ellos, y por último, el mercado que establece pautas que poco tienen que ver con lo literario, como por ejemplo que los personajes sean conocidos, de la televisión o de películas Walt Disney, que las imágenes sean grandes y coloridas, o que el libro atraiga por el agregado de sonidos, perfumes, troquelados, etc.
Nos encontramos ante un factor que repercute directamente no sólo en las condiciones de producción del discurso, sino también en las condiciones de una recepción infantil influida por los estudios previos de mercado y por los planteamientos de marketing (109)
De un polo al otro del circuito de la comunicación, las reglas del mercado ciñen el proceso a unas operaciones que marcan y dejan huellas en el discurso literario. Desde el escritor que no vive fuera del mercado y sabe que su texto - cuya definición barthesiana se nos hace lejana en estos dominios- es también mercancía, como sabe también, escribir, a veces, por encargo, según la edad, la etapa psicológica del niño, las necesidades didácticas o moralizantes; al mediador, algunas veces entrenado, lector mediador que explora los textos y sabe seleccionarlos o se hace cómplice de la ley de la oferta y la demanda; al lector infantil que vive inmerso en la maquinaria del "gran" mercado de objetos para niños. Todos participan en el proceso, lo importante es saber cómo.