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La Quinta Normal y Estación Central: puntos de encuentros

3. Estábamos solas, pero nos encontramos: redes sociales mapuche y laborales como

3.1. La Quinta Normal y Estación Central: puntos de encuentros

Aparte de las casas patronales y sus alrededores, existieron otros espacios de sociabilidad mapuche, tal como los desplegados en el Parque Quinta Normal, ubicado muy cerca de la estación de trenes. Inaugurado en 1841y diseñado por el naturalista Claudio Gay, quien ensayó la plantación de diversas árboles nativos y foráneos (Yáñez, 2022). Este espacio, ocupado en un inicio por la clase políticas, y la aristocrática de la joven república chilena, durante el siglo XX, a raíz de un cambio de planificación urbana, fue dando paso a la apropiación por sectores populares. Para muchos mapuche migrantes, La Quinta operó como ‘‘escenario en donde se fortalecieron procesos de identificación bajo el aparente silencio de una micropolítica amorosa, laboral y festiva. Ese proceso de toma del espacio público es parte de la memoria mapuche de la diáspora santiaguina’’ (Alvarado, 2021b: 113).

Carlos Munizaga, antropólogo pionero en el análisis de la Quinta Normal como núcleo de encuentros mapuche, tuvo como una de sus preocupación más desafiantes, ‘‘un problema no resuelto aún por las ciencias sociales: el de cómo orientar a los migrantes rurales que se incorporan a las grandes ciudades’’ (1961: 9). Así, desde esta atención por la creciente urbanización y migración campo-ciudad, el antropólogo realizó una etnografía en el parque al que denominó ‘‘El Jardín’’. Seguramente, en su trabajo de campo, en el que vio permanentemente a cerca de cuatrocientos mapuche, debió encontrarse con muchas trabajadoras de casa particular, incluyendo a Eugenia o Celia. Mujeres que para esa época ya se encontraban laborando en Santiago, quienes también poseen memorias de los recorridos y encuentros con la gente del sur en ese lugar.

Uno de los colaboradores de este antropólogo fue Lorenzo Aillapan, nombrado en la etnografía como ‘‘L. A.’’. Según el relato, Munizaga pidió hablar con sus conocidos acerca del parque, para entender por qué la gente mapuche prefiere este espacio como centro de encuentros en la ciudad. Dentro de estas razones, está que ‘‘por carecer de un local apropiado o escenarios donde puedan recrearse y divertirse con sus propios amigos’’ (1961: 34). Si comparamos estudios similares, realizados en diferentes partes de América Latina, se podría decir que la razón es bastante parecida. Centros urbanos como Monterrey y Ciudad de

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México, por sólo nombrar algunos, también poseen Alamedas que han sido apropiadas por migrantes indígenas a falta de un espacio propio (Díaz, 2009; Meneses, 2016).

Eugenia Huenuqueo y su hermana visitaron la Quinta Normal o como ella lo nombra,

‘‘la plaza de Matucana’’. Con su hermana, los domingos tenían permiso para salir del trabajo puertas adentro, por las tardes se reunían las dos a caminar por el parque. También frecuentaron algunos locales aledaños para bailar al ritmo del twist y una que otra ranchera.

Eugenia visitó por primera vez ese lugar de la mano de sus empleadores, tal como sigue:

Mi primera vez en la Quinta Normal me llevaron los patrones, para conocer en el barquito ese que había en el centro. No sé si anduve o no, pero el hecho que me llevó a Quinta Normal, muy grande era. Cerca de ahí se bailaba, había baile en los locales. Aunque cuando los patrones andan con uno, no se puede bailar, sin patrones sí se puede. Ahí se juntaban todos los conocidos, todos, mucha gente del sur la que estaba y la que llegaba (nütram, 2021).

A la luz de las memorias de Eugenia, además se seguir alimentando que este parque fue un lugar de encuentro mapuche, es pertinente centrar la atención en la especificidad laboral en sus visitas a La Quinta Normal; sobre todo, en las relaciones de poderes que allí se gestaron. La espacialización de la desigualdad estaba internalizada en los empleadores, quienes sabían que, en un espacio como aquel parque, se juntaban los sureños para encontrarse. Si bien, este gesto de llevar a Eugenia, puede ser leído como un acto cariñoso y de buena voluntad, no hay que perder de vista cómo ellos, al llevar a la trabajadora también remarcaron su posición social. La papay sabía de estas relaciones asimétricas, ‘‘cuando los patrones andan con uno, no se puede bailar, sin patrones sí se puede’’, dijo.

