2. Un tránsito movido por añoranzas: las rutas hacia la capital
2.3. Presentes pese a la ausencia: las remesas y visitas a la reducción
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En las tardes venían a la casa las personas de la comunidad, en una mesa recibíamos a las personas, todas las que querían enviar cartas. Después teníamos que leerla. Ahora que nos acordamos con mi hermana nos da entre pena y risa, porque es como triste. Imagínate que alguien no sabe escribir ni leer, pero necesitaba comunicarse con sus familiares. Pedían que yo le escribiera: ‘‘falta plata, falta yerba, falta grasa y azúcar’’. Justificando que esas cosas faltaban en la casa, para que no se olvidaran de enviar dinero. Les escribían a sus hijas que estaban trabajando (nütram, 2021).
‘‘Falta plata y falta yerba’’, uno de los mensajes que enviaban familiares de las reducciones, a las mujeres que estaban trabajando en Santiago y Temuco, principalmente. Una letra reveladora que fue escrita por una niña en la reducción, lo que da cuenta de la serie de mecanismos familiares que se elaboraron frente a la ausencia de la hija y/o hermana que se fue a trabajar en casa particular. Por lo tanto, la correspondencia de letras tanto de las trabajadoras, como de las familiares, intentó comunicar afectos y necesidades materiales, de alguna u otra manera, se hizo urgente comunicar el norte y el sur.
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Sobre el envío de dinero, Eugenia indicó que, mensualmente, enviaba más de la mitad del sueldo a su abuela. Según su relato, ella no necesitaba muchas cosas materiales porque tenía techo y comida en la casa patronal, aunque, como ya quedó manifestado en el capítulo anterior, tanto la alimentación como la habitación de servicio estaban lejos de ser confortables. Pero, aun así, ella destaco que con parte del sueldo se ‘‘compraba ropa y mandaba para acá también, a la abuelita’’. Dinero que fue usado en gran parte para sostener, económicamente, las consecuencias de la reducción mapuche, pues, ‘‘ayudaron a sus padres con sumas importantes de dinero que se invertían en animales o que se expresaban en el envío de encomiendas de ropa y víveres’’ (Antileo y Alvarado, 2018: 101).
El tren sigue siendo parte central de las memorias mapuche. ‘‘Viajar cargados’’, es una frase que se repite. Luis Cáceres, hijo de una mujer que envió cartas en reclamo de tierras en contexto del Decreto Ley 2.568, se preguntó cuántas veces, de la mano de su madre, fue cargado a la estación de trenes. Este nütram fue en la actual Estación Central, lugar donde salen los trenes, ahora, con recorridos mucho más acotados. En aquel lugar nos encontrábamos con un hijo de la desigualdad recordando las trayectorias de Zunilda Ulloa Neculmán, su madre hoy fallecida. Él miró la techumbre e indicó cuánto ha cambiado el lugar, así como también, me invitó a imaginar cómo todos los veranos iban a la reducción de origen, arrastrando las maletas de lo pesado que iban.
Esta sobrecarga de encomiendas es central en las memorias del primer viaje a la capital para trabajar. ‘‘Me fui con una maleta de mimbre, antiguamente se viajaba así, llevaba un poco de vestidos, ropa interior de bolsa de harina, pan, pollo para el camino y harina tostada’’, me contó Eugenia. Luego de estas memorias del primer viaje, el que estuvo caracterizado por viajar con lo justo, recordaron cómo se devolvían a la comunidad, con las manos llenas de bolsos para su gente. Cuestión que las enorgullece. Así, su hija Teresa, señaló que ‘‘yo siempre le decía: ‘‘mamá, pero tantas cosas que llevas’’. Eso se lo decía porque yo era la que cargaba con las cosas, subir y bajar todo del tren’’ (nütram, 2021).
