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Siempre perderemos y seríamos como indignos: rechazo a la indemnización de las

1. Epistolarios de la división: letras insurgentes

1.3. Siempre perderemos y seríamos como indignos: rechazo a la indemnización de las

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prima una diversidad interna, pese a compartir historias en común. Seguir pensando en términos de una esencia singular del ser mujer mapuche, sólo es obstinación.

Por lo tanto, vale la pena preguntarse por las experiencias de mujeres que no hicieron reclamos territoriales en sus comunidades de origen. Cuántos no-reclamos se explicarían por la falta de legitimidad, ya sea porque nacieron fuera del territorio histórico, pese a ser herederas legítimas o, porque migraron siendo muy jóvenes, experimentando el destierro mediante mecanismos socioculturales, sin la necesidad de la implementación del decreto.

Problemática que será abordada en el último apartado de este capítulo, a modo de provocación analítica basada en las tomas de sitios.

1.3. Siempre perderemos y seríamos como indignos: rechazo a la

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quitaron, pero llegaba a la casa del tío Norindo que era de la comunidad. Nunca dejó de ir, de hecho ella me llevaba al sur, siempre viajó y yo la acompañaba’’ (nütram, 2021).

Por su parte, Graciela, la hermana menor, guardó gran rencor por su gente en la reducción. Sus vecinas recuerdan que ella comentaba la situación, de hecho, cuando Emelina aceptó hablar conmigo, evocó que lo que más caracterizó a su vecina Chelita, fue el gran enojo por las tierras que le habían quitado. Recuerda que conoció a estos familiares sureños porque asistieron a su funeral, pero que nunca profundizó en alguna conversación con ellos.

Así también lo rememora Marcia, que en cambio su ‘‘tía Chela cuando le quitaron las tierras nunca más fue al sur. Ella quedó con rencor. Mi mami Zuni la invitaba para pasar el verano, pero ella nunca fue. Decía que no, que no, porque le habían quitado sus tierras y ella no tenía dónde llegar’’ (nütram, 2021).

Estas últimas palabras cobran sentido como una experiencia colectiva, quien explica cómo las mujeres comprendieron el destierro: ‘‘no tener dónde llegar’’, fue el sentir de muchas de ellas en este contexto de desposesión. Estas mismas palabras las escuché al hablar con Jacqueline Cuminao y Marina Montupil, ambas con una historia diferente a las herederas de Neculman, no reclamaron un linaje con poder, ni mucho menos un tenencia de tierra en las comunidades de origen, pues, ambas son partes de las experiencias de mujeres que nacieron en Santiago. No tener un lugar propio para llegar en la comunidad fue un problema para muchas mujeres mapuche, sensibilidad que alimentó su sentimiento de destierro, pese a que pudieron visitar el lugar de origen, este ya no les pertenecía.

Frente al posible cierre de redes de apoyo en sus propias comunidades de origen, Zunilda y Graciela lograron tejer relaciones en sus espacios cotidianos, como lo fue el vecindario, y la familia que construyeron en Santiago. Así se logra dar respuesta a una de las grandes interrogantes al momento de seguir el reclamo de Graciela y Zunilda; la cuestión de la similitud de la letra entre todas las correspondencias. Esto fue dilucidado de forma inmediata en el primer encuentro con la sobrina y nieta de las papay. La letra correspondía a al hijo de Graciela, su nombre es Juan, fallecido hace algunos años, recordado como un hombre de mundo e interesado en los debates nacionales. Un hombre de letra sueve y arqueada, un hijo de la desigualdad que prestó su escritura a favor del reclamo territorial de las herederas ausentes que, según el relato de sus familiares, no sabían leer ni escribir.

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Sobre esta política de reparación a la que se negaron ambas mujeres, es necesario comentar que fue una práctica establecida por la ley, aunque, su aplicabilidad varió en cada comunidad. La instancia para hacer efectiva esta indemnización para los herederos ausentes, fue el juicio de liquidación de comunidades. Instancia que, además, fue el último momento para manifestar las inconformidades sobre la entrega de los títulos de dominios. Sin embargo, como lo he podido identificar en la revisión de archivos y los nütram, las papay no accedieron al resarcimiento. De hecho, pese a haber transcurrido más de cinco años desde que se llevó a cabo la división de tierras, pedían un juicio justo y castigo para los que resultaran responsables del destierro, tal como sigue:

En resumen estas personas no se conforman con haberse reído de nosotros, aún nos amenazan con pegarnos si alguna vez vamos a la casa cuando hemos ido, somos unas visitas en nuestra propia casa […] Por lo tanto, pensamos que tiene que haber alguna ley que nos proteja en este caso de recuperar nuestra herencia, para nosotros vale mucho más el terreno y todo lo que hay en él por lo patrimonial, porque aunque nos dieran dinero siempre perderemos y seríamos como indignos de haber nacido como chilenos, si nadie nos quiere escuchar y apoyar en que la justicia castigue a estas personas que nos estafaron y más aún estas personas son destructivas, son como plaga, en seis años no progresaron, nunca lo harán, ellos piensan que los demás tienen que darles, y si ellos no trabajan de igual manera perderán las tierras porque no tendrán cómo pagar bienes raíces a lo que sí estamos convencidos, que esa es su meta que la tierra no sea de nadie (Carta de Graciela Ulloa Neculman, 1986).

Tal como lo señalé en las páginas que inician este capítulo, los reclamos no sólo son analizados desde una posición defensiva, sino también propositiva y transformadora. Para el caso de ambas mujeres, es posible destacar la exigencia de una legislación que permitiera recuperar las tierras, más no una reparación monetaria. Esto resulta interesante en la medida que años después, en la década de 1990, este debate que tomó fuerza en plenas discusiones sobre la Ley Indígena de Patricio Aylwin (Pairican, 2014). Si bien, esta no se centró en la problemática de las herederas ausentes que fueron desterradas, sí existieron programas para hacer efectiva la indemnización, más no la recuperación de las tierras.

Para finalizar, otro acento de las cartas, fue denunciar que el reclamo es un problema mapuche colectivo. En casi todas las cartas, dedicaban sus últimos párrafos para nombrar la experiencia común con otras personas mapuche que estaban pasando por el mismo problema.

Así aparecía la correspondencia enviada por Zunilda al ministro de Agricultura, expresando que ‘‘además quiero que sepa que cómo el caso de nosotros hay muchos también’’. Así como

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también la enviada a la ministra de Justicia, solicitando una reunión apelando a que ‘‘nosotros somos pobres, no tenemos para pagar, lo único que pedimos que esta tierra pase a nuestras manos, que se respete la tradición mapuche […] Hay mapuches que se han acriminado debido a esto, es algo espantoso vivir esta situación’’ (Carpeta Administrativa).

En consecuencia, he identificado una negación a la indemnización monetaria y una búsqueda por la tenencia de tierra, sumada a la justicia que ellas exigían. Así mismo, se manifestaron preocupadas por otros conocidos que estaban viviendo una situación similar, seguramente, se trató de vecinos o paisanos que integraban a su red de apoyo en la ciudad.

Vínculos que se fortalecieron en la comunicación laboral y las viviendas, específicamente, en la toma de sitios en la que participó Graciela Ulloa Neculman. Estas nociones comunes por los herederos ausentes, también fueron reclamadas en cartas dirigidas hacia Augusto Pinochet, ya sea en escrituras personales o enviadas por organizaciones mapuche integradas por trabajadoras del hogar, como se verá a continuación.

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