Otro aspecto que no he mencionado es cómo la música despertó nostalgias en muchos hombres y mujeres mapuche en la capital. Tal como lo indicaba Eugenia, muy cerca del parque había una serie de boliches y quintas de recreo para bailar. Estos espacios son recordados por las mujeres, quienes al escuchar las rancheras, se acordaron de su terruño con nostalgia. Así me lo hizo saber Teresa, hija de la papay del relato anterior; mientras nos encontrábamos bordando, ella me comenzó a mostrar la máquina de coser y la mesa, ésta regalada por su última empleadora. Me percaté del alto valor con el que cuida aquellos objetos y el orgullo con el que me lo mostraba, como si se tratara de una extensión de la casa patronal en su casa propia, considerándose merecedoras, apelando al sudor de su frente.

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En ese instante de conversación y bordado, Teresa buscó unos casette de música ranchera para ilustrarme sobre qué música escuchaba en el campo y en la ciudad, especialmente en Matucana, es decir, en La Quinta Normal. También concuerda que fue un lugar de encuentro de gente sureña, campesinos y mapuche, indicándome que, ‘‘mi mamá y mi tía iban a bailar para allá. Entonces, esta música les traía nostalgia y se ponían a llorar allá en Santiago, se acordaban de su madre escuchando esta música’’ (nütram, 2021). De esta forma, además de ser un espacio de encuentros, en que las relaciones de poder no desparecen, también fue un parque capitalino donde bailaron, se divirtieron, pero también extrañaron.

Otro espacio público de encuentros de fin de semanas fue la Estación Central, el último destino del tren que las llevó a la capital. En algún costado de la inmensa estructura, sentados en una superficie las y los mapuche de diferentes territorios y ocupaciones laborales se encontraron. En un reportaje realizado Angelica Willson, titulado un lugar de encuentro para el mapuche, publicado por la Revista Rulpa Dungu, cuyo comité editorial estuvo compuesto por mujeres mapuche y el Centro de Estudios de la Mujer (CEM). Entre sus narrativas se observa una descripción etnográfica, la que paso a detallar:

En los grupos, la conversación se mantiene animada, se recuerda a la familia, se intercambian experiencias y datos relacionados con el trabajo, se aprovecha para entablar nuevas amistades, se reciben consejos y ayudas, y también se puede encontrar pareja. Hay grupos que parecen asiduos visitantes del Paseo Estación Central, en contraste, algunos solitarios merodean tímidamente y tratan de establecer amistades con sus hermanos mapuche (1990: 39).

En estos espacios de socialización, sin pretensiones de conservación cultural (Alvarado, 2021), conformaron encuentros y una apropiación del espacio público de acuerdo con los aprendizajes adquiridos. Adela Díaz, problematizó cómo trabajadoras del hogar, se han apropiado de la Alameda en Monterrey, México, indicó que, ‘‘ante la ausencia de espacios residenciales propios en la ciudad, dotándole el carácter estratégico de nodo de un espacio vivido y practicado los fines de semana (2009: 15). Este estudio resulta ser una inspiración que, si bien sobrepasa esta investigación, permite comprender cómo se construyen redes sociales en la ciudad, vinculadas a la experiencia laboral. Parques y estaciones céntricas como espacios públicos, fueron convertidos en espacios íntimos para las trabajadoras, ‘‘han ido haciendo propio, en el que tienen una mayor autonomía en decisiones y acciones, fuera del control de los patrones y entre pares’’ (Díaz, 2009: 116).

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Tanto en la Quinta Normal y la Estación Central, las conversaciones fueron variadas.

Las memorias y archivos nos remiten a las temáticas laborales, la contingencia, asuntos familiares y amorosos. Es así como nos preguntamos, ¿en cuántos de estos encuentros se habrá conversado sobre el Decreto Ley 2.568 y, la situación de sus comunidades de origen?