Una vez en Temuco, la ciudad regional más cercana a su comunidad, se desplegaron una serie de mecanismos para esperar la descarga del tren e ir en busca de carretas que las llevaron a la reducción o, en el mejor de los casos, cuando había algún familiar esperándolas con el transporte resuelto. Experiencias múltiples, del primer retorno, luego de haber salido
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de sus hogares, marcó a muchas mujeres mapuche que hoy recuerdan cómo fueron vistas en su llegada.
En la memoria de Eugenia está marcada la impresión de su abuela Carmen, al verla llegar sin su trenza y con un vestuario diferente. ‘‘Toda la gente que volvía de la capital venía a compartir lo que tenía, el azúcar, la yerba; hay que compartir con la gente todo lo que uno trae’’, me comentó la papay. Al mismo tiempos, su hija, quien también posee memorias del retorno luego de haberse desempeñado como trabajadora de casa particular en Santiago, señaló que ‘‘aquí es una novedad enorme cuando se llega de la capital porque se supone que traes cosas ricas. Si fuiste a trabajar uno llega con cosas que se comparten con la gente, aunque sea una tacita de yerba. Si se supone que llegó el santiaguino, es porque llegó con algo’’ (nütram, 2021).
En el momento de la conversación, Eugenia irrumpió con gran vitalidad, pese a los dolores de huesos causados por la avanzada artrosis, movía sus manos imitando la bienvenida que le hicieron sus familiares. Agitaba sus brazos para enseñarme cómo eran de grande los bolsos que traía y, cómo sacaba las remesas para compartir con sus familiares. En todo momento me manifestó una satisfacción de haber podido llegar con nuevas objetos a la casa y, por otro lado, la alegría de que haya sido recibida de manera afectuosa; ‘‘la gente llegaba con pollo, huevos, manzanas, con lo que tuvieran en la casa, venía las personas a escuchar las novedades de la capital’’ (nütram, 2021).
Un sentimiento de satisfacción por parte de algunas mujeres trabajadoras de casa particular, es un elemento por resaltar. Esta expresión aparece cada vez que recuerdan las adquisiciones para sí y para su familia en la reducción, construcción de cercos, animales y alimentos refinados. Luz Vidal Huiriqueo, evocó cómo veía llegar a su hermana mayor a la comunidad, con sólo cinco años ya sabía que ‘‘era todo un evento esperar a los familiares santiaguinos […] porque traían cosas nuevas y alimentos ricos’’ (nütram, 2021). Sin duda, estas memorias se entienden desde la disputas por los sentidos y el cambio subjetivo para las mujeres, de ser poseedoras de una fuente laboral, aunque precarizada, la que le permitió hacer tangibles las esperanzas depositadas en el porvenir.
Esta subjetividad de saberse proveedoras, no sólo se explicaría por una reciprocidad con la familia de origen, es decir, ‘‘de la existencia de una suerte de devolución implícita: las
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hijas deberán retornar a sus progenitores lo que en su crianza se invirtió’’ (Montecino, 1984:
117). Toda vez que las mujeres que salieron a trabajar en casa, cumplieron laborales domésticas en sus hogares, ellas crecieron aportando al sustento familiar reduccional, sin remuneración económica.
Más bien, concuerdo con los planteamientos realizados por Alicia Rain y otros autores, al sostener que ‘‘el acceso de las mujeres mapuche a empleos en las ciudades tiene un efecto dialéctico. Por un lado, favorece una subjetividad de colonización y contribuye a la subordinación, pero también contribuye al establecimiento de una subjetividad de mujer trabajadora, que da paso al agenciamiento’’ (2020: 351). Con esto se visibiliza la serie de violencias que cruzaron la experiencia de algunas mujeres, como también las acciones posibles que ellas realizaron; ‘‘con el sudor de su frente, apoyaron con dinero a los suyos en Wallmapu, ahorraron para la casa propia o pudieron mantener a sus familias solas, sin el marido que se fue. Poco a poco se fue incubando una independencia que no conocía la sociedad mapuche’’ (Antileo y Alvarado, 2018: 99).