¿quiénes habrán iniciado la conversación sobre este asunto en los espacios públicos? ¿cuáles habrán sido las estrategias de reclamos comentadas de forma cotidiana?

Sofía Painequeo, trabajadora de casa particular e integrante de la organización mapuche Folilche Aflayay es iluminadora al respecto: ‘‘nosotros estuvimos saliendo a la calle, a la Estación Central, por ejemplo, observando qué pasaba con nuestra gente y al mismo tiempo conversándoles y contarles qué pasaba con nosotros que estábamos comenzando a organizarnos’’ (Rulpa Dungu, 1990). En esta medida, el papel de las organizaciones mapuche en Santiago fue clave para la concientización y divulgación sobre el Decreto Ley. Sólo lo dejo anunciado ya que será retomado en los siguientes apartados. De momento, me interesa identificar que las organizaciones también fueron parte de la construcción de redes sociales mapuche en la capital, en los mismos espacios en los cuales se sellaron afectos.

En consecuencia, efectivamente estos espacios posibilitaron los encuentros mapuche.

No fue ‘‘la lengua, el fenotipo o la vestimenta, lo que permitió el encuentro y la identificación colectiva, sino fue la historia compartida’’ (Alvarado, 2021: 113), es decir, la historia de -lo que el autor denomina- una diáspora mapuche en Santiago. Sin embargo, es importante destacar que las relaciones sociales se especializaron en la capital, por lo tanto, también se debe abarcar las relaciones de poder incrustadas en estos espacios. De esta manera, necesitamos avanzar hacia análisis que devele las asimetrías internas y que escape de la romatización de la desigualdad.

Con lo anterior, me refiero a la extensión de la geografías injustas que vivieron algunas mujeres mapuche, especialmente, por su condición sexo-genérica. La etnografía realizada por Carlos Munizaga es reveladora en este punto, específicamente, cuando una joven mapuche identificada con las iniciales ‘‘R. C’’ le comenta una escena vivida hace algunos fines de semana:

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Cuando estábamos con mi amiga el otro día apareció un chico que se puso más cargante. Con mi amiga... Mi amiga... ¡la cara que ella ponía!... El chico (mapuche) nos siguió. A la salida del lugar... nos habíamos juntado ocho (todas mujeres) y él nos invitó a todas nosotras al restaurante. Mi amiga inventó que yo era su hermana mayor, así que el chico se dirigía a mí para pedirme que el próximo domingo nos juntáramos de nuevo en “El Jardín’’ (1961: 36).

Para el antropólogo, este hecho significó que ‘‘el joven no les resultó simpático’’. Hijo de su tiempo en el que las categorías de análisis eran otras, su principal interés fue comprender la inserción de la migración mapuche en la urbanización de Santiago. Siguiendo a Daniel Inclán, cada época construye las condiciones de entendimiento; ‘‘de ahí que el tiempo histórico por excelencia es el presente, el tiempo en que se conjugan todas las potencias pretéritas para proyectar futuros posibles’’ (2020: 54). Así, habiendo pasado años desde esta etnografía, hoy al volver sobre ésta, se abren nuevos rumbos de interpretación de acuerdo con los vínculos políticos con lo que se está observando ese mundo social. De este modo, la Quinta Normal, efectivamente fue un espacio de encuentro, pero éstos necesitan ser analizados desde las relaciones de poder que allí se desplegaron para las mujeres mapuche.

Nuevamente, ¿cuánto encubre un análisis que sólo destaque la dimensión colonial o anticolonial de estos encuentros en la ciudad? Sin lugar a duda, habitar estos espacios como varones o como mujeres mapuche involucró un asimetría, en el que unos se sienten con el poder se seguir a las jóvenes, mientras ellas inventaron mecanismos para protegerse. Dicho esto, los espacios no solo fueron ‘‘escenarios en donde se fortalecieron procesos de identificación bajo el aparente silencio de una micropolítica amorosa, laboral y festiva’’

(Alvarado, 2021: 113). Si no también donde se desplegaron los cruces de relaciones de poder.

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