Los familiares que se quedaron en la reducción, sabían de esta independencia económica fraguada por algunas mujeres mapuche. Las memorias de las infancias mapuche lo rememoran así. Si bien no tuve la oportunidad de coincidir con ningún niño o niña en los nütram, es importante destacar que al seguir las trayectorias de vidas de las mujeres, pude profundizar en las memorias de infancia. Allí se alberga una serie de susurros que permiten entender las visión de los y las más pequeñas de la reducción, quien vieron llegar a sus hermanas. En una conversación con Etelvina, hermana de Celia, la niña que viajó en tren con un ramo de copihues blancos, me contó que tuvo sus primeros zapatos gracias al trabajo de su hermana, siendo ella un apoyo fundamental para la economía familiar, ya que su padre recogía mensualmente el sueldo de la hija mayor.
A diferencia de Eugenia, la experiencia de la primera visita a casa de Celia, luego de haberse ido a Santiago, fue algo diferente, aunque ambas estéticamente parecidas; pelo cortado y un vestido ceñido a la cintura. Pero la adolescente que se marchó con un ramo de copihues, viajó de regreso con su padre, pues, con el tiempo éste iba seguido a la Santiago.
Una vez llegados a la ciudad de Temuco, cruzaron la Feria Pinto, la hija mayor se quedó en
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un sector estratégico cuidando los bolsos con encomiendas, mientras su padre fue en busca de una carreta que los llevase a la comunidad.
En medio de la espera, a lo lejos Celia reconoce a sus hermanos menores comerciando verduras. Ellos no la reconocieron, más ella sí y, parte cautelosa con las bolsas a cuestas, sin alejarse tanto, les gritó. Al paso de unos segundos, sus hermanos la observaron y pese a lo diferente que se veía, lograron reconocerla. Corrieron hacia los brazos de la hermana mayor.
Etelvina, una de las menores, actualmente evocó con emoción, frente a su hermana, ese encuentro tan inesperado. En ese instante, adquiere sus primeros zapatos de una tienda cercana a la Feria Pinto, cuya gratitud hacia Celia está presente hasta el día de hoy.
Los tres hijos y el padre, subieron a la carreta rumbo a la comunidad. Celia, manifestó alegría y nerviosismo porque no sabía cómo reaccionaría su madre, ya que hay que recordar que ésta no sabía que su hija se iría a Santiago a trabajar. Se bajó apresurada de la carreta y a lo lejos divisó la ruka, en la puerta se asomó el cuerpo firme de su progenitora; la hija mayor corrió por el campo aún no dividido y al desear abrazar a su madre a quien no había visto en tanto tiempo, ésta la aleja con las manos para observarla. Este gesto me lo repitió Celia en el nütram, como símbolo de sentirse apartada. Cuenta que sintió el rechazo de su propia madre, quien al verla no pudo reconocerla hasta que ella le señala su identidad. Luego esos segundos de incertidumbre, se abrazaron y la mujer mayor le preguntó qué ocurrió con su cabello, que parecía más claro e interrogándola por estar tan delgada.
‘‘Con así una cinturita llegó la Celia’’, señaló su hermana para referir a la delgadez con la que llegó de vuelta. Carmen, la madre se manifestó preocupada porque tenía miedo de que su hija no estuviera comiendo bien, así que preparó gran cantidad de comida. Otro recuerdo amargo, se manifestó en el encuentro con su tía, ella se enteró de que había llegado a casa, se inquietó por saludarla y le preguntó: ‘‘¿kumelkaleymi?’’, pregunta para saber si la persona se encuentra bien. En la actualidad, para Celia, esta escena significa un pesar, pues, lejos de responder en el idioma mapuche, asintió con su cabeza indicándole un ‘‘sí, estoy bien’’. Así, ella hasta hoy se pregunta, ‘‘¿por qué no le respondí en mapuche a mi tía? Ella me desconoció’’ (nütram, 2021).
El uso mapuzungun en contexto urbano es una marca de inferiorización. Algunas mujeres se aferraron al idioma mapuche como refugio interno en las casas patronales y otras,
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no lo pusieron en prácticas debido a la internalización de las marcas a de la desigualdad, frente a la sociedad dominante. Entonces, cuando se retorna a la comunidad de origen, se podría suponer que, ‘‘hablar mapudungun en un lof resulta una necesidad para re- encontrarse’’ (Rain, Pujal y Mora, 2020: 356). Sin embargo, el retorno a la reducción no sólo es un reencuentro familiar, muchas mujeres salieron siendo niñas de sus lugares de origen, internalizaron aprendizajes propios de una condición cruzada de poderes en la ciudad y sus trabajos. De esta manera, se entiende cómo muchas volvieron con nuevos gustos, formas de hablar y vestuarios. Lo que no significó una perdida identitaria, sino un adopción social.
La estética de muchas mujeres ha sido problemática al volver a sus comunidades. Un debate que remite a las disputas internas sobre quién tiene el poder de decidir qué característica es más mapuche que otra. Sobre este punto, un relato de Sofía Painequeo es revelador. Sonia Montecino, antropóloga chilena, le preguntó sobre las jóvenes que visitan las comunidades en las vacaciones. Sofía respondió: ‘‘muchas llegan totalmente transformadas y llevan ropas para su madre, incluso, llegan quitándole a la mamá el chamal -que es su propia vestimenta-, […] imponiendo lo que a ellos les han impuesto, y con una radio o con el pelo teñido’’ (Revista Rulpa Dungu, 1990).
Entiendo el punto de enunciación de Painequeo, que utilizó los domingos -sus días libres- para realizar talleres culturales dirigidos hacia la infancia mapuche, una mujer preocupada por concientizar políticamente a la población mapuche en Estación Central.
Entonces, sus palabras encuentran sentido, toda vez que, un sector del movimiento indígena apostó por la ‘‘conservación cultural’’ para marcar la diferencia. En este tiempo se permitió construir y desplegar tradiciones. Reconozco lo difícil que debió ser enfrentar el racismo estructural de la capital al marcar la diferencia. Sin embargo, en la actualidad las políticas de conservación, que muchas veces permean los análisis sociales, avizoran un futuro fosilizado.
Sobre esto último, Fredrik Barth, prestó atención a las formas de organización étnica y a la persistencia de los límites entre diferentes grupos culturales, pese a variantes regionales o circunstancias ecológicas. Sostuvo que ‘‘con toda seguridad, un mismo grupo de individuos, con sus mismas ideas y valores, puestos frente a las diferentes oportunidades ofrecidas por un diferente medio, se verían obligados a adoptar diferentes patrones de existencia y a institucionalizar diferentes formas de conducta’’ (1976: 13). Esta adopción de
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nuevas formas de vivir no significa la existencia de un nuevo grupo cultural, sino que la expresión de la diversidad interna y el derechos al cambio que todo grupo humano posee. Por lo tanto, el retorno a sus comunidades no sólo se vio impactado por las buenas nuevas que muchas de ellas portaron, sino también a una diferenciación social a partir de nuevos aprendizajes que las trabajadoras adquirieron según su contexto urbano y laboral.
En consecuencia con lo planteado, estamos frente a una serie de mecanismos gestados por las trabajadoras para estar presente en su familia de origen, pese a la ausencia física. Así, tanto las cartas, como el envío de encomiendas y la visitas por causas familiares o espirituales. De este modo, es posible evidenciar una ‘‘cuerda subterránea que atraviesa y define su pasaje urbano. Voz ininteligible, escondida para el huinca que sólo lee en ella una conducta incomprensible: pero que ordena da sentido a la existencia de las mujeres de la tierra en el laberinto urbano’’ (Montecino, 1984: 118). Sin embargo, estos hilos no fueron considerados en contexto del Decreto Ley 2.568, ni por la institucionalidad y mucho menos para algunos familiares que despojaron a las herederas legítimas.
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